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Relatos Ardientes

Lo que mi cuerpo me enseñó esa tarde sola en casa

4.7(3)

Llevaba semanas esperando ese momento. No de manera consciente, no con una fecha marcada en el calendario, sino con esa especie de energía acumulada que va creciendo cuando sabes que algo va a pasar y no sabes exactamente cuándo. Mi familia había mencionado la excursión con días de antelación: todo el día fuera, regreso pasada la tarde. Había asentido con naturalidad, sin preguntar detalles, calculando en silencio las horas que eso suponía.

Esa tarde, los escuché salir. El ruido del coche alejándose por la calle, el silencio que siguió. Me quedé inmóvil en mi cuarto durante un minuto completo, con las palmas apoyadas sobre las rodillas, contando en mi cabeza.

Después me levanté y fui al cajón que no abría cuando había alguien en casa.

***

Para entonces ya llevaba casi dos años explorando mi cuerpo a solas. Desde el primer año de universidad había entendido que lo que sentía por dentro no coincidía del todo con lo que veía en el espejo, y había encontrado en esos momentos de soledad una zona que era solo mía, sin explicaciones que dar ni etiquetas que calzar.

Mi cuerpo era delgado, de caderas que se marcaban más de lo que yo creía que debían en alguien de mi constitución. Había dejado crecer el cabello hasta los hombros durante los últimos años, ondulado y castaño, con un volumen natural que se comportaba bien. Desde hacía meses iba al gimnasio del barrio tres veces por semana, sin decirle a nadie el motivo real. Las sentadillas, las extensiones de cadera. El resultado era visible cuando me ponía de perfil frente al espejo del baño: un culo redondo, respingón, que rebotaba con cada paso y que me hacía apretar los muslos cada vez que lo miraba de reojo.

Esa tarde iba a usar todo eso.

***

El conjunto lo había planeado con tiempo. No de manera obsesiva, sino de ese modo en que ciertas ideas van madurando solas hasta que un día ya están listas. Una camisa blanca de mi hermana, la más ajustada que tenía, que yo anudaba a la altura del ombligo dejando un trozo de abdomen al aire. Una falda a cuadros verde y azul que me llegaba justo por debajo de los glúteos, casi demasiado corta. Unas medias negras de rejilla que subían hasta la mitad del muslo y que había comprado en una tienda en línea, entregadas en un sobre sin nombre de remitente.

Y los zapatos. Tacones negros de aguja, comprados seis meses atrás diciéndole a la vendedora que eran para una amiga. Los había guardado en una bolsa dentro del armario, debajo de ropa que nadie movía.

Me maquillé frente al espejo del baño, con la puerta cerrada aunque no había nadie. Delineado negro en el borde del párpado, sombra oscura difuminada hacia el exterior, labial burdeos espeso, del que deja marca. Lo hice despacio, con más concentración de la que ponía en cualquier otra cosa. Cuando terminé, me recogí el cabello en un moño y di un paso atrás para verme entera.

Así.

Eso era lo que aparecía cuando cerraba los ojos. Esa chica del espejo, la de la boca roja y las medias negras y la falda que apenas tapaba el coño, era lo que había estado imaginando.

Volví al cuarto. Me senté en el borde de la cama con las piernas cruzadas, la falda subiendo hacia los muslos sin que yo hiciera nada por bajarla. Permanecí así unos segundos, dejando que el momento existiera, sintiendo cómo el elástico de las bragas de encaje se me apretaba contra la entrepierna, que ya estaba caliente y empezaba a humedecerse solo por la anticipación.

***

Los objetos los había encontrado semanas atrás, revisando el armario del baño donde mi madre guardaba productos que ya no usaba. Dos recipientes de plástico duro, cilíndricos, de esos que vienen con acondicionadores o mascarillas capilares. Los había lavado con agua caliente y jabón, los había secado, los había guardado envueltos en una toalla en el fondo de mi cajón.

