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Relatos Ardientes

Cuando le conté todo a mi amante, mi mujer sonrió

Llevaba días sin poder dormir. La culpa tiene esa costumbre de instalarse en los momentos más incómodos: a las tres de la mañana, cuando el techo es lo único que tienes delante y los pensamientos no paran de dar vueltas.

No era justo lo que le estaba haciendo a Laura. Habíamos estado viéndonos durante meses sin que ella supiera que Cristina, mi mujer, estaba al tanto de todo desde el principio. Así que un martes por la mañana cogí el teléfono y la llamé.

—Necesito contarte algo —le dije—. Algo que me está volviendo loco.

Quedamos en el aparcamiento del parque, cerca del barrio donde ella trabajaba. Un lugar neutral, sin testigos. Cristina me deseó suerte antes de que saliera.

Llegué el primero. Me instalé en el asiento trasero de mi coche, con los cristales tintados que creaban esa especie de cabina privada que nos conocíamos bien. Cuando vi a Laura aparecer entre los coches, el estómago me dio un vuelco. Caminaba con esa seguridad suya, con ese paso que nunca perdía aunque no supiera adónde iba.

Abrió la puerta y se sentó a mi lado. Lo primero que hizo fue inclinarse para besarme.

La detuve con una mano en su hombro.

—Espera. Antes tengo que decirte algo importante.

Se quedó quieta, con la mano aún sobre mi pierna, mirándome.

—Mi mujer lo sabe todo —dije por fin—. Lo ha sabido desde el principio. Y no le parece mal.

El silencio que siguió fue de esos que duelen. Laura me miró fijo, sin pestañear, como si procesara cada sílaba por separado. Pasaron cinco segundos. Diez. Quince. Su mirada no se movió.

—¿Fuiste tú quien se lo contó? —preguntó con una voz muy baja.

—Sí.

Me llamó hijo de puta. Abrió la puerta del coche y se fue sin mirar atrás.

La vi alejarse entre los coches aparcados y no hice nada por detenerla. No tenía ningún argumento que añadir. Había dicho lo que tenía que decir, y ella había reaccionado exactamente como merecía.

***

Cuando llegué a casa y le conté todo a Cristina, ella se limitó a decir:

—No te preocupes. Se le pasará.

Y tenía razón. Dos días después, cuando volvió del gimnasio, me anunció que había tenido una conversación con Laura. No entró en detalles, no me explicó qué se habían dicho. Solo me dijo:

—El sábado la he invitado a comer. Los tres tenemos que hablar.

Por más que intenté sonsacarle algo, no hubo manera. Cristina sabe guardar un secreto cuando quiere.

El sábado llegó con esa lentitud de los días que uno espera con demasiada tensión. Me encargué de preparar la comida, de poner la mesa, de elegir la música. Cristina me observaba desde el sofá con una sonrisa.

—Estás nervioso perdido —me dijo.

—Algo.

—Mucho.

Cuando sonó el timbre, las manos me temblaban ligeramente. Fui a abrir y ahí estaba Laura. Radiante, con un vestido negro de tirantes y escote generoso, medias oscuras y los tacones de siempre. Se había soltado el pelo castaño sobre los hombros y llevaba un pañuelo fino al cuello. Hasta Cristina la piropeó cuando entró. Nos trajo un postre hecho por ella misma.

Laura tiene esa clase de presencia que llena cualquier habitación. Alta, con unos ojos verdes que lo ven todo. Tenía treinta y cinco años y ese físico que parece diseñado para desestabilizar a quien la tenga enfrente. Después de enseñarle el piso, nos sentamos a comer.

Cristina tampoco se había quedado corta: una blusa clara ajustada sin sujetador que dejaba adivinar cada curva, y unas mallas negras que marcaban su silueta. Era difícil decidir hacia dónde mirar.

