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Relatos Ardientes

Le confesé mi fantasía y dos semanas después cumplió

Me llamo Camila, tengo veintipocos y soy de esas mujeres que parecen más inocentes de lo que son. Pelo largo, oscuro, caderas que llaman la atención y una boca que, según mi novio, está hecha para una sola cosa.

Andrés y yo llevábamos cuatro años juntos cuando pasó lo que voy a contar. Vivíamos en el mismo departamento desde hacía dos, nos conocíamos los gestos, los silencios y los gustos en la cama. Y en la cama nos entendíamos demasiado bien.

A mí me gusta el sexo crudo. Me gustan las nalgadas que dejan marca, el pelo tirado, los pellizcos en el cuello, la sensación concreta de estar siendo usada por alguien que sabe lo que hace. Andrés me lee perfecto. Sabe cuándo subir el ritmo y cuándo bajarlo, cuándo necesito que me hable feo y cuándo necesito que me bese la espalda diciéndome cosas suaves al oído.

De todo el repertorio, lo mío con la boca es lo más mío. Hacerle sexo oral a Andrés es un ritual, no un favor. Llegué a ese ritmo casi todas las noches, y si lo veía caído lo despertaba arrodillándome entre sus piernas. Tragar lo que él me dejaba era parte del juego: para mí es deleite, para él es prueba de que estoy entregada del todo.

Yo siempre cumplí sus fantasías. Sexo en el callejón a las cuatro de la mañana, una vez en la playa con la marea subiendo, juego de roles en los que le era infiel con un compañero ficticio de oficina, anal lento y anal apurado, todo. Casi nada me cerraba la puerta. Casi todo terminaba gustándome más de lo que admitía.

Una madrugada estábamos hablando bajito, mirando el ventilador del techo. Él me preguntó algo que en cuatro años nunca había preguntado.

—¿Tú tienes alguna fantasía, Cami?

Me reí.

—¿Y eso?

—No sé. Siempre te cuento las mías y nunca te pregunté por las tuyas.

—Tengo una. Pero es muy loca.

—Dímela.

Le aguanté la mirada un rato. La luz azul del despertador le iluminaba la mitad de la cara.

—Tú sabes que me encanta hacerte sexo oral. Bueno. Siempre tuve curiosidad de hacer un bukkake. De saber qué se siente.

Andrés se quedó callado dos segundos largos. No esperaba eso.

—¿Con cuántos?

—No sé. En la cabeza son ocho o diez. La primera vez con seis, quizás. Para probar.

Se rió bajo y me apretó el muslo.

—Saliste con cosas tú.

—Tonto. Por eso no te lo había dicho.

—¿Tienes alguna otra?

—No, ya te invento bastante.

Hablamos cinco minutos más de cualquier cosa y nos dormimos. Yo me olvidé del tema en serio. Lo dije y lo solté, como cuando una le tira un sueño raro a una amiga y al día siguiente nadie se acuerda.

Pasaron dos semanas.

***

Estábamos volviendo de hacer compras. Habíamos pasado por una tienda de lencería —él había insistido en regalarme un conjunto rojo medio absurdo— y por el supermercado. En el camino veo que dobla y se mete en la entrada de un motel del centro. Pensé que se le había puesto a las apuradas y me acomodé en el asiento sonriendo.

Estacionó. No bajó la llave del contacto.

—Amor, te vas a preguntar por qué estamos aquí.

—Para coger, ¿no?

—No.

Lo miré.

—Arriba hay seis tipos esperándote.

Me quedé dura. Sentí el cuerpo dividido en dos: una parte se enfrió, la otra empezó a latir entre las piernas antes de que el cerebro entendiera nada.

—¿Qué?

—Para tu fantasía. La preparé desde la noche que me la contaste.

—Andrés, ¿hablas en serio?

—Totalmente. Los elegí yo. No te conocen. Pasaron análisis médicos. Saben las reglas: cuando tú digas basta, es basta. Y voy a estar yo ahí.

Esto es real. Esto está pasando.

Tardé dos minutos en responder. Le agarré la cara con las manos y le di un beso largo. Le pasé la mano sobre el jean y la tenía dura como si llevara una hora pensando en lo que estaba por venir.

—Vamos.

—¿Segura?

—Sí. Pero apúrate antes de que se me vaya.

***

Subimos por una escalera estrecha. El corazón me latía en las orejas. Él abrió la puerta de la habitación y yo entré detrás. Eran seis. Hablaban entre ellos, normales, vestidos. Cuando me vieron, se callaron. Esa caída del ruido me pegó más que cualquier otra cosa de la noche.

—Chicos, ella es Camila —dijo Andrés.

Saludé con una sonrisa nerviosa. Andrés me dio una bolsa con la lencería que acabábamos de comprar. Me fui al baño a cambiarme. Me miré al espejo dos segundos. No me reconocí del todo, pero me gustó lo que vi.

Salí. Me rodearon despacio, sin atropellar. Manos en la cintura, en la cadera, en el cuello. Una boca encontró la mía, después otra. Me dejé llevar el primer minuto solo para acostumbrarme al volumen del cuerpo de seis hombres alrededor del mío.

Andrés me besó por encima del hombro de uno de ellos. Eso me terminó de soltar. Lo necesitaba ahí.

Me arrodillé en la alfombra. Empezaron a desnudarse. Cuando los tuve a todos alrededor, supe por qué había estado pensando en esto durante años. No era solo el morbo. Era la sensación de no tener que decidir entre uno y otro, de poder ir y volver, de que cada cabeza que giraba encontraba algo nuevo.

