El stripper de la despedida que aún no logro olvidar
Hace cuatro años recibí una invitación que no esperaba. Camila, una excompañera de la oficina con la que perdí el contacto cuando ella se cambió de empresa, me escribió de la nada para decirme que se casaba y quería que estuviera ahí. La verdad no entendía por qué me invitaba después de tanto silencio, pero algo dentro de mí me dijo que dijera que sí. Confirmé sin pensarlo demasiado.
Estaba en uno de esos meses horribles. Llevaba un par de semanas peleando con quien era mi novio en ese entonces y, para rematar, una de mis mejores amigas había hecho algo que todavía no le perdonaba. Necesitaba salir, ver caras nuevas, pensar en otra cosa. Cualquier cosa.
Un mes antes de la boda llegó a mi puerta otra invitación, esta sí inesperada de verdad. La despedida de soltera. A mi nombre, escrita a mano. Sonreí como una tonta.
—Si voy a ir a la boda, voy a la despedida —me dije, y respondí que sí.
Camila y yo retomamos la conversación durante esas semanas. Hablábamos de todo y de nada por mensaje. Recuperamos esa complicidad que teníamos en la oficina, cuando nos íbamos juntas a fumar a la escalera y nos contábamos cosas que no le contábamos a nadie más. Le pregunté quién más iba y me contestó que casi todas eran amigas suyas de la universidad, que yo no iba a conocer a nadie pero que no me preocupara, eran buenas chicas.
***
El bar estaba en pleno centro. Lo había alquilado entero solo para nosotras, lo cual ya me decía algo sobre el presupuesto. Llegué a las ocho en punto, con un vestido corto negro y unos tacos rojos que me había comprado esa misma tarde. Los tacos eran lo único arriesgado de mi atuendo, y los elegí porque sentía que necesitaba algo que me hiciera caminar distinto.
Adentro era otro mundo. Globos con formas de pollas, decoración explícita, una mesa larga con copas y bandejas de comida. La música no era música de bar normal: era electrónica con bajos pegajosos, de esa que te empuja a moverte sin permiso. Camila me abrazó como si nos viéramos todas las semanas y me presentó a una decena de chicas a las que no iba a recordar después de cinco minutos.
—Tranquila, esta noche te vas a divertir —me dijo al oído.
Tenía razón.
***
Los juegos empezaron temprano y de a poco. Primero uno tonto, de adivinar películas con mímica. Después otro de preguntas, donde el que perdía tenía que tomar un trago. Después uno donde había que confesar la peor experiencia sexual y reírse. Yo participé poco al principio. Me daba vergüenza, no las conocía, prefería observar. Pero el vino blanco y los chupitos me fueron soltando la lengua, y para las diez ya estaba contando una historia mía con un compañero de la facultad que se corrió a los treinta segundos y terminó con todas tiradas en el suelo de la risa.
El ambiente cambió rápido. Una de las chicas, una rubia con los ojos muy maquillados que se llamaba Lara, sacó una caja con juguetes y propuso un juego: había que adivinar el nombre del juguete solo tocándolo, con los ojos vendados. Las primeras dos no aguantaron la risa y ya habían perdido antes de empezar. Después le tocó a una morena alta que respondió «dildo» con tanta seguridad que la sala estalló. Cuando Lara le dijo que efectivamente era un dildo, la morena se puso de pie, se quitó la falda y los calzones delante de todas, y se sentó en el sillón con las piernas abiertas. Se escupió los dedos, se separó los labios del coño, y se metió el juguete hasta el fondo de una sola vez, gimiendo sin ningún pudor. Empezó a follarse con él, girándolo, sacándolo brillante de flujo, volviéndolo a meter. Se lamía los dedos entre embestida y embestida y nos miraba a todas sin dejar de sonreír. Nadie dijo nada. Nadie miró a otro lado tampoco.
Yo me quedé congelada. No porque me molestara —me daba más curiosidad que rechazo—, sino porque no esperaba que la noche fuera por ahí. Camila se acercó, me apretó el muslo bajo la mesa, muy arriba, casi rozándome la ingle, y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Era verdad. Estaba más que bien. Tenía las bragas empapadas y no llevaba ni una hora sentada.
