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Relatos Ardientes

Lo que hice con el novio de mi madre

Tenía diecinueve años cuando Rodrigo apareció en nuestra vida, y aunque nunca lo admití ante nadie, supe desde el primer momento que algo entre nosotros no iba a terminar bien. O, según como se mire, demasiado bien.

Mi madre, Elena, siempre tuvo esa forma de vivir que yo admiraba y al mismo tiempo me desconcertaba. Era una mujer de cuarenta y tres años que salía, reía, lloraba y volvía a empezar sin demasiada culpa. Los hombres pasaban por nuestra casa con cierta regularidad, y yo había aprendido a distinguir los que duraban semanas de los que duraban meses. Rodrigo tenía pinta de ser de los que duran.

La primera vez que supe de su existencia no fue una presentación formal. Fue una noche de jueves cuando me despertaron los sonidos que venían del cuarto de mi madre.

Me quedé quieta en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad. No era la primera vez que la escuchaba así, pero algo en esa noche era distinto. Los gemidos de Elena tenían una profundidad diferente, una cadencia que no reconocía de las veces anteriores. Se le escapaban a rachas, entrecortados, como si algo la estuviera partiendo por dentro y ella no pudiera hacer otra cosa que rendirse. Y junto a ellos, la voz grave de un hombre que decía su nombre en voz baja, mezclada con órdenes que me pusieron la piel de gallina.

—Así, Elena, abre bien las piernas para mí… déjame ver cómo me chupa ese coño tuyo…

—Ay, Dios, Rodrigo… más adentro, más adentro, por favor…

—¿Más? Ya la tienes toda dentro, puta. Toda mi polla metida hasta el fondo. ¿La sientes?

—Sí, sí, la siento… no pares, no pares…

Debería haber dado la vuelta y puesto la almohada sobre la cabeza. En cambio, me quedé escuchando el ritmo húmedo, obsceno, del cuerpo de un hombre follándose a mi madre. El crujido de la cama contra la pared, la palma abierta que caía sobre carne blanda, el jadeo bronco de él, los "sí" ahogados de ella cada vez que empujaba.

¿Qué le estará haciendo para que suene así? ¿Qué tamaño tendrá esa polla para que mi madre gima como si nunca la hubieran follado antes?

La pregunta se instaló en mi mente y no se fue. El calor empezó en el pecho y bajó hasta donde no debería haber bajado dado el contexto. Me metí la mano dentro de la braga y encontré el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris latiéndome como un segundo corazón. Me toqué, porque a los diecinueve años el deseo no negocia con la lógica. Me abrí con dos dedos y con los otros me froté rápido, en círculos apretados, imaginando esa voz grave dándome órdenes a mí. Me metí un dedo, luego dos, y los sentí resbalar sin esfuerzo por lo mojada que estaba. Llegué a un orgasmo silencioso mientras mordía la sábana y escuchaba a Rodrigo correrse con un gruñido animal al otro lado de la pared, gruñendo "toma, toma, todo mi semen dentro" mientras mi madre gemía como una gata en celo.

Retiré la mano temblando. Los dedos me olían a mí. Me los chupé sin pensar.

Al día siguiente desayuné como si nada hubiera pasado.

***

Elena me habló de él esa misma tarde, mientras pelaba tomates en la cocina con esa naturalidad que la caracterizaba.

—Se llama Rodrigo. Es contador, tiene cuarenta y ocho años, y es la primera vez en mucho tiempo que me siento... así —dijo, y se encogió de hombros como si eso lo explicara todo.

—¿Así cómo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Viva —respondió, y sonrió sin mirarme.

Me quedé callada. Intenté no pensar en lo que había escuchado la noche anterior. En el "toda mi polla metida hasta el fondo". No lo conseguí.

—¿Cuándo lo voy a conocer? —pregunté por fin.

Elena me miró por encima del hombro con una expresión que mezclaba orgullo y cautela.

—Pronto. Quiero que dure un poco antes de presentarlo.

Duró. Rodrigo apareció en nuestra casa tres semanas después con una botella de vino tinto y una sonrisa demasiado cómoda para ser la primera vez que pisaba ese umbral. Era alto, de pelo entrecano, con unas manos grandes y una mirada que evaluaba las cosas antes de pronunciarse sobre ellas. Se me fue la vista al bulto de su pantalón sin poder evitarlo. Se marcaba. Se marcaba mucho.

