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Relatos Ardientes

Aquella noche aprendí hasta dónde podía llegar

4.1(9)

Llevábamos casi dos años en esto cuando Rodrigo lo propuso. Dos años de conversaciones a deshoras, de perfiles en foros que no le enseñaríamos a nadie, de encontrarnos con Nicolás y Damián en bares anodinos antes de subir juntos al piso. Lo nuestro era una cosa de los cuatro: sin secretos entre nosotros, sin promesas que no pudiéramos cumplir, con reglas que los dos nos habíamos encargado de construir con cuidado.

Nicolás era el más pausado de los dos. Tenía esa paciencia irritante que solo tienen las personas que saben que el tiempo juega a su favor. Damián era todo lo contrario: impaciente, directo, con las manos siempre un poco por delante de la situación. Juntos eran un equilibrio que yo no habría sabido diseñar pero que funcionaba. Para mí funcionaba muy bien.

Mi cuerpo había aprendido cosas en esos meses. Cosas que antes me parecían incómodas o imposibles o directamente al otro lado de un límite que no pensaba cruzar. Había aprendido a abrirme para dos pollas a la vez en la boca, a que me follaran el culo mientras me metía los dedos en el coño, a tragar corridas sin toser, a pedir más cuando el cuerpo pedía menos. Pero cada vez que cruzaba uno, el siguiente parecía más cercano, más lógico, más tentador. Así funciona esto, aunque nadie te lo avisa al principio.

Hasta aquella noche de miércoles, viendo una serie que ninguno de los dos seguía de verdad.

—Quiero pedirte algo —dijo Rodrigo sin apartar la mirada de la pantalla.

Conocía ese tono. Era el que usaba cuando ya llevaba días pensando en algo y le costaba soltarlo.

—Dime.

—Los dos a la vez. —Hizo una pausa corta. — Pero en el mismo sitio.

El silencio que siguió duró exactamente tres segundos. Lo sé porque los conté, aunque no sé por qué los conté. Mi cerebro tardó un momento en procesar lo que acababa de escuchar, y cuando lo procesó, lo primero que sentí no fue rechazo ni indignación. Fue miedo y deseo mezclados de una forma que no sabía que podían mezclarse, un tirón en el bajo vientre que ya estaba mojando la ropa interior antes de que mi cabeza terminara la frase.

—¿Los dos? —repetí, aunque entendía perfectamente a qué se refería—. ¿Los dos metidos, quieres decir? ¿Uno en el coño y otro en el culo?

—Los dos en el culo —dijo, y me miró entonces. Vi en sus ojos algo que reconocía: esa mezcla de expectativa y vergüenza de quien pide algo que sabe que es demasiado—. A la vez. Doble penetración anal.

Me quedé callada un rato que se hizo largo. Pensé en lo que implicaba físicamente. Pensé en si era posible. Pensé, sobre todo, en por qué la idea no me dejaba indiferente, en por qué se me habían apretado los muslos solos al oírla.

—Déjame pensar —dije al final.

Tardé tres días. Durante esos tres días lo pensé en la ducha, con dos dedos metidos en el culo probando cuánto podían abrirse; en el metro, apretando los muslos cada vez que la palabra volvía; mientras comía sola frente al ordenador en el trabajo, con el coño palpitando debajo de la falda. Me documenté más de lo que me gustaría admitir. Hablé con Nicolás en privado, que me escuchó sin apresurarse y me dijo que no había prisa, que lo que yo decidiera era lo que valía. Hablé con Damián, que fue más directo, como siempre.

—Si decides que sí, yo estoy. Si decides que no, también. Lo que tú mandes. Pero te aviso una cosa —añadió, con esa media sonrisa suya—: la mía y la de Nicolás juntas dentro del culo es mucha polla. No te miento.

Al cuarto día le dije que sí a Rodrigo.

—Pero lo hacemos bien —añadí—. Preparación de verdad, sin prisas. Y si en algún momento digo que paramos, se para sin preguntas y sin explicaciones.

—Claro —dijo él, y noté que se quitaba un peso de encima que llevaba días cargando.

***

La preparación duró dos semanas. No fue romántica ni especialmente erótica: fue metódica y paciente, con mucho lubricante y mucha atención a lo que mi cuerpo iba diciendo en cada paso. Rodrigo participó todas las noches, siempre pendiente, siempre preguntando si estaba bien, si quería seguir, si necesitaba parar.