Durante la comida, la conversación fue derivando hacia lo que los tres sabíamos que teníamos que hablar tarde o temprano. Laura le preguntó a Cristina si era bisexual. Cristina respondió con la misma naturalidad con que hablaba de todo:

—No me rijo por el sexo de la persona. Me gustan las personas, ciertos rasgos, cierta energía. Es difícil de explicar con palabras, pero es más un sentimiento que una categoría.

Laura asintió. Escuchaba con atención, sin juzgar. Cristina le habló de nuestra relación, de los acuerdos que habíamos construido con el tiempo, de otras experiencias que habíamos tenido juntos. Pensé que Laura se escandalizaría. En cambio, parecía entenderlo. Más que eso: en su mirada había algo que se parecía a la admiración y, quizás, a la envidia.

—Con mi marido no follamos hace más de un año —dijo en un momento dado—. Duermo con las bragas húmedas y me hago los dedos en el baño para no volverme loca.

No hizo falta aclarar más.

Le expliqué a Laura lo duro que había sido no contarle la verdad desde el principio. Que me atraía mucho. Que temí perder su amistad si lo sabía. Que lo había gestionado mal desde el comienzo. Ella escuchó sin interrumpirme.

—Al principio te odié —dijo cuando terminé—. Pero Cristina me hizo verlo de otra manera.

Según avanzaba la tarde, la atmósfera del salón fue cambiando de temperatura. El vino había hecho su trabajo. En algún momento, Cristina me lanzó esa mirada que reconozco bien después de tantos años juntos, la que significa que va a darnos espacio.

Se levantó, anunció que saldría a hacer algunos recados y tardaría un par de horas. Me besó en los labios, le guiñó el ojo a Laura, y cerró la puerta.

***

El salón quedó en silencio. Solo la música de fondo, tenue, llenaba el espacio.

Laura me miró. Dio una palmada en el cojín a su lado.

—Ven.

Me senté. Se subió encima de mí a horcajadas sin decir nada más y empezamos a besarnos con la boca abierta, mordiéndonos los labios, con la lengua metida hasta el fondo. Notaba su coño caliente restregándose contra el bulto de mi pantalón, marcando cada movimiento de sus caderas. Sus manos me desabrocharon la camisa botón a botón y la dejaron caer al suelo. Yo bajé los tirantes de su vestido y descubrí un sujetador negro semitransparente con encajes finos que apenas contenía sus tetas. Se lo desabroché y se lo arranqué. Las tenía firmes, redondas, con los pezones oscuros y duros como piedras.

—Chúpamelos —me pidió en un susurro ronco, empujando uno contra mi boca.

Le hice caso. Me llené la boca con uno, chupé fuerte, lo mordí despacio hasta que ella gimió y me clavó las uñas en la nuca. Pasé al otro, le pasé la lengua alrededor de la areola, lo succioné hasta oírla soltar un jadeo entrecortado. Sus caderas se restregaban cada vez más rápido contra mi polla, que ya empujaba dolorosamente contra la cremallera.

La separé lo justo para mirarla.

Había algo diferente en ella esa tarde. Sin el miedo al espacio compartido, sin los límites que habíamos tenido siempre, sin la urgencia de los encuentros a escondidas. Gemía sin contenerse, sin bajar el volumen, sin mirar hacia la puerta. Era la primera vez que la tenía entera.

Se puso de pie un momento. Dejó caer el vestido. Se quedó quieta frente a mí, con el tanga negro empapado, una mancha oscura marcando exactamente dónde se le escapaba la humedad. Metió los dedos por debajo del elástico, se los pasó entre los labios del coño y me los enseñó brillantes.

—Mira cómo me tienes —dijo, y se los llevó a la boca, chupándoselos uno por uno mientras me miraba fijo.

Después se arrodilló entre mis piernas.

Me quitó los zapatos, los calcetines. Me desabrochó el pantalón con cuidado, me bajó los calzoncillos, y mi polla saltó hacia arriba, dura y palpitante. Laura se quedó mirándola un segundo, con esa sonrisa que le conocía bien, y se lamió los labios.

