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Relatos Ardientes

La noche que escalé la reja del padre de mi amiga

Recorrí cada metro de aquellas avenidas húmedas con la cabeza zumbando y las pantorrillas ardiendo, repitiéndome en silencio que estaba cometiendo el error más grande de mi vida. La voz interior me lo gritaba: «siempre estuvo fuera de tu alcance, siempre lo supiste, eres una idiota». Pero mis pies seguían avanzando como si hubieran tomado una decisión sin consultarme.

Tenía dieciocho recién cumplidos y la cabeza llena de un licor demasiado fuerte que había robado del mueble de mi madre. La ciudad olía a asfalto mojado y a basura, y los pocos coches que pasaban a esa hora frenaban un segundo para mirarme y luego se alejaban. Yo seguía caminando.

El borde de los zapatos me había roto las pantimedias a la altura del talón. Cada paso era un latigazo. Cada latigazo me parecía justo. Avanzaba hacia el condominio del señor Vergara como una penitente, con el vestido manchado y la respiración entrecortada, repitiéndome el nombre como si fuera un rezo.

A la distancia oí silbidos sospechosos, palabras sueltas en una jerga que yo no terminaba de entender. Voces que me llamaban desde callejones oscuros y me invitaban a meterme en lugares donde no se vuelve. Yo solo apretaba el paso y pensaba en su cara. En la forma en que arrugaba la nariz cuando se reía. En la última vez que me había mirado más tiempo del que un padre de una amiga debería mirar a una chica de dieciocho.

***

Llegué al puesto de los guardias casi sin darme cuenta. El hombre detrás del vidrio me preguntó adónde iba y a quién buscaba, y yo balbuceé tres respuestas distintas que no encajaban entre sí. Cuando lo vi descolgar el teléfono, supe que estaba llamando a la policía y eché a correr antes de que terminara de marcar.

Bordeé la reja durante cinco minutos largos buscando un punto ciego. Encontré una esquina donde un panel de madera para enredaderas hacía las veces de escalera. Lo trepé como pude. Las manos me sudaban y me resbalaban, el vestido se enganchaba en cada astilla, y mi cuerpo entero parecía pesar el doble de lo normal por culpa del licor.

En la cima me topé con una cámara que me apuntaba directo a la cara. Vi el ojo rojo encendido, oí los gritos del guardia ordenándome bajar y cerré los ojos sin pensarlo. Salté.

El arbusto que parecía tan denso desde arriba era en realidad un seto de espinas. Caí mal, me clavé docenas de pinchos en los muslos y en el coxis, y cuando intenté levantarme sentí los hilos calientes de sangre bajándome por las piernas. Corrí igual. Pasé al lado de una piscina iluminada, esquivé un perro que ladraba como si fuera de mi tamaño, salté un cantero, choqué contra una valla y volví a correr. Llegué a la puerta del señor Vergara con los pulmones llenos de fuego.

Toqué el timbre tres, cuatro, cinco veces. Detrás de mí ya escuchaba pasos pesados. Que me abra antes de que me agarren, por favor, que me abra.

Una mano enorme me tomó del brazo justo cuando la puerta empezaba a ceder. El guardia tiraba de mí hacia atrás con una fuerza que dolía. Yo me aferraba al marco gritando «solo quiero verlo, déjenme verlo» como una loca, los zapatos arrastrándose contra los adoquines, el vestido rasgándose por la cintura. Y entonces la puerta se abrió del todo.

***

No era él.

Una mujer madura, alta, con un kimono de seda negra mal cerrado y el pelo todavía despeinado, me miró desde el umbral como si yo fuera una cucaracha que se hubiera metido por debajo de su puerta. Tenía los labios pintados de rojo a pesar de la hora. Tenía cuerpo de mujer, no de chica. Y olía a perfume caro mezclado con sudor de cama, ese olor inconfundible a semen fresco y a coño recién follado que se pega a la piel después del sexo.