Después de eso ya no había vuelta. Dos chicas a mi izquierda empezaron a besarse, primero como un juego, después en serio, metiéndose la lengua hasta la garganta, con las manos por dentro de la blusa una de la otra. Otras se quitaron la blusa y se quedaron en sostén, algunas ni siquiera con eso. Dos más se metieron al baño y volvieron media hora después, una con las rodillas rojas y la otra terminándose de subir el cierre de la falda. Yo seguí en mi silla, bebiendo, mirándolo todo, sintiendo cómo me ardía el coño debajo del vestido, cómo se me endurecían los pezones contra la tela. Estaba más excitada de lo que estaba dispuesta a admitir, incluso para mí misma. Me apreté los muslos y sentí el pulso ahí abajo, latiéndome como un segundo corazón.
***
Faltaban quince minutos para la medianoche cuando Lara se subió a la pequeña tarima del fondo y golpeó el micrófono.
—Señoritas —dijo con una sonrisa diabólica—, es el momento que estaban esperando.
Las luces bajaron. Empezó a sonar una canción de bajos pesados, de las que se sienten en el pecho antes que en los oídos. Y entraron tres hombres por la puerta de servicio.
Tres. En bóxer. Nada más.
Dos eran rubios, atléticos, con ese físico de gimnasio que se ve igual en todos lados. Pero el tercero. El tercero me cortó la respiración. Era un hombre negro, alto, con unos hombros que parecían tallados, una espalda que no me cabía en la mirada, y una sonrisa que daba las gracias por estar ahí. Bajo el bóxer se le marcaba un bulto pesado, denso, que le colgaba hacia un lado y que hacía que todo lo demás en la sala pareciera decoración. No hizo nada todavía y yo ya sabía a quién quería.
Lo miré sin disimular. Él me devolvió la mirada y mantuvo el contacto un par de segundos. Después se giró y empezó a bailar. Pero no le quité los ojos de encima en toda la canción.
***
El show empezó bien y se descontroló rápido. Los tres bailaron primero por separado, después se acercaron al grupo, y enseguida estaban haciendo bailes individuales con las que se ofrecían. Un par de las chicas se animaron a tocar. Los strippers respondieron tocando también. La línea entre espectáculo y otra cosa se borró sola. Uno de los rubios ya tenía la mano metida por debajo de la falda de Lara y ella tenía la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados.
Cuando él se acercó a una de las morenas y la besó, y le mordió el cuello, y le agarró una teta por encima del vestido, sentí algo absurdo, como una punzada de celos por un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía. Me levanté de la silla. Caminé los cinco metros que nos separaban con el corazón latiéndome en la garganta. Esperé a que terminara con ella, le toqué el hombro, y cuando se giró le tomé la cara con las dos manos y lo besé.
No fue un beso de saludo. Fue un beso largo, hondo, con la lengua, y él me siguió como si me conociera de toda la vida. Le acaricié el bóxer por encima, sentí el peso de su polla debajo de la tela, gruesa, dura ya a medias, latiéndome en la palma de la mano. Le apreté sin vergüenza, de arriba a abajo, sintiendo cómo crecía todavía más. Le pasé el pulgar por la punta y noté la humedad que ya se marcaba en el bóxer. Le dije al oído lo que estaba pensando.
—Quiero mamártela delante de todas —le susurré, con los labios pegados a su oreja—. Y después quiero que me folles hasta que no pueda caminar.
Se le escapó una sonrisa y me apretó la cintura con las dos manos.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Después te lo digo.
Y volví a mi sitio, mordiéndome el labio, sintiendo su mirada clavada en mi culo mientras caminaba.
***
Las chicas, envalentonadas o vencidas por el alcohol, empezaron a bajarles los bóxer a los tres. A los rubios primero. Uno tenía la polla larga y curva, el otro más corta y muy gruesa, las dos ya duras del todo, brillando bajo las luces. A él al final, casi como si hubieran entendido sin hablarlo que ese era mío. Cuando se quedó desnudo, no pude dejar de mirar. La polla le colgaba pesada entre las piernas, gruesa desde la base, oscura, con las venas marcadas, y estaba solo a media asta. La sala entera hizo un ruido. Alguien gritó una barbaridad. Era como había imaginado y un poco más. Hermoso. Esa es la única palabra que tengo y aun así se queda corta.
