Le confesé mi fantasía y dos semanas después cumplió
Me llamo Camila, tengo veintipocos y soy de esas mujeres que parecen más inocentes de lo que son. Pelo largo, oscuro, caderas que llaman la atención y una boca que, según mi novio, está hecha para una sola cosa: para tenerla llena de su verga hasta que se me caiga la baba por el mentón.
Andrés y yo llevábamos cuatro años juntos cuando pasó lo que voy a contar. Vivíamos en el mismo departamento desde hacía dos, nos conocíamos los gestos, los silencios y los gustos en la cama. Y en la cama nos entendíamos demasiado bien.
A mí me gusta el sexo crudo. Me gustan las nalgadas que dejan marca roja hasta el otro día, el pelo tirado hasta que se me humedecen los ojos, los pellizcos en el cuello, la sensación concreta de estar siendo usada como una puta por alguien que sabe lo que hace. Andrés me lee perfecto. Sabe cuándo cogerme fuerte contra la pared y cuándo dármela lento por atrás, cuándo tratarme de zorra mientras me la mete hasta el fondo y cuándo besarme la espalda diciéndome cosas suaves al oído mientras me llena el coño de semen.
De todo el repertorio, lo mío con la boca es lo más mío. Mamársela a Andrés es un ritual, no un favor. Me arrodillo, le bajo el pantalón y me tomo mi tiempo: primero le paso la lengua desde los huevos hasta la punta, después le meto la polla entera en la garganta hasta que se me llenan los ojos de lágrimas, y me quedo ahí unos segundos, respirando por la nariz, sintiendo cómo se le hincha adentro. Llegué a ese ritmo casi todas las noches, y si lo veía caído lo despertaba arrodillándome entre sus piernas y engulléndosela dormido, hasta que se le paraba dentro de mi boca. Tragarme cada gota de su corrida es parte del juego: abro la boca, se la muestro llena, y después me la paso por la lengua antes de tragar. Para mí es deleite, para él es prueba de que soy suya de la cabeza a los pies.
Yo siempre cumplí sus fantasías. Sexo en el callejón a las cuatro de la mañana, él con la mano tapándome la boca mientras me cogía de pie con las bragas corridas al costado; una vez en la playa con la marea subiendo, la arena metiéndoseme en el culo mientras él me embestía y yo le mordía el hombro para no gritar; juego de roles en los que le contaba con lujo de detalle cómo un compañero ficticio de oficina me había cogido en el baño, mientras Andrés se hacía la paja escuchándome y después me la metía a mí; anal lento con lubricante hasta las orejas, y anal apurado, en cuatro patas, con dos dedos suyos en el coño y su verga entera en el culo. Casi nada me cerraba la puerta. Casi todo terminaba gustándome más de lo que admitía.
Una madrugada estábamos hablando bajito, mirando el ventilador del techo. Él me preguntó algo que en cuatro años nunca había preguntado.
—¿Tú tienes alguna fantasía, Cami?
Me reí.
—¿Y eso?
—No sé. Siempre te cuento las mías y nunca te pregunté por las tuyas.
—Tengo una. Pero es muy loca.
—Dímela.
Le aguanté la mirada un rato. La luz azul del despertador le iluminaba la mitad de la cara.
—Tú sabes que me encanta comerte la polla. Bueno. Siempre tuve curiosidad de hacer un bukkake. De arrodillarme y que un montón de tipos me terminen en la cara al mismo tiempo. De saber qué se siente tener toda esa leche caliente cayéndome encima.
Andrés se quedó callado dos segundos largos. No esperaba eso.
—¿Con cuántos?
—No sé. En la cabeza son ocho o diez. La primera vez con seis, quizás. Para probar.
Se rió bajo y me apretó el muslo. Le miré el bulto: la tenía dura debajo del calzoncillo, marcada.
—Saliste con cosas tú.
—Tonto. Por eso no te lo había dicho.
—¿Tienes alguna otra?
—No, ya te invento bastante.
Le bajé la mano al calzoncillo, le agarré la verga y se la empecé a masajear despacio mientras hablábamos. Terminé cabalgándolo en silencio, moviéndome apenas, hasta que me llenó el coño y nos quedamos dormidos así, pegados. Yo me olvidé del tema en serio. Lo dije y lo solté, como cuando una le tira un sueño raro a una amiga y al día siguiente nadie se acuerda.
Pasaron dos semanas.
