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Relatos Ardientes

El camionero que paró tres noches en nuestro pueblo

Lo cuento ahora, dos años después, porque el verano que aquel camionero paró tres veces en la Parada El Olivar nadie de los que estábamos detrás de la barra volvió a ser el mismo.

Yo era la encargada del bar de carretera. Carolina, cuarenta y un años cumplidos, divorciada y con un proyecto a medias en la ciudad que me sacaría de aquel pueblo en seis meses. Mientras tanto servía cafés, supervisaba el turno de noche y trataba de no acostarme con los camioneros de paso, salvo cuando me apetecía, que era casi siempre.

Lo vi entrar por la puerta de cristal una tarde de junio y supe quién era antes de que pidiera nada. Lo había visto años atrás, cuando trabajaba para Eduardo, el ganadero del valle. Sango Mbao, lo llamaban. Piel oscura como una noche cerrada, alto, espalda de levantador. Aro de oro en el tabique de la nariz, dos diamantes pequeños en las orejas, una cresta teñida de rubio que le caía sobre la frente. Camisa hawaiana abierta hasta el pecho, una alianza pesada y otra de calavera. Vaqueros gastados que marcaban un bulto que parecía exagerado y que, según averigüé después, no lo era.

Yésica, la pequeña, levantó la vista de su bandeja y se le quedó mirando con la boca medio abierta. Veintidós años cumplidos, tetona, tatuaje gótico en el antebrazo, mechas rubias mal hechas, piercing en el labio. Vino corriendo a la barra.

—¿Lo conoces? —me preguntó.

—De vista.

—Mi amiga dice que una no se puede morir sin haberla probado de un negro.

—Pues ya tienes excusa.

Le sonreí porque sabía cómo iba a terminar la noche. Sango se sentó en una mesa del fondo a esperar el cierre. La conozco a Yésica, las miradas no engañaban. Cuando dieron las dos, despaché al cocinero y al otro camarero, le dije a Yésica que cerrara ella y subí al piso del primer alto, que entonces compartíamos. La oí abrir la puerta trasera. La oí subir con él.

Lo que pasó esa noche me lo contó por mensaje a las dos y media de la madrugada, con un selfie de medio cuerpo manchado y la mano de él dormida al lado, junto al envoltorio de un preservativo XL. Que apenas cerró la puerta del cuarto él la agarró del pelo y le metió la lengua hasta la campanilla mientras le arrancaba la blusa. Que le sacó las tetas del sujetador y se las mordió hasta dejárselas moradas, chupándole los pezones como si quisiera vaciárselos. Que se la desnudó de un tirón, la tumbó boca arriba y le clavó la boca en el coño sin preámbulos, chupándoselo entero, metiéndole la lengua hasta dentro y comiéndoselo con hambre atrasada hasta hacerla correrse dos veces gritando contra la almohada. Que después se sacó la polla y ella se quedó quieta, sin saber por dónde empezar, porque era una verga negra, gruesa, curvada, con los huevos pesados colgándole; que apenas le cabía en la mano, que la punta le llegaba al codo y el glande le brillaba de líquido preseminal. Que se la mamó como pudo, ahogándose, con saliva chorreándole por la barbilla hasta las tetas, mientras él le sujetaba la cabeza y le follaba la boca a su ritmo. Que cuando quiso montarla no entraba, que tuvo que embestir tres veces contra su coño hasta abrirla del todo, y que del cuarto empujón sintió que se le partía por dentro. Que la puso a cuatro patas, le agarró las caderas y la empaló hasta las pelotas, dando golpes secos que sonaban a carne mojada contra el culo. Que le escupió en el ojete y le metió el pulgar mientras seguía taladrándola. Que le habían llamado El Pistón y que ya entendía por qué. Que se corrió dentro del condón como un toro y aun así, cuando se lo sacó, chorreaba semen por los lados, blanco y espeso, y ella se quedó con las piernas abiertas sin poder cerrarlas del ardor.

Le contesté riéndome desde la cama. No me reía con desprecio. Me reía de envidia, aunque entonces todavía no quería reconocerlo.

