La despedida que mis profesoras me prepararon a los 18
Me llamo Tomás y vivo en Berlín desde hace casi dos décadas. Lo que voy a contar pasó en Valencia, en el verano de 2002, cuando tenía dieciocho años recién cumplidos y acababa de aprobar la selectividad para entrar en Química. Lo escribí entonces en un cuaderno de tapa dura y, con los años, lo pasé a un archivo del ordenador. Por eso puedo recordarlo casi entero.
Era un chaval tímido como pocos. No había bailado con una chica, no había rozado una mano por descuido, no había puesto un pie en una discoteca. Mis amigos me lo recordaban cada fin de semana y yo cambiaba de tema. Lo único que me ocupaba la cabeza, aparte de la timidez, eran las dos asignaturas en las que cojeaba: matemáticas e inglés. Para las dos, mis padres me habían contratado profesoras particulares.
La de matemáticas se llamaba Beatriz. Tenía treinta y un años, era rubia, con los ojos de un azul muy claro y un pecho que yo intentaba no mirar y miraba todo el rato. Llevaba dos años viniendo a casa los martes y los jueves. La de inglés, Helena, era italiana, vivía en Valencia desde la universidad y daba clases en su propio piso del Carmen. Tenía la misma edad que Beatriz, una boca enorme y una colección de vestidos cortos que me hacían perder la noción del condicional.
Aquel sábado de junio era el último día de Beatriz en España. Le habían ofrecido un puesto de investigadora en un laboratorio de Boston y se iba en avión esa misma tarde. Yo le había comprado un frasco de perfume y unos pendientes de plata para agradecerle todo. Cuando llamó al telefonillo dos horas antes de lo acordado, pensé que venía a darme prisa.
—No tenías que haberte molestado —dijo cuando le di la bolsa.
Sonrió mirando los pendientes. Luego dejó la bolsa en la mesa de la cocina y se quedó quieta delante de mí, con las dos manos en los bolsillos del pantalón.
—Yo también te he traído algo —dijo—. Y si te incomoda, me marcho y nadie tiene que enterarse.
No le contesté. Me había quedado sin saliva.
—No has parado de mirarme el escote en dos años. Hoy te dejo verlo de verdad. Y algo más, si te atreves.
Se quitó el pañuelo del cuello y, debajo, la camiseta fina que llevaba. Apareció un sujetador rosa palo, casi del color de su piel. Se lo desabrochó por delante con un gesto que ya tenía aprendido. Por un segundo no supe qué hacer con las manos. Le miré las tetas como si fueran un examen que tenía que aprobar y suspender al mismo tiempo: grandes, redondas, con los pezones rosados y duros, y una pequeña peca debajo del izquierdo.
—Puedes tocarlas. No muerden.
Se las toqué con dos dedos, como si fueran de cristal. Después con la palma entera. Se las sopesé, se las apreté, y noté cómo los pezones se le ponían todavía más duros contra la yema de mi pulgar. Beatriz cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Le pellizqué un pezón entre el índice y el pulgar y ella soltó un gemido corto, sorprendido, como si no hubiera esperado que aprendiera tan rápido. Yo notaba cada centímetro de la propia ropa que llevaba puesta, sobre todo el de la cremallera, que se me clavaba con la polla ya completamente empalmada por dentro del calzoncillo. Llevaba un buen rato sin mirar hacia abajo y, cuando lo hice, ella ya lo estaba mirando.
—¿Eso es todo tuyo?
Asentí sin entender muy bien la pregunta. Beatriz se rio con la boca cerrada. Me desabrochó el cinturón, el botón, la cremallera, y bajó pantalón y calzoncillos a la vez hasta los muslos. La polla me saltó hacia arriba, tiesa, con la punta ya húmeda.
—Madre mía, Tomás. Dos años explicándote integrales y no me había fijado en esto. La tienes enorme, cariño. Enorme y gorda.
Me la cogió con la mano derecha, entera, y me apretó despacio, midiéndomela. Con el pulgar me extendió la gota de líquido que me asomaba por la punta y me la untó por todo el glande. Yo apreté los dientes para no correrme allí mismo, contra la pared del recibidor, sin haber empezado nada.