***
Estábamos volviendo de hacer compras. Habíamos pasado por una tienda de lencería —él había insistido en regalarme un conjunto rojo medio absurdo, con las tetas casi al aire y una tanga que era más hilo que tela— y por el supermercado. En el camino veo que dobla y se mete en la entrada de un motel del centro. Pensé que se le había puesto a las apuradas y me acomodé en el asiento sonriendo, ya sintiendo cómo se me humedecía la tanga de solo pensar en su verga.
Estacionó. No bajó la llave del contacto.
—Amor, te vas a preguntar por qué estamos aquí.
—Para follar, ¿no?
—No.
Lo miré.
—Arriba hay seis tipos esperándote. Con seis pollas duras esperando tu boca.
Me quedé dura. Sentí el cuerpo dividido en dos: una parte se enfrió, la otra empezó a latir entre las piernas antes de que el cerebro entendiera nada. El coño se me empapó de golpe, como si se hubiera abierto una canilla.
—¿Qué?
—Para tu fantasía. La preparé desde la noche que me la contaste.
—Andrés, ¿hablas en serio?
—Totalmente. Los elegí yo. No te conocen. Pasaron análisis médicos. Saben las reglas: cuando tú digas basta, es basta. Y voy a estar yo ahí.
Esto es real. Esto está pasando.
Tardé dos minutos en responder. Le agarré la cara con las manos y le di un beso largo, metiéndole la lengua hasta el fondo. Le pasé la mano sobre el jean y la tenía dura como una piedra, marcada de arriba abajo, como si llevara una hora pensando en verme la boca llena de leche ajena.
—Vamos.
—¿Segura?
—Sí. Pero apúrate antes de que se me vaya. Tengo el coño chorreando.
***
Subimos por una escalera estrecha. El corazón me latía en las orejas y sentía el chorreo mojándome la parte interna del muslo. Él abrió la puerta de la habitación y yo entré detrás. Eran seis. Hablaban entre ellos, normales, vestidos. Cuando me vieron, se callaron. Esa caída del ruido me pegó más que cualquier otra cosa de la noche. Me sentí ganado, como una cerveza que acaban de servir en la mesa.
—Chicos, ella es Camila —dijo Andrés.
Saludé con una sonrisa nerviosa. Andrés me dio una bolsa con la lencería que acabábamos de comprar. Me fui al baño a cambiarme. Me miré al espejo dos segundos, con el corpiño rojo apenas tapándome los pezones y la tanga hundiéndoseme en la raja. No me reconocí del todo, pero me gustó lo que vi. Me pasé un dedo por el coño y me lo llevé a la boca: tenía gusto a puta lista.
Salí. Me rodearon despacio, sin atropellar. Manos en la cintura, en la cadera, en el cuello, en el culo, en las tetas por encima del encaje. Una boca encontró la mía, después otra. Una mano se me metió por debajo de la tanga y encontró el clítoris; otra me pellizcó un pezón por encima del corpiño hasta hacerme gemir. Me dejé llevar el primer minuto solo para acostumbrarme al volumen del cuerpo de seis hombres alrededor del mío, al calor, al olor a piel y a colonia mezclados.
Andrés me besó por encima del hombro de uno de ellos. Eso me terminó de soltar. Lo necesitaba ahí.
Me arrodillé en la alfombra. Empezaron a desnudarse alrededor mío. De golpe tenía seis pollas duras a la altura de la cara, todas distintas: una gruesa y corta, otra larga y curva, otra negra y venosa, otra rosada con el prepucio tirado hacia atrás. Cuando los tuve a todos alrededor, supe por qué había estado pensando en esto durante años. No era solo el morbo. Era la sensación de no tener que decidir entre uno y otro, de poder ir y volver, de que cada cabeza que giraba encontraba una verga nueva esperándome la boca.
Empecé con uno alto, de manos enormes. Le agarré la polla con las dos manos y me la metí entera, hasta que la punta me golpeó el fondo de la garganta y se me escapó una arcada. Él me agarró de la nuca y me la empezó a coger la boca, a su ritmo, mientras yo me dejaba. La saqué toda babeada y me giré al de al lado, que ya tenía la suya apuntándome a los labios. Me la tragó igual, hasta los huevos. Andrés se acercó y me agarró del pelo por detrás, sin tirar fuerte, solo recordándome que estaba ahí. Me dejé guiar. Cambié de uno a otro, marqué el ritmo con la respiración, les chupé los huevos entre medio, me dejé abofetear las mejillas con los glandes, me reí con la boca llena cuando uno me dijo al oído que era un sueño verme así, con hilos de baba colgando del mentón.
