Lo que les enseñé esa noche frente al fuego
La tormenta llevaba todo el día azotando los ventanales de la cabaña. El viento del Atlántico empujaba la lluvia contra el vidrio en tandas furiosas, y dentro, la chimenea ardía con una calma absurda, como si supiera que su trabajo era contar otra historia. Helena seguía tendida sobre la alfombra, todavía desarmada por lo último que había vivido. Tenía la piel húmeda, brillante con cada chispazo del fuego, y esa expresión floja que dejan los orgasmos largos. Tomás se incorporaba muy despacio, como un hombre que acaba de salir de un sueño que no entendió.
—¿Qué fue eso, Renata? —dijo cuando consiguió juntar las palabras—. ¿Qué carajo me hiciste?
Me acerqué a él con la calma de quien sabe que ya ganó. Sentía mi propio deseo bajándome por dentro, esa humedad densa que aparece cuando el cuerpo ya tomó la decisión antes que la cabeza. Le pasé la mano por la mejilla, por el cuello, por el pecho. Su pene seguía latiendo lento, sin terminar de bajar, todavía sorprendido.
—Acabas de descubrir un punto que la mayoría de los hombres no encuentra nunca —le dije al oído, cerca, con la voz baja para que entendiera bien—. La próstata. Hay terminaciones nerviosas ahí adentro que conectan con un placer que no se parece a nada de lo que conocías.
Tomás me miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Helena, a su lado, empezaba a volver del lugar donde la había mandado: los ojos vidriosos, la sonrisa floja, los pechos subiendo y bajando con la respiración honda. Sus pezones, oscuros y duros, pedían atención sin disimulo.
—Es una locura —dijo él, y su pene, contra todo cálculo, empezó a despertarse otra vez—. Tenemos que probarlo los dos. Ya.
—Recupérate primero —contesté, y me deslicé hacia Helena. La besé despacio, con la lengua adentro, todavía con el sabor de ella en mi boca. Helena respondió con un quejido bajo, sus manos buscaron mis pechos y me apretó los pezones con una rudeza que no era propia de ella. Me corrió un escalofrío de la nuca al sacro.
***
Veinte minutos después, los tres estábamos otra vez sobre la alfombra de piel sintética que cubría el piso frente al hogar. Afuera la lluvia se había vuelto un rumor constante, casi tranquilizador, y el calor del fuego nos dejaba la piel naranja y temblorosa. Tomás se había acomodado boca arriba, completamente entregado, y su pene estaba duro otra vez, esperando. Helena lo acariciaba a un costado, dibujándole las venas con la yema del dedo, mientras yo me ubicaba entre sus piernas con el tubo de lubricante en la mano.
—Te toca —le dije, y vi que tragaba saliva.
El gel estaba frío. Le pasé los dedos llenos por el ano y empecé a masajear el anillo despacio, sin apuro, hasta que sentí que cedía. Esta vez no se sobresaltó. Esta vez confiaba. Helena nos miraba con la respiración cortada, y su mano había bajado a su entrepierna casi sin darse cuenta. Le vi los dedos resbalando sobre el clítoris, mojados, en círculos muy lentos. El sonido húmedo se mezclaba con el chasquido de la leña.
—Vas a ver —murmuré.
Le metí el dedo despacio, muy despacio, buscando esa pared anterior, esa pequeña protuberancia que está apenas a un par de centímetros de profundidad. La encontré sin esfuerzo. Apenas la rocé con la pulpa del dedo, Tomás levantó la cadera del piso como si lo hubiera tocado una corriente. Un sonido grave, gutural, le subió desde el pecho. Su pene, que ya era grande, se puso todavía más duro, casi violeta en la punta, y un hilo de líquido transparente le bajó por el costado del glande.
—Dios mío... Renata...
Helena no esperó indicaciones. Se inclinó sobre él y se metió la verga entera en la boca, como si llevara horas queriendo hacerlo. La cabellera rubia le tapaba la cara, su garganta se abría y se cerraba en un ritmo lento y profundo, y la combinación de su boca arriba y mi dedo abajo desarmó a Tomás en cuestión de minutos. Empezó a gemir sin control, las caderas le buscaban a Helena la garganta y a mí el dedo a la vez, sin saber a quién pedirle más.
—Más, por favor, más —le suplicaba a ella, con las dos manos enredadas en su pelo, tirando sin querer.
Aceleré el ritmo del masaje, presioné con un poco más de fuerza, y vi cómo se le tensaba todo el cuerpo. Los abdominales le marcaban una a una las costillas, el cuello se le inflaba, los pies se le doblaban hacia adentro.
—Me voy... me voy a venir... —avisó con voz rota.
—Todavía no —dije, y saqué el dedo de golpe.
Helena entendió la señal y se separó con un chasquido húmedo. Tomás abrió los ojos como si lo hubiéramos traicionado. Su pene le latía contra el ombligo, hinchado, oscuro, casi suplicando.
—Por favor, Renata, te lo ruego.
—Confía —repetí, y volví a meter el dedo, ahora con un ritmo distinto, más decidido, círculos firmes y cortos sobre la próstata. Helena retomó la felación con más hambre. Yo trabajé con la precisión que me dieron mis años en la facultad de medicina: presión variable, movimientos circulares, una mano sobre la pelvis para mantenerlo quieto. Sus gemidos pasaron de ser palabras a ruidos primitivos, sin consonantes.
El final fue una explosión. Le saltó la espalda del piso en un arco que parecía imposible, y se derramó dentro de la boca de Helena con una fuerza que la hizo toser. Ella no soltó. Tragó lo que pudo, y lo que se le escapó le bajó por la barbilla, le pintó los pechos y me llegó a mí también, una gota tibia en la mejilla. Helena temblaba: estaba teniendo su propio orgasmo apretándose la mano contra el sexo, los muslos se le cerraron, ahogó un grito en el pene de Tomás.