Se arrodilló sin pensárselo. Me miró la polla muy de cerca, casi con curiosidad de laboratorio, y sacó una lengua larga y rosa. Empezó por debajo, por los huevos, lamiéndomelos uno primero y después el otro, metiéndoselos enteros en la boca. Después subió por el tronco con la punta de la lengua, muy despacio, dibujándome la vena gorda que tengo por debajo. Cuando llegó al glande, cerró los labios alrededor y bajó de golpe hasta la mitad.
Notar su boca por primera vez en la vida fue como meter la mano en agua muy fría: el cuerpo entero se me desordenó. Lo recuerdo así, sin literatura. Ella subía y bajaba la cabeza, despacio, tragándose cada vez un poco más, sacándomela hasta la punta, escupiéndome encima y volviendo a metérsela entera. Se ayudaba con la mano en la base, apretándome, retorciéndome la piel al mismo tiempo que la boca chupaba. Hacía ruidos de saliva, ruidos de garganta, y de vez en cuando levantaba los ojos azules para mirarme sin dejar de mamármela. Yo, contra la pared del recibidor, con un pendiente de plata todavía en la mano izquierda y la otra apoyada en su pelo, intentaba no caerme.
Esto no me está pasando a mí.
Estaba seguro de que iba a correrme en treinta segundos. Cuando me masturbaba en mi cuarto, viendo vídeos en el ordenador, apretaba mucho la mano y todo terminaba muy rápido. Con Beatriz, en cambio, no se acababa nunca. No sé si fue por los nervios, por la incredulidad o porque me había hecho promesas a mí mismo, pero pasaban los minutos y yo seguía aguantando. Ella se la sacaba de la boca, escupía un hilo largo sobre el glande, se lo repartía con la mano y volvía a tragármela. Me tocaba los huevos con la otra mano, me los pesaba, me los apretaba muy despacio.
—Vamos a tu habitación —dijo levantándose, con los labios brillantes y una gota de saliva colgándole todavía de la barbilla—. Quiero esta polla dentro.
***
Mis padres se habían ido el día entero a una boda en Alicante y volvían tarde. Soy hijo único. La casa entera era nuestra y nunca me había sentido más pequeño dentro de ella. Beatriz se quitó los pantalones y las bragas y se puso de rodillas en mi cama, dándome la espalda. Le vi el culo por primera vez: blanco, redondo, con las dos nalgas separadas por una línea rosada y, más abajo, el coño hinchado, abierto, brillante de lo mojada que estaba. Le colgaba un hilo transparente del interior.
—No tengo preservativos —dije con un hilo de voz.
—No hace falta. Estoy con anticonceptivos. Y eres mi último regalo de despedida, no quiero que se interponga nada. Quiero notarte a pelo. Quiero notar cómo te corres dentro de mí.
Hice lo que mejor pude. Me arrodillé detrás de ella, me cogí la polla con la mano y se la restregué por los labios del coño, arriba y abajo, empapándome con lo que ella ya tenía chorreando. La punta se me hundía sola. Empujé despacio y noté cómo se abría, cómo me tragaba centímetro a centímetro, muy caliente y muy apretada por dentro. Beatriz gritó cuando llegué al fondo y se aplastó la cara contra la almohada.
—Ay, dios. Ay, dios. Fóllame, Tomás. Fóllame fuerte.
Lo más raro fue que ella gritaba como si yo supiera lo que estaba haciendo, cuando en realidad iba copiando a tientas lo que había visto en una pantalla. La agarré por las caderas y empecé a metérsela y sacársela con embestidas largas, viendo cómo mi polla salía brillante y volvía a hundirse entera. Le miraba la espalda, los hombros, el lunar enorme que tenía en la cintura, el modo en que las tetas le colgaban y se balanceaban bajo su cuerpo al ritmo de mis golpes. Le miraba la cara reflejada en el armario de espejos que tenía enfrente. Se mordía el labio inferior de un modo que no he olvidado nunca. Cada vez que le llegaba al fondo, se le escapaba un gemido gutural, y el coño se le contraía alrededor de mí como si intentara ordeñarme.
—Más, más, más —repetía—. Rómpeme. Ábreme.
Me llevé el pulgar a la boca, lo empapé de saliva y se lo apoyé sobre el culo. Ella se abrió más las nalgas con las manos, sin dejar de recibirme el pollazo, y yo le hundí el pulgar en el ojete al mismo ritmo que le follaba el coño. Beatriz soltó un aullido que no había oído antes.