—Cómo me gusta tu polla —dijo—. No sabes cuánto la he echado de menos.

La agarró con una mano por la base y le pasó la lengua desde abajo hasta la punta, lento, dejando un rastro de saliva caliente. Rodeó el glande con la lengua, jugó con el frenillo, y después se metió la punta en la boca succionando fuerte. Yo eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido que no pude aguantar.

—Métetela toda —le pedí.

Y me hizo caso. Se la fue tragando centímetro a centímetro, con los ojos clavados en los míos, hasta que la sentí golpear el fondo de su garganta. Se quedó ahí unos segundos, tragando alrededor, con las lágrimas asomándole en los ojos. Después empezó a moverse: sacaba la polla entera, la ensalivaba con la lengua, y volvía a metérsela hasta el fondo. Una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez con más ruido, chupando y babeando sin ninguna vergüenza.

Con la mano libre me agarró los huevos, se los llevó a la boca uno detrás del otro, los chupó despacio mientras me masturbaba con la otra mano. Después subió, siguió mamando la polla, y con dos dedos húmedos me apretó justo detrás de los huevos, en el perineo, con una presión que me hizo ver estrellas.

Sus manos trabajaban al mismo tiempo que su boca, con esa coordinación que no se puede fingir. Me la sacaba, me escupía encima, me la volvía a meter. Se la metía hasta el fondo y se quedaba ahí tragando, con la nariz aplastada contra mi vientre. Sentí la corrida subiendo desde los huevos y le avisé.

—Me voy a correr, Laura.

—En la boca —dijo sin sacársela—. Toda en mi boca.

Me la mamó más rápido, con la mano acompañando el ritmo, y cuando llegué exploté dentro de su boca con una fuerza que me hizo temblar las piernas. Ella no se separó ni un centímetro. Rodeó la punta con los labios y tragó, chorro tras chorro, con la garganta trabajando alrededor del glande. Cuando terminé, siguió chupando despacio para sacarme la última gota. Solo se apartó cuando ya no salía nada más. Un hilo de semen le colgaba de la comisura de la boca. Se lo limpió con el dedo y se lo llevó a la lengua.

—Mucho. ¿Y a ti?

—El mejor postre que he probado en años.

***

Me levanté. La ayudé a sentarse donde yo había estado y me arrodillé frente a ella. Le quité el tanga despacio, empapado y pesado de tanto flujo. Luego los zapatos, luego las medias, besando sus piernas desde la rodilla hacia arriba sin ninguna prisa, mordiéndole el interior de los muslos hasta arrancarle un gemido nervioso.

Le abrí las piernas del todo y me quedé unos segundos mirándole el coño. Lo tenía depilado, con los labios inflamados y brillantes, el clítoris hinchado asomando entre los pliegues. Un hilo de humedad le bajaba hasta el ojete. Se lo abrí con dos dedos, dejándola completamente expuesta.

—Estás chorreando —le dije.

—Cómemelo —me contestó—. Cómeme el coño de una vez.

Me lancé de lleno. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, recogiendo toda esa humedad caliente, terminando con un tirón sobre el clítoris que le hizo pegar un bote. Volví a hacerlo, más lento, saboreándola. Después me concentré en el clítoris: primero con la punta de la lengua, dando círculos suaves, después con toda la boca, chupándolo, tirando de él, soltándolo, volviendo a atacarlo con la lengua plana y firme.

Laura tenía la cabeza echada hacia atrás y las manos hundidas en mi pelo, guiándome, empujándome contra ella. Metí un dedo despacio y sentí cómo se cerraba alrededor, apretándome. Metí otro. Empecé a moverlos dentro con ritmo, buscando ese punto rugoso que sabía que la volvía loca. Cuando lo encontré, ella soltó un grito ronco.

—Ahí, ahí, no pares.

