La trampa del chofer y lo que vino después
Llevaba tres semanas mensajeándome con Ernesto cuando por fin decidí ir a buscarlo en persona. Éramos eso que la gente llama «amigos con beneficios», aunque la palabra amigos se sentía exagerada para describir a alguien a quien solo conocía por WhatsApp y una tarde entre las cajas del almacén donde trabajo. Cuarenta y dos años, separada desde hace dos, y todavía me ponía nerviosa al leer sus mensajes en el descanso del mediodía.
Era lunes. El calor de esa mañana de mayo pegaba desde temprano y yo había elegido una falda azul oscuro, ajustada, que quedaba justo a medio muslo. Debajo, unas bragas de encaje color crema que no tenían ningún motivo para estar ahí excepto el que me daba Ernesto cada vez que me escribía lo que quería hacerme cuando nos viéramos.
Pedí un taxi y le di la dirección de la base donde él trabajaba.
***
La zona no era lo que esperaba. Calles sin pavimentar, lotes baldíos, unas torres de alta tensión que atravesaban el paisaje como gigantes metálicos. La base era un patio amplio con varios camiones estacionados y hombres que iban de un lado al otro con franelas y cubetas. Al bajar del taxi, el sol me cayó encima de golpe.
No vi a Ernesto por ningún lado.
Un hombre joven se me acercó. Bermuda oscura, playera blanca, una sonrisa que se tomó demasiadas confianzas para alguien que acababa de conocerme. Me preguntó si buscaba a alguien, le dije el nombre y asintió despacio, como si la pregunta le confirmara algo que ya sabía.
—Acaba de salir —dijo—. Tarda un par de horas en volver.
Mientras hablábamos se acercaron otros dos hombres. Uno era mayor, moreno, con botas de trabajo y ropa manchada de aceite. El otro llevaba la camisa blanca de la empresa de transporte, tatuajes en los brazos y el tipo de mirada que no disimula nada.
Este último se separó del grupo y me tendió la mano.
—Rodrigo —dijo, como si el nombre estableciera algo entre nosotros.
Cuarenta y tantos, mandíbula ancha, manos grandes que descansaban a los costados con esa calma que tienen ciertos hombres cuando saben exactamente lo que quieren. Le entendí las intenciones en el segundo en que me ofreció llevarme con Ernesto de camino al taller. Era una excusa tan delgada que casi daba pena.
Le mandé un mensaje al taxista para que no me esperara.
***
La camioneta de Rodrigo era grande, de esas con asientos altos y una división de metal detrás de la cabina. Olía a café frío y a plástico caliente por el sol. Al subir, me acomodé en el asiento del copiloto y él arrancó sin apuro.
Salimos por las calles de tierra, despacio, esquivando baches. Rodrigo no hablaba, pero me miraba cada vez que podía. La falda ajustada y el cinturón de seguridad cruzado entre mis pechos no ayudaban a disimular nada, y él tampoco pretendía no mirar.
Después de unos minutos tomó un camino paralelo a las torres de alta tensión. El tipo de desvío que no lleva a ningún taller.
—Ernesto habla mucho de ti —dijo, sin mirarme esta vez.
—¿Sí?
—Dice que eres muy buena. —Una pausa que valió más que diez palabras—. Le pedí que me pasara tu número pero me daba largas.
Me quedé callada. No porque no supiera qué responder, sino porque estaba decidiendo cuánto quería ceder.
Se detuvo en medio del camino. Las torres zumbaban suavemente sobre nuestras cabezas. No había nadie alrededor.
—Solo quiero comprobar si Ernesto exagera —dijo—. O si es verdad todo lo que cuenta.
Se desabrochó el cinturón y bajó la mano a su pantalón. Lo desabotonó sin prisa, con esa lentitud que a veces resulta más efectiva que cualquier argumento. Lo que sacó era oscuro, grueso, ya despierto a medias.
—Te pago bien —agregó—. Solo quiero eso.
Puse mi mejor cara de duda. No era completamente falsa: Ernesto me generaba algo parecido a la lealtad, aunque todavía no habíamos puesto nombre a lo nuestro. Pero cuarenta y dos años me habían enseñado que la lealtad y el deseo rara vez conviven en el mismo momento sin que uno de los dos ceda.
—No sé —dije—. Ernesto y yo somos... algo.
