La noche en que el amigo de mi marido llamó
La noche que les voy a contar empieza, como muchas cosas en mi vida, con demasiado calor y una mala elección de ropa.
Tengo treinta y dos años. Dos hijos, un matrimonio que funciona a su manera y un trabajo que me roba los turnos de noche. Lo de la relación abierta fue idea de Sebastián, mi marido, y yo la acepté sin entender del todo qué significaba para mí. En la práctica, significó que él encontró sus propias historias mientras yo me quedé con la libertad abstracta de poder hacer lo mismo si algún día quería. Hasta esa noche, nunca había querido.
No soy de esas personas que buscan atención. Soy alta, tengo buena figura de tanto gimnasio, pelo oscuro que me llega a los hombros y labios que la gente nota aunque yo no los piense. Trabajo, vuelvo a casa, duermo, repito. El deseo, cuando aparece, lo ignoro hasta que se va solo.
Esa noche no se fue solo.
***
Sebastián organiza cenas con sus amigos cada dos o tres semanas. Cuando los chicos se van a lo de mis suegros, la casa se llena de gente que conozco a medias: nombres que escuché en conversaciones, caras que asocio con una anécdota o con una temporada de su vida que yo no viví. Esa vez mis días de franco coincidieron con la cena y no tuve excusa para no bajar.
Me puse un vestido negro largo porque hacía calor y era lo más cómodo que tenía a mano. Nada estratégico. Me recogí el pelo, me serví un vaso de vino y me instalé en el sillón con la televisión de fondo, con cara de no molestar ni querer que me molestaran.
Fue entonces cuando lo vi.
Damián. Uno ochenta, barba de varios días, rastas recogidas con un elástico en la nuca. Tenía una manera de pararse en el mundo que me llamó la atención de inmediato: sin tensión, sin poses, como alguien que no necesita demostrar nada a nadie. Sebastián lo había mencionado varias veces pero yo nunca lo había visto en persona, o sí y no me había fijado. Esa noche sí me fijé.
No hablamos hasta que Sebastián me pidió que fuera al supermercado a buscar más vino. Los autos estaban todos amontonados en la entrada, bloqueando el mío, y antes de que pudiera preguntar quién se movía, Damián apareció en el pasillo con las llaves en la mano.
—Te llevo, si querés. Nos ahorramos todo el lío.
Dije que sí sin pensarlo demasiado.
***
En el auto, el silencio duró treinta segundos.
—Qué buen perfume tenés —dijo mientras arrancaba, sin mirarme.
—Gracias. Vamos a la feria que está sobre Corrientes, ¿la conocés?
—Sí, claro. —Pausa breve. Luego, sin ningún preámbulo—: Sebastián me contó cómo se manejan ustedes dos. Me parece interesante el esquema.
Me reí. No esperaba que fuera tan directo.
—Tiene gracia cuando lo explica él —respondí—. En la práctica el acuerdo lo aprovecha uno solo de los dos.
—¿Y eso no te molesta?
—Tendría que haberlo pensado antes de aceptarlo.
Nos bajamos y entramos juntos a la feria. Damián caminaba despacio, sin apuro, como alguien que nunca tiene ningún lugar urgente adonde ir. Me preguntó si en todo ese tiempo yo no había estado con nadie más, si me había quedado sola dentro de ese acuerdo que supuestamente era para los dos.
—Sos amigo de mi marido —le dije—. No te voy a contestar eso aunque quisiera.
—No hace falta que me contestes —respondió—. Ya me lo dijiste.
—No te dije nada.
—Exactamente.
Caminamos entre las góndolas sin prisa. Elegimos vino, algo para picar. Antes de llegar a la caja me puso en la mano un chupetín de frutilla, sin ninguna explicación, como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Cómo sabías? —pregunté.
—Sebastián habla mucho —dijo, y se encogió de hombros con una sonrisa.
De vuelta en el auto, antes de que me bajara, me miró de frente sin apuro.
—Si algún día querés usar ese acuerdo que todavía no usaste, avisame. No tiene que ser complicado ni tiene que ser nada que no quieras.
No respondí. Bajé del auto, entré a mi casa, dejé el vino en la cocina y me fui directo al baño. Me miré al espejo un minuto entero. Después saqué el teléfono y le escribí.