Algo dentro de mí se rompió en un sonido seco que solo yo escuché.

Miré el número de la casa, la dirección, las macetas del frente. Era la casa correcta. Era la puerta correcta. Lo que estaba mal era yo.

Dejé de luchar. El guardia me puso las manos a la espalda como a un ladrón cualquiera y me arrastró hasta la calle, donde dos patrullas habían llegado con las luces giratorias encendidas. El camino hasta el coche de policía fue el desfile más humillante de mi vida. Vecinos en pijama, vecinas con los brazos cruzados, todos con la cara de las personas que ya tienen una opinión formada sobre lo que están viendo.

Me subieron al asiento trasero y cerraron la puerta. A través de la ventana lo vi llegar. Apartaba a la gente con el hombro, despeinado, todavía con la camisa por fuera del pantalón. Discutió con el oficial moviendo mucho las manos, señalándome a mí, señalando su casa. No oía nada de lo que decía, pero no me hacía falta. Estaba sosteniendo mi historia delante de todo el barrio.

El oficial abrió la puerta del coche con cara de pocos amigos.

—¿Conoces a ese hombre? —me ladró, señalándolo con el dedo.

Asentí.

—¿Venías a ver a su hija?

Volví a asentir, aunque no era la verdad y los dos sabíamos que no.

—¿Tienes idea del susto que metiste? ¿Sabes la hora que es?

Bajé la cabeza.

—¿Tomaste algo? ¿Estás drogada?

—No, señor.

—Mírame al hablar.

Levanté los ojos como pude. El oficial sostuvo mi mirada un momento largo, como buscando alguna señal de psicotrópico.

—Bájate. Él se hace cargo. Y agradécele, porque si no fuera por él te pasabas el resto de la noche en una celda.

***

El señor Vergara me tomó del cuello con la mano abierta, no con violencia pero sí con autoridad, y me llevó hasta su casa cruzando aquel mar de vecinos. No le dijo nada a nadie. A los que se le acercaban a opinar les regalaba una mirada verde, fija, que cortaba la conversación de cuajo. Yo iba detrás de él como una perra castigada, sin atreverme a levantar la vista del suelo.

Cuando entramos, la mujer del kimono nos esperaba con los brazos cruzados. Me midió de arriba abajo con un asco que me dolió en lugares en los que no sabía que se podía doler. Él cerró la puerta y me empujó suavemente al sofá.

—Siéntate. Ahora vuelvo.

Se fueron a la cocina. La discusión empezó en susurros y subió enseguida.

—¿Qué hace esa mocosa aquí? ¿Quién es?

—Es amiga de Mariana.

—¿Amiga de tu hija? ¿A esta hora? ¿Sola? ¿En este estado?

—No estoy seguro de qué pasó.

—Mándala a su casa, que la vengan a buscar sus padres. No es problema tuyo.

—Romina, déjame ocuparme. La situación de su familia es complicada, no la puedo echar así.

—¿Hablas en serio? Me tenías con las piernas abiertas hace diez minutos, con tu polla todavía dentro, y ahora vas a dejarme con las ganas por esta mocosa?

—Ha sido como una hija más en esta casa por años. Discúlpame.

—Eres un imbécil. Que lo sepas. Y tu corrida se me está escurriendo por los muslos, para que lo tengas presente.

Romina cruzó la sala sin mirarme, levantó su cartera de la mesa baja y dio un portazo que hizo temblar los marcos de los cuadros. Yo me quedé en el sofá apretando los dedos hasta hacerlos crujir, con el vestido pegado a la sangre seca y un olor a humedad propio que hacía dos minutos que había descubierto: me había orinado un poco. Quise morirme literal.

***

Volvió a la sala. No me miró enseguida. Se quedó parado con las manos en las caderas, mirando un punto fijo en la alfombra, respirando despacio, como quien intenta no decir lo primero que le viene a la boca.

—Vamos. Te llevo al hospital y después a tu casa.

No me moví.

—Por favor.