Me miró exactamente dos segundos más de lo necesario cuando nos presentaron.

—Valentina —dijo, como probando el nombre—. Elena me habló mucho de ti.

—Solo cosas buenas, espero —respondí, y me arrepentí al instante del tono que usé. Demasiado directo. Demasiado coqueto para la circunstancia.

Rodrigo sonrió sin decir nada más y se volvió hacia mi madre.

Esa noche, en mi cuarto, tardé mucho en dormirme. Me la volví a tocar pensando en ese bulto.

***

Las semanas siguientes fueron un ejercicio en tensión controlada. Rodrigo venía a cenar dos o tres veces por semana y con frecuencia se quedaba a dormir. Yo aprendí a calcular el momento exacto en que los pasos de los dos desaparecían al fondo del pasillo y la casa quedaba en silencio por unos minutos antes de que empezaran los sonidos que ya conocía. La polla de Rodrigo dentro de mi madre. Elena suplicando que se la metiera más adentro. Él ordenándole que se pusiera a cuatro patas, que le enseñara el culo, que le mamara los cojones.

Había algo que no me gustaba reconocer en lo mucho que pensaba en ello. Lo sabía. Y seguía pensando. Y seguía masturbándome cada noche con la mano metida entre los muslos, mordiéndome el antebrazo para no gritar.

Una noche me levanté a buscar agua y al pasar frente al cuarto de mi madre vi que la puerta estaba entreabierta. Me detuve un instante demasiado largo. Lo que vi en esos segundos me confirmó todo lo que la imaginación había estado construyendo: Elena a cuatro patas en la cama, con la cabeza hundida en la almohada y el culo levantado, y Rodrigo detrás con las manos hundidas en sus caderas, follándosela con embestidas largas, brutales, que le hacían temblar las tetas colgando. Le vi la polla entrando y saliendo del coño de mi madre, gruesa, brillante de flujo, marcada de venas. Cada vez que empujaba, mi madre soltaba un "¡ay!" agudo que él acallaba con un cachetazo en la nalga.

—Dime que te gusta —le oí decir con voz ronca—. Dime que te gusta que te folle así.

—Me gusta, me gusta, me encanta tu polla, no pares…

Me fui antes de que alguno pudiera verme, pero el corazón me latía tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared del pasillo. Me metí la mano en el pijama allí mismo, de pie, con la espalda pegada al yeso, y me corrí en menos de un minuto pensando que esa polla podría haber sido la mía. Que esas embestidas podrían haber estado partiéndome a mí.

Esa madrugada no dormí nada.

Un domingo por la mañana salí del baño envuelta en una toalla y me lo encontré en el pasillo. Llevaba una taza de café en la mano y la mirada de alguien que lleva despierto desde hace rato. Los ojos se le fueron a mis piernas mojadas, al escote donde la toalla apenas me cubría los pechos.

—Buenos días —dijo, sin moverse.

—Buenos días —respondí, apretando la toalla con los dedos.

Pasé por su lado sin decir nada más. Sentí su mirada en la espalda, en el culo, hasta que cerré la puerta de mi cuarto. Me senté en la cama, dejé caer la toalla al suelo y esperé a que el corazón bajara de revoluciones. Los pezones se me habían puesto duros como piedras. Entre las piernas ya estaba mojada otra vez.

Empecé a cambiar la forma en que me vestía cuando él estaba en casa. No de manera obvia. Solo pequeñas cosas: shorts un centímetro más cortos, camisetas más ajustadas sin sujetador para que se me marcaran los pezones, el pelo suelto en lugar de recogido. Me decía que era el calor del verano, que era comodidad, que no tenía nada que ver con él.

Mentira.

Rodrigo lo notó. No dijo nada, pero lo notó. A veces lo pillaba mirándome las tetas, o el culo cuando me agachaba a propósito a recoger algo, y él no desviaba la vista de inmediato, como hacen los que se saben sorprendidos. La mantenía un segundo más, solo uno, antes de volver a lo que estuviera haciendo. Ese segundo me duraba horas.

***

La tarde del miércoles que lo cambió todo suena, en retrospectiva, demasiado cinematográfica. Pero así fue.

