Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La trampa del chofer y lo que vino después

3.4(5)

Llevaba tres semanas mensajeándome con Ernesto cuando por fin decidí ir a buscarlo en persona. Éramos eso que la gente llama «amigos con beneficios», aunque la palabra amigos se sentía exagerada para describir a alguien a quien solo conocía por WhatsApp y una tarde entre las cajas del almacén donde trabajo. Cuarenta y dos años, separada desde hace dos, y todavía me ponía nerviosa al leer sus mensajes en el descanso del mediodía.

Era lunes. El calor de esa mañana de mayo pegaba desde temprano y yo había elegido una falda azul oscuro, ajustada, que quedaba justo a medio muslo. Debajo, unas bragas de encaje color crema que no tenían ningún motivo para estar ahí excepto el que me daba Ernesto cada vez que me escribía lo que quería hacerme cuando nos viéramos. Me gustaba esa sensación de ir vestida para un pecado que todavía no había cometido, pero que ya me estaba ardiendo entre las piernas antes de salir de casa.

Pedí un taxi y le di la dirección de la base donde él trabajaba.

***

La zona no era lo que esperaba. Calles sin pavimentar, lotes baldíos, unas torres de alta tensión que atravesaban el paisaje como gigantes metálicos. La base era un patio amplio con varios camiones estacionados y hombres que iban de un lado al otro con franelas y cubetas. Al bajar del taxi, el sol me cayó encima de golpe.

No vi a Ernesto por ningún lado.

Un hombre joven se me acercó. Bermuda oscura, playera blanca, una sonrisa que se tomó demasiadas confianzas para alguien que acababa de conocerme. Me preguntó si buscaba a alguien, le dije el nombre y asintió despacio, como si la pregunta le confirmara algo que ya sabía.

—Acaba de salir —dijo—. Tarda un par de horas en volver.

Mientras hablábamos se acercaron otros dos hombres. Uno era mayor, moreno, con botas de trabajo y ropa manchada de aceite. El otro llevaba la camisa blanca de la empresa de transporte, tatuajes en los brazos y el tipo de mirada que no disimula nada.

Este último se separó del grupo y me tendió la mano.

—Rodrigo —dijo, como si el nombre estableciera algo entre nosotros.

Cuarenta y tantos, mandíbula ancha, manos grandes que descansaban a los costados con esa calma que tienen ciertos hombres cuando saben exactamente lo que quieren. Le entendí las intenciones en el segundo en que me ofreció llevarme con Ernesto de camino al taller. Era una excusa tan delgada que casi daba pena.

Le mandé un mensaje al taxista para que no me esperara.

***

La camioneta de Rodrigo era grande, de esas con asientos altos y una división de metal detrás de la cabina. Olía a café frío y a plástico caliente por el sol. Al subir, me acomodé en el asiento del copiloto y él arrancó sin apuro.

Salimos por las calles de tierra, despacio, esquivando baches. Rodrigo no hablaba, pero me miraba cada vez que podía. La falda ajustada y el cinturón de seguridad cruzado entre mis pechos no ayudaban a disimular nada, y él tampoco pretendía no mirar. Yo notaba su vista bajándome por las piernas, deteniéndose un segundo de más en mis muslos, en mi boca, como si ya estuviera desabrochándome con los ojos.

Después de unos minutos tomó un camino paralelo a las torres de alta tensión. El tipo de desvío que no lleva a ningún taller.

—Ernesto habla mucho de ti —dijo, sin mirarme esta vez.

—¿Sí?

—Dice que eres muy buena. —Una pausa que valió más que diez palabras—. Le pedí que me pasara tu número pero me daba largas.

Me quedé callada. No porque no supiera qué responder, sino porque estaba decidiendo cuánto quería ceder.

Se detuvo en medio del camino. Las torres zumbaban suavemente sobre nuestras cabezas. No había nadie alrededor.

—Solo quiero comprobar si Ernesto exagera —dijo—. O si es verdad todo lo que cuenta.