Alguien se me puso atrás, me corrió la tanga y me metió tres dedos de una en el coño. Yo grité con la polla dentro de la boca. Empezó a moverlos rápido, buscándome el punto, mientras yo seguía mamando. Sentí cómo me chorreaba por los muslos hasta la alfombra. Otro me abrió las nalgas y me pasó la lengua por el culo, largo, sin apuro, mientras el de adelante me hundía la verga hasta el fondo. Me vine la primera vez ahí, temblando, con el orgasmo cortándome la mamada. Me arrancaron un gemido gutural que ni yo sabía que tenía.
Me pasaron a la cama. Uno se acostó y me subí encima. Me empalé la polla en el coño de un movimiento, hasta el fondo, y solté un grito ronco. Otro me metió la suya en la boca desde atrás de la cabeza de él, inclinándose sobre nosotros. Un tercero me tanteó el culo con el dedo, pusó lubricante, y me lo empezó a abrir despacio. Cuando me metió la verga en el culo mientras yo tenía otra en el coño y otra en la boca, se me nubló la vista. Los tres empezaron a moverse en un ritmo que no era ritmo, cada uno por su lado, empujándome, sacudiéndome. Yo estaba llena por los tres agujeros, gimiendo alrededor de la polla que tenía en la boca, sintiendo cómo el orgasmo se me acumulaba en la panza como una ola que no rompía.
A los veinte minutos —o los cuarenta, no sé— no sabía cuántas veces me había venido. Los cambios eran continuos: uno terminaba dentro del coño, salía, otro se metía sin esperar; el del culo se apartaba, se acomodaba el del al lado y volvía a empezar. Yo me sentía completamente abierta y completamente dueña al mismo tiempo. Esa contradicción es lo que más me gustó. Cada vez que uno estaba por venirse dentro de mí, yo le decía «no, esa la quiero afuera», y él aguantaba, se salía, y volvía a la fila.
Después vino la parte que pedí. Hicieron una fila. Andrés se puso último. Yo me arrodillé de nuevo en la alfombra, con el corpiño colgando de un solo tirante y la tanga rota tirada al costado. Uno por uno fueron pasando frente a mí, cascándosela a centímetros de mi cara, terminando donde yo les indicaba con un gesto. La cara, la lengua, el cuello, las tetas. El primero me llenó el cachete izquierdo de un chorro grueso y caliente que me llegó hasta el pelo. El segundo me pidió que abriera la boca y me la vació encima de la lengua; yo la mantuve abierta para que la vieran todos. El tercero me terminó entre las tetas, con un grito ahogado. El cuarto en la frente y los ojos —los cerré justo a tiempo—. El quinto me pidió que sacara la lengua otra vez y me dejó un hilo largo que me cayó del mentón al cuello. Cuando Andrés terminó, encima de todo lo demás, abrí los ojos y nos miramos un segundo. Estaba empapada. Me sacó una foto. Yo me estaba riendo, con la boca todavía abierta y llena.
Me limpié con los dedos, lentamente, mirándolo a él. Me llevé un dedo cargado a la boca y me lo chupé. Después fui al baño a darme una ducha rápida.
***
Cuando salí, esta vez sin nada puesto, estaban hablando entre ellos, relajados. Uno me convidó agua. Otro me preguntó si estaba bien y se lo agradecí más que el resto del rato. Andrés me besó como me besa cuando estamos solos. Me apretó una nalga, dos. Me metió un dedo despacio en el coño todavía sensible, después otro, después me lo sacó todo mojado y me lo pasó por los labios. Los demás miraban con la polla volviéndoseles a poner dura. Cuando me empezaron a dar nalgadas entre todos, uno de cada lado, otro me pellizcaba los pezones y otro me metía dos dedos por el culo, mientras Andrés seguía besándome y me susurraba «así, puta, así», me bajó un orgasmo de los que doblan las rodillas. Me caí para adelante sobre él, temblando, con el coño chorreando por el interior de los muslos.
Hubo una segunda ronda. Más lenta, con más conversación, con menos urgencia. Me cogieron en cuatro patas sobre la cama mientras yo mamaba a otro; me pusieron boca arriba con las piernas abiertas y se turnaron para venirse en mi coño hasta rebalsármelo; me hicieron un sándwich con dos vergas a la vez, una en el culo y una en el coño, mientras yo agarraba una en cada mano. Esa segunda ronda fue distinta porque ya no era un descubrimiento. Era un acuerdo. Yo decidía, ellos cumplían. «Vení acá», «date vuelta», «más fuerte», «afuera, en la cara», «adentro, quiero sentirlo», y ellos hacían lo que yo pedía.
Cuando terminaron, me fui al baño otra vez. Me vestí. Bajé con Andrés. Él manejaba con una mano y con la otra me apretaba el muslo, subiendo hasta rozarme por encima del jean. No hablamos mucho.