Empecé con uno alto, de manos enormes. Después con otro al lado. Andrés se acercó y me agarró del pelo por detrás, sin tirar fuerte, solo recordándome que estaba ahí. Me dejé guiar. Cambié de uno a otro, marqué el ritmo con la respiración, me reí cuando uno me dijo al oído que era un sueño verme así.

A los veinte minutos no sabía cuántas veces me había venido. Alguien me tocaba abajo mientras otros me usaban la boca. Yo me sentía completamente abierta y completamente dueña al mismo tiempo. Esa contradicción es lo que más me gustó.

Después vino la parte que pedí. Hicieron una fila. Andrés se puso último. Uno por uno fueron pasando frente a mí, terminando donde yo les indicaba con un gesto. La cara, la lengua, el cuello. Cerré los ojos cuando faltaban dos para no perder la cuenta. Cuando Andrés terminó, abrí los ojos y nos miramos un segundo. Me sacó una foto. Yo me estaba riendo.

Me limpié con los dedos, lentamente, mirándolo a él. Después fui al baño a darme una ducha rápida.

***

Cuando salí, esta vez sin nada puesto, estaban hablando entre ellos, relajados. Uno me convidó agua. Otro me preguntó si estaba bien y se lo agradecí más que el resto del rato. Andrés me besó como me besa cuando estamos solos. Me apretó una nalga, dos. Me metió un dedo despacio. Los demás miraban. Cuando me empezaron a dar nalgadas entre todos, mientras Andrés seguía besándome, me bajó un orgasmo de los que doblan las rodillas.

Hubo una segunda ronda. Más lenta, con más conversación, con menos urgencia. Esa segunda ronda fue distinta porque ya no era un descubrimiento. Era un acuerdo. Yo decidía, ellos cumplían.

Cuando terminaron, me fui al baño otra vez. Me vestí. Bajé con Andrés. Él manejaba con una mano y con la otra me apretaba el muslo. No hablamos mucho.

—¿Y? ¿Qué te pareció? —preguntó en un semáforo.

—Superó lo que tenía en la cabeza. Me duele la mandíbula.

Se rió.

—¿Y a ti? —le pregunté—. ¿Cómo lo viviste?

—Me gustó verte así. No esperaba que me gustara tanto.

Esa noche cogimos como dos animales. No me preguntó nada más. Yo no le pedí nada más.

***

A la semana siguiente él me empezó a tirar el tema en la cama, en voz baja, mientras me cogía. «¿Quieres repetir?», «¿Cuántos esta vez?». Yo le decía que sí a todo en ese momento. Después, vestida y tomando café, le pedía que la próxima vez fuera sorpresa. Que no me avisara. Eso me gustaba más.

Pasaron dos semanas. Habíamos ido al cine. Yo me había olvidado del tema, esta vez también. En el camino de vuelta dobló a la derecha donde no correspondía. Reconocí la cuadra antes que el motel. Sonreí sin mirarlo.

—¿Cuántos?

—Sube y cuenta.

—Dímelo.

—No.

Subimos. Cuando entré, conté en silencio. Doce, contándolo a él. El doble que la primera vez. Andrés me miró desde el lado del minibar como diciéndome «sé lo que estoy haciendo». Yo asentí.

Esa noche fue más larga, más intensa, más caótica. No tiene sentido contarla parte por parte porque se mezcla en mi cabeza como una sola cosa muy larga. Lo que sí recuerdo claro es la última hora, cuando me arrodillaron y me terminaron en cara y cuello uno tras otro. Y recuerdo que cuando me metí a la ducha, esperé un segundo más bajo el agua, sintiendo cómo se iba todo, y pensé que esto se podía volver una costumbre peligrosa. Pensé también que no me importaba.

Al salir, ya no había nadie más que Andrés. Le pedí algo nuevo.

—La próxima no vengas tú.

Se rió, pero raro.

—¿En serio?

—En serio. Quiero ver qué pasa si no estás. Si alguno se anima a más.

—Eres cosa fina, Camila.

Esa noche en casa me cogió como si quisiera marcar territorio. Yo lo dejé. Me gustó.

***

Pasó un mes. Habíamos ido al supermercado, las bolsas iban en el baúl, y de repente me doy cuenta de que está doblando otra vez para el lado del motel. Me reí sola. Andrés es de palabra.

Estacionó. No apagó el motor.

—Arriba te están esperando.

—¿No subes?

—No. Tengo que llevar las cosas y guardarlas. Vuelvo en tres horas.

Lo miré. La cara la tenía tranquila, demasiado tranquila. Yo sabía qué quería. Me excitó saberlo y no decírselo.

—¿O sea que me dejas sola con ellos?

—Sí. ¿Qué tiene?

—Nada. Te veo en tres horas.

Me bajé. Le di un beso largo, le dije que sí con la mirada. Subí.

Lo que pasó esa noche, lo que decidí hacer y lo que decidí no hacer, lo voy a contar otro día. Porque esto, lo juro, ya es otra historia.

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Comentarios (7)

Romina_K

increible relato!!! me dejo sin palabras

Tomás_BA

Eso de cumplir una fantasia sin avisar es lo mas... me dejo pensando toda la mañana

marianela22

Me recordo a una situacion parecida que tuve, aunque no termino tan bien jajaja. Sigan escribiendo asi!

PatoMorales

Por favor contanos como siguio todo! quede con ganas de mas

Lector_GBA

Me gusta que lo cuentes desde la emocion, no solo desde lo fisico. Eso le da otro nivel al relato.

FedeMdq89

jaja lo del motel sin aviso es tremendo, tiene mas valor que la mitad

Valentina_87

Que envidia sana... ojalá todos tuvieramos una pareja así de perceptiva. Muy bien escrito

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