Aquella noche de febrero que no puedo olvidar
Fue hace exactamente un año. El catorce de febrero de aquel invierno que todavía recuerdo con una mezcla extraña de confusión y de ese calor que no sé muy bien dónde colocar. Llevaba seis meses saliendo con Cristóbal, y esa noche decidimos celebrarlo en casa con una cena que preparé junto a mi mamá.
Me había regalado un collar de plata con un dije en forma de corazón, sencillo pero bonito. Yo le di una camisa de vestir y una billetera de cuero marrón, porque él siempre iba muy bien arreglado a su trabajo de oficina. Estábamos contentos, en ese punto dulce del noviazgo donde todavía todo parece estar en su lugar.
Después de cenar, mis tíos se fueron y mi mamá se retiró temprano. Cristóbal y yo salimos a caminar por el barrio, como hacíamos seguido. Era una de esas noches frescas de febrero donde el frío no molesta sino que da razón para pegarse a alguien. Me abracé a él en la acera frente a mi casa, con la cabeza apoyada en su pecho, y él me acariciaba la espalda con esa forma lenta y distraída que siempre me resultaba agradable. Sus manos bajaron hasta mis caderas. Me apretó contra él. Yo sentí su calor y me pegué más, y los dos sabíamos que la noche todavía tenía mucho por ofrecer.
***
Fue entonces cuando escuchamos el ruido.
Un chirrido de neumáticos y el golpe seco de unas puertas abriéndose de golpe, a unos metros de nosotros. Antes de que pudiera entender qué estaba pasando, ya había dos hombres encima de Cristóbal, empujándolo hacia el suelo. Sentí una mano enorme tapándome la boca antes de que pudiera gritar, y otra sujetándome el brazo con una fuerza que no dejaba margen. Me arrastraron hacia una camioneta blanca con el motor encendido. Vi de reojo cómo otros dos levantaban a Cristóbal y lo subían por la puerta lateral.
Lloraba. Pedía que me soltaran, que me dijeran qué querían, que no me lastimaran. Nadie respondió. La puerta se cerró de golpe y la camioneta arrancó.
Durante un tiempo que no supe medir, el vehículo avanzó por calles que no reconocí. Yo seguía llorando en silencio, con la espalda apoyada en la pared metálica del fondo, mirando a los hombres que me rodeaban. Eran jóvenes, todos de más o menos mi edad. Uno de ellos me devolvió la mirada sin expresión. Otro sacó el celular y lo guardó de nuevo sin desbloquearlo. Nadie habló.
Cristóbal estaba sentado más adelante, recostado sobre un asiento, con los ojos abiertos y la mirada fija en el piso.
***
La camioneta se detuvo en algún lugar oscuro. La única luz era una farola lejana que se colaba por la ventanilla trasera y pintaba todo de naranja pálido.
—Quítate la ropa —dijo una voz desde el asiento del copiloto. Era una voz tranquila, casi educada, lo cual la hacía más desconcertante que si hubiera gritado. El hombre que habló giró para mirarme: moreno, de hombros anchos, unos veinticuatro años. —Puedes hacer esto a las malas o puedes dejarte estar. Tú decides.
Miré a Cristóbal. Él no me miraba.
Somos seis contra mí. El chofer no va a ayudarme. Nadie sabe dónde estoy.
Me empecé a desvestir.
***
El que llevaba la voz cantante bajó del asiento delantero y se arrodilló frente a mí. Me dejó terminar sin apurarme. Cuando quedé completamente desnuda, pasó las manos por mis costados con calma, sin brusquedad, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Muy bonita —murmuró. Y luego, más cerca de mi oído: —Te lo prometo, no te voy a lastimar.
Me recosté sobre mi ropa. Él comenzó a recorrerme el cuerpo con paciencia: los costados, el vientre, la cintura. Me besó el cuello, la clavícula, la curva del hombro. Tenía la boca caliente y sabía exactamente dónde poner los labios para que la piel respondiera sola. Yo tenía los ojos cerrados y trataba de mantener la mente en otro lugar, pero el cuerpo tiene su propia lógica, una que no consulta antes de actuar.
Cuando finalmente se colocó encima de mí, el miedo todavía estaba ahí, pero ya no era lo único. Era grande y se movía con seguridad, sin prisa. No fue lo que me habría imaginado si alguien me hubiera dicho antes que esto iba a ocurrir. Fue, extrañamente, metódico. Y eso fue suficiente para que algo en mí comenzara a responder, sin que yo le diera permiso.
Cuando acabó, lo hizo afuera, sobre mis caderas. Rodó hacia un costado y se quedó en silencio unos segundos.
Los demás observaban desde las sombras del fondo.
***
El siguiente dijo que yo era la primera mujer con la que estaba. Lo dijo con una honestidad que me desarmó, casi avergonzado, con las manos temblorosas y los ojos muy abiertos. Era delgado, con la mandíbula apretada de nervios. Terminó pronto y se quedó mirándome después sin saber qué hacer con las manos ni con la mirada.
Luego vinieron los demás, uno por uno.