Tampoco.

Soltó una palabrota corta y se metió al baño. Volvió con un botiquín y un par de guantes de látex.

—Quítate las pantimedias.

Lo hice como pude, con los dedos temblando, intentando que no se me viera nada que no debiera verse. Él esperaba con los guantes puestos, mirando hacia un costado por respeto. Cuando terminé, se sentó a mis pies y me alzó la pierna derecha para revisarla. Frunció el ceño con cada nuevo corte que descubría.

—Acuéstate boca arriba.

Obedecí. Sujeté la falda del vestido entre los muslos como un escudo. Él limpió con desinfectante una a una las heridas frontales, las que me habían dejado las espinas y la valla. Sus dedos eran firmes, profesionales. No se demoraban un segundo más de lo necesario.

—¿Ahora me vas a contar qué demonios estabas pensando?

Abrí la boca, busqué una excusa decente, no encontré ninguna. Negué con la cabeza.

—Date la vuelta.

Me giré sobre el sofá. En la parte de atrás de las piernas las heridas eran más profundas y subían peligrosamente cerca del pliegue de los glúteos. Sus manos empezaron por abajo y fueron subiendo. Yo cerraba los ojos y me concentraba en respirar, pero cada vez que sus dedos subían un centímetro más, sentía cómo se me humedecían las bragas. El coño se me estaba mojando ahí, en su sofá, con el hombre que amaba entre mis piernas. Aunque fuera para curarme, aunque fuera clínico, mi cuerpo respondía como si me estuviera acariciando en serio.

—¿Hay más arriba? —preguntó al llegar al borde de la decencia.

Sentía la punzada del moretón en el glúteo derecho con cada inhalación. La verdad era sí. Y también era sí que quería que su mano siguiera subiendo, que me arrancara las bragas mojadas, que me metiera los dedos hasta el fondo.

—No estoy segura.

—Tócate y dime si te duele.

Me toqué. Dolía como el infierno. Y al tocarme por encima de la tela, sin querer rocé los labios de mi coño hinchado y noté lo empapada que estaba. Se me escapó un suspiro que traté de disfrazar de quejido de dolor.

—No estoy segura —repetí, idiota.

—Déjame revisar.

Lo dijo con la naturalidad de un médico, y aun así me hizo morder la piel del antebrazo para no gemir. Levantó el vestido con cuidado y me dejó expuesta hasta la cintura, con las bragas blancas sucias y manchadas, las únicas que tenía limpias esa mañana, las que me habían parecido un detalle insignificante al salir de mi casa. Una corriente de aire frío me erizó la piel y me endureció los pezones bajo el vestido. La tela de las bragas se me había pegado al coño, marcando cada pliegue, y el manchón oscuro de humedad en la entrepierna era imposible de disimular. Rogué a Dios que no lo viera. Rogué a Dios que sí lo viera.

—Sí, hija. Tienes una ahí. Y un moretón horrible en la espalda baja. Caíste muy mal. ¿En qué pensabas?

No le respondí. No podía hablar. Mientras él limpiaba el corte, su mano libre apartó suavemente el borde de la tela hacia un costado para tener un mejor ángulo. La tela quedó introducida apenas en el pliegue de mis nalgas. Casi me desmayo. Sentí sus nudillos rozarme la piel desnuda del culo, un roce accidental, un segundo apenas, y aun así el coño me latió como si me hubiera clavado la lengua. Los ojos se me llenaron de agua, pero ya no era de vergüenza ni de dolor: era otra cosa, una cosa para la que no tenía nombre todavía. Sentí una gota espesa escaparse de mis labios y bajar despacio por el interior del muslo. Estaba chorreando delante de él, con la boca contra el cojín, mordiéndolo para no gemir su nombre.

—¿Y qué tomaste? ¿Qué te metiste?

—Un licor. De mi madre.

—¿Por qué hiciste esa estupidez?

—Estaba triste.

Soltó una risa amarga sin abrir la boca.