Una chica rubia, con el pelo recogido, se arrodilló frente a él y se la metió en la boca sin preámbulos. La chupaba con las dos manos alrededor de la base, sacándosela con un ruido húmedo, escupiéndole encima, volviéndola a meter hasta ahogarse. Él le agarró la cabeza con una mano, sin forzarla, marcándole el ritmo. Yo me acerqué. Me puse al lado, le acaricié la espalda, le pasé la mano por el pecho, le miré a los ojos. No iba a soltarlo. Cuando la chica terminó, con los labios rojos y el maquillaje corrido, y se levantó, me puse yo en su lugar.
Se la agarré con las dos manos y sentí que ni así la abarcaba. La lamí primero de abajo hacia arriba, siguiendo la vena gruesa que le corría por debajo, hasta la punta, y me quedé ahí, con los labios entreabiertos, escupiéndole encima, mirándolo. Después me la metí entera, o todo lo que pude, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. La saqué con un hilo de saliva colgándome de la boca y me la volví a meter, más despacio, chupando la cabeza con los labios apretados. Le pasé la lengua por debajo, le lamí los huevos, uno primero, el otro después, y le volví a subir por el tronco sin soltárselos de la mano. La saliva me caía por el mentón y me goteaba entre las tetas.
—Joder —lo oí decir en voz baja.
Me la seguí mamando con ganas, con las dos manos, sacando y metiendo, hasta que la sentí latiéndome contra la lengua. Él me miraba, me acariciaba la cabeza, me apartaba el pelo para verme la cara, y yo me sentía la mujer más deseada del mundo en una sala llena de gente que no me importaba. Alrededor las chicas gritaban. Una me pasó la mano por la espalda. Otra le decía algo a él que no llegué a entender.
—Quédate conmigo esta noche —le dije, sin pensar, con la polla todavía a un centímetro de la boca—. Por favor.
—¿Cómo? —me preguntó, sin oírme bien por la música.
Me levanté, me quité el vestido por la cabeza —no llevaba sostén, se me salieron las tetas de golpe y alguien silbó—, me bajé los calzones con los tacos rojos puestos y me senté en el sofá con las piernas abiertas de par en par. Tenía el coño depilado, hinchado, y se veía brillar de lo mojada que estaba. Me metí dos dedos y me los saqué embadurnados, mirándolo. Me los llevé a la boca sin dejar de sostenerle la mirada. No tenía que decir nada más.
Él entendió.
***
Se arrodilló entre mis piernas primero. Me agarró los muslos con las dos manos, me abrió más, y me plantó la lengua en el coño de una lamida larga, desde abajo hasta el clítoris. Se me escapó un gemido que salió más agudo de lo que hubiera querido. Me empezó a chupar el clítoris como si supiera exactamente cómo, apretándomelo con los labios, girándome la lengua encima, mientras me metía dos dedos gruesos y los curvaba adentro buscándome el punto. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí sin ninguna vergüenza. Me corrí en menos de dos minutos, temblando entera, apretándole los muslos alrededor de la cabeza, gritando algo que ni yo entendí.
No me dio tiempo a recuperarme. Se enderezó, se escupió en la mano, se pasó la saliva por la polla, y se me metió entero de una sola embestida. Sentí que se me abría por dentro. Fue tan bestia el estirón que se me nubló la vista un segundo. Me clavó las manos en las caderas y empezó a follarme ahí mismo, en el sofá, delante de todas, con un ritmo largo y hondo que me sacudía las tetas cada vez que golpeaba contra mí. El sofá crujía. Yo gemía a cada embestida sin poder callarme. Una de las chicas se acercó y me metió un pezón en la boca mientras él seguía dándome. La otra me besó, con lengua, y yo se la devolví sin dejar de gemir contra su boca.
—Ponte de espaldas —me dijo Bruno, y me giró él mismo antes de que le hiciera caso.