Se desabrochó el cinturón y bajó la mano a su pantalón. Lo desabotonó sin prisa, con esa lentitud que a veces resulta más efectiva que cualquier argumento. Lo que sacó era oscuro, grueso, ya despierto a medias, con el prepucio retraído y la punta brillante, hinchada por la sangre y por la impaciencia. No hacía falta tocarlo para saber que lo tenía duro de verdad; la tela del pantalón ya no le hacía nada y él mismo respiraba más pesado, como si el cuerpo le fuera pidiendo lo mismo que la boca.

—Te pago bien —agregó—. Solo quiero eso.

Puse mi mejor cara de duda. No era completamente falsa: Ernesto me generaba algo parecido a la lealtad, aunque todavía no habíamos puesto nombre a lo nuestro. Pero cuarenta y dos años me habían enseñado que la lealtad y el deseo rara vez conviven en el mismo momento sin que uno de los dos ceda.

—No sé —dije—. Ernesto y yo somos... algo.

—Ernesto no se va a enterar. Y yo sé guardar secretos.

Tomó mis manos y las llevó hacia él. El calor de su piel me atravesó los dedos. La tela gruesa de su entrepierna cedía debajo de mis palmas; sentía la forma, el pulso, la tensión viva de su polla endureciéndose más con cada segundo que yo tardaba en decidirme. Me miró sin pestañear, con la boca apenas abierta, como si ya estuviera cagándose en la paciencia.

Eso fue suficiente para que la duda terminara de disolverse.

—Nuestro secreto —repetí, y me incliné hacia él.

***

Me acomodé entre los asientos y empecé despacio, sin apurarme. Le bajé el cierre y lo liberé con la mano, sacándolo por completo para sentirlo mejor. Las manos de Rodrigo me rozaban el cabello con una suavidad que no esperaba en alguien con ese aspecto. Le di lo que pedía: primero muy despacio, estudiando cada reacción, después con la calma deliberada de quien sabe exactamente lo que está haciendo y disfruta del recorrido tanto como del destino.

Me gusta tomar mi tiempo. A los cuarenta y dos años una ya no tiene prisa en estas cosas.

Rodrigo hacía ese sonido bajo que tienen los hombres cuando algo los supera, y yo me permitía una pequeña sonrisa cada vez que lo escuchaba. Le acaricié la base con la mano, humedecí la punta con la lengua y después lo metí en mi boca con una decisión que le arrancó un gemido inmediato. Sentí el sabor salado, el calor creciente, la piel tensa bajo mis labios. Subí y bajé despacio, dejándolo embestir apenas, controlando el ritmo para que no se me viniera encima demasiado pronto.

Le gustó tanto que me sujetó de la nuca sin hacer fuerza, solo lo suficiente para decirme sin palabras que no pensaba apartarse. Yo seguí, tragándomelo hasta donde pude, sintiendo cómo se le marcaban los muslos, cómo le temblaba la respiración, cómo me llenaba la boca y me hacía lagrimear un poco por puro placer. Pasé varios minutos disfrutándolo, sin acelerar, explorando, hasta que él puso una mano en mi hombro y me detuvo.

—Quiero más —dijo.

—Solo pediste esto —respondí, sin moverme.

Me miró con los ojos entrecerrados de quien ya perdió la negociación antes de empezarla. Sacó la cartera y dejó billetes sobre el asiento, una cantidad que no esperaba.

—Por favor.

Esa palabra en su boca resultó más persuasiva que todo lo anterior.

Bajé de la camioneta, abrí la puerta trasera y subí. Él me siguió enseguida, todavía acomodándose la ropa, con esa urgencia torpe que tienen los hombres cuando ya no piensan con claridad.

Me recosté sobre el asiento largo y lo esperé. Rodrigo se arrodilló frente a mí y me corrió la falda hacia arriba con ambas manos, con más cuidado del que merecía la situación. Me separó las piernas con las rodillas, apoyándose entre ellas para no perder el equilibrio, y pasó la lengua por el encaje de mis bragas, empujando la tela, sin quitármelas todavía. Lo dejé ahí un momento, sintiéndolo, antes de ayudarle.

Cerré los ojos.

Cuando por fin me las bajó, ya llevaba rato lista. Pasó los dedos por mi coño, lento, probando la humedad que yo misma le estaba ofreciendo, y soltó una risa baja cuando notó cuánto me había empapado. Me abrió más, me besó ahí mismo, directo y hambriento, y yo le agarré el pelo porque se me escapaba el aliento. Después me chupó con la boca entera, con la lengua firme, insistente, sin vergüenza, y yo arqueé la espalda contra el asiento sintiendo cómo me subía ese calor eléctrico que te deja sin pensamiento. No tardé en responderle con la misma hambre: le agarré la cabeza, lo acerqué más, le marqué el ritmo hasta que me temblaron los muslos.

