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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el taller ese mediodía de verano

4.6 (15)

Esto fue hace unos años, cuando todavía iba al colegio. Esa semana teníamos vacaciones cortas antes de un viaje que llevábamos meses planeando con los compañeros de curso. Me levanté tarde, desayuné despacio y mi papá apareció en la cocina con cara de quien necesita un favor.

—Tengo que pedirte algo —me dijo mientras se servía el último café—. Necesito que le lleves esto al mecánico. Son dos sobres para que empiece el trabajo en el auto. Tu mamá está viajando y no puedo ir yo porque tengo que salir al mediodía para el sur.

Le pregunté si podía ir más tarde. Me explicó que no, que necesitaba el auto urgente para un trabajo que no podía postergar. Me dio los sobres unidos con una bandita elástica y me dijo que el taller quedaba a quince cuadras, que lo conocía de toda la vida.

Agarré los sobres y los guardé en la mochila.

***

Hacía calor. Un calor húmedo de enero que aplasta desde las diez de la mañana. Me puse una pollera liviana y una musculosa; decidí no ponerme corpiño porque la tela se me iba a pegar al cuerpo con el primer paso. Los pezones se me marcaban, sí, pero me gustaba cómo los pechos me quedaban con ese empuje natural. Me puse una tanga nueva que había comprado la semana anterior, una de algodón suave que se acomodó despacio cuando la subí. Me acarició la piel y se me puso la carne de gallina.

Sandalias bajas. Colita en el pelo. Anteojos oscuros que hacían que me sintiera otra persona.

Salí a la calle y el sol me golpeó de frente. Caminé las quince cuadras sin apuro. Nunca me habían mirado tanto. Lo notaba en los ojos que se quedaban quietos cuando pasaba, en las cabezas que giraban, en el silencio breve que dejaba a mi espalda. Empecé a caminar diferente sin darme cuenta: más cadencia en la cadera, la cintura más suelta.

En una esquina una ráfaga de viento me levantó la pollera. La bajé rápido. Desde un auto que esperaba el semáforo alguien gritó algo. Me reí con la cabeza gacha y seguí caminando.

***

El taller era exactamente como lo recordaba de cuando iba de chica con mi papá. La entrada amplia, el piso manchado de aceite, la oscuridad adentro que contrastaba con el sol de afuera. El olor era el mismo: grasa, goma caliente, metal.

Un mecánico que estaba en cuclillas junto a un motor se incorporó cuando me vio entrar. Me recorrió las piernas un segundo antes de hablar.

—¿En qué te puedo ayudar?

—Busco a don Raúl. Le traigo algo de parte de mi papá.

—No está hoy. Está el hijo, Matías. —Hizo una pausa—. ¿Querés que le avise?

—Sí, perfecto.

Subió por una escalera de metal al fondo del taller. Los otros mecánicos fueron interrumpiendo lo que hacían, uno a uno, hasta que todos me miraban. Nadie dijo nada. Cada tanto un golpe metálico rompía el silencio.

Me saqué los anteojos y miré hacia arriba. Había una oficina con ventanal y persianas americanas. Vi que las persianas se movían levemente y alguien miraba desde ahí.

El mecánico volvió.

—Dice que subas.

***

La escalera era de metal, con escalones de rejilla. Me agarré la pollera con una mano para sujetarla mientras subía. No me animé a mirar hacia abajo, pero sabía que alguien miraba desde ahí.

Golpeé el vidrio de la puerta.

—Sí, pasá —dijo una voz adentro.

Entré. El chico estaba descolgando algo de la pared, de espaldas. Cuando se dio vuelta vi que era joven, mucho más que su padre. Delgado, con una camisa a cuadros arremangada hasta los codos. Tatuajes en los antebrazos. Una sonrisa ancha, de esas que ocupan toda la cara.

Terminó de arrancar el póster que estaba sacando —una chica rubia en traje de baño— y lo enrolló sin mirarme.

—Lo saco para que no te tenga envidia —dijo. No era un chiste malo.