El primero era delgado y corto, manejable, y ya lo había usado varias veces en los meses anteriores. El segundo era más grueso y considerablemente más largo, tan gordo que apenas podía cerrar la mano entera alrededor, y hasta esa tarde solo lo había tenido en las manos, sopesándolo, imaginándolo dentro de mí, midiendo con la vista cuánto podía llegar a entrarme.

Me tumbé boca abajo en la cama, con las caderas levantadas sobre una almohada. Tomé el más pequeño, lo limpié con un pañuelo húmedo, lo sostuve frente a mi cara un momento.

Después lo metí en la boca despacio.

El labial burdeos fue dejando su rastro en el plástico, un anillo grueso y sucio que me obligó a mirar. Saqué la lengua y lamí toda la punta, dando vueltas alrededor con la lengua plana, imaginando que era el glande caliente de una polla real. Cerré los labios en un anillo apretado y volví a bajar, chupando con fuerza, hundiendo los cachetes con el esfuerzo. Un hilo de saliva cayó sobre la almohada. Cerré los ojos y lo imaginé de otra manera: cálido, con peso real, con venas hinchadas, con alguien al otro extremo que me agarraba del moño y me marcaba el ritmo. Sentí que algo se activaba en el bajo vientre, una tensión familiar pero más intensa que de costumbre, y noté cómo la humedad de las bragas empezaba a manchar la falda por dentro.

Me atraganté. Volví a intentarlo, empujando hasta el fondo de la garganta, forzando la mandíbula. Un hilo espeso de saliva mezclada con labial se me escapó por la comisura y me cayó por el mentón. Empujé más adentro y esta vez los ojos me lloraron solos, el rímel corriendo por la comisura, la respiración cortada. Lo saqué de golpe y una hebra larga de baba quedó colgando entre mi lengua y la punta. Escupí encima, con rabia, y volví a metérmelo, follándome la boca yo sola, sacándolo y metiéndolo hasta que la garganta me ardía y las lágrimas me caían por la mejilla mezcladas con el negro del delineador.

Lo saqué. Me quedé mirando el desastre que había hecho: el rastro grueso del labial en el plástico, la saliva colgando en hilos, las lágrimas negras mezcladas en la almohada debajo de mi cara, la mancha oscura y creciente entre mis muslos donde las bragas ya no daban abasto.

Perfecta.

***

Me quité la ropa interior sin quitarme nada más. La falda, las medias, la camisa anudada, los tacones: todo se quedó puesto. Solo el encaje que había elegido esa mañana lo puse a un lado, doblado sobre la silla, empapado en el centro de un fluido claro y espeso que se había ido acumulando durante toda la sesión de la boca.

Metí dos dedos entre mis piernas antes de nada, solo para comprobar. Estaban resbaladizos al instante, y cuando los separé un hilo brillante quedó tendido entre ellos. Me los llevé a la boca y los chupé sin pensar, saboreándome.

Usé el recipiente pequeño primero, lubricado, con los dedos, para prepararme. Lo hundí despacio, empujándomelo hasta el fondo del coño, sintiendo cómo las paredes se abrían para acomodarlo. La sensación era conocida, reconfortante casi, y dejé que el cuerpo tomara su tiempo sin forzar nada. Lo fui moviendo en pequeños círculos, luego adentro y afuera con más ritmo, hasta que el coño me chorreaba y el plástico salía brillando cada vez que lo retiraba. Con la otra mano me busqué el clítoris con la yema del dedo corazón, hinchado ya, latiendo, y empecé a frotarlo en círculos apretados mientras me penetraba.

Un gemido bajo se me escapó del pecho. Me mordí el labio para no hacer más ruido, sin acordarme de que no había nadie a quien esconderle nada.

Después tomé el segundo.

Era diferente en la mano de lo que recordaba. Más serio. Más pesado. Lo lubrifiqué generosamente, extendiendo la sustancia con la palma de arriba abajo como si le hiciera una paja lenta, y lo apoyé contra mi coño, sin empujar todavía, solo dejándolo ahí mientras respiraba y sentía cómo la punta gruesa se hundía apenas entre los labios mojados.