—¿Y? ¿Qué te pareció? —preguntó en un semáforo.
—Superó lo que tenía en la cabeza. Me duele la mandíbula y no siento el coño.
Se rió.
—¿Y a ti? —le pregunté—. ¿Cómo lo viviste?
—Me gustó verte así. Con la boca llena. Con la cara empapada. No esperaba que me gustara tanto.
Esa noche cogimos como dos animales. Me la metió apenas cerramos la puerta, contra el pasillo, sin ni desvestirme del todo. Después en el sofá, en cuatro patas, tratándome de zorra, preguntándome cuántas pollas había tenido esa noche, cuánta leche había tragado. «Nueve», le contestaba yo cuando me la sacaba de la boca. «Diez con la tuya». Terminó vaciándose en mi culo, aplastándome contra el respaldo. No me preguntó nada más. Yo no le pedí nada más.
***
A la semana siguiente él me empezó a tirar el tema en la cama, en voz baja, mientras me cogía. «¿Quieres repetir?», «¿Cuántos esta vez?», «¿Te acordás cómo te dejaron la cara?». Yo le decía que sí a todo en ese momento, con la polla dentro, mordiéndome el labio. Después, vestida y tomando café, le pedía que la próxima vez fuera sorpresa. Que no me avisara. Eso me gustaba más.
Pasaron dos semanas. Habíamos ido al cine. Yo me había olvidado del tema, esta vez también. En el camino de vuelta dobló a la derecha donde no correspondía. Reconocí la cuadra antes que el motel. Sonreí sin mirarlo y sentí el calor bajarme al coño en dos segundos.
—¿Cuántos?
—Sube y cuenta.
—Dímelo.
—No.
Subimos. Cuando entré, conté en silencio. Doce, contándolo a él. El doble que la primera vez. Andrés me miró desde el lado del minibar como diciéndome «sé lo que estoy haciendo». Yo asentí y ya me estaba desabrochando el vestido antes de saludarlos.
Esa noche fue más larga, más intensa, más caótica. No tiene sentido contarla parte por parte porque se mezcla en mi cabeza como una sola cosa muy larga: pollas por todos lados, manos que no paraban, mi coño abierto durante horas, orgasmos encima de orgasmos hasta perder el hilo, doble penetración con un tercero en la boca, y una fila que me llenó la cara y el pecho de tanta leche que se me metió por el escote y me chorreó hasta la panza. Lo que sí recuerdo claro es la última hora, cuando me arrodillaron y me terminaron en cara y cuello uno tras otro, doce vergas descargándose una atrás de otra, cascándosela sobre mí con los huevos golpeándome la frente y el mentón. Cuando el último me vació en la boca abierta, yo tragué mirándolo a los ojos. Y recuerdo que cuando me metí a la ducha, esperé un segundo más bajo el agua, sintiendo cómo se iba todo, y pensé que esto se podía volver una costumbre peligrosa. Pensé también que no me importaba.
Al salir, ya no había nadie más que Andrés. Le pedí algo nuevo.
—La próxima no vengas tú.
Se rió, pero raro.
—¿En serio?
—En serio. Quiero ver qué pasa si no estás. Si alguno se anima a más.
—Eres cosa fina, Camila.
Esa noche en casa me cogió como si quisiera marcar territorio. Me la metió por el culo sin preguntar, agarrándome del cuello, obligándome a mirarlo por el espejo mientras me embestía y me decía al oído que yo era suya, que la boca era suya, que el coño era suyo, aunque otros la usaran. Se vino adentro con un gruñido, apretándome contra el colchón. Yo lo dejé. Me gustó.
***
Pasó un mes. Habíamos ido al supermercado, las bolsas iban en el baúl, y de repente me doy cuenta de que está doblando otra vez para el lado del motel. Me reí sola. Andrés es de palabra.
Estacionó. No apagó el motor.
—Arriba te están esperando.
—¿No subes?
—No. Tengo que llevar las cosas y guardarlas. Vuelvo en tres horas.
Lo miré. La cara la tenía tranquila, demasiado tranquila. Yo sabía qué quería. Me excitó saberlo y no decírselo. Ya sentía la tanga mojada.
—¿O sea que me dejas sola con ellos?
—Sí. ¿Qué tiene?
—Nada. Te veo en tres horas.
Me bajé. Le di un beso largo, le dije que sí con la mirada. Subí.
Lo que pasó esa noche, lo que decidí hacer y lo que decidí no hacer, lo voy a contar otro día. Porque esto, lo juro, ya es otra historia.