Confesión: una noche real con Camila y su chupete rojo
Esa noche había decidido entregarme por completo a un capricho que llevaba semanas rondándome la cabeza. Me afeité con cuidado, me duché dos veces y me preparé como quien prepara un pequeño ritual privado. Sabía exactamente lo que quería y sabía a quién llamar para conseguirlo. Tenía a Camila en la agenda, y Camila casi siempre decía que sí.
Llegó al rato, puntual por una vez, con una mochila negra colgándole de un hombro y un perfume dulce que se le adelantaba al entrar. Me dio un beso rápido en la mejilla y se encerró en el baño sin pedir permiso. Le gustaba aparecer dos veces. La primera al cruzar la puerta. La segunda cuando salía del baño transformada en otra cosa.
Cuando volvió al salón, llevaba puesta una americana blanca sin camisa debajo, sin sujetador, sin nada más que su piel. La chaqueta le quedaba lo justo para insinuar todo y enseñar casi nada. Por la abertura del escote le asomaban dos pechos pequeños y firmes, con los pezones tensos rozando la tela. Por debajo del último botón se le escapaban unos vellos rizados de tono cobrizo, recortados con esa estética suya de niña traviesa que siempre estaba inventando algo nuevo.
Acababa de cumplir veintitrés años. Era alta, delgada, con esa fibra que se gana practicando deporte por placer y no por obligación. Cuello largo, brazos finos, clavículas marcadas. El pelo castaño con reflejos rojizos lo llevaba a media melena, despeinado a propósito. Pero lo mejor de Camila no eran ni sus piernas ni su cintura. Era su cara, siempre dispuesta a la sonrisa, siempre lista para divertirse con lo que viniera.
Esa noche apareció con un chupete rojo entre los labios. No le pregunté de dónde lo había sacado. Camila era así. A veces traía juguetes, a veces traía ideas y a veces traía solamente esa sonrisa que se le encendía en cuanto cruzábamos miradas. Empezó a jugar con el chupete delante de mí, mordiéndolo, sacándolo, lamiéndolo despacio mientras me miraba sin parpadear. Estuve a punto de terminar antes de empezar.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó al fin, con el chupete colgándole de un dedo.
—Demasiado.
—Pues no te quedes ahí mirando, hombre.
Camila tenía un truco extraño. Cuanto más grande era el desafío, más se entregaba. Le encantaban las situaciones que parecían quedarle grandes. No por presunción, sino por testarudez. Cuando se enfrentaba a algo difícil era cuando daba lo mejor de ella misma. Y siempre lo hacía riéndose, como si todo aquello fuera un juego enorme del que solo nosotros conocíamos las reglas.
Le abrí la chaqueta blanca y se la deslicé por los hombros sin prisa. Apareció su cuerpo completo. Pezones rosados, abdomen marcado, ese pubis recortado en una espiral cobriza que cambiaba cada mes. Una vez se lo había depilado en forma de rayo. Otra vez lo había dejado como una flecha apuntando hacia abajo. La estridencia de algunos diseños me resultaba excesiva, pero me cuidaba mucho de comentarlo. A Camila no le sentaban bien las críticas a su creatividad.
La empujé con suavidad por los hombros hasta que se arrodilló sobre la alfombra. Lo hizo despacio, deslizándose, mirándome desde abajo con esos ojos verdes pequeños y vivos. Empuñé mi erección, ya tensa hasta doler, y le acaricié las mejillas con ella. Le paseé el miembro y los testículos por la cara entera. Por la frente, por la barbilla, por los labios cerrados. Camila se dejaba hacer con esa sonrisa imposible de borrar.
—Hueles a recién duchado —murmuró—. Eso te lo voy a arreglar.
Le subí los testículos hasta la nariz y ella inhaló con ansia, como si quisiera grabarse el olor. Le bajé luego el sexo entero por el rostro, despacio, asegurándome de que mi piel le rozara cada poro. No me detuve hasta que estuve seguro de que durante todo el día siguiente le iba a oler la cara a mí. Camila reía bajito, con los ojos entrecerrados, disfrutando del juego.
