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Relatos Ardientes

El mandado al taller que jamás voy a olvidar

Esto pasó hace un par de veranos, en esos días raros del calendario en que ya no había clases pero todavía no salíamos con las chicas para el viaje de egresados. Me levanté tarde, bajé en pijama y encontré a mi viejo terminando el café en la cocina. Dijo que necesitaba un favor: mi mamá había viajado a Mendoza por trabajo y yo era la única que podía ir hasta el taller a llevarle un sobre con plata al mecánico. Le pregunté si podía ir al mediodía, después de bañarme. Me contestó que era lo mismo, siempre y cuando no me olvidara, porque tenía un viaje urgente al norte y precisaba el auto sí o sí.

Agarré los dos sobres unidos con una bandita elástica y los guardé en una mochilita chica. Calor, mucho calor. Me puse una pollera liviana color crema y una musculosa blanca. Sin corpiño, porque no quería que la ropa se me pegara al cuerpo y, para ser sincera, también porque me gustaba cómo se me marcaban los pezones cuando rozaba la tela. Estrené una tanga de algodón rosa pálido. Me la subí despacio, despertando piel de gallina por todos lados. Chatitas en los pies, una colita alta y un poco de brillo en los labios. Comí una ensalada de tomate, livianita, y agarré las llaves.

Antes de salir me puse anteojos negros, grandes. Me hicieron sentir otra. La chica de jean y mochila de colegio se quedó del otro lado del espejo. La que cruzó la puerta era una mujer haciendo un mandado adulto, con mucha plata en la mochila y la mañana entera por delante. Nunca me habían mirado tanto en la vida. Sentía cómo a mi espalda los hombres giraban la cabeza, cómo los autos bajaban la velocidad cuando pasaba por la vereda. Mi cadera empezó a tomar una cadencia distinta, casi por capricho. Sonreía mirando el piso y quebraba un poco más la cintura. Serpenteaba.

En la esquina, un viento traidor me levantó la pollera. La bajé rápido, pero alcancé a escuchar un grito desde un auto que esperaba el semáforo.

—¡Qué cola, mi amor!

Me reí con la cabeza baja, sintiendo el calor en los cachetes, y seguí caminando. Hacía mucho que no iba al taller, pero reconocí la entrada apenas la vi: un portón verde mate, despintado en los bordes, con un cartel viejo que casi no se leía. Adentro estaba oscuro y olía a grasa, metal y sudor de mediodía. Uno de los muchachos dejó caer una herramienta y se acercó secándose las manos en un trapo.

—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?

Me miró las piernas un buen rato antes de levantar la cara.

—Busco a Hernán. Tengo que dejarle algo de parte de mi papá.

—Hernán hoy no vino. Está Mateo, el hijo. ¿Te conviene?

—Ah, perfecto.

—Subo y le aviso. Esperá un segundito.

Trepó por una escalera angosta de metal y los demás aprovecharon para mirarme con disimulo, retomando el trabajo cada vez que parecía que iba a girar la cabeza. Un golpe metálico me hizo saltar. Me saqué los anteojos y sostuve la respiración. Arriba, detrás de un ventanal con persianas americanas, vi cómo un par de ojos se asomaban entre las tablillas. El chico bajó las escaleras como un perrito.

—Te dijo que subas.

Miré la escalera. Era alta, de metal, y la base tenía rejas que formaban diamantes. Me agarré la pollera y la pegué a la cola, pero era insuficiente: cualquiera que mirara desde abajo iba a ver algo. Subí lento, mirando hacia adelante, sin animarme a girar la cabeza. Sentía las miradas trepándome por las piernas, intentando colarse por debajo de la pollera. Llegué arriba y golpeé el vidrio de la puerta.

—Pasá.

Tenía la voz en movimiento, como si estuviera caminando del otro lado. El picaporte estaba medio suelto. Cuando entré, lo encontré descolgando un póster de la pared. Alcancé a ver una cara de modelo rubia antes de que lo enrollara y lo metiera en un cajón.

—La saco para que no se ponga celosa de vos.

Me reí. Estaba con una camisa azul arremangada, mucho más joven que el padre, más flaco, con una sonrisa enorme y blanca. En los antebrazos tenía un tatuaje tribal. Me invitó a sentarme y se acomodó del otro lado del escritorio de vidrio.

—Vengo de parte de Yuri Kovalenko —dije.

—El ruso. Sí, ya sé.

—Ucraniano —lo corregí, riéndome.

—Es lo mismo. Igual se nota. Sos una rusita. Más blanca y más rubia, imposible. ¿No te acordás de mí?

Me acordaba de venir de chiquita, con diez o doce años, pero no me acordaba de él en particular.