Mi madre tenía turno doble en el trabajo. No volvería hasta las nueve. Yo llegué a las cuatro de la tarde con el uniforme de la universidad todavía puesto: una falda azul oscuro por encima de la rodilla y una blusa blanca que con el calor del día se pegaba más de lo recomendable. Debajo, un tanga negro diminuto que me había puesto esa mañana sabiendo que él estaría en casa.

Rodrigo estaba en el salón leyendo cuando entré.

—Pensé que no había nadie —dije.

—Tu madre me dejó llave —respondió, dejando el libro sobre la mesa. Me miró de arriba abajo con esa calma suya que siempre me ponía nerviosa—. Estás estudiando mucho últimamente.

—Tengo exámenes.

—¿Quieres algo frío?

—Sí, gracias.

Me senté en el sofá mientras él iba a la cocina. Me dije que me quedaría cinco minutos y subiría a cambiarme. Me quedé.

Cuando volvió con los vasos, se sentó a mi lado. No en el otro extremo del sofá, no en el sillón de enfrente. A mi lado, con el brazo rozando el mío cuando dejó el vaso sobre la mesita.

La conversación empezó en la universidad y derivó sin prisas hacia otras cosas. Rodrigo tenía esa forma de hablar que hacía sentir que eras la única persona en el mundo que valía la pena escuchar. Me preguntó qué quería hacer cuando terminara la carrera. Le dije que no lo sabía todavía. Me dijo que a los diecinueve años esa era la respuesta más honesta posible.

La falda se me había subido unos centímetros cuando crucé las piernas. Me di cuenta de que Rodrigo lo había notado antes que yo. Se le había ido la mirada al triángulo negro que se veía asomar entre mis muslos.

No la bajé.

Él apoyó la mano en mi rodilla con la misma naturalidad con que la hubiera apoyado en el reposabrazos. Solo que no era el reposabrazos. La mano subió despacio, un centímetro, dos, hasta la mitad del muslo. Grande, cálida, pesada.

—Valentina —dijo, en ese tono bajo que yo le había escuchado decirle el nombre a mi madre aquella primera noche.

—¿Qué? —respondí, aunque la voz me salió más pequeña de lo que pretendía.

—¿Sabes que llevas semanas provocándome?

—Sí.

—¿Y sabes lo que le pasa a las niñas que provocan a los hombres de mi edad?

Negué con la cabeza sin poder hablar.

Movió los dedos apenas hacia arriba. Solo eso. Y ese roce fue suficiente para que algo en mí tomara una decisión antes de que el pensamiento consciente tuviera tiempo de opinar.

Me volví hacia él y lo besé.

***

No sé qué esperaba que pasara después de ese beso. Rodrigo no se apartó. Tampoco se lanzó. Respondió con la misma calma que ponía en todo: una mano en mi mandíbula, inclinando mi cabeza apenas hacia atrás, metiéndome la lengua en la boca con una lentitud obscena, tomándose el tiempo que yo en mi impaciencia nunca me habría tomado.

Cuando se separó, me miró con una expresión que no era culpa pero tampoco era inocente.

—Llevas semanas haciendo esto —dijo. No era una acusación. Era un hecho.

—Sí —admití.

—¿Sabes lo que estás empezando?

—Sí —repetí.

—Dilo. Dime lo que quieres.

—Quiero que me folles —susurré, y la boca se me secó al escucharme decirlo—. Como te oigo follarte a mi madre.

Le vi la sonrisa expandirse despacio.

—Puta.

Me besó otra vez, y esa vez no fue tan calmado. Me metió la lengua hasta la garganta mientras me arrancaba la blusa sin ceremonia, haciendo saltar dos botones que rodaron por el parqué. Me bajó el sujetador sin desabrocharlo y me atrapó un pezón entre los dientes, mordiéndolo justo lo suficiente para que soltara un gemido que no supe contener.

—Shhh. Aquí nadie te va a oír. Puedes gritar todo lo que quieras.

Me subió la falda hasta la cintura y me miró el tanga empapado. Sonrió, pasó dos dedos por encima de la tela y me la separó del coño con calma clínica.

—Mira cómo estás, Valentina. Chorreando. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Semanas —admití.