Cuando le presenté la punta del miembro contra los labios, abrió la boca sin que se lo pidiera. Entré despacio la primera vez, midiendo el espacio. La segunda fui más adentro. La tercera ya empujé sin contemplaciones. Camila se las ingeniaba para mantener la sonrisa en los ojos incluso con la boca completamente ocupada. De pronto soltaba un sonido ahogado parecido a una risa, como si toda esa situación le diera ataques de gracia.
Su boca era pequeña y la mía no era discreta. La diferencia se notaba. Por mucho que se aplicara, los dientes le rozaban a veces el tronco, las náuseas le subían desde el estómago, le costaba tomar aire. Pero ella seguía. Apretaba mejor los labios, se humedecía la garganta, tragaba saliva y volvía a empujar la cabeza hacia delante. Camila chupaba con voluntad, no con técnica. Y eso, en cierto modo, era mucho mejor.
—Espera —le dije al cabo de un rato.
Le pedí que se pusiera a cuatro patas, apoyada en codos y rodillas, con la espalda arqueada y el culo en alto. Lo hizo de inmediato, todavía sonriendo. Me coloqué frente a su cara y volví a frotarle el sexo por las mejillas, esta vez con ella en esa postura. Después junté los testículos con dos dedos y se los metí dentro de la boca. Los dejé ahí, calientes y mojados, mientras me masturbaba a un ritmo lento, sin prisa por terminar nada.
Camila tenía la mirada puesta en mi cara, como esperando órdenes. Le dije que cruzara los brazos a la espalda, justo encima de las nalgas, para tenerlas inmovilizadas. Obedeció. Quería follarle la boca sin que pudiera frenarme con las manos. Saqué los testículos y le coloqué la verga entre los dientes otra vez, ahora a otro ritmo, más cerrado, más fuerte. Camila tragaba saliva, parpadeaba con esfuerzo, pero no me apartó la cabeza ni una sola vez. Confiaba en mí más de lo que yo merecía.
Cuando vi que se le ponía la cara roja y se le escapaba el aire por la nariz a golpes, paré. La tumbé sobre la alfombra de espaldas, con las piernas dobladas. Desde arriba la vista era espectacular. Sus pequeños pechos subían y bajaban acelerados, los pezones casi violetas. El abdomen plano se le marcaba como si llevara una sombra dibujada en el centro. Y entre las piernas, abierto y húmedo, ese coño recortado de forma absurda.
No iba a follármela esa noche. No estaba en mi cabeza. Camila me lo había preguntado con la mirada y yo le había contestado con un movimiento de mentón hacia un lado. Ella sonrió, claro. Lo que iba a venir le gustaba más todavía.
Me coloqué encima de su cara, a horcajadas, con las rodillas un poco flexionadas, y le ofrecí la raja del culo. Camila tenía una habilidad inquietante para mover la lengua en lugares incómodos. Le encantaba el rincón más escondido del cuerpo. Empezó despacio, con la punta de la lengua haciendo círculos pequeños alrededor de mi ano. Después fue alargándola, hundiéndola, jugando entre los pliegues como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Yo me agarré la verga con la mano y empecé a masturbarme suave mientras ella trabajaba abajo. Cada movimiento de su lengua me arrancaba un escalofrío que me subía por la espalda hasta la nuca. Era una sensación que pocas mujeres se atrevían a darme. Camila, en cambio, lo hacía con una entrega que no estaba pidiendo nada a cambio. Solo lamía, sonreía, lamía. Y cuando se cansaba, apoyaba los labios contra la piel y respiraba allí mismo, como si llenara los pulmones de mí.
—Voy a terminar —le avisé.
—Pues ven aquí.
Me bajé de su cara, le abrí la boca con dos dedos y le metí la verga a fondo. Camila cerró los ojos, abrió la garganta lo que pudo y me dejó vaciarme entero dentro. Cuando saqué la punta, ella tenía la boca llena. Todavía con los ojos cerrados, hizo gárgaras. Después separó los labios, sacó la lengua y me enseñó el resultado. La cavidad rebosaba semen mezclado con saliva. Una pequeña piscina blanca temblando entre sus dientes.