—Eras chiquita, claro. Se notaba que ibas a ser hermosa. Se te oscureció un poco el pelo, eso sí, pero esa piel de porcelana sigue igual. Venías con tu viejo y yo te traía acá arriba para que dibujaras con marcadores mientras él hablaba con mi papá. Eras flaquita. Ahora ya tenés más curvas que el circuito de Mónaco.

—¡Ja! No conozco. Pero sí, me acuerdo de los marcadores.

—Dejá la mochila ahí, en el sillón del fondo. Y vení, tenemos un rato.

Caminé hasta el fondo de la oficina, dejé la mochila sobre el sillón y volví a la silla. Hablamos de bobadas un rato: del colegio, de las amigas, del viaje de egresados. Cuando le conté que faltaban dos semanas, se rió fuerte.

—¡Uff! El descontrol que vas a hacer.

Me dijo que todos los muchachos del taller bajaban a comer al fondo y que él se iba a pedir algo, que si quería me invitaba. Dudé tres segundos. Le dije que sí.

Pidió dos ensaladas con carne y agua bien fría. Cuando me sirvió, me la tomé de un sorbo, casi sin querer, y un hilo se me escapó por la comisura de la boca y me cayó en la pollera. Me miró desde el otro lado del escritorio y, cada tanto, la mirada se le escapaba al borde de mi pollera, al límite donde empezaban los cuádriceps. Bajaba la pollera apenas con la mano izquierda, sabiendo que todavía se debía ver el blanco de la tanga. Con la derecha intentaba cortar la carne y no pude. Tuve que dejar el agua y usar las dos manos. Apenas separé las rodillas un milímetro, su mirada se metió directo entre mis piernas. Crucé las piernas, despacio. No me importó. Miré su pantalón y el bulto estaba ahí, claramente hinchado.

—Está rica, ¿no? ¿Cuántos novios tenés?

Me atraganté de nuevo. Me sirvió más agua riéndose y, otra vez, un poquito se me cayó en la pierna. Se paró, agarró un trapo de la cocinita del fondo y se acercó. Me secó la pollera y me dejó una mancha de grasa en el muslo. Bufó, me pidió disculpas y me limpió la grasa con la mano, despacio, presionando un poco más de lo necesario. Tenía la mano caliente. Acomodé la cola un poco más adentro de la silla y arqueé la columna sin querer.

—Era solo una pregunta —dijo, y empezó a levantar los platos.

—No, no tengo novio.

Levantó las cejas y me miró el triángulo que formaba la pollera con mis piernas cruzadas.

—Increíble.

Quise romper el silencio que se armó.

—Te doy la plata.

—Sí, dale.

Fui al sillón. Me agaché para abrir la mochila.

—No, no. Quedate siempre así. Todo el día así, eh.

La pollera se me había levantado y le estaba mostrando el nacimiento de la cola. Me quedé. En vez de levantar la mochila, la abrí ahí mismo y empecé a sacar el sobre lentamente. Lo escuché pararse y caminar hacia mí. Me hice la que se trababa, dejé caer el sobre y volví a buscarlo.

—Es mucha plata —me dijo al oído, suave pero penetrante—. Y rico perfume.

Sentí el olor a grasa y a carne. Me paré y quedamos enfrentados, con el sobre apretado entre su pecho y el mío. Lo agarró y, al hacerlo, sus dedos tocaron apenas el nacimiento de mis pechos. Los sentí ponerse duros y pesados al mismo tiempo. Me mordí el labio sin pensarlo. Se rió. Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y empezó a contar. Era un fajo grande. Me costaba mantener las piernas firmes mirándolo.

—¿Me alcanzás un papel del escritorio? —dijo sin levantar la vista.

Pensé que me quería ver caminar de espaldas. Le hice el favor: caminé despacio, agarré el papel y se lo mostré desde lejos. Me dijo que sí con la cabeza, sin esconder la sonrisa. Se lo llevé.

—Me mandó la mitad.

Se me cortó la respiración. Esta vez el temblor fue de verdad.

—¿Pero podés empezar igual, no? —tartamudeé.

—No. No puedo.

—Llamo a mi viejo y le digo que te traiga lo que falta.

—Olvidate. En una hora viene el muchacho con el repuesto y hay que pagarle al toque. Si no, perdemos el lugar en la fila. Empezamos otro día.

—¡No, por favor! Mi papá lo necesita el lunes. ¿No podés pedirle al chico que te lo deje y mañana te traemos lo que falta?

—Ni en pedo. Le fui clarísimo. Y menos como está todo el país. Quieren la guita sí o sí, y ya.

—Perdoná, ¿y vos? ¿No tenés acá la diferencia y mañana te la traigo?

—No sé.