Metió los dedos por debajo del tanga y me tocó la carne desnuda por primera vez. Los dedos gruesos, callosos en las yemas, resbalaron por los labios hinchados sin encontrar resistencia. Introdujo dos de golpe hasta el fondo y yo eché la cabeza hacia atrás con un gemido largo.

—Qué coño tan apretado —murmuró contra mi cuello, moviéndolos dentro con un ritmo lento y firme, buscando algo con la yema—. Y qué mojado. Todo esto es por mí, ¿verdad?

—Sí…

—Dilo.

—Es por ti. Todo por ti.

Me arrancó el tanga tirando del elástico hasta romperlo. Se arrodilló entre mis piernas en el suelo del salón y me abrió los muslos con las dos manos, empujándolos hacia afuera hasta que quedé expuesta por completo. Me miró el coño abierto como quien evalúa una comida, y luego bajó la boca.

Lo primero que sentí fue la lengua plana pasando de abajo arriba, lenta, saboreándome. Después el clítoris atrapado entre los labios de él, chupándolo suave, luego más fuerte, luego alternando con la lengua que giraba en círculos. Yo me agarré del respaldo del sofá con las dos manos porque las piernas ya me temblaban.

—Dios mío… Dios mío…

Metió dos dedos otra vez mientras me chupaba, curvándolos hacia arriba, tocando un punto que nadie antes había tocado bien. En cuestión de un minuto me estaba corriendo en su boca, con las caderas empujando contra su cara, gritando algo que no era una palabra sino un aullido. Rodrigo no se apartó. Se quedó allí bebiéndome hasta que el último temblor se me fue del cuerpo.

Se levantó con la barbilla brillante. Se limpió con el dorso de la mano y sonrió.

—Eso era el principio.

Se desabrochó el cinturón. Le bajé la cremallera yo, con dedos ansiosos, y le liberé la polla que llevaba semanas imaginando. Era gruesa, larga, con la cabeza morada de sangre y una vena palpitando por debajo. Se me hizo la boca agua.

Me dejé caer al suelo de rodillas entre sus piernas sin que me lo pidiera. La agarré con la mano —no me abarcaba entera— y me la llevé a la boca. La chupé por la punta primero, saboreando la gota salada que ya asomaba, y luego me la metí hasta donde pude, ahogándome un poco, sintiéndola golpear el fondo de la garganta.

—Así, así —gruñó él, poniéndome una mano en la nuca, marcando el ritmo—. Mira cómo la niña sabe mamar polla. Mucho mejor que tu madre.

La palabra me atravesó como una descarga. Chupé más fuerte, más rápido, moviendo la cabeza mientras con la mano libre le acariciaba los cojones. Él me tiraba del pelo, empujaba las caderas para hacérmela llegar más al fondo, y yo dejaba que lo hiciera aunque se me saltaran las lágrimas.

Me sacó de la boca antes de correrse. Me levantó por los brazos y me tiró de espaldas sobre el sofá.

—Ahora te voy a follar. Y me vas a decir gracias.

Me abrió las piernas, me las puso sobre sus hombros y se colocó la polla en la entrada del coño. La frotó un momento arriba y abajo, mojándola con mi flujo, y luego empujó de una sola embestida hasta el fondo.

Grité.

—Ay, Dios, es enorme… —jadeé—. Es enorme…

—Aguanta. Toda dentro. Buena chica.

Empezó a moverse. Al principio despacio, dejándome sentir cada centímetro entrando y saliendo, y luego más rápido, más fuerte, follándome con esas embestidas largas que yo había visto darle a mi madre desde la puerta entreabierta. El sofá crujía. Mis tetas rebotaban con cada golpe. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le suplicaba que no parara.

—Más, más, más fuerte, por favor…

—¿Te gusta la polla de tu padrastro, puta? Dime que te gusta.

—Me gusta, me encanta, me la merezco, no pares…

Me sacó, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas sobre el sofá, con el culo levantado igual que había visto a mi madre. Se metió de nuevo, esta vez todavía más profundo, agarrándome de las caderas con las dos manos y empujándome contra él. La palma abierta cayó sobre mi nalga con un chasquido que me hizo temblar entera.

—Este es el sitio donde me follo a tu madre —me dijo al oído, sin dejar de embestir—. Ahora también es donde me follo a su hija.

Me corrí una segunda vez con esas palabras. El coño se me cerró alrededor de su polla como un puño y él soltó un gruñido que le salió del estómago.