***

A Sango ya lo conocía la zona desde antes. Volví a saber de él porque los Cuervos —la banda de moteros del polígono— lo habían adoptado meses atrás, cuando un tal Rubén, el cabecilla, se le partió la moto en una secundaria y Sango paró el camión y se la cargó hasta el taller. Desde entonces lo invitaban a sus comidas en aquel galpón medio derruido que tenían alquilado.

Esa misma tarde, antes incluso de aparecer por la parada, había estado allí. Me lo contó él mismo, semanas más tarde, cuando ya no le quedaba nada que disimular. Había una motera llamada Mónica que andaba en el grupo desde los tiempos de las Lobas. Cuarentona, alta, melena entrecana, los pechos cargados y un balanceo lento al andar que, según ella decía, ponía a cualquiera de los suyos. Sango cruzó dos miradas con ella y supo que iba a salir del galpón con la bragueta abierta.

Salieron a dar una vuelta por unos matorrales que había detrás del descampado. Mónica fue directa, como suelen serlo las mujeres que ya no tienen tiempo que perder.

—Los negros la tenéis más grande —le dijo, encendiendo un cigarrillo.

—Es innegable. Y seguro que ya lo has comprobado.

—Enséñamela.

Sango se abrió la bragueta y se la sacó ahí mismo, contra la tapia. Mónica soltó el cigarrillo, se puso de rodillas en la tierra y se la metió en la boca sin decir palabra. Le lamió los huevos uno por uno, escupió sobre el glande y se lo tragó hasta la garganta, mientras Sango le agarraba la nuca y le empujaba la cara contra su vientre. La motera babeaba, se atragantaba, se sacaba la polla brillante para respirar y volvía a metérsela. Cuando los Cuervos los oyeron, fueron uno detrás de otro a mear contra el matorral del lado para mirar. Sango no solo no les dijo nada, sino que se giró hacia ellos antes de empotrarla, como un gladiador antes de la estocada. Le levantó la falda a Mónica, le arrancó las bragas de un tirón y le vio el coño mojado, gordo, abierto de deseo. La puso a cuatro patas en la tierra, se escupió en la mano, se la untó en la verga y se la clavó hasta las pelotas de un solo empujón. Mónica soltó un aullido que se oyó en todo el descampado. Sin condón, como ella había pedido con la mirada. La folló durísimo, agarrándola del pelo como si fuera una brida, embistiéndola de tal manera que las tetas le rebotaban fuera del chaleco y los muslos le temblaban del esfuerzo por aguantar el peso. Le metía dos dedos en la boca para que se los chupara, se los sacaba y se los mordía en la espalda. Los Cuervos aplaudían en silencio, meándose sin apuntar, algunos ya con la polla en la mano. Cuando Sango se acercó al final, tiró la cabeza de Mónica hacia atrás y le gruñó al oído que se corría dentro. Ella dijo que sí, casi rezando, y él le vació todo lo que llevaba encima en el fondo del coño, empuje tras empuje, sin sacarla, hasta la última gota. Cuando se retiró, la corrida le chorreaba a Mónica por los muslos hasta las botas. Después salió a mear a un metro de ella, que se abría el coño con dos dedos para que escurriera lo que pudiera, y se subió al camión silbando.

Esa fue la fama que se trajo a la Parada El Olivar dos noches después. La que despachó a Yésica como un trámite y la que, sin saberlo todavía, lo iba a llevar a Andresito.

***

Andresito tenía veintidós años y era el camarero del turno de tarde. Pequeñito, lampiño, dulce de cara, con coleta y una manera de andar que él no controlaba y que en el pueblo le había costado más de un mote. Era buena persona, un trabajador serio, y yo lo defendía cada vez que algún cliente se pasaba.

Sango volvió tres días después, recién duchado, con una camiseta negra ajustada y una colonia barata que se había comprado en una gasolinera. Pasó al lado de Yésica sin mirarla siquiera. Se sentó en una mesa de las que servía Andresito.

—Tienes un camión muy chulo —le dijo el chico al recoger los platos.

—Volvo FH16, seiscientos caballos. ¿Te gustan los camiones?

—Mucho.

