Confieso lo que pasó aquellos quince días en Camboya
Lo confieso porque no he podido sacármelo de la cabeza en tres años. Llevaba meses planeando aquel viaje al sudeste asiático y, sin embargo, los primeros tres días en la costa fueron una sucesión de desencantos. El paraíso barato del que tanto hablaban los foros se reducía a habitaciones con humedad pegada en las paredes y a mujeres que, después de una sonrisa demasiado ensayada en el ascensor, me dejaban sorpresas que yo no había venido a buscar.
La cuarta tarde decidí bajar al sur, a un pueblo costero cuyo nombre nunca aprendí a pronunciar bien. La arena era blanca, el mar verde transparente y todo costaba menos que un café en mi ciudad. Me senté en la terraza de un bar pequeño, pedí una cerveza helada y un plato de gambas frescas. Estaba mirando a los pescadores recoger las redes cuando entró ella.
Era distinta a las otras. Casi un metro sesenta y cinco, con curvas reales, sin esa delgadez frágil que ya empezaba a cansarme. Llevaba una camiseta blanca ajustada y unos pantalones cortos vaqueros que se le pegaban a unas caderas anchas y firmes. Pelo negro hasta media espalda. Piel del color del té con miel. Una sonrisa tranquila, sin prisa, como si supiera que el tiempo iba a estar de su lado.
Se sentó dos mesas más allá, pidió un agua de coco y miró al horizonte como si llevara horas esperando algo concreto. Yo no podía dejar de mirarla. Después de los desengaños anteriores, mi escepticismo era tan grueso como la piel de un mango, pero algo en el modo en que se movía me hizo dudar. Pagué la cuenta, me acerqué con la cerveza en la mano y le ofrecí otra copa.
—Claro, guapo —dijo ella con un español de turista, una voz suave que parecía aprender a sonar dulce en cada idioma.
Se llamaba Channary. Charlamos del calor, de los meses en los que el monzón cambiaba el color del mar, de la familia que tenía en el norte. Después de una segunda cerveza, le pregunté con el rodeo torpe del extranjero si tenía la tarde libre. Ella sonrió, no con malicia sino con paciencia.
—Diez por delante. Dieciocho por detrás. Una hora completa. Pero antes elige bien, cariño.
—Antes quiero verte —dije, casi en voz baja—. He tenido demasiadas sorpresas esta semana.
Channary no se ofendió. Se levantó, me hizo un gesto con la cabeza y caminó hacia el baño del fondo. La seguí con el corazón golpeando, todavía sin creer que aquello fuera a salir bien. Cerró la puerta, se apoyó en el lavabo y, sin teatro, se bajó los pantalones cortos hasta la mitad de los muslos. La luz del fluorescente la dibujaba con una crudeza casi clínica. No había sorpresas. Solo carne morena, depilada con cuidado, y un olor limpio a jabón barato.
—¿Tranquilo ya? —preguntó.
Asentí, con la boca seca, todavía mirándola. Ella se subió la ropa con la misma naturalidad con la que se la había bajado, y volvió a sonreír.
—¿La tarde, la noche o todo? —preguntó desde la puerta.
—¿Cuánto por todo?
—Ciento cincuenta. Hasta mañana. Pero te aviso, cariño: no vas a tener cuerpo para tanto.
Se equivocó.
***
Llegamos al hotel medio riendo, medio en silencio, con la electricidad colgándonos de los dedos. Cerré la puerta y ella ya se estaba descalzando frente a la cama. Le pedí, casi en un susurro, que se dejara la camiseta puesta y un tanga oscuro que llevaba debajo. Quería el contraste, esa franja de tela que no me dejaba ver del todo.
Asintió y empezó a moverse despacio para mí. No fue un baile, exactamente. Fue otra cosa. Fue como si me estuviera mostrando cada parte por separado, dándome tiempo a memorizarla. Las caderas. La curva del cuello cuando giraba la cabeza. La forma en que respiraba más hondo cuando notaba que yo me tensaba.
Cuando se arrodilló entre mis piernas no fui yo quien tomó el control. Fue ella, sin levantar la voz, sin un gesto brusco. Me pasó la lengua por dentro del muslo, me mordió suave el hueso de la cadera, y luego me miró con los ojos un poco más oscuros que hacía un minuto.