—Me vengo, me vengo dentro —avisó.

—Sí, córrete dentro, todo dentro…

Empujó tres, cuatro veces más y explotó dentro de mí, llenándome con chorros calientes que sentí latir contra las paredes del coño. Se quedó quieto, respirando fuerte, con la frente apoyada en mi espalda. Cuando salió, sentí el semen resbalándome por los muslos.

Me dejé caer boca abajo sobre los cojines, deshecha, con las piernas abiertas y el culo empapado.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz todavía ronca, mientras se subía los pantalones.

—Sí —dije, y era completamente verdad.

—Ve a ducharte antes de que llegue tu madre. Y tira ese tanga a la basura, no a la ropa sucia.

Asentí sin girarme. Le oí ir a la cocina a buscar agua. Me quedé un minuto más allí tumbada, con el olor de él en la piel y el sabor de él en la boca, sintiendo cómo su corrida se me escurría por dentro. Ah. Esto era lo que era.

***

Mi madre no se enteró esa tarde, ni esa semana, ni ese mes. Rodrigo y yo no volvimos a hablar de lo que había pasado cuando Elena estaba cerca. Las cosas siguieron su curso normal: él venía a cenar, yo estudiaba, los tres veíamos películas los viernes como si fuéramos una familia sin secretos.

Pero cuando coincidíamos solos en casa, volvía a pasar. Me follaba en el sofá, contra la mesa de la cocina, en la ducha con el agua corriendo para tapar los ruidos, una vez incluso en la cama de mi madre con las sábanas que aún olían a los dos. Me enseñó a mamársela hasta el fondo sin ahogarme, me abrió el culo con paciencia una tarde de sábado y me lo llenó de saliva antes de metérmela por primera vez por atrás, me hizo correrme de formas que yo no sabía que existían. Lo que había entre nosotros no tenía nombre y tampoco lo necesitaba.

Duró tres meses.

Cuando mi madre y Rodrigo terminaron, fue por razones que no tenían nada que ver conmigo: una discusión sobre el futuro, distancias que no se acortaban, el desgaste ordinario de dos personas que no se acomodan. Lo vi irse una tarde lluviosa de octubre con una bolsa de ropa y sin mirarme más de lo necesario. Elena estuvo dos semanas triste y yo la acompañé sin decir nada, preparándole café, poniéndole series en la tele, cargando el peso de lo que sabía y no podía decir.

Le conté la verdad tres años después. Fue la conversación más difícil de mi vida y también la más necesaria. Mi madre se quedó en silencio mucho tiempo, con los ojos fijos en algún punto de la pared. Luego me dijo que necesitaba que me fuera a otra habitación. Al día siguiente me llamó. Me dijo que lo había procesado, que me quería, y que nunca más queríamos hablar de Rodrigo.

Le prometí que no volvería a mencionarlo.

Y aquí estoy, contándoselo a ustedes, porque las promesas que les hacemos a nuestras madres sobre el pasado son las que más pesan cuando se quedan guardadas. Esta es mi confesión, la única versión honesta que tengo de esa época: quise que pasara, hice que pasara, y durante un tiempo fui más feliz —y más follada— de lo que tenía derecho a ser.

No busco absolución. Solo necesitaba decirlo en voz alta, aunque sea así, aunque sea aquí.

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Comentarios(10)

Sebastian

que relato!!! me quede sin palabras

Juli89

Por favor seguí con esto, necesito saber como termino todo despues

Marta_91

algo parecido me paso a mi cuando tenia veinte, te entiendo totalmente jaja

Damian_BsAs

y después tu madre se entero de algo? eso es lo que me quedo dando vueltas...

silvia_lee

Me encanto lo directa que sos contando esto, sin vueltas ni justificaciones. Se siente real.

Fede1993

diecinueve años y ya con esa seguridad... increible jaja

Karen931

Las semanas provocándolo jajaja ya se veia como iba a terminar. Muy bueno!

AlejoCosta

Excelente, se siente autentico. Seguí escribiendo!!

LectorSilencioso

Me gustaria leer una segunda parte, quedaron muchas cosas sin resolver. Muy buen relato, enhorabuena.

Marianoo

Ese titulo me engancho desde el primer momento. No decepciona para nada

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