Le rogué con la voz medio rota y me arrodillé sin pensarlo demasiado. Me arrastré hasta el sillón. Él me miraba con el ceño fruncido. Apoyé los codos sobre sus rodillas. Sentí cómo la erección le levantaba el pliegue del pantalón. Me clavó los ojos. Se dio cuenta. Deslicé las manos lentamente, por encima del jean, hasta el límite de los muslos. Carraspeó y se acomodó en el sillón. La cara fue de sorpresa, pero no se movió.

—No sé… —dijo con la voz ya temblando un poco—. Quizás tengo algo de plata acá.

—¿Sí? —incliné la cabeza y la apoyé en su rodilla derecha. Lo miré con los ojos muy abiertos. Subí la mano izquierda hasta dejarla a un milímetro del bulto, sin tocarlo. Solo se rozaban los calores: mi mano y su pantalón. Bufó. Me bajó suavemente la mano hasta apoyarla.

Con la otra me abrió los labios. Sentí el pulgar tocar mis dientes, que se separaron como una puerta automática. Recibí el dedo con la punta de la lengua, bien firme. Sentí cómo nuestras respiraciones se aceleraban a ritmos distintos. Se apuró: fue con las manos al botón del pantalón. Lo frené. Negué con la cabeza. Le abrí las piernas y me metí entera entre ellas. Lo miré con el mentón pegado al pecho mientras le desabrochaba el jean. Me mordí el labio sin dejar de mirarlo. Metí la mano. Hubo un choque de calores: mi mano tibia y el sexo ardiendo, todavía un poco flácido. Lo saqué forzando la tela, que rebotó al soltarlo. Lo agarré con las dos manos. Empecé a masajearlo, de arriba abajo, mientras juntaba saliva.

—¿Podés? —pregunté.

—Sí —contestó largo y finito.

—Bien.

Acerqué la cara y dejé caer un hilo de saliva, justo sobre la cabeza rosada. Tiró la cabeza para atrás un instante y la trajo de vuelta enseguida, como si no se quisiera perder nada. Saqué la lengua y la moví en círculos hasta meterlo en mi boca, despacio. Me agarró la cabeza, pero le saqué la mano sin dejar de mirarlo. Llevaba la piel para atrás con los labios y le daba besos en la base. Saliva que caía y se mezclaba con la suya.

—No podés ser tan puta.

—¿Viste?

Se paró y me levantó. Me dio vuelta y me empezó a besar el cuello. La otra mano, por delante, viajaba bajo la pollera. Sentía sus dedos grandes pasarme por los labios y, cada tanto, acertar al clítoris. Me chocaron las rodillas. Gemí por primera vez. Me levantó un poco la pollera y apoyó su sexo en la parte más fría de mi cola. Bailamos así, adivinando el camino, hasta que llegamos al escritorio. Apoyó mis manos contra el vidrio frío. Saqué la cola apenas para afuera. Me bajó la musculosa y mis pechos quedaron al descubierto, golpeando contra el escritorio. Subió la pollera hasta la cintura y me corrió la tanga al costado.

—Cogeme ya —supliqué.

Murmuró algo brutal en mi oído. Le dije que sí con los ojos húmedos. Me empujó la cabeza despacio hasta apoyarla contra el vidrio. Los pezones se me hincharon contra el frío. Sentí que tironeó la tanga y se escuchó un pequeño desgarro en la costura.

—¡Uy, sí!

En cuatro, entregada, con la cola empinada, sentí cómo su sexo húmedo pasaba primero por la nalga, después por la entrada, y empezaba a masajearme los labios de la vagina. Apreté las manos contra el vidrio. Sabía lo que se venía. Fue entrando de a poco. Mi cuerpo se fue abriendo, elástico, mientras la carne se mezclaba con la mía. Cuando entró del todo, tuve que tirar la cabeza hacia atrás. Hizo el movimiento para asentarse adentro un par de veces. Tenía ganas de llorar. Me agarró del pelo y me tiró para atrás. La cintura empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido, como un metrónomo que se aceleraba sin permiso. No pude contener los gemidos agudos. Mientras me decía «puta» al oído, se me escapó un poco de baba contra el vidrio. Sincronizada, me la sacó con el dedo y me lo metió en la boca.

Me terminó de bajar la tanga. Lo ayudé levantando una pierna y después la otra. Le tocaba el sexo cuando podía. Me erguí, me di vuelta y me sentó sobre el escritorio. Todo el frío del vidrio se me trasladó a la cola. Se escupió la mano y la pasó por mi entrada. Nos besamos. El gusto a metal y a sexo en su boca era delicioso. Sin que me diera cuenta, me penetró otra vez, como un ariete prendido fuego. Sentí los tejidos estirarse y el calor entrar lento. Crucé los brazos por su cuello y encontramos un ritmo igual. Estuvimos un rato largo así, presentes, juntos. Después me levantó del escritorio agarrándome de la cola, conmigo todavía empalada en él. Le abracé la cintura con las piernas. Caminó hasta su silla y se sentó. Empecé a saltar sobre él. Me chupaba un pecho, después el otro. Me ponía la mano en la boca y yo le chupaba el dedo. Me dio una cachetada suave.