—Tranquilo —dijo, casi sin abrir los labios—. Tenemos toda la noche.
No le hice caso. Le agarré el pelo y empujé. Ella cerró los ojos, tragó, y por un segundo creí oírla sonreír contra mí. Cuando se apartó para tomar aire, tenía la barbilla brillante y los pómulos colorados. No la voy a olvidar, pensé sin querer pensarlo.
—Si sigues así de bruto vas a durar quince minutos —dijo ella, riendo bajito—. Y yo necesito mi dinero.
La tumbé en la cama. Le besé el cuello, las clavículas, esos pechos pesados bajo el algodón fino, los pezones que ya se marcaban duros. Luego bajé. Con los pulgares aparté el tanga sin quitárselo. La miré desde abajo: muslos abiertos, vientre subiendo y bajando rápido, esa cara que hasta hacía nada me cobraba tarifa y ahora me miraba con algo parecido a la sorpresa.
La probé despacio. Sin truco. Cerré los ojos para no perderme el primer sabor. Salado al principio, después dulce, después algo más profundo que no supe nombrar. Channary soltó un gemido que no parecía actuado. Le clavé los dedos en la cara interior de los muslos, la abrí más, y bajé del clítoris al perineo y otra vez arriba.
Cuando se corrió la primera vez no dijo nada. Solo se le tensó el vientre, me agarró del pelo con una fuerza que no esperaba y me apretó la cara contra ella hasta que el orgasmo dejó de sacudirla. Luego, todavía con los ojos cerrados, se rio.
—Hijo de puta —murmuró—. Nadie me había hecho eso así.
***
No voy a contar todo lo que pasó esa noche, porque la memoria se me confunde con el deseo y ya no sé qué fue mío y qué fue invención del calor. Sé que la puse encima. Sé que cabalgó hasta que la camiseta se le pegó al cuerpo como una segunda piel. Sé que la giré, la abrí, le susurré cosas al oído que no me atrevo a repetir aquí y que ella respondió con otras todavía peores. Sé que en algún momento, cerca del amanecer, me miró desde la otra punta de la cama, agotada, y soltó:
—Te subestimé. Quédate con el dinero. Yo no puedo más contigo.
Me reí. Le dije que el dinero era suyo, que se lo había ganado tres veces. Y le pedí un favor: que al día siguiente me mandara a alguien de su confianza, alguien que aguantara el ritmo.
—De acuerdo —dijo, vistiéndose en silencio cuando ya entraba la luz por la persiana—. Te mandaré a la mejor que conozco.
***
Cumplió.
A la mañana siguiente llamaron a la puerta cuando yo todavía estaba en albornoz, intentando entender por qué el cuerpo me dolía como si hubiera corrido una maratón. Channary me presentó a tres chicas en el pasillo. Tres cuerpos imposibles, tres sonrisas distintas, tres tarifas. Yo elegí a la del fondo: caderas anchas, pechos pesados, una forma de mirarme como si ya supiera lo que yo iba a pedir antes de pedirlo.
Se llamaba Soriya. Y Soriya hacía algo con el cuerpo que todavía no sé explicar bien.
Lo descubrí casi por accidente. Estábamos en la habitación, todavía vestidos a medias, y yo le dije lo que le había dicho a la otra: que despacio, que tenía todo el día. Ella asintió, se quitó los pantalones y se sentó encima de mí. No empujó. No saltó. Empezó a contraer algo dentro, en oleadas pequeñas y lentas, como si tuviera otro cuerpo escondido debajo del que yo veía. Era una succión interna, un latido. Cada onda subía desde la base hasta la punta y después soltaba.
—Joder —murmuré, agarrándole las caderas—. ¿Qué haces?
—Es mi truco —dijo ella, sonriendo con los ojos cerrados—. Lo que cobro.
No duré mucho. Channary me lo había advertido en la cama, un día antes: «si encuentras una que sepa apretar así, ten cuidado». La aparté antes de que se me fuera todo, le di la vuelta, le besé la nuca y dejé que el deseo se enfriara solo hasta que pude volver a empezar.