Me reí.

—Vengo de parte de mi papá. Héctor Volkov.

Matías abrió los ojos.

—El ruso. Claro que sí.

—Bielorruso —corregí.

—Es todo lo mismo para mí. Pero se nota en vos. Más blanca y rubia imposible.

Reímos los dos.

—¿No te acordás de mí? —preguntó.

No lo recordaba. Le dije que había ido al taller de chica, pero no tenía imagen de él.

—Eras muy chiquita. Venías con tu viejo y yo te traía acá arriba y dibujabas en ese cuaderno viejo que había. Eras flaquita. —Me miró despacio, de arriba abajo—. Ahora tenés otras proporciones.

Me ofreció la silla y me senté.

***

Estuvimos hablando un rato. Me preguntó por el colegio, por el viaje de fin de año que tenía planeado con mis compañeros. Se rió cuando le conté los planes.

—Van a hacer un desastre —dijo—. Todos hacen lo mismo.

Me preguntó si me quedaba a comer con él; los otros habían ido a buscar comida afuera y él iba a pedir algo. Dudé un segundo.

—Dale —dije.

Pidió por teléfono, preparó el lugar en el escritorio de vidrio y me sirvió agua fría en un vaso alto. La tomé casi de un sorbo; hacía calor y tenía la boca seca. Un poco de agua se me escapó por la comisura y lo sequé rápido con el dorso de la mano.

Cuando llegó la comida nos sentamos. Él del otro lado del escritorio, yo frente a él con la pollera corta y las piernas que no sabía muy bien dónde poner. Cada tanto me bajaba la pollera un poco con la mano. Su mirada se iba ahí, al borde de la tela, y volvía a mi cara.

Cuando tuve que usar el cuchillo y el tenedor al mismo tiempo, necesité las dos manos.

Su mirada entró directo.

Crucé las piernas. No me importó que lo notara. Miré su pantalón y vi que estaba tenso. Sentí el calor subir desde los pies, por los gemelos, hasta los muslos.

—¿Cuántos novios tenés?

Me atragané. Se rió y me sirvió más agua. Esta vez el agua cayó sobre la pollera y sobre mi pierna. Se paró, fue a buscar algo para secarme y terminó limpiándome la pierna con la mano. La dejó ahí un segundo más de lo necesario. Cuando retiró la mano, dejó una pequeña mancha de grasa sobre mi muslo.

—Perdón —dijo, pero no sonaba muy arrepentido.

—No tengo novio —respondí.

Levantó las cejas. Miró el triángulo que formaban mi pollera y mis piernas.

—Eso es increíble —murmuró.

***

—Te dejo la plata —dije.

Fui hasta el sillón del fondo donde había dejado la mochila. Me agaché para abrirla.

—Quedate así para siempre —dijo desde el escritorio, con voz suave.

Me di cuenta de que la pollera se había levantado. Me quedé quieta. En vez de tomar la mochila, la abrí sobre el sillón y empecé a sacar el sobre despacio. Escuché que se levantaba de la silla.

Sus pasos en el piso de madera. Lento, deliberado.

—Es mucha plata —me dijo al oído.

Me incorporé. Quedamos enfrentados, con el sobre entre su pecho y el mío. Lo tomó y sus dedos rozaron la parte alta de mis pechos. Los sentí duros de golpe. Me mordí el labio sin querer. Él se rió en voz baja.

Se dejó caer en el sillón y abrió el sobre. Sacó los billetes y los contó dos veces.

—Me mandó la mitad.

Algo se cayó adentro mío.

—¿Podés empezar igual? —dije, y mi voz salió más fina de lo que quería.

—No. Necesito el total antes de arrancar. El proveedor del repuesto quiere la guita ya.

Le empecé a rogar. Me acerqué. Me arrodillé frente a él. Apoyé los codos en sus rodillas y lo miré desde abajo.

Sentí cómo su pantalón se tensó.

Deslicé las manos por sus piernas, despacio, sin apuro. Lo miré. Él me miró.

