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Relatos Ardientes

Yo fui quien invitó a otro hombre a la cama de mi esposa

Tengo treinta y dos años y soy suboficial del ejército en Bogotá. Mi esposa Valeria trabaja como contadora en una empresa del centro de la ciudad. Nos conocimos hace siete años en una reunión de amigos comunes, cuando ella todavía estudiaba y yo acababa de terminar mi formación. Duramos tres años de novios antes de casarnos, y los dos primeros años de matrimonio fueron los mejores de mi vida.

Valeria es morena, delgada, con ese tipo de cuerpo que no necesita esforzarse para mantenerse. Siempre fue amante del ejercicio. Mientras yo me ejercitaba por obligación en el batallón, ella iba al gimnasio cuatro veces a la semana por placer. En casa nunca usaba brasier. Decía que le incomodaba. Yo nunca me quejé.

Los primeros años pasaron rápido. Compramos un apartamento en el norte, nos instalamos con lo justo, y en algún momento empezamos a hablar de tener hijos. Sus padres preguntaban cada que podían. Los míos también. Era el siguiente paso natural, según todo el mundo.

Llevábamos un año intentándolo cuando Valeria fue al médico. Le dijeron que estaba en perfectas condiciones para quedar embarazada, que no tenía ningún impedimento físico. La mirada que me lanzó esa tarde en el carro, mientras salíamos del consultorio, no necesitó palabras. Yo no dije nada. Tampoco fui al médico. La vergüenza es así: te paraliza justo cuando más tienes que moverte.

Empecé a cometer errores en el trabajo. Llegaba tarde a formación, me distraía durante los turnos. Mi comandante me llamó dos veces a su oficina. La segunda vez fue seria: o me ponía las pilas o firmaba mi baja.

Rodrigo fue quien me sacó del hoyo.

Rodrigo tiene cuarenta años, lleva más tiempo que yo en el ejército y siempre fue una especie de hermano mayor. Soltero, sin hijos, sin pareja estable. Un tipo corpulento, de Cali, tranquilo, con esa serenidad de los hombres que han visto mucho y se asustan de poco. Venía a almorzar a mi apartamento casi todos los domingos. Valeria lo trataba como a un cuñado.

Una tarde me encontró sentado en el pasillo del batallón con la mirada perdida y me preguntó qué me pasaba. Le conté todo: el problema para tener hijos, la culpa, el médico que nunca visité. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me dijo:

—No seas egoísta con Valeria. Ella merece ser madre.

No respondí. Pero esa frase se me quedó dando vueltas durante semanas.

***

La idea llegó a las tres de la mañana, un martes cualquiera. Me senté en la orilla de la cama mirando el techo y pensé: si yo no puedo darle un hijo, ¿quién podría? La respuesta llegó sola, sin que la buscara. Rodrigo era el único hombre en quien confiaba lo suficiente. Lo conocía bien: sano, discreto, leal. No había otra opción.

El problema era cómo decírselo a Valeria.

Lo intenté una noche mientras la cogía. Llevábamos tragos encima y yo llevaba semanas sin poder venirme, ese problema también se había sumado a los demás. Le dije que se me había ocurrido algo, que si quería podíamos buscar otra manera de quedar embarazada. Ella paró de moverse y me miró.

—¿Qué clase de manera? —me preguntó.

—Que lo intentes con alguien más —dije—. Un hombre de confianza.

Valeria se bajó de encima de mí y me dio la espalda. Me dijo que estaba borracho y que lo dejáramos así.

Durante tres meses volví al tema. Siempre durante el sexo, siempre sin mencionar un nombre. Ella lo rechazaba cada vez, pero yo notaba algo: tardaba un segundo antes de responder. Una pausa pequeña que no había al principio.

Hasta que un domingo, mientras preparábamos el desayuno, fue ella quien lo trajo:

—¿Cuándo me ibas a decir quién es? —me preguntó sin voltearse.

Yo dejé el cuchillo sobre la tabla.

—Rodrigo —dije.

Silencio. Valeria sirvió el café con demasiado cuidado y se quedó mirando la pared un momento. Luego se volvió hacia mí.

—¿Él sabe? —preguntó.

—No. Nada.