—¿Triste? Triste no justifica caminar diez kilómetros a las tres de la mañana, saltar una reja con cámara y meterse en la casa de un hombre solo. ¿Tienes idea de los problemas en los que me puedes meter ahora mismo, con tu cuerpo medio desnudo en mi sofá?

Fue ese «cuerpo medio desnudo» lo que me hizo abrir los ojos. Lo dijo en voz baja, casi entre dientes, y no creo que se diera cuenta de que lo había dicho.

—Necesitaba verlo.

—¿Por qué?

Cerré los ojos, agarré aire por la nariz, junté lo poco de coraje que me quedaba.

—Porque siento cosas por usted, señor Vergara.

***

El silencio que siguió tuvo peso, color, temperatura. Yo no me atrevía a abrir los ojos, segura de que iba a encontrarme con su asco o, peor, con su lástima.

Se quedó quieto un rato larguísimo. Lo escuché dejar el algodón en la bandeja, sacarse los guantes con dos chasquidos secos.

—Hija, siéntate.

Me ayudó a girarme. Me senté en el sofá con las rodillas pegadas, las palmas en los muslos, sin saber qué hacer con la mirada. Él se sentó al lado, dejando un palmo de distancia entre los dos.

—¿Te refieres a algo romántico?

Asentí.

—La cabeza nos juega malas pasadas a tu edad. A veces creemos cosas que no son. Quizá estás confundida.

Negué con la cabeza. Las lágrimas se me caían sin ruido. Él suspiró largo y se apretó el puente de la nariz con dos dedos.

—No es posible, hija. Lo sabes.

—Lo sé.

—Allá afuera hay chicos de tu edad que te van a querer en serio.

Y entonces estallé. Lloré como no había llorado en años, con espasmos que me sacudían los hombros y la espalda. Sus manos vinieron a mi nuca, a mi pelo, y me llevaron suavemente contra su pecho. Me agarré de su camisa con las dos manos y lo apreté con todas las fuerzas que me quedaban.

—Tranquila, tranquila —me susurró. La voz se le quebró un poco al final—. Es como tienen que ser las cosas. Yo soy un viejo, mi pequeña. Tú estás empezando.

Quise gritarle que la edad no me importaba, que los problemas no me importaban, que lo único que me importaba era él. Pero la boca no me funcionaba. Me dejé caer y él se acomodó conmigo en el sofá, los dos acostados de costado, mi cara contra su pecho, su brazo pasando por debajo de mi cabeza como una almohada. Una de sus manos me acariciaba la espalda baja con lentitud. La otra me daba palmaditas en el hombro, despacio. Pero yo estaba pegada a él por completo, y con cada movimiento sentía a través del pantalón el bulto pesado de su polla contra mi muslo. Estaba dura. El señor Vergara estaba duro por mí. Ese descubrimiento me electrificó desde la coronilla hasta las plantas de los pies.

—Lo amo, señor Vergara.

—Ay, mi pequeña. No te compliques más, hija. Estás sufriendo demasiado por algo imposible.

El llanto volvió. Él me apretó contra su cuerpo y me dejó ahogarlo todo en su camisa.

—Por favor, hija, me vas a hacer llorar a mí también. Eres una niña maravillosa que se merece...

—Dígamelo —lo interrumpí contra su pecho—. Dígame que no estoy loca. Que siente algo, aunque sea muy poquito. Aunque sea lo más pequeño del mundo. Dígame que no me ha dejado entrar en su vida solo por lástima. Que no haría esto por cualquiera. Por favor, se lo suplico, dígamelo.

Hubo otro silencio. Lo sentí respirar profundo, contener el aire un segundo entero, soltarlo de a poco.

—No, hija.

El corazón se me detuvo. Dejé de respirar.

—No te equivocas.

El aire volvió a entrarme en los pulmones de golpe.

—Sí siento cosas por ti también.