—Ahí, ahí, ahí. Así se folla, cariño.
Cuando me dijo que parase porque ya no aguantaba más, se giró, me empujó con la mano abierta hasta dejarme tumbado, y se sentó encima de mí a horcajadas mirándome a los ojos. Se la agarró y se la metió ella misma, despacio, sentándose hasta abajo con un gemido largo. Le pesaban los pechos sobre mis manos. Se los apretaba yo, se los pellizcaba, se los sacudía mientras ella subía y bajaba, cabalgándome cada vez más rápido, con las manos apoyadas en mi pecho. Decía cosas que mezclaba con su nombre y con el mío y con palabras que nunca le había oído decir: guarra, puta, polla, corrida. Yo seguía sin correrme, y eso le hacía gracia.
—Eres un chico con suerte —dijo, jadeando—. Pero la suerte no sirve de nada si no la sabes usar.
Se echó hacia atrás, apoyó las manos en mis muslos y arqueó la espalda, dándome una vista completa de sus tetas rebotando y de mi polla entrando y saliéndole del coño abierto. Se llevó la mano derecha al clítoris y empezó a frotarse ella misma, mordiéndose el labio, con la respiración cada vez más entrecortada. De pronto se quedó rígida, apretó las rodillas contra mis costados y soltó un grito ahogado. Noté cómo el coño le latía en oleadas alrededor de mí, apretándome, soltándome, apretándome otra vez. Se le desplomó el cuerpo sobre el mío y me mordió el hombro para no gritar más.
Cuando finalmente noté que ya no podía contenerme, ella me empujó hasta sentarme. Se puso de rodillas en la alfombra y se la metió en la boca un instante. No le dio tiempo. Se la sacó justo a tiempo, con la mano meneándomela a toda velocidad, la boca abierta, la lengua fuera. Le caí en la cara, en el pecho, en el pelo rubio. El primer chorro le cruzó la frente. El segundo le entró en la boca. El tercero, el cuarto, el quinto le cayeron encima de las tetas y le resbalaron entre los pezones. Una cantidad que a mí mismo me sorprendió. Beatriz se rio con los ojos cerrados, se pasó dos dedos por la barbilla recogiendo el semen y se los chupó.
—Voy a llegar a Boston con esto encima —dijo limpiándose con un pañuelo de papel—. Mejor recuerdo, imposible. Y qué gusto de leche, cariño.
Se vistió delante de mí, sin esconderse. No me besó en ningún momento. Antes de salir de la habitación se giró desde la puerta y me dijo, muy seria:
—Empieza a salir, Tomás. No eres guapo. Pero hoy he visto cosas. Vas a hacer feliz a alguna chica.
Y se fue.
***
Dos días después tocaba despedida con Helena. Ella también se marchaba: una empresa la había llamado desde Bolonia y había dicho que sí. Le compré un perfume y una pulsera de plata, casi por inercia, sin atreverme a pensar que pudiera repetirse lo mismo. Subí a su piso del Carmen a las cinco de la tarde, con el regalo en una bolsa pequeña y el cerebro en otra cosa.
Su piso olía a lavanda y a calor encerrado. El aire acondicionado se había estropeado por la mañana, me dijo. No quería abrir las ventanas porque entraba el ruido de la calle, así que estaba descalza, con un vestido finito y los hombros brillantes de sudor. Se le marcaban los pezones a través de la tela: no llevaba sujetador. Me dio dos besos en la cara. Después, dos besos pequeños en la boca. Después uno más largo, con la lengua, sujetándome la nuca con las dos manos.
—Hoy tengo dos noticias —me dijo, con la boca todavía pegada a la mía—. La mala es que dejo de ser tu profesora. La buena es que voy a enseñarte algo distinto.
Me llevó al salón. Se arrodilló delante de mí y me bajó los pantalones con una calma que Beatriz no había tenido. Me sacó la polla de los calzoncillos, ya dura, y se quedó un momento mirándola de cerca, sonriendo.
—Madonna santa. La signora Beatriz me tenía escondido esto.
Se la metió en la boca despacio, como probando. Su boca era enorme y aun así me chupaba sin meter casi nada, como si tuviera miedo de atragantarse. Me lamía el glande con la punta de la lengua, describiendo círculos, y luego se lo metía entero y lo apretaba con los labios. Con la mano me acariciaba los huevos, me tiraba muy suavemente de ellos, me los rodaba entre los dedos. Levanté la mano para acariciarle la nuca y no me atreví a apretar.