Ella asintió despacio y se fue con su taza al salón. No dijo que sí. Tampoco dijo que no. Pero había visto su cara cuando mencioné el nombre, y supe lo que esa cara significaba.

***

Tardé casi dos meses en hablar con Rodrigo. Lo llevé a la cevichería donde solíamos ir después del turno, le pedí que no me interrumpiera hasta que terminara, y le conté todo: el médico, la infertilidad, lo que Valeria y yo habíamos hablado, y que habíamos pensado en él.

Rodrigo no dijo nada por un momento. Se sirvió otra cerveza y se la tomó de un golpe. Luego me miró fijo.

—¿Y ella está de acuerdo? —preguntó.

—Completamente.

Pagó la cuenta sin decir nada más. Al día siguiente, en el trabajo, me buscó y me dijo una sola cosa:

—Si ella también me lo pide en persona, hablamos los tres.

Fue Valeria quien se lo pidió. Una tarde que los dejé solos diez minutos mientras salía a la tienda. Cuando volví, los encontré en la sala con ese silencio que lo dice todo. Al irse Rodrigo, Valeria me miró.

—Ya sabe —me dijo—. Quiere hablar los tres juntos.

Esa noche cogimos durante horas. Yo estaba excitado de una manera que no reconocía del todo: una mezcla de deseo, culpa y algo oscuro que prefería no nombrar.

La conversación de los tres fue más corta de lo que esperaba. Rodrigo le preguntó cuándo eran sus días fértiles. Ella dijo que los calculaba para la semana siguiente. Rodrigo nos miró a los dos.

—Entonces sería esta semana —dijo.

Valeria asintió. Yo también.

***

El miércoles en la noche, Rodrigo llegó a las nueve. Traía una botella de vino tinto. Abrí la puerta y lo hice pasar. Nos dimos la mano con más fuerza de lo habitual, y ninguno dijo nada que no fuera necesario.

Valeria salió de la habitación cuando oyó la puerta. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las caderas, el cabello suelto todavía húmedo de la ducha. Rodrigo la miró un segundo de más y luego fijó los ojos en mí.

—Gracias, hermano —me dijo en voz baja.

Nos sentamos a tomar el vino. Hablamos poco de cosas sin importancia: el trabajo, el fin de semana, nada. La tensión en el apartamento era casi física, como el aire antes de una tormenta. A las diez, Valeria se levantó sin decir nada y caminó hacia la habitación. Se detuvo en el umbral y nos miró a los dos. Rodrigo se levantó primero. Yo lo seguí.

***

La habitación estaba iluminada solo por la lámpara de la mesita de noche. Valeria estaba de pie junto a la cama, con los brazos cruzados, nerviosa. Rodrigo se acercó a ella despacio y le puso una mano en la mejilla antes de besarla.

Fue un beso largo, sin apuro. Valeria tardó un momento en responder, pero cuando lo hizo, lo hizo completamente. Vi cómo sus manos subían por la espalda de él, cómo sus hombros se relajaban poco a poco.

Me senté en la silla del rincón.

Rodrigo le bajó los breteles del vestido. Cayó al suelo. Ella no llevaba nada debajo y él se detuvo para mirarla. Le pasó las manos por los senos, los apretó con calma mientras ella cerraba los ojos. La acostó sobre la cama y empezó a besarle el cuello, el pecho, el vientre, bajando despacio.

Se arrodilló al borde de la cama, separó las piernas de Valeria con las manos y acercó su boca a su sexo. Ella se arqueó hacia atrás con un gemido bajo que no le había escuchado antes. Rodrigo metió la lengua adentro y la movió despacio, luego más rápido, sin apartar las manos de sus caderas cuando ella empezó a temblar y a empujar contra su boca.

Me levanté de la silla sin saber por qué. Me acerqué a la cama y Valeria me tomó la mano sin abrir los ojos y la apretó fuerte. Rodrigo no paró. Siguió hasta que ella exhaló con un temblor largo y cerró las piernas alrededor de su cabeza.

Rodrigo se incorporó y se desnudó. Era más grande que yo. Eso lo vi de inmediato y no pude evitar pensarlo. Valeria me soltó la mano. Él se colocó entre sus piernas, la miró a los ojos, y entró despacio.