Lo apreté con tanta fuerza que el brazo dormido me ardió. Le hubiera dado las gracias a Dios, al universo, a quien fuera. Por primera vez en la noche todo dejó de doler.

—Pero es imposible, mi pequeña.

Lo miré. Solo lo miré, los dos con los ojos llenos de agua. Le pasé el pulgar por la comisura de la boca, despacio, como si lo estuviera dibujando. Y sin darle tiempo a apartarse, me estiré y le hundí la lengua en la boca. Fue un beso torpe, de niña ansiosa, pero él no me apartó. Al contrario: después de dos segundos eternos me devolvió el beso con una fuerza que me dejó sin aire, chupándome el labio inferior, metiéndome su lengua tan adentro que sentí el sabor a whisky y a tabaco de toda su noche.

—No me hagas esto, hija —jadeó cuando se separó un centímetro.

—Se lo suplico, señor Vergara. Solo una vez. Solo esta noche. Y mañana me olvido.

Mentí. Los dos supimos que mentí. Pero él cerró los ojos, apretó los dientes, y cuando los abrió tenía las pupilas dilatadas de una manera que yo nunca le había visto. Me subió a horcajadas sobre él de un tirón, con las manos en mis caderas, y me sentó justo encima de su verga dura. La tela del pantalón se ajustó contra mi coño empapado, y el bulto se acomodó exactamente entre mis labios, apretando el clítoris a través de las bragas mojadas.

—Si lo hacemos, lo hacemos hasta el final. Nada de medias tintas. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, niña?

—Sí. Sí, señor. Fólleme. Fólleme como sé que la folló a ella hace un rato.

Se le escapó un gruñido ronco desde el pecho al oírme hablar así. Me arrancó el vestido de un tirón por la cabeza y me dejó en bragas, con las tetas al aire, pequeñas y firmes, los pezones tan duros que dolían. Bajó la boca directo al derecho y me lo chupó entero, con la lengua áspera y los labios apretados, tirando de él con los dientes hasta hacerme gritar. Con la mano libre me apretó la otra teta, pellizcándome el pezón con dos dedos mientras yo me sacudía sobre su bulto.

—Dios mío, mi pequeña. Qué tetas más ricas. Y qué mojada estás. Puedo sentirlo a través del pantalón, me estás empapando la tela.

—Es por usted, señor. Es todo por usted. Llevo años mojándome por usted en secreto.

Me pasó la lengua desde el pezón hasta la clavícula, subió por el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja. Yo restregaba el coño contra su polla como una gata en celo, la fricción a través de la tela era un tormento delicioso que me estaba haciendo temblar los muslos.

—Baja. Ponte de rodillas —me susurró al oído.

Obedecí antes de que terminara la frase. Me dejé resbalar entre sus piernas y me arrodillé en la alfombra, con la cara justo a la altura de su cinturón. Le abrí la hebilla con dedos torpes, le bajé la cremallera, y cuando le tiré del pantalón junto con los calzoncillos, su polla saltó hacia arriba y me golpeó la mejilla. Era enorme. Gruesa, venosa, con un glande ancho y purpúreo que goteaba una perla espesa y transparente. Nunca había visto una polla así de cerca. Nunca había visto una polla así, punto.

—¿Sabes hacerlo? —me preguntó, agarrándome del pelo con suavidad.

—No mucho. Enséñeme, señor Vergara. Enséñeme a mamarla como le gusta.

Se le escapó otro gruñido. Me pasó el glande por los labios, pintándomelos con su líquido preseminal, y después empujó despacio. Abrí la boca todo lo que pude y sentí cómo su verga me llenaba la lengua, caliente, dura, con un sabor salado y a jabón. La chupé como pude, torpe, con la saliva escapándoseme por las comisuras, ahogándome cada vez que él empujaba un poco más. Él me guio con la mano en la nuca, marcándome el ritmo, enseñándome a respirar por la nariz cuando lo tenía hasta el fondo.