***

Lo que vino después fue directo y sin rodeos, que es la única manera en que me gusta con un desconocido. Rodrigo sabía lo que hacía. No era un hombre que necesitara instrucciones.

Primero me tomó desde abajo, con las manos en mis caderas marcando el ritmo. Entonces le subí las piernas a su cintura y lo guié hasta mi entrada. Lo sentí empujar, ancho y caliente, abriéndome despacio al principio y después con una presión deliciosa que me hizo clavarle las uñas en la espalda. Entró completo con un golpe seco de cadera, y ambos soltamos un gemido casi al mismo tiempo. La camioneta crujió apenas cuando empezó a moverse encima de mí, adelante y atrás, firme, sin perder el pulso.

Después bajamos de la camioneta: él extendió una toalla sobre el pasto seco y continuamos al aire libre, con el sol de mediodía cayendo fuerte y el viento entre las torres haciendo lo que podía por refrescarnos. Me puso boca abajo primero, con el culo levantado, y me volvió a penetrar desde atrás, agarrándome por la cintura y entrando más hondo, más sucio, más brutal. Yo apoyé las manos en la toalla y me dejé ir, sintiendo cada embestida sacudirme el vientre, el roce áspero de su pelvis contra mis nalgas, el sonido húmedo de nuestros cuerpos mezclándose sin ninguna delicadeza. La tierra olía seca, el aire estaba caliente, y a mí me daba exactamente igual.

Desde una casa al borde del camino, un hombre nos miraba apoyado en su barda. No hizo nada por disimularlo. Rodrigo lo notó y levantó los brazos como si celebrara algo. Yo seguí moviéndome, sin detenerme, sabiendo que nos veía. Me gustó más de lo que debería que hubiera ojos encima; me ardió entre las piernas con una intensidad que me hizo apretarlo todavía más, obligándolo a empujar con más fuerza.

Cambiamos de posición otra vez. Me hizo ponerme de rodillas y me sostuvo por la cintura mientras me clavaba la verga desde atrás, golpeando profundo, una y otra vez, hasta hacerme babear del gusto y del esfuerzo. Cada embestida me arrancaba un quejido distinto. Él me agarraba del pelo, me pedía que no aflojara, que le siguiera el ritmo, que se la tragara entera cuando volviera a ponerme de frente. Y yo lo obedecía porque me encantaba ver cómo se desarmaba un hombre convencido de que controlaba la situación.

Terminamos como habíamos empezado: yo de rodillas, él de pie, los dos sudados y satisfechos. Rodrigo me sujetó de la mandíbula y me hizo abrir la boca para meterme la punta otra vez, rápida, antes de correrse. Se tensó entero, soltó una maldición entre dientes y me llenó la lengua con una corrida espesa y caliente que me obligó a tragar despacio, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Después me apoyó una mano en la nuca, respirando hondo, todavía temblando.

Rodrigo sacó una cubeta con agua de debajo de un asiento y me ayudó a limpiarme. Nos reímos un poco mientras nos arreglábamos la ropa, esa risa que aparece cuando dos personas han hecho algo que no debían y ninguno de los dos se arrepiente. Yo tenía las piernas flojas, la piel sensible, el coño latiéndome todavía por dentro, y él caminaba con esa arrogancia satisfecha de los hombres que acaban de ser bien atendidos.

Le pedí que me dejara en la avenida principal.

Antes de bajar le di mi número. Esos encuentros que empiezan como errores a veces merecen una segunda oportunidad.

***

Ernesto me escribió mientras esperaba en la esquina. Venía de regreso y quería verme. Me preguntó dónde estaba y le dije que cerca del mercado, que podíamos encontrarnos en media hora.

Entré a una cafetería, pedí una limonada fría y me refresqué lo mejor que pude. Me retoqué el maquillaje frente al espejo del baño, me arreglé el cabello. Nadie habría sospechado nada, salvo quizá por el ligero temblor que todavía tenía en las piernas y esa forma en que los labios se me quedaban un poco más sensibles después de haber sido castigados de esa manera.