—Más —dije sin pensar.

Me la dio de nuevo.

—Sí, dame… dame.

Me agarró el pelo con una mano y con la otra me golpeaba la cara mientras yo saltaba. Todo era agua: el sudor, la saliva, las ganas. Empecé a gritar despacio, porque sentía nacer un cosquilleo en la pelvis. Tiró la silla para atrás y me paró sorprendida. Me dio vuelta, me apoyó en cuatro contra el escritorio. Otra vez el frío en los pezones.

—No, no… pará —dije.

—Callate.

Se arrodilló, me abrió las nalgas y me empezó a chupar el culo. Era violento, húmedo y necesario. Me temblaban las piernas. Se paró. Se escupió la mano y volvió a entrar por la concha sin avisar. Sentí cómo me escupió la espalda y la saliva bajaba por el surco. Me empezó a bordear el ano con un dedo. No dije nada, pero intenté apartarle el brazo. Me agarró la mano y la trajo para adelante. El dedo entró. Dolía. Pero me gustaba. Subí el volumen del gemido. La otra mano buscó mi boca y me metió otro dedo. Lo mordí. Se quejó. Me sacó el sexo, escupió y entró por la cola sin pedir permiso. Junté las rodillas por el dolor y grité. Al principio fue lento y ardía mucho, pero el cuerpo cedió. Poco a poco el movimiento se hizo natural. Escuchaba cómo su pelvis golpeaba contra mi cola. Me decía cosas fuertes. Yo solo trataba de morderme el grito. Apoyé la cabeza de perfil contra el vidrio frío. Entendí que venía galopando el final. Me la sacó, me tiró del pelo y supe lo que tenía que hacer. Me arrodillé. Se masajeó el sexo contra mi cara, pintándola de blanco. Llena de semen, lo miré desde abajo y le sonreí.

Me paré. Nos abrazamos despacio, casi con ternura, dos cuerpos que se habían encontrado recién y ya estaban exhaustos.

—Me tocó pintar a mí —dijo, riendo.

Me pasó una toalla. Me limpié la cara, el cuello, el escote. Y entonces escuché. El movimiento había vuelto al taller. Voces de hombres comiendo a gritos, golpes de herramientas, una radio.

—¿Está toda la gente acá? —pregunté.

—Sí. Comen abajo, en la oficina del fondo.

Cerré los ojos. Sentí la vergüenza subirme desde los pies. Busqué la tanga, rota, y me la puse igual. Acomodé la pollera, la musculosa.

—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo el resto de la plata.

—No. Está bien. Te la regalo, para el viaje de egresados. Volvé cuando quieras.

Le di un pico corto. Saqué el celular de la mochila para ver la hora y vi, dentro, los dos sobres unidos por la bandita rota.

—No me animo a salir.

—No deben haber escuchado nada. Quedate tranqui.

Me lo dijo y se sentó. Abrió un cuaderno y empezó a anotar números, como si nada. Salí. Todos miraron para arriba al mismo tiempo. Vi cómo uno le daba un codazo a otro y susurraba algo. Empecé a bajar. Miré los diamantes que formaban los alambres de la escalera y, abajo, alguien me miraba directo. Pensé en taparme la pollera con la mochila. Decidí que no. Sonreí con la cabeza alta y seguí bajando. Las piernas, cansadas y todavía temblando, irradiaban un calor insoportable. Me puse los anteojos negros, crucé el portón verde y caminé hasta la esquina sin mirar atrás.

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Comentarios (9)

dantralo

jajaja me imagine la escena entera y me mori de risa!! tremendo momento

Monica_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo!!

Pato_1987

Buenisimo. Me recordo a una vez que me mande una embarazosa parecida de adolescente, esa verguenza no se olvida jeje

ElProfe47

Muy bien narrado, se siente autentico y cercano. Seguí así!

NachoDelSur

ufff la escalera... esos de abajo no son ningunos santos jajaja. Esperando la continuacion!

LuciaBA77

Solo de leerlo me entro el canguelo. Que situacion tan incomoda, pobre

Marcelito_cba

excelente!!!

SantiagoVera

Muy entretenido desde la primer linea. Saludos y seguí escribiendo por favor

Vale_2024

Me gusto mucho el tono, parece de verdad. Quiero saber que paso despues!

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