—Quítame el vestido —me dijo entre risas, con un hilo de saliva colgándole del labio.
Lo desabroché desde arriba hasta abajo. Debajo no llevaba nada más que unas bragas negras muy pequeñas. Sus tetas eran más chicas que las de Beatriz pero altas, con los pezones morenos y grandes como monedas. Le quité el sujetador con torpeza, todavía un misterio para mis dedos —no llevaba, pero me equivoqué con el broche de la propia tela. Las bragas, en cambio, salieron solas, resbalándome por sus muslos. Debajo tenía una franja de vello negro muy recortado, apuntando al coño. Helena se sentó en una silla de madera con reposabrazos y subió la pierna derecha al brazo de la silla, abriéndose entera para mí.
—Hoy es la clase práctica —dijo—. Vas a aprender a saber cuándo una mujer está caliente. Pasa la lengua. Despacio. Después mete el dedo corazón. Quiero que aprendas a notar la diferencia entre una chica nerviosa y una mujer dispuesta.
Me arrodillé entre sus piernas. Le pasé la lengua desde abajo hasta arriba, muy despacio, como me había dicho. Sabía a sal, a algo caliente y limpio. Los labios del coño se le hinchaban al contacto y se abrían solos. Cuando llegué al clítoris —un botoncito duro escondido en el capuchón— lo rocé con la punta de la lengua y ella se estremeció entera.
—Ahí, cariño. Ahí. Chupa. Chupa despacio.
Cerré los labios alrededor del clítoris y chupé. Helena soltó un grito y me apretó la cabeza contra ella. Le metí el dedo corazón, como me había pedido. Estaba dentro caliente, muy resbaladiza, con un tejido rugoso arriba que ella me guio a tocar apretándome la muñeca.
—Ahí. Ese punto. Muévelo. Como si me llamaras. Sí, así. Así.
Helena me corregía con palabras cortas: un «más arriba», un «más despacio», un «con dos dedos». Cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás cuando algo le funcionaba. Le metí también el dedo índice y empecé a bombeárselos mientras le comía el coño, chupándole el clítoris con más y más ganas. Le noté cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cabeza, cómo el coño le empezaba a apretarme los dedos en oleadas. Cuando terminó de correrse —tardamos lo que dura una canción larga— me cogió del pelo y me incorporó. Yo tenía la cara empapada, la barbilla brillante, la boca todavía con su sabor.
—Métemela —dijo, levantándose y apoyándose con las manos en el respaldo de la silla, sacándome el culo—. Rápido. La quiero dentro ya.
***
De pie, detrás de ella, fui mucho menos tímido que dos días antes. Le agarré la cadera con la mano izquierda y con la derecha me guie la polla hasta encajarla en la entrada del coño. Empujé de un solo golpe y ella soltó un jadeo largo. No sé si era por Beatriz, por el calor del piso o por la voz de Helena, que decía las cosas con un acento italiano que las hacía sonar a otro idioma. Lo cierto es que arranqué muy rápido y ella tuvo que sujetarme la cadera.
—Despacio, despacio —dijo en italiano y luego en castellano—. Lo tienes muy ancho. Déjame acostumbrarme, cazzo.
Fui bajando el ritmo, hundiéndomela entera y quedándome quieto en el fondo, dejando que ella respirara. Después empecé a moverme otra vez, con estocadas largas y profundas, tirando de sus caderas hacia atrás para clavársela hasta los huevos. Le veía el culo tembloroso a cada golpe, los labios del coño que se me pegaban a la polla al salir. Le di un cachete en la nalga y ella soltó una carcajada.
—Otro. Más fuerte.
Le di otro. Le quedó la marca de mi mano en rojo.
Probamos varias posturas. Ninguna era el misionero. La tumbé sobre la mesa del salón, boca abajo, y se la metí desde atrás con las piernas cerradas, tan apretada que me costaba entrar. La levanté después contra la pared, con una pierna suya sobre mi codo, y se la clavé a golpes mientras ella se agarraba de mis hombros y me clavaba las uñas. Nos pasamos al sofá y ella se puso a cuatro patas, con la cara hundida en un cojín, gritando en italiano cosas que no entendía pero que le hacían apretar más el coño alrededor de mí. Entendí más tarde que ese tipo de mujer —la que de verdad se atreve con un alumno de dieciocho años en su propio salón— no quiere ser mirada a la cara durante el sexo. Quiere ser tomada. Quiere mirar al espejo. Quiere mirarse las manos apretando un mueble.