—Ernesto no se va a enterar. Y yo sé guardar secretos.
Tomó mis manos y las llevó hacia él. El calor de su piel me atravesó los dedos. Eso fue suficiente para que la duda terminara de disolverse.
—Nuestro secreto —repetí, y me incliné hacia él.
***
Me acomodé entre los asientos y empecé despacio, sin apurarme. Las manos de Rodrigo me rozaban el cabello con una suavidad que no esperaba en alguien con ese aspecto. Le di lo que pedía: primero muy despacio, estudiando cada reacción, después con la calma deliberada de quien sabe exactamente lo que está haciendo y disfruta del recorrido tanto como del destino.
Me gusta tomar mi tiempo. A los cuarenta y dos años una ya no tiene prisa en estas cosas.
Rodrigo hacía ese sonido bajo que tienen los hombres cuando algo los supera, y yo me permitía una pequeña sonrisa cada vez que lo escuchaba. Pasé varios minutos disfrutándolo, sin acelerar, explorando, hasta que él puso una mano en mi hombro y me detuvo.
—Quiero más —dijo.
—Solo pediste esto —respondí, sin moverme.
Me miró con los ojos entrecerrados de quien ya perdió la negociación antes de empezarla. Sacó la cartera y dejó billetes sobre el asiento, una cantidad que no esperaba.
—Por favor.
Esa palabra en su boca resultó más persuasiva que todo lo anterior.
Bajé de la camioneta, abrí la puerta trasera y subí. Él me siguió enseguida, todavía acomodándose la ropa, con esa urgencia torpe que tienen los hombres cuando ya no piensan con claridad.
Me recosté sobre el asiento largo y lo esperé. Rodrigo se arrodilló frente a mí y me corrió la falda hacia arriba con ambas manos, con más cuidado del que merecía la situación. Se pegó a mí y pasó la lengua por el encaje de mis bragas, empujando la tela, sin quitármelas todavía. Lo dejé ahí un momento, sintiéndolo, antes de ayudarle.
Cerré los ojos.
Cuando por fin me las bajó, ya llevaba rato lista.
***
Lo que vino después fue directo y sin rodeos, que es la única manera en que me gusta con un desconocido. Rodrigo sabía lo que hacía. No era un hombre que necesitara instrucciones.
Primero me tomó desde abajo, con las manos en mis caderas marcando el ritmo. Después bajamos de la camioneta: él extendió una toalla sobre el pasto seco y continuamos al aire libre, con el sol de mediodía cayendo fuerte y el viento entre las torres haciendo lo que podía por refrescarnos.
Desde una casa al borde del camino, un hombre nos miraba apoyado en su barda. No hizo nada por disimularlo. Rodrigo lo notó y levantó los brazos como si celebrara algo. Yo seguí moviéndome, sin detenerme, sabiendo que nos veía.
Terminamos como habíamos empezado: yo de rodillas, él de pie, los dos sudados y satisfechos. Rodrigo sacó una cubeta con agua de debajo de un asiento y me ayudó a limpiarme. Nos reímos un poco mientras nos arreglábamos la ropa, esa risa que aparece cuando dos personas han hecho algo que no debían y ninguno de los dos se arrepiente.
Le pedí que me dejara en la avenida principal.
Antes de bajar le di mi número. Esos encuentros que empiezan como errores a veces merecen una segunda oportunidad.
***
Ernesto me escribió mientras esperaba en la esquina. Venía de regreso y quería verme. Me preguntó dónde estaba y le dije que cerca del mercado, que podíamos encontrarnos en media hora.
Entré a una cafetería, pedí una limonada fría y me refresqué lo mejor que pude. Me retoqué el maquillaje frente al espejo del baño, me arreglé el cabello. Nadie habría sospechado nada.
Ernesto llegó puntual en su camión. Lo reconocí desde la esquina por su silueta detrás del vidrio. Sonreí antes de que me viera.
Subí y le pagué el pasaje como si fuera una pasajera cualquiera. Él me preguntó adónde iba con esa media sonrisa que ya conocía bien.
—A donde tú me lleves —dije.
***
Ernesto era distinto a Rodrigo. Más delgado, más joven, con el tipo de humor que te hace bajar la guardia antes de que te des cuenta. Llevaba meses escribiéndome cosas que me hacían sonrojar en la sala de mi casa, a las once de la noche, con el televisor encendido de fondo como pretexto para no admitir que lo estaba esperando.