—No me lo esperaba de un mariconcete guapo como tú —contestó Sango, y se levantó haciendo que el bulto le pasara cerca de la cara.

Andresito se quedó sin palabras. No salió corriendo. Tampoco dijo nada. Se fue al baño. Yo lo vi entrar y vi cómo Sango entraba detrás. Lo que pasó dentro me lo contó él mismo semanas después, en la cocina del bar, entre sollozos y con la vista clavada en el fregadero. Sango cerró el pestillo, lo empujó contra el lavabo y le bajó los pantalones del uniforme sin preguntar. Le sacó la polla y comprobó, con media sonrisa, que la tenía dura desde el primer segundo. Se abrió la bragueta y se la puso delante de la cara. Andresito, arrodillado en las baldosas mojadas, abrió la boca y se dejó ahogar. Sango le metió la verga entera hasta el fondo de la garganta, le sujetó la cabeza y se la folló despacio, mirándose al espejo mientras el chico babeaba y lagrimeaba. Cuando volvió a la barra, Andresito traía la mirada baja y el cuello rojo. Una hora más tarde, cuando libraba, Andresito se subió al camión con él «para que lo acercara a Villasanta del Río».

Lo de Villasanta nunca pasó. Sango cogió un desvío hacia un pinar a las afueras y allí pararon. Andresito me lo contó él mismo semanas después, en la cocina del bar, llorando bajito. Se metió en la litera de la cabina, vio las fotos de la mujer y los cuatro hijos de Sango pegadas en el contrachapado, y aun así se desnudó. Sango se desnudó también, y la polla le colgaba a media asta, gorda y venosa, apuntando al muchacho como una acusación. Le hizo mamársela primero, hasta que se le puso dura del todo, hasta que a Andresito le entraron arcadas de la profundidad a la que se la metía. Después lo tumbó boca arriba, le levantó las piernas por encima de los hombros y le empapó el culo de vaselina. Le metió un dedo, luego dos, luego tres, hasta oírlo gemir. Le dijo que se montara encima, que se abriera él solito, y Andresito lo hizo, temblando, agarrándose la polla enorme con las dos manos y bajándose despacio, con la cara descompuesta de dolor. A la primera embestida entró solo la cabeza, un anillo de carne negra pasando el esfínter. A la segunda, la mitad. A la tercera, Sango le agarró las caderas y tiró hacia abajo, dejándolo hundirse hasta el fondo. Andresito gritó al sentirlo entero por primera vez, un grito ahogado que rebotó dentro de la cabina. No le pidió que parara. Sango empezó a follárselo desde abajo, empujando con las caderas, cada embestida chocando contra sus nalgas con un ruido húmedo. Le agarró la polla al chico y se la meneó al ritmo del empuje, hasta que Andresito se corrió sobre su propio vientre en chorros gruesos, retorciéndose empalado. Cuando Sango terminó dentro, con un rugido bajo que le salió del pecho, Andresito lloraba sin moverse, con las manos agarradas al techo de la cabina y la semilla del camionero escurriéndole por dentro de los muslos.

—Bonito sitio —fue todo lo que se le ocurrió decir cuando lo dejó dos calles más allá del pueblo.

Andresito caminó hasta su casa apretando los muslos. Yo lo supe sin preguntar, por la cara con la que apareció al día siguiente.

***

El segundo regreso de Sango, una semana después, fue cuando todo se le torció. Entró con su andar de animal acostumbrado a ganar y se sentó en una mesa donde me tocaba servir a mí. Le tomé el pedido sin sonreírle. Me tenía vista, dijo, de antes, con más glamour. Tenía razón. Hacía cinco años yo trabajaba en la oficina de Eduardo el ganadero y Sango lo había visto entrar en mi despacho más de una vez. Sabía perfectamente quién era yo.

—Andresito hoy no está —dijo con media sonrisa al traerle el plato—. Igual está embarazado.

—No sé, tú lo sabrás mejor que nadie —le contesté—. Ya pariste tú.

Lo solté con una calma que me sorprendió a mí misma. Sango cerró la boca y la mandíbula a la vez. Por un segundo pareció más pequeño.

