La noche que escalé la reja del padre de mi amiga
Recorrí cada metro de aquellas avenidas húmedas con la cabeza zumbando y las pantorrillas ardiendo, repitiéndome en silencio que estaba cometiendo el error más grande de mi vida. La voz interior me lo gritaba: «siempre estuvo fuera de tu alcance, siempre lo supiste, eres una idiota». Pero mis pies seguían avanzando como si hubieran tomado una decisión sin consultarme.
Tenía dieciocho recién cumplidos y la cabeza llena de un licor demasiado fuerte que había robado del mueble de mi madre. La ciudad olía a asfalto mojado y a basura, y los pocos coches que pasaban a esa hora frenaban un segundo para mirarme y luego se alejaban. Yo seguía caminando.
El borde de los zapatos me había roto las pantimedias a la altura del talón. Cada paso era un latigazo. Cada latigazo me parecía justo. Avanzaba hacia el condominio del señor Vergara como una penitente, con el vestido manchado y la respiración entrecortada, repitiéndome el nombre como si fuera un rezo.
A la distancia oí silbidos sospechosos, palabras sueltas en una jerga que yo no terminaba de entender. Voces que me llamaban desde callejones oscuros y me invitaban a meterme en lugares donde no se vuelve. Yo solo apretaba el paso y pensaba en su cara. En la forma en que arrugaba la nariz cuando se reía. En la última vez que me había mirado más tiempo del que un padre de una amiga debería mirar a una chica de dieciocho.
***
Llegué al puesto de los guardias casi sin darme cuenta. El hombre detrás del vidrio me preguntó adónde iba y a quién buscaba, y yo balbuceé tres respuestas distintas que no encajaban entre sí. Cuando lo vi descolgar el teléfono, supe que estaba llamando a la policía y eché a correr antes de que terminara de marcar.
Bordeé la reja durante cinco minutos largos buscando un punto ciego. Encontré una esquina donde un panel de madera para enredaderas hacía las veces de escalera. Lo trepé como pude. Las manos me sudaban y me resbalaban, el vestido se enganchaba en cada astilla, y mi cuerpo entero parecía pesar el doble de lo normal por culpa del licor.
En la cima me topé con una cámara que me apuntaba directo a la cara. Vi el ojo rojo encendido, oí los gritos del guardia ordenándome bajar y cerré los ojos sin pensarlo. Salté.
El arbusto que parecía tan denso desde arriba era en realidad un seto de espinas. Caí mal, me clavé docenas de pinchos en los muslos y en el coxis, y cuando intenté levantarme sentí los hilos calientes de sangre bajándome por las piernas. Corrí igual. Pasé al lado de una piscina iluminada, esquivé un perro que ladraba como si fuera de mi tamaño, salté un cantero, choqué contra una valla y volví a correr. Llegué a la puerta del señor Vergara con los pulmones llenos de fuego.
Toqué el timbre tres, cuatro, cinco veces. Detrás de mí ya escuchaba pasos pesados. Que me abra antes de que me agarren, por favor, que me abra.
Una mano enorme me tomó del brazo justo cuando la puerta empezaba a ceder. El guardia tiraba de mí hacia atrás con una fuerza que dolía. Yo me aferraba al marco gritando «solo quiero verlo, déjenme verlo» como una loca, los zapatos arrastrándose contra los adoquines, el vestido rasgándose por la cintura. Y entonces la puerta se abrió del todo.
***
No era él.
Una mujer madura, alta, con un kimono de seda negra mal cerrado y el pelo todavía despeinado, me miró desde el umbral como si yo fuera una cucaracha que se hubiera metido por debajo de su puerta. Tenía los labios pintados de rojo a pesar de la hora. Tenía cuerpo de mujer, no de chica. Y olía a perfume caro mezclado con sudor de cama.
Algo dentro de mí se rompió en un sonido seco que solo yo escuché.
Miré el número de la casa, la dirección, las macetas del frente. Era la casa correcta. Era la puerta correcta. Lo que estaba mal era yo.
Dejé de luchar. El guardia me puso las manos a la espalda como a un ladrón cualquiera y me arrastró hasta la calle, donde dos patrullas habían llegado con las luces giratorias encendidas. El camino hasta el coche de policía fue el desfile más humillante de mi vida. Vecinos en pijama, vecinas con los brazos cruzados, todos con la cara de las personas que ya tienen una opinión formada sobre lo que están viendo.
Me subieron al asiento trasero y cerraron la puerta. A través de la ventana lo vi llegar. Apartaba a la gente con el hombro, despeinado, todavía con la camisa por fuera del pantalón. Discutió con el oficial moviendo mucho las manos, señalándome a mí, señalando su casa. No oía nada de lo que decía, pero no me hacía falta. Estaba sosteniendo mi historia delante de todo el barrio.