Ernesto llegó puntual en su camión. Lo reconocí desde la esquina por su silueta detrás del vidrio. Sonreí antes de que me viera.

Subí y le pagué el pasaje como si fuera una pasajera cualquiera. Él me preguntó adónde iba con esa media sonrisa que ya conocía bien.

—A donde tú me lleves —dije.

***

Ernesto era distinto a Rodrigo. Más delgado, más joven, con el tipo de humor que te hace bajar la guardia antes de que te des cuenta. Llevaba meses escribiéndome cosas que me hacían sonrojar en la sala de mi casa, a las once de la noche, con el televisor encendido de fondo como pretexto para no admitir que lo estaba esperando.

Paramos en una marisquería que él conocía, comimos, bebimos una cerveza cada uno. Me puso la mano en el muslo debajo de los manteles largos mientras esperábamos la cuenta. Yo lo dejé, con los ojos fijos en algún punto de la pared como si no estuviera pasando nada. Sentí su pulgar dibujar círculos lentos sobre la piel, cada vez más arriba, hasta rozar el borde de mi ropa interior. No aparté la pierna. Él entendió la señal y apretó con más confianza, sonriendo como un idiota feliz.

Después volvimos al camión. Le propuse ir al fondo.

—Espera —dijo—. Primero quiero bañarme. Llevo toda la mañana trabajando y no me parece justo para ti.

Me pareció bien. Esa consideración decía más de él que cualquier cosa que me hubiera escrito por mensajes.

Su departamento quedaba a quince minutos. Una vecindad pequeña, escaleras de cemento, una sala con un sillón marrón y una cocina que olía a café. Me sirvió un vaso de agua fría, salió a prender el boiler. Mientras esperábamos nos sentamos a hablar.

Tenía buen sentido del humor, Ernesto. No intentaba impresionarme con nada grande. Solo con pequeñas cosas bien hechas: traer agua sin que se la pidiera, escuchar de verdad cuando hablaba, recordar cosas que yo había mencionado semanas antes como si se las hubiera anotado.

Nos metimos juntos a la ducha. El agua tardó en calentarse pero ninguno de los dos lo notó demasiado. Él lavó mi espalda con cuidado, yo le enjaboné el pecho. Las manos mojadas sobre la piel tienen su propio ritmo, su propio idioma. Nos lo tomamos con calma. Le lavé la polla con los dedos, la fui acariciando bajo el chorro hasta que se puso dura del todo, y él respondió igual de lento, deslizándome las manos por el culo, apretándome las nalgas con una paciencia que me hizo sonreír. Nos besamos ahí, entre el vapor y el ruido del agua, con la respiración mezclada y el cuerpo resbaloso, como si el baño entero se hubiera quedado chico de golpe.

Cuando salimos, me llevó a su cuarto.

***

Lo que pasó en esa cama fue diferente a la mañana. Ernesto no tenía prisa. Me besó durante un buen rato, recorrió mi cuello con los labios, encontró los lugares que importaban con una paciencia que no esperaba. Me acarició de una forma que me hizo olvidar, por un momento, todo lo que había pasado antes en el día. Me deshizo el resto de la ropa con dedos lentos, mirándome como si de verdad le gustara lo que veía, como si quisiera aprendérselo. Yo se la saqué también, y ahí estaba todo: la tensión contenida, la polla dura, el pecho subiendo y bajando, la mirada limpia y caliente de alguien que no necesita jugar a ser otra cosa.

Nos movimos despacio. Primero yo arriba, con las manos apoyadas en su pecho, marcando el ritmo yo. Me abrí sobre él, me bajé poco a poco hasta tenerlo entero dentro, sintiendo cómo me llenaba y cómo cada movimiento me hacía soltar una respiración más rota que la anterior. Me gustó dominarlo un rato, ver cómo se le endurecía la mandíbula y cómo me sostenía la cintura para no perderme el vaivén. Después él, tomando el control sin brusquedad, con la cadencia exacta que necesitaba. Se puso encima y empezó a empujarme con una precisión sucia, profunda, haciéndome gemir contra su boca mientras me abría las piernas más y más, hasta que sentí la cama golpeando contra la pared con cada embestida.