Empujé.

Hubo resistencia inmediata. Un dolor agudo y claro que me hizo tensar toda la espalda, morder la almohada, exhalar en un sonido que no era exactamente un gemido pero tampoco silencio. Era demasiado grueso. Sentía cómo me abría, cómo el músculo protestaba, cómo cada milímetro que ganaba me obligaba a estirarme más. Paré. Esperé. Dejé que los músculos volvieran a relajarse, que la respiración se normalizara.

Lo intenté de nuevo.

Esta vez fue distinto. Sentí cómo algo cedía: una apertura lenta y continua que era incómoda y fascinante al mismo tiempo. Los primeros centímetros me dejaron los nudillos blancos de apretar la sábana. Notaba cada vena imaginaria del plástico raspándome por dentro, cada milímetro nuevo instalándose en un lugar donde nada tan grande había estado antes.

Paré. Respiré profundo.

Y lo retiré despacio, viendo cómo salía brillante, cubierto de un flujo blanquecino y espeso que era todo mío.

***

Me levanté, caminé hasta el baño con las piernas un poco temblorosas y los muslos pegajosos, bebí agua directamente del grifo. En el espejo del pasillo me vi de paso: el maquillaje parcialmente deshecho, el moño medio suelto, las mejillas encendidas, los labios borrosos de labial corrido, un hilo de saliva seca en la barbilla. Me detuve un segundo a mirarme. Levanté la falda con dos dedos y me vi el coño en el espejo, hinchado, brillante, con los labios más rojos y abultados de lo normal.

Volví a la habitación.

Lubrifiqué el segundo objeto de nuevo, esta vez con más generosidad, extendiendo la sustancia hasta que goteaba, y me coloqué en la misma posición, boca abajo con la almohada bajo las caderas y el culo bien arriba, ofrecido.

Esta vez entró.

No de golpe, no de manera heroica, sino centímetro a centímetro, con pausas y ajustes y ese proceso extraño que tiene el dolor cuando empieza a convertirse en otra cosa. La incomodidad seguía ahí pero debajo de ella había algo más: una presión interna, una plenitud que no tenía punto de comparación con nada que hubiera sentido antes. Sentía el coño ensanchado hasta un límite que creía imposible, el músculo apretado como un anillo alrededor del plástico, y sin embargo tragándose más y más. Cuando llegó hasta donde no podía ir más, hasta el fondo, hasta un lugar que ni siquiera sabía que tenía, me quedé quieta.

El cuerpo procesando. Follada, llena, abierta.

Empecé a moverlo muy despacio, hacia afuera y hacia adentro, sin prisa, sin objetivo todavía. Solo aprendiendo qué se sentía. Notando cómo la sensación iba cambiando con el movimiento, cómo ciertas posiciones producían más que otras, cómo el cuerpo iba respondiendo por su cuenta. Cada vez que salía casi entero, el coño se cerraba tratando de retenerlo, y cada vez que volvía a entrar oía un sonido húmedo que me erizaba la piel.

—Ay… ay, joder —murmuré contra la almohada, sin darme cuenta de que hablaba en voz alta.

Se sentía como estar llena de verdad. Como si me estuvieran follando de verdad.

***

Cambié de posición. Puse el objeto apoyado verticalmente sobre la almohada y me coloqué encima, de cuclillas, con la falda extendida alrededor de mis rodillas, los tacones clavados en el colchón a ambos lados. El ángulo era distinto desde arriba, más directo, más mío. Podía ver el plástico grueso apuntando hacia arriba y mi coño abierto encima, a punto de tragárselo.