Su respuesta llegó en menos de un minuto. Le pregunté qué tan en serio era lo que me había dicho. Me contestó que muy en serio, que por él subía ahora mismo a demostrármelo. Le dije que si se animaba, yo estaba en mi habitación.
Cinco minutos de silencio. Después, golpes en la puerta.
***
Entró, cerró la puerta con traba y se quedó parado mirándome un momento antes de moverse. Me tomó de la cintura, me apoyó contra la puerta y me besó. No era un beso que pedía permiso. Era el beso de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna intención de parar. Su lengua se metió en mi boca con una autoridad que me aflojó las rodillas, y yo le respondí con la mía, chupándosela, mordiéndole el labio, sintiéndole el aliento caliente pegado al mío.
Sus manos me recorrían despacio, sin saltear nada: la cintura, las caderas, la espalda. Me subió el vestido negro hasta la cintura y me metió la mano derecha entre las piernas por encima de la bombacha. Me apretó ahí, con toda la palma, y sintió la humedad atravesando la tela. Sonrió contra mi boca.
—Ya estás toda mojada —me dijo al oído—. Ni siquiera te toqué todavía.
—Cerrá el pico y seguí —le contesté, y me sorprendió el tono de mi propia voz.
Me corrió la bombacha a un costado y me metió dos dedos de una sola vez. Se me escapó un gemido que ahogué contra su hombro. Empezó a moverlos adentro mío mientras con el pulgar me buscaba el clítoris y me lo apretaba en círculos. Yo tenía las manos en su pecho y los ojos cerrados y el único pensamiento que me quedaba era que no quería que parara. Le mordía el cuello, le clavaba las uñas en la espalda por encima de la remera.
Me arrodillé antes de que me lo pidiera. Le desabroché el cinto, le bajé el pantalón y el boxer de un tirón y la tenía adelante mío, dura, gruesa, la punta ya brillando. Se la agarré con la mano primero, para ver, para medir lo que tenía delante. Le pasé la lengua por la punta muy despacio, saboreándole la gota que le había salido, y lo escuché respirar distinto. Le lamí toda la base, subí por el tronco palmo a palmo, le chupé los huevos uno por uno metiéndomelos enteros en la boca.
Después me la metí entera, despacio al principio, sintiendo cómo me abría los labios, cómo me llenaba la boca hasta el fondo. La saqué toda hasta la punta, le di un beso ahí, volví a metérmela. Otra vez. Más adentro. Le llegué hasta que la punta me tocó la garganta y aguanté sin retirarme, con los ojos llorosos, mirándolo desde abajo. Él me agarró el pelo con una mano, apretándome el rodete que se me había armado, y lo usó para marcar el ritmo. Yo lo dejé. Me la clavó adentro de la boca a un ritmo constante, con embestidas que me hacían sentir cada vena de su verga contra mi lengua, y yo apretaba los labios alrededor, chupando fuerte cada vez que la sacaba.
Le agarré los huevos con una mano mientras seguía chupándosela. Se los apreté suave, se los amasé, y sentí cómo se le tensaban. Sabía que estaba cerca. Aceleré. Ahora era yo la que marcaba, la que le devoraba la polla con hambre, la que se la sacaba entera para lamerle la punta con la lengua plana y volvérsela a tragar de un solo movimiento.
—Me voy a correr —susurró—. En la boca.
Asentí sin sacármela. Cuando estaba a punto de terminar me apretó la cabeza contra su cuerpo y se vació entero adentro. Sentí cada chorro caliente contra el paladar, la garganta, la lengua. Espeso, mucho. Tragué todo sin apurarme, sin sacármela hasta que dejó de sacudirse. Después la saqué de mi boca despacio, le pasé la lengua una vez más para limpiarle lo que quedaba y lo miré desde abajo. Nos miramos. Tenía los labios brillantes y sabía que él lo estaba viendo.
Desde la planta baja nos llamaron.
Se subió el pantalón con calma, me acomodó el pelo con los dedos y me miró con una sonrisa que no prometía nada inocente.
—Continuará —dijo, y abrió la puerta.
Se fue. Me quedé apoyada en la pared con el pulso disparado, el gusto suyo todavía en la lengua y una sensación de calor entre las piernas que no iba a desaparecer sola.