—Si mal no recuerdo —añadí—, fue Eduardo el que te puso a ti de rodillas. Y por eso desapareciste del valle dos años.

Se levantó sin terminar el café. Antes de salir a la calle me dijo:

—Esta noche hablamos.

—Hay fiesta en el pueblo. Si quieres encontrarme, ven a la plaza.

***

Apareció hacia las once. Camisa hawaiana abierta, los focos del Volvo encendidos en la calle de atrás, la colonia barata. Caminaba como si la plaza entera fuera suya y, de hecho, los pocos vecinos que había se quedaron mirando. Me encontró en la barra improvisada al lado del escenario.

—Tenemos algo en común contigo, parece —le dije.

—Eduardo —contestó él.

—A mí me costó la oficina. A ti te costó dos años fuera del país. A los dos nos costó algo más.

Hablamos un rato. Yo le contaba de mi proyecto en la ciudad, él me contaba que en quince días volvía a Lutanga y que no sabía cuándo regresaría. Andresito pasó a lo lejos, andando torpe, y Sango le gritó algo que no debió gritarle. Le dijo, delante de mí, que si no le bajaba la regla que lo llamara, que él aceptaba las consecuencias. Andresito se sonrojó hasta la coleta y se fue.

—Eres un cabrón —le dije.

—Soy lo que soy.

—Y aun así soy tu mejor opción esta noche.

—Lo sé.

Subimos a mi piso. La música de la plaza llegaba en oleadas por la ventana abierta. Empezó con un bolero antiguo, de esos que ponen en todas las verbenas porque las abuelas todavía bailan. Sango me besó contra la puerta antes de cerrarla, me bajó los tirantes del vestido y me sacó los pechos. Tenía las manos calientes y la boca paciente, lo que no me esperaba de él. Me chupó los pezones uno a uno, dándome mordisquitos que me hacían apretar los muslos, mientras me subía el vestido por las caderas y me metía la mano dentro de las bragas. Encontró que estaba empapada y sonrió contra mi cuello.

—Llevas horas mojada.

—Desde que te vi entrar al bar la primera vez.

Me llevó a la cama sin dejar de besarme. Me terminó de desnudar y se arrodilló entre mis piernas. Me abrió el coño con los pulgares y se lo comió despacio, chupándome el clítoris, metiendo la lengua entera dentro, ensartándome con dos dedos hasta encontrar el punto que me hizo curvar la espalda del colchón. Me comió el coño como si le pagaran por ello, con paciencia de vieja escuela, hasta que me corrí en su boca agarrándole la cresta rubia con las dos manos. Cuando levantó la cara la tenía brillante de mí. En la litera nadie le había pedido paciencia y él tampoco la había ofrecido. Conmigo, esa primera media hora, fue casi otro hombre.

Después dejó de serlo.

Se desnudó de pie al lado de la cama y por primera vez le vi la polla entera, en plena luz. Era exactamente como me la habían descrito y aún más. Negra, gruesa como mi muñeca, curvada hacia arriba, con las venas marcadas y unos huevos pesados que le colgaban entre los muslos. Me arrodillé al borde del colchón y se la agarré con las dos manos, apenas cubriéndola. Se la mamé con hambre, saboreándola, dejándola resbalarme por la lengua, tragándomela hasta donde pude y masturbándole el resto con la mano. Sango me sujetó la cabeza y me marcó el ritmo, follándome la boca despacio primero y luego más rápido, hasta que me atraganté con lágrimas en los ojos. Cuando me apartó, un hilo de saliva me colgaba del mentón a la punta de su verga.

—Ponte de rodillas —me dijo.