—Quizás tengo algo de plata —dijo, con voz que ya no era la misma de antes.

—¿Sí? —Incliné la cabeza hasta apoyarla en su rodilla derecha. Lo miraba con los ojos muy abiertos.

La mano izquierda la moví centímetro a centímetro hasta llegar al bulto del pantalón. La detuve a un milímetro. Solo nuestros calores se tocaban.

Exhaló despacio.

Me bajó la mano con suavidad. Con la otra me abrió los labios y sentí su pulgar contra mis dientes. Los abrí. Lo recibí con la punta de la lengua.

***

Le abrí las piernas y entré de rodillas entre ellas. Le desabroché el pantalón despacio, mirándolo todo el tiempo. Cuando lo saqué, lo tomé con una mano. Estaba cálido y pesado.

—¿Puedo? —dije, aunque no hacía falta.

—Sí —respondió, y su voz salió muy fina.

Junté saliva y la dejé caer despacio sobre la punta. Él tiró la cabeza hacia atrás. Empecé a moverme en círculos con la lengua hasta que lo introduje en mi boca, muy despacio. Intentó guiarme con la mano; se la retiré sin dejar de mirarlo.

Escuchaba su respiración acelerarse. Lo llevaba lejos con la boca y volvía a la punta con los labios apretados. Era un calor que se mezclaba con el calor de la habitación y que me llegó al estómago y más abajo.

Se paró de golpe. Me levantó.

Me dio vuelta, me apoyó contra el ventanal frío y empezó a darme besos en el cuello mientras una mano me buscaba por debajo de la pollera. Sus dedos grandes recorrieron mis labios despacio, cada tanto encontraban el punto exacto. Las rodillas se me doblaron. Gemí por primera vez.

Me levantó levemente la pollera por detrás y sentí el contacto de su cuerpo contra la parte más fría de mi piel. Fuimos moviéndonos juntos, adivinándonos, hasta llegar al escritorio.

Me apoyó la mano abierta contra el vidrio frío. Saqué la cola hacia afuera. Me bajó la musculosa y mis pechos quedaron contra el frío del vidrio; los pezones se endurecieron de golpe. Me subió la pollera. Me corrió la tanga a un lado.

Sentí que se arrodillaba detrás de mí.

Sus manos me abrieron. Metió la cara sin aviso y su lengua fue directa, sin rodeos. Tuve que morder el labio para no gritar.

Después sus dedos se deslizaron adentro y contraje todo el cuerpo de golpe.

—Ya —supliqué—. Por favor, ya.

***

Se incorporó. Me irguió. Nos besamos de cara, por primera vez, con calma, como si el resto no hubiera existido. Sabía a metal y a algo que no identifiqué.

Me quitó la musculosa. Los pechos al aire, contra el vidrio frío. Me recorrió con las manos de arriba abajo.

Sentí cómo me abría más la tanga hasta que escuché un pequeño desgarro en la tela. No dije nada.

Entró despacio. La presión fue creciendo de adentro hacia afuera, como si todo se expandiera para hacerle lugar. Cuando estuvo adentro del todo, apoyé la frente contra el vidrio y cerré los ojos.

Empezó a moverse. Lento, después más rápido. Su pelvis golpeaba contra mí en un ritmo que se aceleraba solo. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás. Dijo algo con voz grave y baja que no entendí del todo pero que me llegó al pecho.

Empecé a gemir. No pude controlarlo. El vidrio frente a mi cara estaba empañado.

Me giró. Me sentó sobre el escritorio. El vidrio frío contra los muslos. Se escupió la mano, me recorrió, y entró de nuevo. Me rodeé con las piernas y empujé para adentro con los talones.

Encontramos un ritmo que no necesitó ajustes. Nos quedamos en ese ritmo un buen rato, presentes, juntos. Me levantó en brazos sin salir y me llevó hasta su silla. Me senté encima de él. Empecé a moverme yo sola. Me chupó los pezones. Puse una mano sobre su boca; chupó el dedo. Me dio una cachetada suave en la mejilla.