—Así, mi pequeña, así. Chúpamela toda. Trágame entero. Mira cómo abres esa boquita tan linda para tu señor Vergara.

Sus palabras sucias me hacían apretar los muslos. Yo tragaba y babeaba, con los ojos llorosos y el rímel corrido, mirándolo hacia arriba con toda la devoción de la que era capaz. Le lamí desde la base hasta la punta, le chupé los huevos uno por uno, le metí la lengua en el hueco del glande y él soltó una palabrota que nunca le había oído decir.

—Suficiente, niña. Sube. Si sigues así me corro en tu boca y quiero correrme dentro.

Me levantó por las axilas y me tumbó de espaldas en el sofá. Me arrancó las bragas mojadas de un tirón, dejándome completamente desnuda, y me abrió las piernas de par en par con las dos manos. Se quedó mirando mi coño depilado, hinchado y brillante de mis propios flujos, y suspiró como quien acaba de ver algo sagrado.

—Mírate. Mírate lo mojada que estás. Te chorrea hasta el culo.

—Cómamelo, señor. Por favor. Cómame el coño.

Bajó la cabeza y me clavó la lengua directamente en el clítoris. Grité tan fuerte que me tapé la boca con las dos manos, aterrada de que los vecinos me oyeran. Él me la chupaba entera, subiendo y bajando, metiéndome la lengua dentro del coño y sacándola, cerrando los labios alrededor del clítoris y succionando hasta que me arqueaba entera contra su cara. Me metió dos dedos gruesos y curvos que encontraron un punto dentro de mí que yo no sabía que existía, un punto que al ser tocado me hizo perder por completo la razón.

—¡Ay, Dios mío, señor Vergara, no pare, no pare, por favor no pare!

Él no paró. Siguió chupándome y metiéndome los dedos hasta que el primer orgasmo de mi vida me atravesó como un rayo. Me convulsioné contra su boca, apretándole la cabeza con los muslos, dejando escapar unos gemidos animales que no reconocí como míos. Le empapé la cara. Sentí un chorro tibio salir de mí y él siguió chupando, gruñendo contra mi coño, tragándose todo lo que yo le daba.

—Ay, niña. Eres una fuentecita. Nunca había hecho correrse a nadie así.

Se subió sobre mí, todavía vestido de cintura para arriba, con la polla apuntándome directo a la entrada. Se agarró el tronco y frotó el glande contra mis labios empapados, arriba y abajo, dándome golpecitos en el clítoris con la punta que me hacían gemir sin parar.

—¿Estás segura, mi pequeña? Ahora es el momento. Después ya no hay vuelta atrás.

—Métamela, señor Vergara. Fólleme. Rómpame. Hágame suya.

Empujó despacio. Yo sentí cómo su glande me abría, cómo mi coño se estiraba alrededor de él para acomodarlo, cómo cada centímetro que entraba me llenaba más de lo que jamás me había imaginado. Solté un quejido largo cuando llegó al fondo. Dolía y a la vez era la sensación más maravillosa del mundo. Estaba dentro de mí. El señor Vergara estaba dentro de mí.

—Qué apretadita estás, hija de puta. Qué coño más rico. Me estás asfixiando la polla.

—Es toda suya, señor. Todo mi coño es suyo. Fólleme fuerte, por favor.

Empezó a moverse. Al principio despacio, con embestidas largas que me sacaban casi entera y me volvían a llenar hasta la última pulgada. Después más rápido, cada vez más rápido, hasta que el sofá empezó a golpear contra la pared y sus huevos me golpeaban el culo con un chasquido húmedo que llenaba toda la sala. Yo le enredé las piernas en la espalda, abriéndome todo lo que podía, sintiendo cómo su polla me golpeaba el fondo con cada estocada.

—Sí, sí, sí, así, señor, más fuerte, no pare, fólleme, fólleme.

—Mira cómo entra y sale, niña. Mírate. Mira mi verga metiéndose en tu coñito.