Me quedé de rodillas sobre el sofá, agarrada al respaldo, con el culo hacia arriba y los tacos rojos todavía puestos. Me agarró de las caderas, me la volvió a meter de una, y empezó a follarme a lo bestia, con la mano en mi nuca apretándome la cabeza contra el respaldo. Cada embestida me hacía chocar las tetas contra el cuero del sofá. Notaba cómo me la sacaba casi entera y me la volvía a meter hasta el fondo, chocándome los huevos contra el clítoris. Me metió el pulgar en el culo, empapado de mi propio flujo, y sentí una descarga que me subió por la espalda. Me corrí otra vez, gritando contra el respaldo, apretándomela por dentro tanto que él soltó un gruñido.
—Joder, qué apretada estás —me dijo entre dientes, sin dejar de moverse.
Me puso de costado después, me levantó una pierna hasta apoyármela en su hombro, y siguió, más lento pero más profundo, con las manos alrededor de mi cuello, apretando lo justo para que se me acelerara todo por dentro. Me besó en la boca, hondo, sucio, mientras seguía metiéndomela, y al segundo siguiente me apretaba la garganta y me llamaba puta al oído en un tono que me hizo temblar. Me trataba con una mezcla rara de ternura y dureza que era exactamente lo que quería. Le lamí la boca, le mordí el labio, le dije que no parara.
Las otras chicas y los otros dos strippers nos rodeaban, gritaban, aplaudían, nos animaban con palabras que ahora me parecen ridículas pero que en ese momento eran combustible. «Dásela toda», «rómpela», «qué rico coño tiene». Uno de los rubios se estaba dejando mamar por dos a la vez a un metro de nosotros. Nada de eso me importaba. Solo lo miraba a él.
Cuando notó que estaba a punto de correrse, me sacó la polla de golpe, empapada, hinchada, roja. Me agarró del pelo y me tiró al suelo. Me arrodillé frente a él sin que tuviera que decírmelo, con la boca abierta y la lengua fuera. Se la agarró con la mano y se la empezó a menear rápido, con la punta apoyada en mi lengua. A los tres tirones se corrió con un gruñido largo. El primer chorro me cayó dentro de la boca, espeso y caliente, y me llenó la lengua entera. El segundo me golpeó la mejilla y me resbaló por el mentón. Los siguientes me cayeron entre las tetas, en el cuello, en el pelo. Yo no cerré la boca. No me moví. Me quedé con los ojos cerrados y la boca abierta hasta que él terminó de vaciarse. Después, sin dejar de mirarlo, tragué. Le pasé la lengua por la punta para limpiarle la última gota. Las chicas aplaudían. Camila estaba llorando de risa con las manos en la cara.
***
El resto de la noche se difumina. Bebí más, bailé sin parar, me reí de cosas que no recuerdo. Cuando volví en mí estaba en un taxi camino a casa, con el vestido al revés y una sola pestaña pegada. Me dolía la cabeza, me dolían los pies de los tacos, me ardía el coño de lo bien que me lo habían follado, y tenía la marca de su boca en el cuello y el semen seco pegándome el pelo detrás de la oreja.
Le pregunté a Camila al día siguiente cómo se llamaba. Me dijo que Bruno, y que era de la agencia que les habían recomendado. Le pedí el contacto. Me lo dio. Le mandé un mensaje que no respondió nunca. Lo intenté otra vez una semana después. Tampoco. Después de la boda lo dejé en paz.
Han pasado cuatro años. Estoy con otra persona, una persona buena, una persona que no se merece que yo tenga este recuerdo guardado en algún cajón de mi cabeza. No le he contado nada de aquella noche y no se lo voy a contar. Pero a veces, cuando me ducho sola y dejo correr el agua caliente más tiempo del necesario, me acuerdo de cómo me miró Bruno antes de besarme la primera vez, de cómo se me metió hasta el fondo, de cómo me llené la boca con su corrida delante de veinte mujeres que gritaban mi nombre sin saberlo. Y se me sube el calor a la cara —y la mano al coño— de una manera que no puedo controlar.
Si esto le llega de algún modo, si por alguna razón improbable lo está leyendo, que sepa lo siguiente: era yo, la de los tacos rojos, la del vestido negro, la que se le arrodilló y se le subió encima sin saber ni cómo se llamaba. No le pido nada. Solo que sepa que existió y que existe en mi memoria como una de esas cosas que pasan una vez en la vida. Si pasa.