Paramos en una marisquería que él conocía, comimos, bebimos una cerveza cada uno. Me puso la mano en el muslo debajo de los manteles largos mientras esperábamos la cuenta. Yo lo dejé, con los ojos fijos en algún punto de la pared como si no estuviera pasando nada.
Después volvimos al camión. Le propuse ir al fondo.
—Espera —dijo—. Primero quiero bañarme. Llevo toda la mañana trabajando y no me parece justo para ti.
Me pareció bien. Esa consideración decía más de él que cualquier cosa que me hubiera escrito por mensajes.
Su departamento quedaba a quince minutos. Una vecindad pequeña, escaleras de cemento, una sala con un sillón marrón y una cocina que olía a café. Me sirvió un vaso de agua fría, salió a prender el boiler. Mientras esperábamos nos sentamos a hablar.
Tenía buen sentido del humor, Ernesto. No intentaba impresionarme con nada grande. Solo con pequeñas cosas bien hechas: traer agua sin que se la pidiera, escuchar de verdad cuando hablaba, recordar cosas que yo había mencionado semanas antes como si se las hubiera anotado.
Nos metimos juntos a la ducha. El agua tardó en calentarse pero ninguno de los dos lo notó demasiado. Él lavó mi espalda con cuidado, yo le enjaboné el pecho. Las manos mojadas sobre la piel tienen su propio ritmo, su propio idioma. Nos lo tomamos con calma.
Cuando salimos, me llevó a su cuarto.
***
Lo que pasó en esa cama fue diferente a la mañana. Ernesto no tenía prisa. Me besó durante un buen rato, recorrió mi cuello con los labios, encontró los lugares que importaban con una paciencia que no esperaba. Me acarició de una forma que me hizo olvidar, por un momento, todo lo que había pasado antes en el día.
Nos movimos despacio. Primero yo arriba, con las manos apoyadas en su pecho, marcando el ritmo yo. Después él, tomando el control sin brusquedad, con la cadencia exacta que necesitaba. Más tarde de lado, mi espalda contra su pecho, su brazo rodeándome la cintura y su mano buscando el lugar preciso para que yo no pudiera quedarme quieta.
Me corrí dos veces. La primera fue casi sin darme cuenta, sorprendiéndome a mí misma en medio de un suspiro que no esperaba escucharme. La segunda fue deliberada, con los ojos cerrados y los pies apoyados en el colchón, dejándome llevar completamente.
Él terminó dentro de mí, que fue lo que me pidió al final, al oído, con esa voz ronca que tienen los hombres cuando ya casi no pueden más. Le dije que sí porque quise, no porque no pudiera negarme.
Nos quedamos quietos. Los dos con la respiración desordenada, el techo blanco encima de nosotros, la tarde entrando despacio por la ventana entreabierta.
—¿Cuándo vas a volver? —preguntó.
—Cuando me invites bien —dije.
Se rió. Ese sonido me gustó más de lo que quería admitir.
***
Me vestí rápido cuando vi la hora. Todavía tenía que volver a casa antes de que oscureciera. Me arreglé frente al espejo del baño, me puse un poco de perfume en la muñeca y recogí mis cosas.
Ernesto quería llevarme pero tenía más vueltas pendientes. Le dije que no se preocupara, que pedía un taxi. En la puerta me dio un beso largo, de esos que no tienen apuro y que te duran todo el camino de bajada por las escaleras.
En la calle esperé con la espalda apoyada en la pared, el sol ya más suave a esa hora. Pensé en Rodrigo y en Ernesto. En lo distintos que habían sido los dos encuentros. En cómo el primero fue urgente y sin nombres verdaderos, y el segundo fue lento y con agua caliente y risas en la cocina.
Cuarenta y dos años. Separada desde hace dos. Todavía capaz de sorprenderme con lo que podía hacer en un día que había empezado sin ningún plan concreto.
El taxi llegó. Subí, le di la dirección y me recosté en el asiento con los ojos entreabiertos. El conductor no dijo nada. Perfecto.
Esa noche cené sola, vi una película que no fui capaz de seguir y me dormí temprano. Antes de apagar la luz revisé el teléfono. Ernesto había escrito: «La próxima vez te quedas a dormir».
Cerré la pantalla sonriendo y apagué la luz.