Los dedos golpeaban ese punto mientras mi boca no dejaba en paz el clítoris. Chupaba, lamía, mordisqueaba. Su coño empezó a chorrear más, un flujo espeso que me cubría la cara y me caía por la barbilla. Sentí las paredes internas apretándose alrededor de mis dedos, contrayéndose con espasmos.

—Me corro —jadeó—, me corro, no pares…

Aumenté el ritmo. Los muslos se le cerraron sobre mi cabeza y los pies buscaron apoyo en el aire. Su cuerpo decidió por ella: una sacudida que empezó en los pies y llegó hasta la nuca, un grito largo, y una eyaculación caliente que me empapó la boca y el mentón. Seguí lamiéndola despacio mientras ella temblaba y me apartaba con las manos, demasiado sensible para aguantar más.

Tardó un par de minutos en volver.

Cuando me miró, sonrió. Le brillaban los ojos.

—Vamos —dijo, y señaló con los ojos hacia el pasillo.

***

Desnudos, de la mano, llegamos al dormitorio.

Laura tomó el control desde el principio. Me hizo sentar en el borde de la cama y volvió a arrodillarse entre mis piernas. Me la agarró, todavía blanda de la corrida anterior, y se la metió en la boca. La chupó despacio, con paciencia, dándole tiempo. La sacaba, le pasaba la lengua por el frenillo, se la volvía a meter. En pocos minutos la tenía otra vez dura y palpitando entre sus labios.

Se subió encima. Se agarró a mis hombros. Con la otra mano se guio la polla hasta la entrada del coño y se fue acomodando despacio, centímetro a centímetro, con esa concentración de quien sabe exactamente lo que quiere. La sentí bajar caliente, apretada, hasta que su culo se apoyó contra mis muslos.

—Qué llena me pones —murmuró.

Se quedó quieta un segundo, dejándose sentir. Me miró. Me besó con lengua, despacio, mientras contraía las paredes internas alrededor de mi polla.

Y empezó a moverse.

Primero lento, subiendo y bajando con las caderas, buscando el ángulo. Después empezó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, restregando el clítoris contra mi pubis. Después más rápido, más firme, saltando encima de mí con las tetas rebotando delante de mi cara. Yo le agarré una y me la metí en la boca, chupándola mientras ella cabalgaba.

—Cógeme fuerte —jadeaba—. Rompe mi coño, por favor.

Mis manos apretaban sus caderas para ayudarla en cada movimiento, dirigiéndola, empujándola contra mí. La levantaba y la dejaba caer, follándomela desde abajo con embestidas secas que le arrancaban un gemido con cada golpe. Sus tetas rebotaban descontroladas. La cama crujía. Toda la habitación olía a sexo.

Noté cómo su cuerpo comenzaba a tensarse de nuevo. Se aferró a mis hombros, apretó los muslos alrededor de mis caderas, y antes de que ninguno de los dos pudiera anticiparlo llegó el segundo orgasmo. Se quedó clavada, empalada hasta el fondo, con los brazos alrededor de mi cuello y la cara escondida en mi hombro, mordiéndome mientras el coño se cerraba en oleadas apretándome la polla.

—Qué bien me haces sentir —murmuró al oído, todavía temblando—. No sabes cuánto necesitaba esto.

La giré sin que se despegara de mí. La tumbé de espaldas en la cama y le levanté las piernas, poniéndoselas sobre mis hombros. La polla no había salido de dentro. Empecé a embestir desde ese ángulo, entrando profundo, tocando el fondo con cada empujón. Ella agitaba la cabeza sobre la almohada, con los ojos cerrados, la boca abierta.

—Más —me pedía—. Más fuerte, no pares, mételo hasta el fondo.

Sus manos buscaban dónde aferrarse: la sábana, mi brazo, el cabecero. Le doblé aún más las piernas contra el pecho, abriéndosela del todo. Podía ver perfectamente cómo mi polla entraba y salía brillante, empapada, con espuma acumulándose en la base cada vez que salía. Cogí un ritmo brutal, follándomela con toda la fuerza, con el ruido de la piel chocando contra la piel llenando la habitación.