***
Tardamos en volver. Tomás respiraba con la boca abierta, mirando el techo de madera con los ojos brillantes. Cuando se dio vuelta hacia mí, casi me hizo llorar.
—Nunca... nunca había sentido algo así —dijo, todavía con la voz astillada—. Es otra cosa.
—Y esto es solo el principio —contesté.
Me incliné sobre Helena y empecé a lamerle el semen del pecho, despacio, sin asco, casi con ternura. Ella gimió otra vez y se le cerraron los muslos, un orgasmo chico le recorrió la espalda. El sabor era el de siempre: salado, denso, masculino. El sabor de algo bien hecho.
Afuera la lluvia bajaba la intensidad, pero seguía. La chimenea seguía ardiendo. Yo tenía planes y todavía nadie los conocía.
***
El descanso duró lo justo. Helena se incorporó antes que ninguno de los dos, con esa energía que aparece cuando una mujer descubre algo y necesita probarlo otra vez para creérselo. Sus ojos azules tenían un brillo distinto. Miraba a Tomás como si lo viera por primera vez, ya no como su pareja sino como un terreno que acababa de abrirse y que quería caminar entera.
Tomás todavía estaba con los ojos cerrados, en una especie de duermevela satisfecha. Su pene seguía siendo una presencia ahí, dormido pero con peso, como un animal grande tomando una siesta. Yo, a un costado, me sentía como una directora de orquesta que acaba de escuchar tocar bien por primera vez en mucho tiempo.
Fue Helena la que se acercó. Se le subió encima despacio, le besó el pecho, los pezones, el cuello, fue bajando con la boca hasta que él suspiró y abrió los ojos. Le pasó las manos por el pelo y la miró.
—Quiero sentirlo otra vez —le dijo Helena bajito—. Pero esta vez yo te lo hago. Yo te llevo.
Tomás sonrió de costado y le dejó las riendas sin discutir.
Helena se acomodó a horcajadas sobre él, las rodillas a los costados de la cintura, y se dejó caer sin prisa sobre el pene que ya empezaba a despertarse. Lo frotó contra ella, contra el clítoris, contra los labios mojados, hasta que el cuerpo de Tomás respondió completo, duro otra vez, latiendo. Entonces se elevó, lo guio con una mano y se lo metió de un solo movimiento, despacio, con los ojos cerrados, una boca abierta.
El gemido que le salió fue largo, sin pudor.
—Estoy llena —dijo, casi para ella—. Estoy llena.
Empezó a moverse en círculos lentos, las manos apoyadas en el pecho de Tomás, el ritmo dictado por la pelvis, no por las piernas. Cada movimiento la hacía respirar diferente. Tomás, debajo, le subía las caderas para encontrarla, le sostenía las nalgas, le miraba la cara con una concentración que daba ternura.
Yo no aguanté quieta. Me arrastré hacia ellos y me tendí al costado, el cuerpo pegado al de Helena. Le tomé un pecho con la boca y empecé a chupar el pezón mientras le bajaba la otra mano al pubis. La encontré ya hinchada, deshecha, mojada. Empecé a frotarle el clítoris con dos dedos en círculos pequeños y rápidos, al ritmo en que ella subía y bajaba.
La triple combinación —Tomás adentro, mi boca arriba, mis dedos en el clítoris— le hizo perder el ritmo. Helena empezó a temblar, primero las piernas, después el vientre, después todo. Gritó sin palabras, un sonido animal que no tenía nada que ver con la mujer educada que conocíamos. Sus paredes vaginales se cerraron sobre el pene de Tomás con tanta fuerza que él gimió alto y se le marcaron las venas del cuello.
Pero ella no paró. Encadenó otro orgasmo encima, y otro, sin parar de cabalgar, cada vez más rápido, las nalgas golpeando los muslos de él con un sonido rítmico y húmedo que se sumaba al fuego.
—No voy a parar —dijo, con la voz transformada—. No voy a parar hasta que me llenes.
Tomás se rindió ahí. Arqueó la espalda, le clavó los dedos en las caderas y se vino dentro, en oleadas largas que ella sintió una a una. Helena cerró los ojos, abrió la boca y se dejó caer encima de él, sin huesos. Los dos respiraban como si hubieran corrido kilómetros.
Yo me retiré despacio. Los miré un rato largo, satisfecha, casi orgullosa.
***
Pero Helena no había terminado. Cuando dejó de temblar, se deslizó hacia abajo, se acomodó entre las piernas de Tomás y le tomó el pene en la boca otra vez. Él gimió, ya excedido, el cuerpo entero le pedía descanso, pero ella fue suave esta vez. No lo estaba despertando: lo estaba limpiando, agradeciéndole, despidiéndose. Le pasó la lengua por todo el largo, se tragó cada gota que quedaba, sin apuro, con los ojos cerrados.
Cuando terminó, se arrastró hacia arriba y se acurrucó sobre el pecho de él. Tomás la abrazó con los últimos restos de fuerza que le quedaban. Yo me sumé al nudo, una pierna por encima, una mano en la espalda de Helena, la otra apoyada sobre el muslo de Tomás. La chimenea seguía adelante con su trabajo, lenta, paciente.
—Esto cambió todo —dijo Helena contra el pecho de Tomás.
—Sí —contestó él, ronco—. Todo.
Yo no dije nada. Los miraba, escuchaba la lluvia volver a apretar afuera, y sabía que tenían razón. Esa noche había abierto una puerta que no se cierra. Y todavía faltaba mucho.