Bajé la vista y casi me corro otra vez solo de verlo. Su polla brillaba entera de mis flujos, entraba y salía de mí con un sonido pegajoso, y mi coño la abrazaba, la chupaba, no la quería soltar. Él me agarró de las caderas y me embistió aún más fuerte, con la cara transformada, los dientes apretados, un hombre poseído.

—Ponte a cuatro patas. Quiero verte el culo mientras te folio.

Me giré tan rápido que casi me caigo del sofá. Me puse a cuatro, con la cara pegada al cojín y el culo levantado hacia él. Sentí cómo me abría las nalgas con las dos manos, cómo me miraba entera, cómo me daba una palmada seca en la nalga derecha que me hizo gritar.

—Qué culito. Dios santo, qué culito más lindo tienes, niña.

Me la metió de un solo golpe y esta vez la sentí incluso más adentro. Empezó a follarme desde atrás, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, marcándome un ritmo brutal que me hacía morder el cojín para no gritar. Cada embestida me sacudía entera. Las tetas me rebotaban contra la tela del sofá, los muslos me temblaban, el orgasmo se me estaba acumulando otra vez en el vientre.

—Me voy a correr otra vez, señor, me voy a correr, me voy a correr.

—Córrete, mi pequeña. Córrete en mi polla. Empápamela toda.

Me corrí gritando contra el cojín, con los muslos temblando y el coño apretándole la verga en espasmos que él sintió porque soltó un gruñido bestial y aceleró el ritmo aún más. Me clavó el pulgar en la entrada del culo, apenas hundido, y yo casi me muero de placer.

—Me voy a correr yo también, hija. ¿Dónde te la echo? Dime dónde.

—Dentro, señor. Adentro. Lléneme entera. Que se me escurra por los muslos como se le escurría a ella.

Fue lo último que necesitó oír. Me embistió tres, cuatro veces más con toda su fuerza, se hundió hasta el fondo, y sentí cómo su polla se hinchaba dentro de mí y explotaba en chorros calientes y espesos que me llenaban por completo. Fueron muchos, uno tras otro, largos, y él gimió mi nombre contra mi nuca, mordiéndome el hombro, agarrándome las tetas por debajo con las dos manos mientras se vaciaba dentro de mí.

Nos quedamos así un rato largo, unidos, sin poder movernos. Cuando por fin se apartó, sentí cómo su semen empezaba a escurrirse por mis muslos, tibio y espeso, exactamente como me había imaginado. Me giré despacio y me tumbé de espaldas, con las piernas todavía abiertas, mirándolo. Él se dejó caer a mi lado, jadeando, con la polla todavía dura y brillante de mis flujos y de su corrida.

—No me hagas esto, hija —susurró, pero ya sin fuerza.

—Está bien.

Y sonreí. Sonreí como una idiota, llena de espinas en la piel, sucia, manchada, exhausta, empapada por dentro y por fuera de un hombre que había sido imposible durante años, descubriendo que se podía estar al mismo tiempo perdida y feliz.

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Comentarios(9)

Romina_Lee

increible relato!!! me tuvo pegada hasta el final

LauraBsAs

Una locura escalar esa reja a las 3am jaja pero se entiende perfectamente el porqué. Muy bien contado.

thefloki

se nota que es vivido de verdad, no hay forma de inventar ese nivel de detalle. gracias por compartirlo

lagarto46

¿y como termino todo? no nos dejes con la intriga!

SilviaCBA22

me emocione mucho leyendo esto, la desesperacion de esa noche se siente en cada parrafo. muy lindo relato

MarianoLP

las 3 de la mañana saltando rejas... eso si es buscar respuestas de verdad jajaja. muy bueno

Karina_M

por favor seguí escribiendo, tenes una forma de contar que engancha un monton

curiosa88

Me recordó algo que me paso a mi tambien, esa mezcla rara de miedo y adrenalina. Muy bien narrado, de verdad.

ClaudioRosario

de los mejores relatos de confesiones que lei aca, excelente

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