—Más —dije, y no sé desde dónde salió esa palabra.

Me volvió a pegar. Me agarró del pelo con la otra mano. Seguí moviéndome mientras el cosquilleo en la pelvis crecía hacia algo irreversible.

De golpe me paró. Me puso de pie. Me apoyó de nuevo contra el escritorio, boca abajo. El frío del vidrio otra vez en los pezones.

—No —dije—. Pará.

—Callate —dijo, pero su voz no era violenta.

Se arrodilló detrás de mí. Me abrió las nalgas y me recorrió con la lengua, lento, húmedo, deliberado. Las piernas me temblaban. Se paró; escupió en su mano y entró de nuevo. Después, con el dedo libre, empezó a presionar otro lugar.

Intenté quitarle la mano con el brazo. Me lo sujetó y lo llevó hacia adelante.

El dedo fue entrando de a poco. Dolía. Pero había calor detrás del dolor y no quería que parara. Fui subiendo el volumen sin darme cuenta, el espesor del gemido creciendo a medida que entraba y salía todo al mismo tiempo. Su otra mano encontró mi boca y mordí su dedo. Me quejé en voz muy alta.

Se aceleró. Escuché el ritmo de su cuerpo contra el mío, los dos sonidos mezclados. El calor que caía entre mis pechos. La cabeza apoyada de lado contra el vidrio frío.

Cuando sintió que se acercaba el final, me sacó. Me jaló del pelo. Entendí. Me arrodillé frente a él.

Se masajeó sobre mi cara. Lo miré directamente cuando terminó.

***

Nos quedamos quietos un momento, respirando. Después me dio una toalla y me limpié. Me abracé a él un segundo, la mejilla contra su pecho, escuchando que el taller de abajo volvía a tener sonido.

—¿Están todos ahí? —pregunté.

—Comieron abajo. Ya volvieron.

Cerré los ojos.

—Me quiero morir.

Busqué la tanga. Estaba rota. Me la puse igual como pude. Me vestí despacio.

—La plata —dije—. Mañana traigo el resto.

—Olvidate. Te lo regalo. Para el viaje.

Le di un beso rápido en los labios. Busqué el celular en la mochila para ver la hora y vi el sobre todavía a la mitad, con la bandita elástica rota al lado.

—No me animo a salir.

—Bajá tranquila. No escucharon nada.

No parecía muy seguro, pero lo dijo con convicción.

Me puse los anteojos oscuros. Abrí la puerta.

Bajé por la escalera de metal. Cuando llegué a la mitad, miré hacia abajo. Uno de los mecánicos estaba parado justo ahí, mirando hacia arriba. Lo miré. Él me miró. Le sonreí y seguí bajando.

Mis piernas estaban cansadas de una forma que nunca las había sentido. El calor irradiaba de adentro hacia afuera.

Salí al sol. Me puse los anteojos y volví a casa caminando las quince cuadras. El viento me levantó la pollera una vez más en la misma esquina.

Esta vez no me tapé.

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4.6 (15)

Comentarios (9)

Lucrecia_BA

Que relato mas intenso!! se nota que es vivencia real, no algo inventado

SoledadMartinezS

La descripcion del taller desde el principio te mete adentro de la historia al tiro. Muy bien narrado

naranjito_ok

tremendo... y se corto justo cuando mas queria saber jaja. Cuando sale la segunda parte??

PatriciaM

Ay dios, me trajo recuerdos de cosas que mejor me callo jajaja. Muy buen relato, segui escribiendo

Marta_B

increible!!

Leti_sur

Se siente tan real que casi se puede oler el taller. Saludos desde Mendoza, espero mas relatos tuyos

PabloDeSalta22

Por favor una continuacion, quede con ganas de saber exactamente como termino todo esto

Celeste

Me encanto el ambiente que describe al principio, esa mezcla de nervios y lo que esta por pasar... muy bueno

dantralo

Buenisimo relato, corto pero directo. Mas asi!!

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