La primera noche fueron dos dedos suyos, embadurnados hasta los nudillos, entrando y saliendo de mi culo mientras yo estaba boca abajo con una almohada bajo las caderas. Los movía en tijera, abriéndome despacio, y con la otra mano me frotaba el clítoris para que el placer y la presión se mezclaran en el mismo circuito. Me corrí así, con los dedos dentro y su boca en la nuca, mordiendo la sábana para no gritar.

La segunda semana ya eran tres dedos, y después vino el plug que había comprado por internet: uno mediano al principio, luego el grande, dejándomelo puesto mientras Rodrigo me follaba el coño en misionero. Lo notaba dentro cada vez que él empujaba, un tope duro que hacía que su polla se sintiera todavía más gruesa, y me corría con una intensidad nueva, más honda, como si el orgasmo tuviera dos capas superpuestas.

Fui avanzando despacio. Lo que al principio era incómodo dejó de serlo. Lo que parecía imposible fue haciéndose menos imposible con cada noche. No llegué a creerme completamente preparada, porque creo que no existe esa preparación total, pero sí llegué a un punto en que el cuerpo ya no protestaba. Solo esperaba.

La noche que elegimos fue un sábado. Rodrigo preparó la habitación: toallas dobladas al pie de la cama, luz cálida y muy baja, dos botellas de lubricante sobre la mesita de noche. Puso música instrumental de fondo, algo sin letra que servía para ocupar el silencio sin distraer.

Nicolás y Damián llegaron pasadas las diez. Cenamos los cuatro como si fuera una noche cualquiera. Abrimos vino. Hablamos de cosas normales durante un rato: trabajo, una película que habían visto, algo en las noticias que ya nadie recordaría al día siguiente. Era la forma que teníamos de bajar la tensión antes de que la tensión subiera de otra manera. Yo llevaba debajo del vestido un plug pequeño que me había puesto una hora antes, para llegar ya trabajada, y cada vez que me movía en la silla lo sentía apretar contra las paredes del culo.

Cuando Rodrigo se levantó a recoger los vasos y los otros dos me miraron al mismo tiempo, supe que era el momento.

***

Empezamos despacio, los tres sobre la cama mientras Rodrigo se acomodaba en la silla del rincón. Eso lo habíamos hablado también: esa noche él quería ver, no participar. Era su petición, y tenía sentido dentro de la lógica de lo nuestro.

Nicolás y Damián sabían lo que venía. No hacía falta explicarlo. Damián me besó primero, largo y sin apresurarse, mientras Nicolás me bajaba el vestido por los hombros y seguía la línea de mi espalda con los dedos. Cuando el vestido cayó al suelo, Damián se separó un momento, se me quedó mirando las tetas y me pellizcó los pezones con dos dedos, sin suavidad.

—Ya estás toda mojada —dijo Nicolás por detrás, metiéndome la mano entre las piernas. Corrió a un lado las bragas y me pasó dos dedos por el coño de abajo arriba, abriéndome los labios—. Y con el plug puesto. Buena chica.

Me tumbaron entre los dos. Damián me abrió las piernas y se metió de cabeza en el coño, con la lengua directa al clítoris, sin preámbulos, chupándomelo como si llevara semanas esperando. Nicolás se puso a la altura de mi cara, se sacó la polla ya dura del pantalón y me la pasó por los labios sin meterla del todo.

—Abre —dijo bajito.

Abrí. Me la metió hasta el fondo, con las dos manos en mi pelo, y empezó a follarme la boca despacio mientras Damián me comía el coño. Yo notaba cómo la punta de Nicolás me tocaba la garganta y me atragantaba un segundo antes de que él la sacara para dejarme respirar, y volvía a entrar, y volvía a salir, mientras la lengua de Damián no paraba y sus dedos ya se me habían metido dentro, dos, moviéndose en gancho contra el punto de arriba.

Me corrí así la primera vez, con la polla de Nicolás en la boca ahogándome los gemidos y la boca de Damián succionándome el clítoris entero. El cuerpo entero se me sacudió sobre las sábanas, las caderas subieron solas, y Nicolás me sacó la polla justo a tiempo para que el grito saliera limpio.

—Esta se corre con nada —dijo Damián con la barbilla brillante, subiendo hacia mí—. Vamos a ver cómo aguanta con las dos dentro.

Me tiró del pelo con suavidad y me puso boca abajo un segundo. Sacó el plug de un tirón lento y firme, y noté el vacío repentino, esa apertura que ya se quedaba abierta sola. Luego me giró otra vez.