Fui bajando poco a poco, los muslos temblando con el esfuerzo de controlar la velocidad. La punta gruesa se hundió entre los labios y sentí cómo el peso de mi propio cuerpo lo empujaba adentro más rápido de lo que quería. Cuando llegué al punto más bajo, con las nalgas casi tocando la almohada y todo el largo dentro, un sonido me salió de la garganta sin que yo lo hubiera planificado. No era dolor. Era sorpresa. Era el sonido de una perra que se acaba de dar cuenta de lo hondo que le llega.

Empecé a moverme.

Arriba y abajo, despacio primero, luego con más ritmo. Las medias de rejilla marcando el relieve de los muslos, los tacones hundidos en el colchón, el cuerpo respondiendo solo sin que yo tuviera que pensar en nada. Cada vez que bajaba lo sentía golpearme un punto profundo que me sacaba un jadeo grave; cada vez que subía el coño se aferraba tratando de que no se fuera. Era una sensación que yo dirigía pero que al mismo tiempo me dirigía a mí.

Me apalmeé un glúteo con la mano abierta. Fuerte.

El sonido fue seco y claro en el silencio de la habitación.

Volví a hacerlo. Dos veces más. Sentía la piel caliente bajo la palma, la marca roja apareciéndose, la falda cayendo hacia adelante con cada movimiento. Con la otra mano me agarré una teta por encima de la camisa, la pellizqué a través de la tela, sentí cómo el pezón se me endurecía contra la yema del pulgar. Empecé a hablar en voz baja sin querer, palabras sueltas que no organizaba con la mente, puro reflejo del momento.

—Sí… así… más adentro, más… —repetía como para nadie, o para ese alguien imaginario que me miraba desde arriba, que me agarraba de la cintura, que me obligaba a bajar más rápido—. Follame más fuerte, joder, más fuerte…

***

Me tumbé boca arriba. Abrí las piernas todo lo que podían abrirse. Puse una almohada bajo la pelvis para elevar la cadera, ofreciendo el coño hacia arriba como una copa.

Lo introduje de nuevo, esta vez de frente, mirando el techo, viendo cómo mi propia mano guiaba el plástico grueso entre mis labios brillantes y lo hundía centímetro a centímetro.

Hay algo diferente en esa posición. Más expuesta. Más consciente del propio cuerpo. Agarré con el brazo libre la otra almohada y la estreché contra mí, cerrando las piernas parcialmente alrededor de ella. Los ojos se cerraron solos.

Y empecé a imaginar.

Un cuerpo más grande que el mío encima. Manos que podían rodear mi cintura entera. Peso real. Calor real. Una polla real, gruesa, dura, palpitando dentro de mí. Alguien que me miraba desde arriba mientras yo recibía, alguien que me susurraba obscenidades al oído, que me decía lo bien que se sentía mi coño apretado, lo mojada que estaba para él. Aceleré el ritmo sin darme cuenta, hundiéndome el plástico con las dos manos, sacándolo hasta la punta y clavándolo entero de un solo golpe, una y otra vez, y los gemidos ya no eran opcionales: salían solos, cada vez más altos, más obscenos, más de puta.

—Sí, sí, sí, más, córrete dentro, córrete dentro de mí, por favor…

Y en algún punto dejé de preocuparme por si los vecinos podían escuchar a través de la pared.

La ventana estaba cerrada. Y aunque no lo estuviera.

***

Fue cuando cambié el ángulo cuando todo se transformó.

Me puse de rodillas de nuevo, inclinada hacia adelante, con el culo alto y la cara contra el colchón, y reorienté el objeto en diagonal, apuntando a una zona que había leído sobre ella en foros que borraba del historial del navegador. La primera embestida fue solo diferente. La segunda me hizo parpadear. La tercera me quitó el aire de los pulmones.

No era la misma sensación amplificada. Era algo que venía de un lugar más adentro, más central, y se irradiaba en todas las direcciones al mismo tiempo. Como si hubiera encontrado un interruptor que no sabía que existía dentro del coño.

Paré. Saqué el objeto y me toqué con los dedos en esa zona, metiendo el corazón y el índice hasta los nudillos, curvándolos hacia arriba, haciendo círculos lentos, buscando el punto exacto. Cuando presioné, la respiración se cortó sola. Era una zona ligeramente rugosa, hinchada, que respondía como una chispa cuando la tocaba.