***
Me di una ducha rápida, me puse el pijama negro y bajé a cenar con todos como si nada. Me senté frente a él. Comí, escuché conversaciones que no registré, respondí preguntas que no recuerdo. En algún momento Damián me hizo un gesto para que me corriera a su lado en el sillón, y terminé con su hombro contra el mío mientras los demás reían por algo que tampoco escuché. Bajo la manta que compartíamos, su mano se metió entre mis muslos y me apretó por encima del pijama, sin que nadie viera, y yo tuve que morderme el labio para no delatarme.
Cuando todos pasaron a la sala a jugar a la consola, me quedé en la cocina levantando los platos. Escuché sus pasos antes de que entrara.
—¿Querés ayuda? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
—Para limpiar, no.
—Entonces para lo otro.
Me siguió hasta la puerta del patio trasero. Me habló en voz baja, me dijo que quería más tiempo, que no quería que fuera solo lo de antes. Me apoyó contra la pared del pasillo oscuro, me metió una mano por adentro del pantalón del pijama y me acarició la concha con dos dedos sin ceremonia, encontrándome empapada. Se los llevó a la boca y los chupó mirándome a los ojos.
—Después seguimos —me dijo—. No termino con vos hasta que amanezca.
Antes de que pudiera contestarle escuché los pasos de Sebastián acercándose por el pasillo.
Entramos a la cocina por caminos distintos. Mi marido abrió la heladera sin mirarnos.
—Salgo un rato con los chicos —me dijo—. No tardo.
—Yo me voy a dormir —respondí.
Terminé de limpiar, apagué las luces del fondo y subí. Me metí en la cama con una serie puesta, encendí un cigarrillo y me serví lo que quedaba de vino en un vaso chico. El teléfono quedó boca arriba sobre la almohada como si yo supiera que iba a sonar.
Sonó a los diez minutos.
Me preguntó si dormía. Le dije que no, que miraba una serie. Me preguntó si podía venir, que los demás se habían ido a un bar y yo me iba a quedar sola. Le dije que se viniera, que yo lo invitaba a ver la serie.
No contestó más. Empecé a imaginar sus manos, su boca, la verga que había tenido en la garganta hacía un rato, lo que había pasado antes en esa misma habitación. Me toqué sin querer darme cuenta, con los ojos cerrados y él en la cabeza. Me metí dos dedos y busqué el ritmo que me había marcado él contra la puerta, imaginando que era su mano y no la mía. Con la otra me apretaba una teta, me pellizcaba el pezón por encima del pijama. Estaba completamente empapada, con los dedos brillándome de mi propio flujo, cuando tocaron el timbre.
***
Me había dado una ducha rápida cuando me llamó tres veces sin que yo escuchara. Abrí la puerta con la toalla puesta, el pelo todavía húmedo. Vi su cara y me di cuenta de que no me había dado cuenta de que no llevaba nada más que eso.
Me miró de arriba abajo. Me abrazó, me besó, y con las dos manos me sacó la toalla con una calma que me descolocó más que si lo hubiera hecho de golpe. La toalla cayó al piso y yo quedé desnuda en el medio del living, con la luz baja de la lámpara pegándome en la piel todavía tibia de la ducha. Di un paso atrás. Él avanzó uno.
—Todo esto va a ser mío esta noche —dijo en voz baja, agarrándome una teta con la mano abierta, apretándomela y bajando la mano por la cintura hasta el culo, que me apretó también—. Toda tuya no. Toda mía.
Me llevó al sillón. Me acostó boca arriba y se arrodilló entre mis piernas en el piso. Lo que siguió fue lento y muy deliberado. Se tomó su tiempo con cada parte de mi cuerpo. Me lamió el cuello, me chupó los hombros, me mordió el borde de las clavículas. Bajó a los pechos y se quedó ahí un rato largo: me chupaba un pezón mientras me apretaba el otro con la mano, me los mordía suave, me los tironeaba con los dientes hasta que se me endurecieron tanto que me dolían. Me pasó la lengua por el medio del esternón, por las costillas una por una, por el estómago. Bajó por mi vientre centímetro a centímetro, sin apuro, como si tuviera toda la noche y lo supiera.