—Mira cómo entra —le dije—. Mira cómo te la meto entera.

Bajó la vista y se mordió el labio. Escupió sobre la unión de nuestros cuerpos, aunque sobraba humedad, y con la mano se puso a frotarse el clítoris al ritmo de mis embestidas. Seguí hasta que su cuerpo comenzó a convulsionar por tercera vez y sus uñas me marcaron surcos en la espalda. Gritó mi nombre. El coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de mi polla.

***

Antes de que se recuperara del todo, la giré y la puse a cuatro patas.

Se acomodó con el culo levantado y la cabeza apoyada de lado en la almohada, jadeando, esperando. Le agarré las caderas y se la volví a meter de una sola embestida, hasta el fondo. Laura gimió largo, con la boca contra la sábana.

Seguí desde ese ángulo, con un ritmo que le arrancaba un gemido por cada movimiento. Le miraba el culo respingón, ese ojete pequeño y apretado que quedaba a la vista con cada empujón, y no pude contenerme. Me chupé el pulgar y empecé a explorar despacio ese otro agujero, primero rodeándolo, después presionando suave.

Laura se tensó un segundo.

—Ese sitio es virgen —dijo entre jadeos, mirando hacia atrás por encima del hombro—. Con cuidado.

—¿Nunca?

—Nunca. Mi marido nunca me lo pidió y yo no quise con nadie más.

Lo tomé con calma, sin prisa. Saqué la polla del coño, la llené de su propia humedad, y volví a metérsela. Con la mano libre, usé el flujo que ella misma generaba para lubricar despacio ese otro agujero, mojándolo bien con dos dedos. Empujé la punta del pulgar. Hubo resistencia al principio, luego una adaptación gradual, luego algo diferente en sus gemidos: ya no era solo placer, era también descubrimiento.

Le pregunté si quería que siguiera. Me dijo que sí.

—Despacio —añadió—. Y no pares de lo otro.

Saqué la polla del coño, la ensalivé bien, me escupí encima varias veces para dejarla resbaladiza. Le eché saliva también sobre el culo, la extendí con la punta de mi polla, presionando muy suave contra el ojete. Fui muy cuidadoso. Más de lo que nunca había sido con nadie en ese territorio.

—Relájate —le dije—. Abre.

Empujé despacio. La cabeza entró primero, con esa resistencia inicial que cedió de golpe. Laura pegó un gemido ronco, mordiéndose el labio, agarrando la sábana con los puños.

—Para —dijo—. Un segundo, para.

Me quedé quieto, sin moverme, con solo la punta dentro. Le pasé la mano por la espalda, por el culo, calmándola. Al cabo de un rato me pidió que siguiera. Empujé otro centímetro. Después otro. Sin prisa. Ella respiraba profundo, adaptándose. Le llevé la mano al clítoris para que se lo tocara y no perdiera la excitación.

Cuando estuvimos a fondo, con los huevos apoyados contra su coño, me quedé quieto unos instantes para que su cuerpo encontrara el ritmo.

Después empecé a moverme muy despacio.

La sensación era diferente a cualquier otra: más apretado, más caliente, con cada movimiento arrancándome un placer distinto. Laura tardó un poco en encontrar su sitio en aquello, pero lo encontró. Sus gemidos cambiaron de registro: primero con un tono de esfuerzo, luego con algo que se parecía cada vez más a un placer distinto, más profundo, más interior.

—Sigue —jadeaba—. Sigue así, más, un poco más rápido.

Empecé a acelerar. Ella se frotaba el clítoris con dos dedos, cada vez más rápido, gimiendo cada vez más alto. Le agarré una nalga con cada mano, abriéndosela, viendo cómo mi polla entraba y salía de ese sitio virgen que ya era mío. La imagen me volvió loco.