Más tarde de lado, mi espalda contra su pecho, su brazo rodeándome la cintura y su mano buscando el lugar preciso para que yo no pudiera quedarme quieta. Su dedo entró en mí al mismo tiempo que su polla seguía adentro, llenándome por dos caminos distintos, y yo me retorcí de gusto, arañándole el antebrazo, pidiéndole más sin siquiera abrir la boca. Él me besó detrás de la oreja y me habló bajito, diciéndome que así, que no aflojara, que quería verme romperme un poco.

Me corrí dos veces. La primera fue casi sin darme cuenta, sorprendiéndome a mí misma en medio de un suspiro que no esperaba escucharme. La segunda fue deliberada, con los ojos cerrados y los pies apoyados en el colchón, dejándome llevar completamente. Sentí el orgasmo subir desde el vientre hasta la garganta, apretarme por dentro, dejarme húmeda y temblando mientras él seguía moviéndose para alargarlo lo más posible. Después me quedó esa sensibilidad deliciosa, esa especie de latido en el centro del cuerpo que te hace querer seguir aunque ya no puedas.

Él terminó dentro de mí, que fue lo que me pidió al final, al oído, con esa voz ronca que tienen los hombres cuando ya casi no pueden más. Le dije que sí porque quise, no porque no pudiera negarme. Me sujetó de la cadera, se hundió una última vez y se quedó ahí, jadeando, soltando su corrida caliente dentro de mí mientras me miraba como si se estuviera rompiendo de placer. Yo le sostuve la cara con ambas manos y lo besé despacio mientras terminaba de vaciarse.

Nos quedamos quietos. Los dos con la respiración desordenada, el techo blanco encima de nosotros, la tarde entrando despacio por la ventana entreabierta.

—¿Cuándo vas a volver? —preguntó.

—Cuando me invites bien —dije.

Se rió. Ese sonido me gustó más de lo que quería admitir.

***

Me vestí rápido cuando vi la hora. Todavía tenía que volver a casa antes de que oscureciera. Me arreglé frente al espejo del baño, me puse un poco de perfume en la muñeca y recogí mis cosas.

Ernesto quería llevarme pero tenía más vueltas pendientes. Le dije que no se preocupara, que pedía un taxi. En la puerta me dio un beso largo, de esos que no tienen apuro y que te duran todo el camino de bajada por las escaleras.

En la calle esperé con la espalda apoyada en la pared, el sol ya más suave a esa hora. Pensé en Rodrigo y en Ernesto. En lo distintos que habían sido los dos encuentros. En cómo el primero fue urgente y sin nombres verdaderos, y el segundo fue lento y con agua caliente y risas en la cocina.

Cuarenta y dos años. Separada desde hace dos. Todavía capaz de sorprenderme con lo que podía hacer en un día que había empezado sin ningún plan concreto.

El taxi llegó. Subí, le di la dirección y me recosté en el asiento con los ojos entreabiertos. El conductor no dijo nada. Perfecto.

Esa noche cené sola, vi una película que no fui capaz de seguir y me dormí temprano. Antes de apagar la luz revisé el teléfono. Ernesto había escrito: «La próxima vez te quedas a dormir».

Cerré la pantalla sonriendo y apagué la luz.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

3.4(5)

Comentarios(8)

PatoNocturno

excelente!!! me quede sin palabras al final, espero que haya segunda parte

CuriosaLectora34

Por favor seguilo, quiero saber que paso despues con Rodrigo. Me engancho desde el primer parrafo

Rodo_baires

La tension del comienzo esta muy bien lograda, se nota que sabes narrar. Seguire leyendo tus cosas

MauroK_27

jajaja la sonrisa de Rodrigo lo dice todo. Tremendo personaje

Valeria_88

Me recordo a una vez que fui a buscar a alguien al trabajo y la espera valia la pena jeje. Muy bueno

Carlos_BA

Muy bueno!!! leeré todo lo que publiques. Saludos desde Buenos Aires

Silvina_hn

se hizo cortisimo, queremos mas y cuanto antes!!!

KiloVerde33

esa sonrisa del inicio pinta todo lo que viene sin decir nada, muy buen detalle narrativo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.