Cuando llegó entre mis piernas se detuvo. Me abrió los muslos con las dos manos, bien abiertos, y me miró la concha de cerca sin tocarme.
—Mirá cómo estás —dijo—. Toda abierta para mí.
—Comémela de una vez —le dije, y no reconocí mi voz.
Me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, muy despacio, terminando en el clítoris con una presión que me arqueó la espalda entera. Yo ya no podía pensar en ninguna otra cosa. Me la empezó a chupar sin apuro, con la lengua ancha primero, con la punta después, dibujándome círculos, letras, cosas que no reconocía pero que me tenían temblando.
Sus dedos entraron despacio mientras su boca trabajaba al mismo tiempo. Primero uno, después dos, curvados adentro, buscándome el punto que él ya sabía dónde estaba. Me lo encontró y no lo soltó. Cada vez que yo intentaba moverme, él me sostenía con la mano libre apoyada en mi vientre y seguía, sin cambiar el ritmo, sin apresurarse, chupándome el clítoris y clavándome los dedos justo donde yo necesitaba. Apreté su cabeza con las dos manos, le tironeé una rasta, levanté las caderas y le empecé a coger la boca yo, moviéndome contra su lengua, restregándome en su cara.
—Así —le dije—. No pares.
No paró. Me sacudí contra su boca de una manera que no pude controlar, con un espasmo largo que me subió por los muslos hasta el estómago, y sentí cómo me chorreaba en su barba, en sus dedos, en el sillón. Me quedé quieta, sin aliento, con las piernas todavía abiertas y él lamiéndome despacio para limpiar todo lo que me había hecho salir.
Se paró, me extendió la mano y dijo, con la cara brillante de mí:
—Ahora sí, la serie.
Me reí a pesar de todo. Subimos.
***
Prendimos la tele. Fumamos. Ninguno de los dos miraba la pantalla. Estaba recostado a mi lado, pasándome los dedos despacio por el brazo, por el cuello, por la mandíbula. Me hablaba en voz baja: que quería ser mi amante, que no quería que fuera un accidente de una sola noche, que quería que yo lo eligiera con todas las letras.
—¿Y si digo que sí? —le pregunté.
—Entonces empezamos ahora.
Me le subí encima sin más palabras. Lo besé con toda la boca, todavía con el gusto mío en la suya. Tomé sus manos y las puse en mis caderas. Lo miré a los ojos:
—Entonces hacé lo que hace un amante.
Le agarré la pija con la mano y me la acomodé en la entrada. Estaba dura otra vez, entera, gruesa. La froté contra mi concha empapada, mojándole la punta con mi flujo, restregándomela en el clítoris antes de dejármela caer encima. Metí la punta despacio, sintiéndome abrir alrededor de él, y bajé de a poco hasta que la tuve entera adentro. Me quedé quieta un momento, sentada sobre él, con toda su verga clavada hasta el fondo.
—Mirá cuánto me entra —le dije.
—Todo. Me la clavaste toda.
Empecé a moverme. Al principio despacio, en círculos, dejando que él sintiera cada centímetro. Le agarré las manos y me las puse en los pechos. Él me apretó los pezones entre los dedos, tironeándolos, y yo aceleré. Subía y bajaba sobre él, sintiendo cómo la pija me salía casi entera y volvía a entrar hasta el fondo con cada bajada. El sillón crujía. Yo gemía sin cuidado, sabiendo que estábamos solos en la casa, dejando salir todo lo que me había estado tragando toda la noche.
Damián me tomó de las caderas, se sentó de golpe y me dio vuelta. Me acostó boca arriba en la cama, se puso arriba mío y me metió la verga otra vez de un solo empuje. Me levantó las dos piernas y me las apoyó en sus hombros. Así estaba más profundo, mucho más. Empezó a cogerme fuerte, con embestidas largas que me hacían gritar. Me miraba mientras se movía, me miraba la cara y las tetas rebotando y me sonreía como si supiera exactamente lo que me estaba haciendo.
—Decime cómo se llama esto —me dijo entre embestidas.
—Cogerme.
—¿Y qué te estoy metiendo?
—La pija. Toda tu pija adentro mío.
—Así me gusta.