***
Aquella tarde Soriya y yo cenamos en una terraza junto al mar. Pedimos langosta, arroz con gambas, cervezas heladas. En mitad de la cena ella metió la mano por debajo del mantel, sin urgencia, y me apretó suave el muslo. Cada vez que yo subía la voz para llamar al camarero, ella aflojaba. Cada vez que el camarero se iba, volvía a apretar. Era un juego sin público, y yo era el único perdedor posible.
Después fuimos a una calle de luces de neón, con música saliendo de cada puerta. En un bar, una chica más alta que Soriya, casi un metro setenta, se acercó con dos copas en la mano. Tenía los labios pintados de rojo y el pelo negro hasta la cintura. Se llamaba Bopha. Soriya me miró, se encogió de hombros, se rio.
—Si te portas bien —le dijo a Bopha—, compartimos.
***
Volvimos al hotel los tres. No voy a fingir que tengo la memoria ordenada de aquella noche. Hubo besos cruzados, manos donde no esperaba manos, una luz baja de mesilla y un aire acondicionado roto que zumbaba todo el tiempo. Pero hay un momento que sí recuerdo con detalle, porque fue la primera vez que entendí que mi cuerpo podía sentir cosas que yo, hasta entonces, había decidido no sentir.
Soriya estaba a horcajadas sobre mi cara, dejándome saborearla despacio. Y Bopha, entre mis piernas, me había estado mirando demasiado fijo durante demasiado rato.
—¿Alguna vez te has dejado tocar por detrás? —preguntó, con la voz un poco más baja de lo necesario.
Negué con la cabeza. No me salió la voz. La verdad es que ni siquiera había pensado en ello con seriedad, salvo en esa zona oscura del cerebro a la que uno solo entra cuando está muy borracho y muy solo.
—Confía —dijo ella, casi pidiendo permiso—. Si quieres que pare, paro.
Le hice un gesto con la barbilla. Soriya, encima, soltó una risita suave y me apretó las muñecas contra el colchón, como si supiera que yo iba a necesitar algo a lo que agarrarme.
Bopha empezó con la lengua. Solo eso, durante mucho rato. Una caricia paciente, sin exigencia, mientras Soriya me hacía olvidar dónde estaba el resto del mundo. Después un dedo, lubricado con saliva, rodeando el borde, sin entrar todavía.
—Respira —me dijo desde abajo—. Hondo.
Cuando entró, fue como si el cuerpo se me partiera en dos. No de dolor. De otra cosa. De un tipo de placer que hasta entonces no había sabido que existía y que venía de un sitio que yo había ignorado durante toda mi vida adulta. Bopha encontró ese punto interno y se quedó ahí, sin moverlo apenas, solo presionando despacio, mientras la lengua subía y bajaba en mí en otro ritmo distinto.
Y yo, que nunca lloro, sentí que se me caía algo por la sien. No era exactamente una lágrima. Era el cuerpo soltando algo que llevaba años apretando.
***
El orgasmo no se pareció a ningún otro de mi vida. No fue chorro y final. Fue una ola larga, desordenada, que duró tanto que perdí la cuenta del tiempo. Soriya se incorporó a mirarme con una sonrisa de niña pequeña; Bopha me besó suave en la cadera, como si me felicitara por algo que yo todavía no entendía.
—Tu primero —dijo solo, con el pelo pegado a la sien—. No el último.
Después dormimos los tres atravesados en aquella cama demasiado pequeña. Por primera vez en cinco días, no soñé con nada.
***
Volví a casa once días después, con el cuerpo más delgado, la cara más quemada y el escándalo guardado en silencio. He tenido otras parejas desde entonces. Alguna estable, alguna seria. Ninguna le ha preguntado a mi cuerpo lo que me preguntaron aquellas dos mujeres en una habitación de hotel del fin del mundo. Y yo, claro, no me he atrevido a contestar yo solo lo que ellas, en una sola noche, descubrieron sin esfuerzo.
Lo confieso ahora porque a veces, en la cama de mi casa, cuando se apaga la luz, todavía las oigo respirar.