Volví a introducir el objeto. Esta vez con intención, buscando ese ángulo preciso, y cuando lo encontré y empujé, la reacción fue instantánea. Los ojos se cerraron solos. La lengua me salió un poco entre los labios. Los dedos de los pies se curvaron dentro de los tacones. Con la mano libre me busqué el clítoris y empecé a frotarlo en círculos rápidos, sincronizando el ritmo con las embestidas.

Ahí.

Empecé a acelerar sin decidirlo. La otra mano bombeando el plástico contra ese punto una y otra vez, sin pausa, sin piedad, chocando contra la cadera con cada empujón, produciendo un sonido húmedo y sucio que llenaba la habitación. El cuerpo tomó el control de una manera que no había experimentado antes: un instinto mecánico que prescindía de la voluntad, que solo quería llegar adonde estaba yendo. Los sonidos que salían de mí eran irreconocibles, mezclados, sin forma, un jadeo animal continuo interrumpido por palabras rotas.

—Ay, joder, ay, no, no, no puedo, no puedo…

Y entonces sucedió algo que no esperaba.

Sin aviso. Sin preparación. Como si alguien hubiera abierto una llave que yo no sabía que existía dentro de mí. El cuerpo entero se sacudió en un espasmo largo. Las piernas dejaron de responder. El coño se cerró en contracciones violentas alrededor del plástico y algo salió de mí en un chorro tibio que mojó las sábanas y me cayó por los muslos interiores, un chorro que no paraba, que salía en oleadas cada vez que las paredes se contraían, sin que yo tuviera control sobre ello, ninguno, y tampoco quería tenerlo. No entendía lo que estaba pasando y no importaba.

Me caí hacia un lado.

Quedé en la cama de costado, con las rodillas dobladas y los tacones todavía puestos, con la respiración intentando volver a algo parecido a la normalidad. El objeto seguía dentro. El cuerpo entero vibraba con esas pequeñas sacudidas que vienen después, incontrolables, como un motor que tarda en apagarse. Sentía el coño palpitando en pequeños espasmos, expulsando el plástico poco a poco, un flujo claro y espeso escurriéndose entre mis muslos y empapando las sábanas debajo.

Tardé varios minutos en poder moverme.

***

Me levanté con cuidado. Las piernas no estaban del todo a mi servicio. Fui al baño, me limpié entre los muslos con una toalla húmeda —el paño salió brillante y con hilos claros—, bebí agua lentamente sobre el lavabo. En el espejo: el maquillaje completamente deshecho, el moño caído, marcas rosadas en los muslos donde las medias habían apretado, una marca roja en la nalga izquierda del apalmeo. La camisa seguía anudada al ombligo, con manchas de sudor bajo las axilas. La falda, arrugada y con una mancha oscura en el bajo.

Me miré durante un momento.

Volví al cuarto. Cambié las sábanas en silencio, las enrollé y las puse a lavar. Me quedé de pie junto a la ventana, con la falda todavía puesta, mirando el jardín. El sol empezaba a bajar. Quedaba tiempo.

***

Esta vez de pie.

Me apoyé con la palma extendida en la pared, inclinada hacia adelante, el peso distribuido entre las palmas y los tacones, el culo empujado hacia atrás, ofrecido. Me miré en el espejo del armario: la camisa anudada, la falda levantada en la espalda enseñándome las nalgas enteras enmarcadas por las medias de rejilla, el coño hinchado y todavía brillante entre los muslos. El labial ya casi desaparecido, solo un rastro rosa en la comisura.

Introduje el objeto por detrás, guiándolo con la mano entre las piernas, y lo hundí de una sola pasada firme.