—Trágatelo —le dije, casi sin voz.
Pero Camila tenía otros planes.
Cerró la boca, se incorporó hasta sentarse sobre los talones y, en lugar de tragar, escupió todo el semen en su mano izquierda. Me miró con esos ojos que no perdían el brillo. Y entonces, antes de que yo pudiera reaccionar, se estampó la mano llena en su propia mejilla y se restregó la corrida por la cara hasta untarse la frente, los pómulos, el cuello. Se rió a carcajadas, con el pelo revuelto y los pezones temblando con cada risa.
—¿Qué cara pongo? —dijo, posando como para una foto.
Yo no sabía si reírme con ella o quedarme callado. A veces me sorprendía con estridencias así y me dejaba sin palabras. Una vez, en un trío con una amiga suya, había escupido el semen directamente en la cara de la otra chica. La amiga no se lo había tomado nada bien, pero Camila se había partido de risa durante un buen rato. Estaba un poco loca mi querida Camila. Y, al mismo tiempo, era casi imposible no quererla. Hacía las guarradas más impensables sin perder nunca la sonrisa, y eso la convertía en algo que no estoy seguro de saber describir.
***
Un reguero de semen le resbaló por la barbilla y cayó dentro de su ombligo. Una gota perfecta. Camila se miró la tripa, se rió otra vez y me señaló el ombligo con el dedo, como si me estuviera mostrando un trofeo.
—Mira lo que hiciste, guarro.
—Mira lo que hiciste tú —le contesté.
Ella encogió los hombros, recogió el semen del ombligo con la yema del índice y se lo llevó a la boca, todavía riéndose. Le brillaban los ojos. Tenía la cara perlada de saliva y de esperma. Le caía el pelo sobre la frente. Y en medio de ese desastre seguía sonriendo, como si nada de lo que acababa de pasar fuera comprometedor, ni íntimo, ni mucho menos sucio.
Camila era así. Para ella todo era un juego. Y cuando uno aprende a jugar con alguien así, lo demás se vuelve gris.
—¿Me prestas el baño otra vez? —preguntó, levantándose con la naturalidad de quien acaba de tomarse un café y va a recoger la taza.
—Es tuyo.
Pasó por mi lado, me dio un beso en la oreja y me susurró:
—La próxima vez sí me la metes, ¿eh?
Se fue dejando una huella tibia de sus dedos en mi pecho.
Cuando salió del baño, ya estaba vestida con ropa normal. Vaqueros, camiseta, el pelo recogido. Nadie habría dicho que era la misma chica que diez minutos antes me había puesto la cara como un cuadro. Cogió su mochila, me mandó un beso desde la puerta y desapareció escaleras abajo. La oí reírse sola en el descansillo. Después, el portal. Después, nada.
Yo me quedé sentado en el sofá, todavía desnudo, mirando el techo. No fui capaz de moverme durante un rato largo. No pensaba en lo que acababa de pasar exactamente. Pensaba en su sonrisa, en cómo la tenía siempre lista para el momento más improbable. Camila no se ponía seria nunca. Ni cuando hablábamos en serio, ni cuando se enfadaba, ni cuando le metía la verga hasta la garganta. Su cara estaba diseñada para reírse del mundo entero, de mí incluido.
Y esa, supongo, era la verdadera adicción. No el sexo. Ni la boca. Ni siquiera la entrega absoluta con la que se ofrecía cada vez. Era esa risa traviesa que aparecía en los momentos menos pensados, la risa de quien ha decidido que la vida no se merece tomarse en serio.
Camila era una confesión que llevaba años guardándome. Si alguna vez me preguntan cuál fue la chica más libre que conocí, voy a tener que responder con su nombre y con esa imagen suya, sentada sobre los talones, con la cara llena de semen y la sonrisa intacta.
Siempre sonriente. Siempre smiley.