El oficial abrió la puerta del coche con cara de pocos amigos.
—¿Conoces a ese hombre? —me ladró, señalándolo con el dedo.
Asentí.
—¿Venías a ver a su hija?
Volví a asentir, aunque no era la verdad y los dos sabíamos que no.
—¿Tienes idea del susto que metiste? ¿Sabes la hora que es?
Bajé la cabeza.
—¿Tomaste algo? ¿Estás drogada?
—No, señor.
—Mírame al hablar.
Levanté los ojos como pude. El oficial sostuvo mi mirada un momento largo, como buscando alguna señal de psicotrópico.
—Bájate. Él se hace cargo. Y agradécele, porque si no fuera por él te pasabas el resto de la noche en una celda.
***
El señor Vergara me tomó del cuello con la mano abierta, no con violencia pero sí con autoridad, y me llevó hasta su casa cruzando aquel mar de vecinos. No le dijo nada a nadie. A los que se le acercaban a opinar les regalaba una mirada verde, fija, que cortaba la conversación de cuajo. Yo iba detrás de él como una perra castigada, sin atreverme a levantar la vista del suelo.
Cuando entramos, la mujer del kimono nos esperaba con los brazos cruzados. Me midió de arriba abajo con un asco que me dolió en lugares en los que no sabía que se podía doler. Él cerró la puerta y me empujó suavemente al sofá.
—Siéntate. Ahora vuelvo.
Se fueron a la cocina. La discusión empezó en susurros y subió enseguida.
—¿Qué hace esa mocosa aquí? ¿Quién es?
—Es amiga de Mariana.
—¿Amiga de tu hija? ¿A esta hora? ¿Sola? ¿En este estado?
—No estoy seguro de qué pasó.
—Mándala a su casa, que la vengan a buscar sus padres. No es problema tuyo.
—Romina, déjame ocuparme. La situación de su familia es complicada, no la puedo echar así.
—¿Hablas en serio? ¿Esta era nuestra noche y la vas a tirar por una niña rara?
—Ha sido como una hija más en esta casa por años. Discúlpame.
—Eres un imbécil. Que lo sepas.
Romina cruzó la sala sin mirarme, levantó su cartera de la mesa baja y dio un portazo que hizo temblar los marcos de los cuadros. Yo me quedé en el sofá apretando los dedos hasta hacerlos crujir, con el vestido pegado a la sangre seca y un olor a humedad propio que hacía dos minutos que había descubierto: me había orinado un poco. Quise morirme literal.
***
Volvió a la sala. No me miró enseguida. Se quedó parado con las manos en las caderas, mirando un punto fijo en la alfombra, respirando despacio, como quien intenta no decir lo primero que le viene a la boca.
—Vamos. Te llevo al hospital y después a tu casa.
No me moví.
—Por favor.
Tampoco.
Soltó una palabrota corta y se metió al baño. Volvió con un botiquín y un par de guantes de látex.
—Quítate las pantimedias.
Lo hice como pude, con los dedos temblando, intentando que no se me viera nada que no debiera verse. Él esperaba con los guantes puestos, mirando hacia un costado por respeto. Cuando terminé, se sentó a mis pies y me alzó la pierna derecha para revisarla. Frunció el ceño con cada nuevo corte que descubría.
—Acuéstate boca arriba.
Obedecí. Sujeté la falda del vestido entre los muslos como un escudo. Él limpió con desinfectante una a una las heridas frontales, las que me habían dejado las espinas y la valla. Sus dedos eran firmes, profesionales. No se demoraban un segundo más de lo necesario.
—¿Ahora me vas a contar qué demonios estabas pensando?
Abrí la boca, busqué una excusa decente, no encontré ninguna. Negué con la cabeza.
—Date la vuelta.
Me giré sobre el sofá. En la parte de atrás de las piernas las heridas eran más profundas y subían peligrosamente cerca del pliegue de los glúteos. Sus manos empezaron por abajo y fueron subiendo. Yo cerraba los ojos y me concentraba en respirar.
—¿Hay más arriba? —preguntó al llegar al borde de la decencia.
Sentía la punzada del moretón en el glúteo derecho con cada inhalación. La verdad era sí.
—No estoy segura.
—Tócate y dime si te duele.
Me toqué. Dolía como el infierno.
—No estoy segura —repetí, idiota.
—Déjame revisar.
Lo dijo con la naturalidad de un médico, y aun así me hizo morder la piel del antebrazo para no gemir. Levantó el vestido con cuidado y me dejó expuesta hasta la cintura, con las bragas blancas sucias y manchadas, las únicas que tenía limpias esa mañana, las que me habían parecido un detalle insignificante al salir de mi casa. Una corriente de aire frío me erizó la piel.
—Sí, hija. Tienes una ahí. Y un moretón horrible en la espalda baja. Caíste muy mal. ¿En qué pensabas?