Pasamos un buen rato más así, sin prisa, construyendo. Damián me metió la polla en el coño con una embestida larga y honda, agarrándome las piernas por detrás de las rodillas para doblarme sobre mí misma, y me folló profundo mientras Nicolás me volvía a llenar la boca. Los dos entraban y salían a la vez, coordinados sin haberlo hablado, y yo estaba en medio con las dos pollas atravesándome de arriba abajo y la cabeza flotando de placer. Damián me la sacó del coño justo antes de correrse y me la pasó por el clítoris chorreando de mis propios jugos.

Cuando Nicolás me tomó la cara entre las manos y me preguntó con los ojos si estaba lista, asentí.

Me pusieron a cuatro patas. El lubricante apareció frío, luego templado por el calor de las palmas. Nicolás se tumbó boca arriba debajo de mí y me hizo bajar sobre él lentamente. Cogió su polla con la mano, se la puso en la entrada del culo, y empujó las caderas hacia arriba con una lentitud calculada, con dedos lentos antes, con mucho tiempo, preparando el terreno sin saltarse nada. Yo tenía la frente apoyada en su hombro y respiraba con cuidado, concentrándome en relajarme, en confiar en lo que sabía que vendría.

—¿Bien? —preguntó Nicolás.

—Bien —respondí, y era completamente verdad.

Cuando Nicolás entró del todo lo hizo con una lentitud que era casi tortura. La cabeza primero, luego el cuerpo entero en una línea continua y pausada que me hizo apretar los puños sobre las sábanas y morderle el hombro. La sensación era conocida en su forma pero completamente nueva en su intensidad: más presente que otras veces, como si cada terminación nerviosa estuviera más cerca de la superficie de la piel. Notaba la polla entera dentro del culo, gruesa, palpitando contra las paredes, y el coño abierto y vacío por delante rogando también.

Me quedé quieta sobre él. Escuché mi propia respiración. Escuché la de Rodrigo desde el rincón, más agitada de lo normal, y de reojo vi que ya tenía la polla fuera del pantalón y la mano encima, sin moverla apenas, solo sujetándola. Escuché a Damián moverse detrás de mí, oí el clic de la botella de lubricante y sentí el chorro tibio caer entre las nalgas, resbalando hasta donde ya estaba ocupado.

Sentí su mano en la cadera, firme pero sin apretar. Después la presión de la cabeza de su polla contra el punto que ya estaba ocupado por la de Nicolás, empujando de un modo que mi cerebro seguía calificando como imposible aunque mi cuerpo estaba haciendo lo contrario de resistirse.

—Despacio —pedí, con la voz más seria de lo que quería que sonara.

—Siempre —dijo él.

Lo que vino después fue la parte más difícil. La presión creció hasta un punto en que pensé que tenía que parar, que el cuerpo tenía límites físicos que no se podían ignorar por mucho que uno quisiera. Apreté los dientes. Respiré. Damián empujaba con una paciencia insoportable, sin retirarse pero sin forzar, y yo sentía cómo el anillo se estiraba alrededor de las dos pollas hasta un punto que quemaba, un ardor limpio y agudo. Nicolás me susurraba al oído que respirara, que soltara, que me abriera para él. Y entonces algo cedió, no con dolor sino con una sensación de apertura que era extraña e incómoda y al mismo tiempo inequívocamente intensa.

La cabeza de la polla de Damián pasó el anillo.

Se me escapó un gemido largo, gutural, que no supe de dónde había salido. Lo sentí entrar milímetro a milímetro, los dos dentro a la vez, los dos deslizándose el uno contra el otro dentro de mí, una plenitud tan densa y tan absoluta que me resultó imposible pensar en nada más. Ni en Rodrigo en el rincón, ni en el tiempo que era, ni en ninguna cosa que existiera fuera de esa habitación y de ese momento exacto. Estaba llena de una manera que no había estado nunca, dos pollas ancladas dentro del culo, cada latido de cada una amplificado por la presencia de la otra.

—Para —dije.

Los dos se detuvieron al instante.

—No del todo —aclaré, con la voz temblorosa—. Solo un momento. Dejadme respirar.

Nadie se movió. Nadie habló. Estuvimos así un tiempo que no supe calcular: yo respirando con cuidado, sintiendo el peso y el calor de las dos pollas quietas dentro de mí, acostumbrándome a algo para lo que no existe ningún nombre cotidiano. Notaba latir a Damián contra el costado interno de la polla de Nicolás, y a Nicolás contra la de él, los dos vivos y duros y esperando.

—Ahora —dije cuando estuve lista—. Muy despacio.