Me hizo arrodillarme al borde del colchón, escupió sobre el glande, me abrió con las dos manos y entró de una sola estocada hasta el fondo. Grité contra las sábanas. No le pedí condón. Sabía lo que estaba haciendo y sabía que llevaba un DIU desde hacía años. Sango empujó como si llevara cinco años sin descargar, agarrándome de las caderas con los dedos clavados, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar de una vez, una y otra vez, tan hondo que sentía la punta pegándome en algún sitio que nunca me habían tocado. La cama chocaba contra la pared al ritmo de los cohetes de la plaza. Me tiró del pelo hacia atrás, arqueándome la espalda, y me susurró al oído todas las guarradas que se le ocurrieron: que era una perra fina disfrazada de encargada, que se lo había querido comer desde que le serví el café, que iba a dejarme el coño roto para el próximo, que se lo dijera. Yo le decía que sí a todo, gimiendo, corriéndome ya en la tercera embestida, moviendo el culo hacia atrás para clavármela más adentro. Me dio la vuelta boca arriba, me abrió las piernas por encima de sus hombros y volvió a metérmela sin transición, follándome ahora mirándome a la cara, con la cresta rubia cayéndole sobre los ojos y una sonrisa de perro rabioso. Me agarró las tetas, me pellizcó los pezones, me dio un cachetazo suave en la mejilla que me hizo temblar entera. Cuando me vine por segunda vez, se me escapó un grito que debió oírse en media plaza por encima de los cohetes. Él aguantó un poco más, cambiándome a caballito encima suyo, empalándome desde abajo mientras yo le rebotaba las tetas en la cara. Al final me tumbó boca abajo, me abrió las nalgas con las manos y me la clavó otra vez desde atrás, casi tocándome el culo con los huevos en cada embestida. Se corrió en el último segundo, se echó hacia atrás, me la sacó y me lo soltó en la espalda baja en chorros gruesos y calientes que me llegaron hasta la nuca, rugiendo como un toro herido. Se dejó caer a mi lado jadeando, con la polla todavía dura brillándole del líquido de los dos.

Quince minutos después salía del portal, abrochándose la camisa con una sola mano. En la plaza ya cuchicheaban. Yo lo oí desde la ventana. «La encargada, sí. La que se rumoreaba. Ahora con el negro del camión». Sango se paró en una caseta de regalos y compró un par de muñecas de plástico para sus hijas.

Volvió al Volvo silbando. Encendió los focos, dio un bocinazo y se metió en la autopista.

***

No volví a verlo. Una semana más tarde dejé el bar y me mudé a la ciudad. Yésica se quedó un tiempo más, pero ya no era la misma chica de mayúsculas y selfies. En septiembre se mudó al pueblo de su madre. Andresito se cogió una baja larga y nunca terminó de volver del todo. Mónica, la motera, según los Cuervos, quedó embarazada y resolvió el asunto sin contárselo a nadie.

Yo no me quejo. No lo busqué a Sango, pero tampoco lo eché. Esa noche supe que me estaba acostando con un hombre que se acostaba con todo lo que se le pusiera por delante, y aun así me lo llevé arriba. Lo cuento ahora porque dos años después, cuando alguien menciona en mi nuevo trabajo aquellos pueblos del este, se me pone una sonrisa que prefiero no explicar.

A los hombres como Sango los odiamos por la facilidad con la que nos cruzamos en su camino. Pero me cuesta no admitir que aquel verano, antes de que él volviera a Lutanga con sus cuatro hijos, su mujer enorme y sus apagones de cobertura, me hizo sentir más viva de lo que me había sentido en cinco años detrás de aquella barra de carretera.

Y eso, supongo, es la confesión.

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Comentarios(8)

Inquieto68

Tremendo relato!!! me enganché desde la primera linea y no pude parar. Esperando lo que pasó las otras dos noches.

Turista_ok

y qué paso la segunda noche?? no me dejes así jajaja

Fernanda_sur

Me encantó como lo narrás, se siente que fue real. Ese tipo de veranos quedan marcados para siempre.

RafaelQro

La forma en que empeza con Yesica subiendo las escaleras... tremenda entrada. Muy bien escrito.

Rosy78

buenisimo!!! quiero la continuacion por favor

Pamela_cba

Me recordó a epocas de trabajo en lugares de ruta, esos personajes que aparecen y desaparecen dejando todo revuelto. Muy buena historia.

Dani_88

Que buen comienzo, ya me imagino como sigue. Escribi mas!

CarlitosBaires

Excelente, de los mejores relatos de confesiones que lei acá. La atmosfera del pueblo chico está perfecta.

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