No todos fueron iguales. Algunos eran torpes y rápidos, otros se tomaban su tiempo. Uno me besó en la boca de una manera que no esperaba, lenta y con algo que se parecía a la ternura, y eso me resultó más desconcertante que cualquier otra cosa de esa noche. Otro me habló al oído en voz baja mientras lo hacía, y lo que decía no era obsceno sino casi amable, lo cual era todavía más difícil de procesar cuando uno intenta mantenerse ajeno a lo que está pasando.
Para cuando llegó el último, yo ya no estaba intentando pensar en otra cosa. Estaba, simplemente, presente. Mi cuerpo había tomado sus propias decisiones hacía rato, y yo había dejado de pelear contra eso.
Cristóbal seguía en el mismo asiento. Seguía sin mirarme.
Me pregunté si le importaba algo de lo que estaba pasando. Decidí que ya me lo preguntaría después, cuando pudiera pensar con claridad.
***
El que mandaba volvió cuando creí que todo había terminado.
Me hizo girar de costado y se acomodó detrás de mí, pegado a mi espalda. Empezó desde la nuca, con la boca, y fue bajando muy despacio: los hombros, la columna, la cintura. Sus labios llegaron hasta mis glúteos y se tomó ahí un tiempo que no esperaba. Usó la lengua con mucha atención, explorando, y la combinación de esa paciencia y esa precisión hizo que tuviera que morderme el labio para no hacer ruido delante de todos.
Luego fue más abajo todavía.
Nadie me había tocado así antes. Lo que sentí fue tan nuevo y tan intenso que me aferré al piso con ambas manos y dejé escapar un sonido que me sorprendió a mí misma.
Cuando finalmente lo intentó por detrás, el dolor llegó primero, afilado y directo. Le pedí que parara. Redujo el ritmo pero no se detuvo, y hubo varios minutos en los que el ardor y una sensación que no supe nombrar coexistieron sin que yo pudiera separarlos del todo. Cuando terminó y se retiró, me quedé quieta en el piso, mirando el techo de la camioneta, sin ganas de moverme todavía.
Para entonces, los demás habían ido bajando del vehículo en silencio. Solo quedábamos Cristóbal, el chofer y yo.
***
Cristóbal se levantó despacio de su asiento. Me miró un segundo, abrió la boca y la cerró sin decir nada. Luego abrió la puerta lateral y se bajó. Escuché sus pasos en el asfalto durante unos segundos. Después, nada.
El chofer tardó en girarse. Era un hombre de unos cincuenta años, con la cara surcada de arrugas y una mirada que no tenía ninguna clase de amenaza. Habló en voz muy baja.
—¿Me dejas? —preguntó. Solo eso.
No sé por qué dije que sí. Quizás porque después de todo lo que había pasado, aquella petición tranquila me resultó casi inofensiva. Quizás porque mi cuerpo seguía encendido y mi cabeza todavía no había encontrado la manera de apagarlo.
Él no fue como los jóvenes. Fue lento y muy cuidadoso, con manos grandes y callosas que sabían exactamente lo que hacían. Me habló en voz baja mientras lo hacía, no con palabras sucias sino preguntando si estaba bien, si quería que parara. Fue el único de todos que lo hizo. Y también fue el único con quien yo llegué de una manera que me hizo doblar los dedos de los pies y cerrar los ojos muy fuerte.
Le hice acabar en mi boca. Él no lo esperaba, y tardó un momento en reaccionar.
Después me ayudó a encontrar mi ropa entre los pliegues del piso de la camioneta y esperó en silencio mientras yo me vestía.
—¿Sabes cómo llegar a tu casa desde aquí? —preguntó.
—Sí.
Abrió la puerta y me señaló la dirección con un gesto de cabeza.
***
Caminé sola unas seis o siete cuadras. El frío de febrero me fue despejando la cabeza de a poco. Las calles estaban vacías, con esa quietud particular de las madrugadas de invierno. Cuando llegué a mi casa, entré sin hacer ruido para no despertar a mi mamá y me metí directo a la ducha. Estuve bajo el agua caliente un tiempo largo, sin pensar en nada concreto, dejando que el vapor llenara el baño.
Nunca llamé a la policía. Nunca hablé con Cristóbal después de esa noche: él tampoco me llamó, y yo tampoco tuve ganas de explicarle nada a alguien que había preferido mirar el piso durante todo lo que pasó. Lo que teníamos se terminó ahí, en ese asiento del fondo de una camioneta, sin que hiciera falta pronunciarlo.
***
Han pasado doce meses. A veces pienso en aquella noche cuando menos me lo espero: en el trabajo, bajo la ducha, justo antes de quedarme dormida. No pienso en el miedo, que también estuvo y fue real. No pienso en el dolor, que también fue real. Pienso en el que mandaba, con su voz tranquila y sus manos que sabían muy bien lo que hacían. Pienso en el chofer y en cómo fue el único de todos que me preguntó si estaba bien.
Me pregunto qué dice eso de mí. No tengo una respuesta clara, y hace tiempo que dejé de buscarla.
Lo que sí sé es que desde aquella noche de febrero entendí algo que antes no sabía: que el cuerpo y la cabeza no siempre leen el mismo libro, y que a veces esa diferencia es la única cosa que queda cuando todo lo demás se borra.