Cambió de posición sin avisarme: me sacó las piernas de los hombros, me dio vuelta y me puso de rodillas. Me tomó de las caderas y siguió desde atrás, más fondo así, más fuerte. Le decía que no parara y él no paraba. Me mordía la espalda entre los omóplatos, me apretaba los pechos con las manos por debajo, me besaba el cuello mientras se movía dentro de mí. Con una mano me agarró el pelo desde la nuca y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome, y me clavó la verga hasta un lugar que no sabía que existía.
—Puta —me dijo al oído, con cariño, y yo me apreté toda alrededor de él.
En un momento aflojó el ritmo. Me pasó el dedo pulgar mojado por mi propio flujo hasta el culo y me lo apoyó ahí, apretando suave, sin meterlo todavía. Me preguntó en voz baja si quería todo. Le dije que sí, que me diera todo lo que tuviera, que hiciera lo que quisiera. Sacó la verga de la concha, la dejó bien lubricada con lo mío y la apoyó contra el otro agujero. Fue despacio al principio, empujando de a poco, con cuidado, esperando que yo me acomodara. Sentí cómo me abría el culo la punta primero, después más adentro, después el tronco entero. Ardía y a la vez me llenaba de una manera que no había sentido nunca.
Cuando le dije que siguiera, siguió. Le repetía que no parara aunque me doliera, y él tampoco paraba. Empezó a moverse ahí adentro, lento primero, más rápido después, con una mano bajándome al clítoris para tocarme al mismo tiempo. Me metió dos dedos en la concha, mientras me cogía el culo, y me llenó los dos agujeros a la vez. Yo estaba tan perdida en esa sensación que no distinguía dónde terminaba el dolor y empezaba otra cosa. Me corrí ahí, con él enterrado en el culo y los dedos en la concha, gritando contra la almohada, apretándolo con todo.
Me alzó, cambió de posición otra vez, me sacó y volvió a metérmela en la concha, esta vez arriba de él. Me puso encima para que yo marcara el ritmo. Lo cabalgué con las manos apoyadas en su pecho, mientras él me miraba desde abajo con las manos en mi cintura, ayudándome a bajar más fuerte cada vez. Le apreté los pezones con los dedos, me incliné para chuparle el cuello, volví a enderezarme. Sentía cada vena de su verga adentro mío, la punta pegándome bien al fondo cada vez que bajaba.
—Me voy a correr adentro —me dijo.
—Corréte todo adentro. Quiero sentirlo.
Terminamos los dos, casi al mismo tiempo, con él enterrado hasta el fondo y yo apretando todo lo que podía. Sentí cada chorro caliente clavado adentro mío, muy hondo, y cómo me temblaba a mí también todo el cuerpo alrededor de él. Me quedé arriba sin sacármela, temblando, con el pelo pegado a la frente, mirándolo a los ojos.
Cuando la sacó por fin, me la llevé a la boca sin pensarlo y le limpié la punta con la lengua, chupándole las últimas gotas mezcladas con lo mío. Él me miraba en silencio.
Nos recostamos en la cama sin hablar. Su respiración se fue calmando despacio junto a la mía. Sentía cómo me chorreaba entre las piernas todo lo que me había dejado adentro. Me tomó la mano sobre la sábana. A los pocos minutos se durmió.
***
Dos horas después lo desperté.
—Tenés que irte.
Se incorporó sin apuro. Se vistió en la oscuridad con la misma calma con la que había hecho todo lo demás. Antes de salir me buscó en la penumbra, me tomó la cara con las dos manos y me besó largo, sin ningún apuro.
—Así me vas a saludar de ahora en más —dijo.
Cerré la puerta. Escuché sus pasos bajar la escalera, el clic suave de la puerta de calle, el silencio completo de la casa.
Me quedé parada en el pasillo un rato, sin encender la luz. Pensé en si iba a arrepentirme. Pensé en Sebastián, que todavía no había vuelto del bar. Pensé en ese acuerdo que acepté sin entender del todo, y en si esto era lo que siempre debió ser desde el principio.
No llegué a ninguna conclusión.
Me acosté, puse la serie en pausa, apagué el teléfono y me dormí. Por primera vez en mucho tiempo, dormí bien de una vez.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí acompañantes en Rosario.