***

Lo que siguió no se parece a nada que pueda describir sin perder algo en la traducción. El movimiento al principio era mínimo: Nicolás salía un poco cuando Damián entraba, y al revés, un ritmo alternado que tardó un tiempo en encontrar su cadencia. El roce entre las dos pollas dentro era algo que no había imaginado sentir: una fricción interna, profunda, dos venas gruesas deslizándose una contra la otra a milímetros de mi propio pulso, que añadía una dimensión completamente nueva a lo que ya era demasiado para procesar.

El dolor existía pero había dejado de ser lo principal. Seguía ahí como un eco, como una advertencia que nadie escuchaba ya, pero por encima de él había otra cosa que lo tapaba. Una presión constante y grave, sorda, que no se parecía a ningún otro placer que hubiera conocido antes. Más interior. Más irrevocable. Cada vez que uno de los dos empujaba a fondo, yo notaba cómo el vientre entero se llenaba, cómo el coño se contraía en vacío por delante y goteaba encima del abdomen de Nicolás.

Levanté la cabeza lo suficiente para ver a Rodrigo en el rincón. Tenía los ojos fijos en nosotros, la mandíbula tensa, la polla en la mano moviéndose muy despacio, esa concentración suya que solo aparecía en momentos muy específicos. Nuestras miradas se encontraron un segundo. Fue suficiente.

—Mírale bien —me dijo Damián al oído, sin dejar de moverse—. Mira cómo se la pone ver a su chica con dos pollas en el culo. Díselo.

—Rodri —jadeé, con la voz rota—. Rodri, me están follando el culo los dos a la vez, mi amor, están los dos dentro, los siento los dos, están frotando uno contra el otro dentro de mí…

Rodrigo cerró los ojos un segundo, apretó la polla más fuerte, volvió a abrirlos.

Damián empujó un poco más fuerte.

Gemí con la boca abierta contra el cuello de Nicolás. No fue un sonido controlado ni consciente: fue involuntario y visceral, el tipo de sonido que sale cuando el cuerpo decide hablar por su cuenta sin pedir permiso. Nicolás me metió una mano entre nuestros cuerpos, encontró el clítoris hinchado y empezó a frotarlo en círculos apretados mientras seguía empujando desde abajo.

—¿Más? —preguntó Nicolás desde abajo, con los ojos fijos en los míos.

—Sí. Más fuerte. Follarme fuerte, los dos.

Aceleraron juntos. El ritmo se volvió más sostenido, más fluido, los dos encontrando una coordinación que al principio era torpe y que de repente se convirtió en algo preciso y continuo. Cada embestida llegaba más lejos de lo que pensaba que era posible. Cada una me dejaba menos capacidad de pensar en nada. Los cojones de Damián golpeaban rítmicamente contra los de Nicolás por debajo, un chapoteo mojado y grueso, y el sonido de las dos pollas entrando y saliendo a la vez llenaba la habitación por encima incluso de la música.

—Joder qué apretada —gruñó Damián detrás—. Joder, tío, siento tu polla al lado, la siento entera.

—Yo la tuya también —jadeó Nicolás—. No pares, no pares ahora.

Yo era un cuerpo entre los dos, doblada, atravesada, con un dedo de Nicolás en el clítoris y las dos pollas destrozándome el culo en un compás que ya no dejaba huecos. El orgasmo llegó sin aviso, sin construcción gradual. Fue abrupto, como algo que se rompe de golpe. Todo el cuerpo se contrajo al mismo tiempo, el coño se cerró sobre nada y el culo se apretó salvajemente sobre las dos pollas de una vez, y lo que salió de mí fue un aullido que no reconocí como mío hasta después. Me aferré a las sábanas, a los hombros de Nicolás, a lo primero que encontraron mis manos, mientras las contracciones seguían en oleadas que no me dejaban recuperar el aliento entre una y la siguiente. Sentí un chorro caliente escapárseme por delante, empapando el vientre de Nicolás y bajando entre nuestros cuerpos.

Escuché a Rodrigo desde el rincón decir mi nombre en voz baja, una sola vez, como si lo dijera para él solo, y después el ritmo húmedo y rápido de su mano sobre su propia polla.

Damián fue el primero en correrse. Me clavó las dos manos en las caderas, se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, y noté chorro tras chorro salir dentro de mí, ese calor que reconocía multiplicado por la presión de la otra polla que lo apretaba contra las paredes. El sonido que hizo fue el de alguien que ha perdido completamente el control sobre lo que le pasa, un gruñido largo entre dientes. Nicolás le siguió menos de un minuto después, con las manos apretadas en mis caderas y la respiración convertida en jadeos cortos e irregulares, empujando hacia arriba tres veces más antes de vaciarse también, llenándome el culo por segunda vez sin haber salido en ningún momento.