En un momento determinado, Helena se sentó en la silla y me hizo arrodillarme. Me cogió la cabeza y me hundió la cara entre sus muslos. Le comí el coño otra vez, ahora con más seguridad, chupándole el clítoris y follándosela con tres dedos hasta que empezó a gemir con la boca abierta y a temblar entera. Tenía los ojos muy abiertos, muy negros, y la boca apretada en una mueca que oscilaba entre el placer y otra cosa. Cuando se corrió por segunda vez me empapó la barbilla y el cuello con un chorro caliente que no supe explicar. Ya no soy el chaval que llamó al telefonillo a las cinco, pensé. Era otra cosa, todavía sin nombre.
Me hizo tumbarme boca arriba en la alfombra y se sentó a horcajadas sobre mí, de espaldas, apoyándose con las manos en mis rodillas. Empezó a botar sobre mi polla como si la montara, con el culo golpeándome los muslos, gimiendo en italiano cada vez que me llegaba al fondo. Yo le miraba el ojete apretado justo encima de mi polla entrando y saliendo, y le apoyé el pulgar allí, sin empujar, solo apretándole. Ella se giró un instante y me miró por encima del hombro con una sonrisa perversa.
—Otro día, ragazzo. Otro día te dejo probar por ahí. Hoy no.
Cuando avisé de que iba a correrme, ella se levantó de un salto y se puso de rodillas sobre la alfombra. Me cogió la polla con las dos manos y empezó a meneármela a toda velocidad, apuntándomela hacia su cara.
—Quiero saber a qué sabes —dijo, riéndose con una risa que me pareció escandalosa—. Dámelo todo. Todo.
No le dio tiempo a abrir la boca. Le caí en la barbilla, en el cuello, en uno de los pechos. El primer chorro le cruzó la mejilla y le quedó colgando del pelo. El segundo le entró en la boca abierta. Los siguientes le mancharon las tetas de arriba abajo. Ella siguió meneándomela hasta la última gota, apretándome desde la base, sacándome hasta lo último. Después se metió mi glande en la boca y me chupó despacio, limpiándome, hasta que me tembló todo el cuerpo de sensibilidad. Me miró con una ceja levantada y me dijo, en italiano, algo que sonaba a pregunta y a respuesta a la vez. Después añadió, ya en castellano:
—Tu profesora de matemáticas y yo deberíamos haber hablado más a menudo.
***
Pasé las semanas siguientes intentando entender qué me había pasado. Por fin me atreví a contárselo a mis amigos: a Andrés, a Luis, a Carlos. Se rieron, me dieron palmadas en la espalda y entre los tres me explicaron lo que ni Beatriz ni Helena se habían molestado en aclararme.
Que aguantar tanto era cosa de la mano apretada con la que llevaba años masturbándome viendo vídeos: ninguna boca y ninguna mujer iban a apretar como aquella mano cerrada. Que muchas mujeres se corren sin fluido, sobre todo cuando lo que las excita es la situación más que el cuerpo. Que la cara de dolor era a veces dolor de verdad, y a veces no. Que había mujeres que preferían el misionero y otras que preferían no mirar a los ojos. Que la suerte de haberme topado dos veces seguidas con dos mujeres tan dispuestas no era una suerte que se repitiera fácil.
Aquel agosto pasé una semana en la casa de unos primos en la costa. Mis padres se iban juntos siempre esa misma semana, sin mí, y entonces entendí —después de Beatriz y de Helena— que también ellos necesitaban esos siete días para ser otros. En aquella casa me esperaba todavía una tercera mujer, vecina de mis primos, pero esa es una historia que ya conté en otro cuaderno y que dejaré para otra noche.
Ya no vivo en Valencia. Ya no tengo dieciocho años. Pero a veces, cuando paso por una librería de viejo en Berlín y veo un manual de matemáticas en español, vuelvo al recibidor de aquella casa, con un pendiente de plata en la mano y una mujer rubia diciéndome que no muerden.