—No pares —me decía—. No pares ahora.

—Voy a llenarte el culo, Laura.

—Sí, dentro, córrete dentro.

El ritmo fue aumentando hasta que los dos perdimos el control al mismo tiempo. Su cuerpo se contrajo en una serie de sacudidas que no anticipaba ninguno de los dos, un orgasmo distinto, más largo, más profundo, que la dejó gritando contra la almohada mientras el culo se le cerraba en espasmos alrededor de mi polla. Yo llegué al límite unos segundos después, con una intensidad que me dejó sin respiración y sin pensamiento durante un momento largo. Me vacié dentro de ella con chorros que sentí subir desde los huevos hasta descargarse en lo más hondo, empujando hasta la última gota.

Cuando saqué la polla despacio, un hilo blanco resbaló por el interior de sus muslos.

Nos quedamos quietos, apoyados el uno en el otro, mientras todo volvía a la calma y la respiración recuperaba su ritmo normal.

—Solo tuyo —dijo en voz baja—. Era solo tuyo.

***

Fuimos al baño juntos. Laura se recogió el pelo para no mojarlo. Nos duchamos despacio, sin urgencia, con el agua caliente y las manos que seguían recorriendo lo que acababan de aprender. Nos enjabonamos, nos limpiamos, nos miramos bajo el chorro sin que hubiera nada que decir.

Nos secamos. Salimos al pasillo. Fuimos recogiendo la ropa que habíamos dejado repartida entre el salón y el dormitorio.

Cristina estaba sentada en el sofá, esperándonos.

Cuando nos vio entrar, sonrió.

—¿Todo bien? —le preguntó a Laura.

Laura se sentó en la alfombra junto a ella, con esa naturalidad de quien lleva años en un sitio. Se pusieron a hablar como si tal cosa. Yo me quedé de pie un momento, mirándolas, sin saber muy bien cómo encajar en esa imagen.

Me ofrecí a traer algo de beber. Aceptaron. Volví a la cocina y las dejé hablar. Desde allí las oía perfectamente: Laura le contaba a Cristina cómo se había sentido, con una honestidad que me sorprendió. Le contó lo del culo. Le contó cómo se había corrido tres veces. Cristina escuchaba, hacía preguntas, reía en los momentos exactos. Más tarde me confesaría que al ver a Laura sentada a su lado, no había podido evitar mirarla. Y que cuando Laura describió el momento en el dormitorio, sus propias bragas se habían encharcado tanto que había tenido que meterse la mano dentro de las mallas para tocarse el clítoris mientras Laura seguía hablando.

Cuando volví con las copas, las dos estaban juntas en el sofá. Laura con las piernas cruzadas. Cristina con una mano apoyada en su rodilla, subiendo despacio por el muslo.

Dejé las copas en la mesa y me senté frente a ellas.

Nadie dijo nada por un momento.

Cristina me miró. Después miró a Laura. Después volvió a mirarme a mí.

—¿Repetimos el sábado que viene? —preguntó.

Laura se rio. Yo también. Y Cristina levantó su copa.

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Comentarios(9)

Sergio_BA

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

PilarGDL

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas...

Alicia_G

Me encanto el giro final, no lo esperaba para nada. Sigue escribiendo asi!

viciosin

buenisimo!!! me dejo sin palabras

Eli_Cba

Lo que mas me gusto es como esta contado, se siente real sin ser burdo. Un lujo leer algo asi

RodriMdz

Me quede pensando en como siguio todo despues jaja... espero que haya continuacion

Marcos_Cba

Hay gente con una vida asi y nosotros aca leyendo jajaja. De verdad increible

TabooWolf

que final!!! no lo vi venir para nada, 10 de 10

LuisF_1988

Hace mucho que no leia algo tan bien narrado en esta categoria. Cada detalle tiene su lugar y no se apresura. Espero el proximo con ansias.

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