Los sentí a los dos palpitando dentro, uno contra el otro, escupiendo lo último. En el rincón, Rodrigo dejó escapar un gemido bajo y se corrió sobre su propia mano y sobre el muslo del pantalón, sin apartar los ojos de nosotros.

Cuando salieron el sonido fue húmedo y denso. Damián salió primero, con cuidado, y noté cómo el semen empezaba a escaparse en cuanto liberó el espacio; Nicolás salió después con un deslizamiento largo, y sentí un chorro caliente resbalarme por el interior de los muslos hasta las corvas. Me quedé inmóvil sobre la cama, con el culo abierto y goteando encima de las toallas, sin capacidad de moverme todavía, sintiendo cada detalle de lo que había pasado y que seguía resonando en el cuerpo.

***

Rodrigo se acercó despacio. No dijo nada durante un momento largo. Me puso la mano en la espalda, apenas, solo para que supiera que estaba ahí. Luego me habló en voz baja, cerca del oído, y lo que me dijo no lo voy a repetir aquí porque era solo para mí.

Después estuvo conmigo, con cuidado y en silencio, como si el resto de la noche hubiera sido el preámbulo de un momento que era únicamente nuestro. Me lamió lo que los otros dos habían dejado en los muslos, lento, sin prisa, y después me metió su propia polla en el coño, que era el único sitio de mí que seguía siendo solo suyo esa noche, y me folló despacio de lado, con una mano en mi vientre y los labios en mi nuca, hasta que me corrí otra vez en pequeño, temblando ya sin fuerzas, y él se vació dentro con un suspiro largo que le conocía de memoria.

Nicolás y Damián se quedaron un rato más. Comimos algo en la cocina, los cuatro en ese silencio cómodo de después que tiene una textura distinta a cualquier otro silencio. Nadie necesitó hablar mucho. Cuando se fueron, Rodrigo y yo nos quedamos solos con la luz apagada.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Todavía no lo sé —respondí, que era la verdad más exacta que podía darle.

***

Los días siguientes estuve dolorida. No de forma grave, pero sí constante: cada vez que me movía, cada vez que me sentaba, había un recordatorio físico de lo que había pasado, una escozor sordo entre las nalgas que no se iba del todo. No era un dolor que me molestara. Era, sobre todo, una presencia. Una prueba de que había ocurrido de verdad y no solo en mi cabeza.

Pensé mucho en aquella noche esa semana. No de manera obsesiva, sino intermitente: en el metro, en el trabajo, mientras cocinaba, apretando los muslos cada vez que la imagen de las dos pollas metidas a la vez me volvía a la cabeza. Lo que más me sorprendió no fue la sensación en sí, que había sido más intensa de lo que había imaginado, sino lo que entendí después sobre mí misma.

Había decidido hacer algo que me parecía imposible. Me había preparado con honestidad. Y lo había hecho en mis términos, con personas en las que confiaba, en un espacio donde sabía que podía parar si quería. Esa secuencia, más que cualquier otra cosa, era lo que me quedaba de aquella noche.

Rodrigo me preguntó unos días después, con cuidado, cómo lo había vivido. Le dije la verdad: que bien, que lo repetiría si él quería, pero que tampoco necesitaba que fuera pronto.

—No es algo para hacer todas las semanas —admití.

—No —dijo él—. Pero cuando pasa...

No terminó la frase. No hacía falta. Los dos sabíamos exactamente lo que quería decir.

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4.1(9)

Comentarios(10)

lector777

tremendo, me dejó sin palabras

Andresito_BA

Esa sensacion de no saber si es miedo o deseo... demasiado real. Me engancho desde la primera linea.

RosaLectora

Por favor seguí escribiendo, este tipo de relatos necesitan continuacion!

NicoDeviante

Lo lei de un tiron. Hay algo en como describis los silencios que engancha mas que cualquier otra cosa. Muy bueno.

LuciaMar85

Me recordo a una situacion que viví hace años, esa mezcla de emociones es muy real. Gracias por compartirlo

Gonzalo_81

excelente!!!

MartinFB

La tension que lograste en ese momento del silencio... impresionante. Buen relato

vikingo88

¿Habrá segunda parte? Quedé con ganas de saber como termina todo esto jaja

ciqolin

Muy bien escrito, se nota que sabes contar una historia. Siguiendo tus relatos de ahora en adelante :)

SilvinaOk

uf, me dejo temblando jajaja

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