No le respondí. No podía hablar. Mientras él limpiaba el corte, su mano libre apartó suavemente el borde de la tela hacia un costado para tener un mejor ángulo. La tela quedó introducida apenas en el pliegue de mis nalgas. Casi me desmayo. Los ojos se me llenaron de agua, pero ya no era de vergüenza ni de dolor: era otra cosa, una cosa para la que no tenía nombre todavía.
—¿Y qué tomaste? ¿Qué te metiste?
—Un licor. De mi madre.
—¿Por qué hiciste esa estupidez?
—Estaba triste.
Soltó una risa amarga sin abrir la boca.
—¿Triste? Triste no justifica caminar diez kilómetros a las tres de la mañana, saltar una reja con cámara y meterse en la casa de un hombre solo. ¿Tienes idea de los problemas en los que me puedes meter ahora mismo, con tu cuerpo medio desnudo en mi sofá?
Fue ese «cuerpo medio desnudo» lo que me hizo abrir los ojos. Lo dijo en voz baja, casi entre dientes, y no creo que se diera cuenta de que lo había dicho.
—Necesitaba verlo.
—¿Por qué?
Cerré los ojos, agarré aire por la nariz, junté lo poco de coraje que me quedaba.
—Porque siento cosas por usted, señor Vergara.
***
El silencio que siguió tuvo peso, color, temperatura. Yo no me atrevía a abrir los ojos, segura de que iba a encontrarme con su asco o, peor, con su lástima.
Se quedó quieto un rato larguísimo. Lo escuché dejar el algodón en la bandeja, sacarse los guantes con dos chasquidos secos.
—Hija, siéntate.
Me ayudó a girarme. Me senté en el sofá con las rodillas pegadas, las palmas en los muslos, sin saber qué hacer con la mirada. Él se sentó al lado, dejando un palmo de distancia entre los dos.
—¿Te refieres a algo romántico?
Asentí.
—La cabeza nos juega malas pasadas a tu edad. A veces creemos cosas que no son. Quizá estás confundida.
Negué con la cabeza. Las lágrimas se me caían sin ruido. Él suspiró largo y se apretó el puente de la nariz con dos dedos.
—No es posible, hija. Lo sabes.
—Lo sé.
—Allá afuera hay chicos de tu edad que te van a querer en serio.
Y entonces estallé. Lloré como no había llorado en años, con espasmos que me sacudían los hombros y la espalda. Sus manos vinieron a mi nuca, a mi pelo, y me llevaron suavemente contra su pecho. Me agarré de su camisa con las dos manos y lo apreté con todas las fuerzas que me quedaban.
—Tranquila, tranquila —me susurró. La voz se le quebró un poco al final—. Es como tienen que ser las cosas. Yo soy un viejo, mi pequeña. Tú estás empezando.
Quise gritarle que la edad no me importaba, que los problemas no me importaban, que lo único que me importaba era él. Pero la boca no me funcionaba. Me dejé caer y él se acomodó conmigo en el sofá, los dos acostados de costado, mi cara contra su pecho, su brazo pasando por debajo de mi cabeza como una almohada. Una de sus manos me acariciaba la espalda baja con lentitud. La otra me daba palmaditas en el hombro, despacio.
—Lo amo, señor Vergara.
—Ay, mi pequeña. No te compliques más, hija. Estás sufriendo demasiado por algo imposible.
El llanto volvió. Él me apretó contra su cuerpo y me dejó ahogarlo todo en su camisa.
—Por favor, hija, me vas a hacer llorar a mí también. Eres una niña maravillosa que se merece...
—Dígamelo —lo interrumpí contra su pecho—. Dígame que no estoy loca. Que siente algo, aunque sea muy poquito. Aunque sea lo más pequeño del mundo. Dígame que no me ha dejado entrar en su vida solo por lástima. Que no haría esto por cualquiera. Por favor, se lo suplico, dígamelo.
Hubo otro silencio. Lo sentí respirar profundo, contener el aire un segundo entero, soltarlo de a poco.
—No, hija.
El corazón se me detuvo. Dejé de respirar.
—No te equivocas.
El aire volvió a entrarme en los pulmones de golpe.
—Sí siento cosas por ti también.
Lo apreté con tanta fuerza que el brazo dormido me ardió. Le hubiera dado las gracias a Dios, al universo, a quien fuera. Por primera vez en la noche todo dejó de doler.
—Pero es imposible, mi pequeña.
Lo miré. Solo lo miré, los dos con los ojos llenos de agua. Le pasé el pulgar por la comisura de la boca, despacio, como si lo estuviera dibujando.
—No me hagas esto, hija.
—Está bien.
Y sonreí. Sonreí como una idiota, llena de espinas en la piel, sucia, manchada, exhausta, descubriendo que se podía estar al mismo tiempo perdida y feliz.