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Relatos Ardientes

Su entrenadora le propuso una clase fuera del menú

Era martes, las seis y media de la mañana, y el gimnasio del barrio nuevo aún olía a cera fresca y a desinfectante cítrico. Las luces LED del techo zumbaban bajito sobre las máquinas vacías. En la pared de espejos del fondo, los carteles motivacionales se reflejaban duplicados, y un reloj redondo marcaba el segundero con un tictac que se oía más fuerte a esa hora que a cualquier otra.

Yarisa Beltrán, veintiocho años, era la entrenadora personal con la lista de espera más larga del centro. Caribeña, piel oscura y brillante bajo la iluminación blanca, melena en trenzas largas recogidas en una coleta tan tirante que le marcaba los pómulos. Llevaba un top deportivo negro tensado contra el pecho, leggings ciruela que le esculpían las caderas y unas zapatillas Adidas blancas impolutas. En el costado, justo bajo la última costilla, tenía un tatuaje minúsculo que decía «Sin permiso». Cuando se movía, los aros dorados de las orejas le tintineaban contra las trenzas.

Su cliente del martes era Adrián, treinta y cinco años, ejecutivo de una farmacéutica, soltero desde una ruptura larga que le había dejado más kilos y más rabia de los que admitía. Había vuelto al gimnasio para recuperar algo, sin saber muy bien qué. Llegaba siempre puntual con camiseta gris, shorts azules y unos auriculares al cuello que nunca usaba. Desde la tercera sesión, Yarisa había notado lo que pasaba bajo esos shorts cuando le ponía las manos en las caderas para corregir una sentadilla, o cuando le pegaba el pecho a la espalda para ajustar el puente de glúteos.

Aquella mañana, Adrián entró cinco minutos antes que de costumbre. Ella le sonrió desde la prensa de piernas y le señaló la colchoneta con un gesto del mentón.

—Calentamiento. Veinte minutos hoy. Quiero ver músculo despierto.

Lo hizo trabajar en silencio. Él la miraba por el espejo cuando creía que ella no se daba cuenta. Lo cierto era que ella se daba cuenta siempre.

Cuando llegaron a la prensa, Yarisa se inclinó para ajustarle la posición de los pies en la plataforma. Su cadera quedó a un palmo de la cara de él. El silencio del gimnasio vacío amplificaba todo: el roce de la tela, la respiración entrecortada de Adrián, el pulso de él, que ella podía adivinar en la vena del cuello. Cuando se enderezó, la mirada bajó sin querer al regazo de su cliente y encontró exactamente lo que esperaba.

—Ay, papi —dijo bajito, con esa cadencia caribeña que arrastraba las eses—, ¿qué es eso? ¿Tan temprano un martes y ya estás así?

Adrián se puso colorado hasta las orejas. Buscó la toalla pequeña con torpeza.

—Perdón, Yarisa, de verdad… no sé qué…

—No te disculpes —cortó ella. Se enderezó del todo, dio un paso, otro, hasta que el top le rozó la camiseta de él—. No me molesta. Al contrario.

Bajó la voz hasta convertirla en un susurro casi al oído.

—¿Sabes qué? Hoy te voy a dar una clase distinta. Una que no figura en la tarifa. Solo se la doy a los alumnos que se portan muy bien… o muy mal. Tú decides cuál de los dos eres.

Le pasó el dorso de la mano por encima del pantalón corto, despacio, como midiéndolo. Adrián cerró los ojos.

—¿Quieres la clase, papi?

—Sí —contestó él con la voz tomada—. Quiero la clase.

Yarisa lo agarró de la muñeca y tiró de él hacia el pasillo de los vestuarios. A esa hora el de mujeres estaba siempre vacío, y ella tenía la copia del llavero de la dueña por si acaso. Empujó la puerta, lo metió de un tirón y echó el pestillo.

Las luces tenues. El olor a vainilla del ambientador. Bancos largos de madera, taquillas grises y, al fondo, la fila de duchas separadas por mamparas opacas.

—Quítate todo —ordenó ella—. No tenemos prisa, pero tampoco la vamos a perder.

Adrián obedeció con dedos torpes. Camiseta, shorts, calzoncillos. Cuando quedó desnudo, ella lo recorrió de arriba abajo sin disimulo. La polla apuntaba al techo, la punta brillante.