Valeria soltó el aire con fuerza cuando él llegó al fondo.

Empezaron a moverse juntos. Primero lento, Rodrigo metiéndosela hasta el fondo y sacándola casi entera antes de volver a entrar, con cuidado, calibrando. Luego más rápido. La cama empezó a moverse con ellos. Valeria tenía las manos en sus hombros y los pies apoyados en su espalda, jalándolo hacia adentro cada vez que él empujaba.

—Sí —decía ella en voz baja—, así, sí, así.

Yo los miraba desde el costado de la cama con la erección apretada contra el pantalón, con una mezcla de deseo y algo que dolía en el pecho y que no sabía cómo separar. ¿Estaba haciendo lo correcto? Esa pregunta había llegado demasiado tarde para servir de algo.

Rodrigo la puso en cuatro patas y volvió a entrar desde atrás, tomándola de la cintura con las dos manos y golpeándola con fuerza. Valeria apoyó la cabeza en la almohada. Yo veía su cara de perfil: los ojos cerrados, la boca abierta, las mejillas encendidas. Gemía con cada embestida, cada vez más alto, sin contenerse.

—Rodrigo —dijo su nombre una vez, en voz baja.

Tuve que mirar hacia otro lado.

Después se levantaron de la cama. Rodrigo la cargó con facilidad, Valeria lo rodeó con las piernas y se ensartó sobre su verga desde arriba, rebotando con un ritmo que hacía sacudir la cabecera contra la pared. Sus gemidos llenaron el apartamento. Yo tenía la verga en la mano sin haber decidido sacarla, moviéndola al mismo ritmo.

Rodrigo la tumbó de espaldas, le levantó las piernas hacia sus hombros y empezó a embestir con más fuerza y rapidez. La cama rechinnaba. Valeria gritaba sin importarle nada. Cuando Rodrigo se vino, lo anunció con un gruñido largo y la apretó contra su cuerpo, entrando hasta el fondo una última vez y quedándose quieto ahí. Valeria lo abrazó por la nuca. Se quedaron así, jadeando, hasta que los dos se calmaron.

Rodrigo se apartó y se tumbó de lado. Valeria se quedó boca arriba, mirando el techo, con el pecho subiéndole y bajándole despacio.

Me acerqué a ella. Me senté en la orilla de la cama y le acaricié el pelo. Tomé su mano y ella la apretó sin moverse, sin abrir los ojos. No supe qué decirle. Me quedé así, con su mano en la mía, hasta que la sentí relajarse.

***

Rodrigo se quedó a dormir esa noche. No porque lo invitáramos: ya era tarde, el apartamento estaba en silencio, y nadie quería ser el primero en hablar. Por la mañana desayunamos los tres en la cocina con café y pan tostado. Rodrigo se fue antes de las ocho. En la puerta me dio un abrazo sin palabras y se marchó.

Valeria lavó los platos. Yo los sequé.

No hablamos de lo que había pasado. No ese día.

***

Una semana después me dijo que le había bajado la menstruación. Me lo contó por la tarde, de espaldas, mientras miraba por la ventana de la cocina.

—No quedé —dijo.

Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro.

—¿Seguimos intentándolo? —le pregunté.

Se dio vuelta y me miró. Asintió despacio, con los ojos serios.

Al día siguiente, Rodrigo y yo nos cruzamos en el pasillo del batallón. Nos miramos un segundo sin decir nada. Los dos sabíamos lo que significaba ese silencio.

Habría que esperar que pasara el período.

Y después, volver a empezar.

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Comentarios (7)

SantiagoK

Que arranque... me dejo sin palabras. Espero la continuacion con ansias

lector_nocturno

pocas veces un relato me genera tanto para pensar. buenisimo

Claudia_BA

Lo emocional casi siempre se pierde en este tipo de historias y aca esta muy presente. Gracias por animarte a contarlo

CarlosRdz22

Y despues??? no me dejes con la intriga jaja, necesito saber como termino todo

DamianRio

Unico en su tipo. Se nota que fue dificil de escribir pero se agradece la honestidad

VeroLectora

!!!!! por favor sigue, quedo cortado justo en lo mejor

MarisolPLT

Me pregunto cuantas noches sin dormir costo esa decision. Muy bien narrado, se siente real

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