En esa posición, de pie, el ángulo encontraba el punto con cada movimiento, sin necesidad de buscarlo. Directo. Cada embestida me golpeaba justo ahí, esa zona rugosa que había descubierto minutos antes, y el cuerpo empezaba a temblar desde la primera. Las primeras embestidas me hicieron doblar los codos contra la pared. Las siguientes me inclinaron la cabeza hacia adelante. Empecé a follarme yo misma con rabia, empujando el culo hacia atrás para encontrar cada golpe, imaginando unas manos agarrándome de las caderas, un hombre detrás de mí que no me dejaba escapar.

—Así, así, más fuerte, follame más fuerte —jadeaba contra la pared, sin voz ya, casi sollozando de placer.

Para las últimas, la frente descansaba en el frío de la pared y los ojos estaban cerrados y el cuerpo hacía lo que necesitaba hacer. El sonido de plástico entrando y saliendo de mí era húmedo, sucio, obsceno, y llenaba la habitación entera. Me quedaba pegajosa hasta la mitad del muslo.

Fue más rápido que la primera vez. Más intenso, o quizás solo más nítido porque ya sabía a qué prestarle atención. Sabía qué ángulo buscar, qué ritmo mantener, cuándo apretar el coño alrededor del plástico para hacerlo estallar todo.

Las piernas cedieron hacia adelante y me sostuve con las palmas, la cara girada de lado apoyada en la pared, y cuando llegó fue todavía más abundante que antes. Un chorro salió disparado entre mis muslos, cayendo al suelo con un sonido pequeño que en cualquier otro momento me habría avergonzado, seguido de una segunda oleada que me empapó las medias hasta las rodillas. El coño se contraía en espasmos incontrolables, expulsando el objeto, dejándome vacía y latiendo.

Resbalé hasta quedar de rodillas, la espalda contra la pared, los tacones doblados bajo los glúteos. Las manos en el suelo, en medio del charco tibio que había hecho. El objeto rodó a mi lado, brillante y usado. Me temblaba todo, las piernas, el vientre, la mandíbula. Sentía pequeñas descargas todavía atravesándome el bajo vientre cada pocos segundos.

Tardé un minuto entero en poder levantar la cabeza.

***

Lo que esa tarde me dejó no era solo el placer físico, aunque el placer físico había sido real y contundente y completamente diferente a cualquier cosa que hubiera sentido hasta entonces.

Era saber que ese cuerpo, ese cuerpo que tantas veces me había resultado ajeno o parcial o insuficiente, podía hacer cosas que yo no había imaginado. Que tenía capacidades que me pertenecían. Que la chica del espejo y la persona que las sentía eran la misma.

Limpié el suelo con una toalla vieja que después tiré directo al fondo del cubo de la ropa sucia. Me duché despacio, con agua caliente, dejando que me corriera por el cuerpo, viendo cómo el agua entre mis piernas todavía salía turbia. Me desmaquillé frente al espejo con más calma de la que tenía habitualmente, mirándome mientras lo hacía.

Cuando llegó mi familia una hora después, yo estaba en el sofá con ropa normal y el cabello todavía húmedo, viendo una serie que no seguía.

Nadie notó nada.

Yo sí sabía lo que había pasado en esa habitación. Y eso era suficiente.

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4.7(3)

Comentarios(9)

curiosa87

me encanto, se siente tan honesto y cercano. gracias por compartirlo!!!

Estrella

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues

TomVargas

Muy buen relato, hay algo en la forma en que lo contás que lo hace sentir real. Felicitaciones!

AnaSol72

Me hizo recordar mis propias tardes de descubrimiento jaja. Que linda sensacion de libertad transmite, muy bueno!!

Liguero

Buenisimo, lleno de sensibilidad y morbo a la vez.

NocheClara

Increible, de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Sigue escribiendo por favor!!

ViviR88

Se agradece que lo hayas contado con tanto detalle pero sin ser burdo. Se disfruta mucho mas asi, la verdad.

Marko

espero mas relatos de este estilo, saludos!

Elisa77

Que relato tan bonito. Lo lei dos veces :)

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