Yarisa se quitó el top de un movimiento. Los pechos, grandes y firmes, se balancearon libres. Se bajó los leggings y la prenda interior negra de un solo tirón y los apartó con la zapatilla. El sexo, depilado, brillaba ya con su propia humedad.

—Primera lección —dijo—. Aprender a comer.

Lo empujó del hombro hasta sentarlo en el banco. Subió un pie a su lado, le presentó el sexo abierto a centímetros de la boca y le agarró la nuca.

—Lengua. Despacio al principio. Quiero notarte aprender.

Adrián metió la lengua entre los labios separados, lamió de abajo arriba, lento, recogió la humedad y siguió subiendo hasta el clítoris hinchado. Yarisa le agarró las trenzas con una mano y la cabeza con la otra; le marcó el ritmo. Él aceleró, chupó, le rodeó el clítoris con la lengua dibujando círculos cada vez más cerrados.

—Así —jadeó ella—. Métele dedos. Dos. Cúrvalos hacia delante. Donde la pared se siente esponjosa, ahí. Eso. Quédate ahí.

Adrián curvó dos dedos dentro de ella, encontró el punto, presionó. Las caderas de Yarisa empezaron a moverse contra su cara, contra los dedos, sin pausa.

—Tres dedos. Ábreme. Sigue lamiendo. No pares aunque me oigas gritar.

Le metió el tercer dedo. El sexo se contraía a su alrededor, caliente, apretado, vivo. Yarisa apretó la mandíbula y dejó escapar un gruñido grave que arrancaba en el pecho. Una contracción larga. Otra. Un líquido caliente le mojó la barbilla y el cuello a Adrián. Ella le sostuvo la cabeza pegada a su cuerpo hasta el último temblor, y solo entonces lo soltó.

—Buen alumno —murmuró. Le pasó el pulgar por la barbilla mojada y se lo metió en su propia boca—. Segunda lección.

Lo levantó del banco, le dio la vuelta, lo apoyó contra la fila de taquillas frías. Después se inclinó ella, manos en el metal, separó las piernas, arqueó la espalda y le ofreció el culo y la espalda brillantes de sudor.

—Ahora me la metes en el coño. Toda. De una. Y empujas como si quisieras dejarme marca.

Adrián la sujetó de las caderas, se alineó y la penetró de golpe hasta el fondo. Yarisa soltó un gemido largo, ronco, abierto. Apoyó la frente en el metal de la taquilla.

—Fuerte. Fuerte, papi. Sin pena.

Embistió duro, las manos clavadas en aquellas caderas anchas, el sonido de los muslos chocando rebotando entre las paredes alicatadas. Los pechos de Yarisa se apretaban contra el metal a cada empujón, los pezones rozando el hierro frío. Ella empujaba hacia atrás para encontrarse con él, le gritaba indicaciones —más rápido, más profundo, déjame sentir todo— y, de pronto, le agarró la mano y se la llevó al clítoris.

—Ahora frota. Círculos pequeños. Sin parar mientras me sigues dando.

Adrián frotó con dos dedos, el pulgar siguiendo el ritmo de las embestidas. Bastaron quince, veinte segundos. Yarisa se contrajo entera, las paredes interiores apretándolo de un modo casi insoportable, y soltó un grito que tuvo que ahogar contra el antebrazo para no alertar al gimnasio dormido.

—Sigue —jadeó cuando recuperó el aire—. No te corras todavía. Tercera lección.

Lo apartó. Se puso ella misma de rodillas en el suelo del vestuario, sobre una toalla doblada, las manos apoyadas en el banco, el culo en alto, y giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

—Escúpeme y métela despacio. En el culo. Quiero acordarme de ti toda la semana.

Adrián escupió en el dorso de su mano y la frotó contra el ano apretado. Apoyó la punta. Empujó milímetro a milímetro, conteniendo la respiración. El cuerpo de Yarisa se abrió poco a poco, resistiendo, cediendo, resistiendo otra vez. Cuando la cabeza pasó del todo, ella exhaló, larga, y empujó hacia atrás para tragar el resto.

—Quédate —dijo—. Déjame acostumbrarme.

Él se quedó hundido del todo, las manos temblando sobre la cintura estrecha de ella. Cuando le notó las caderas iniciar el balanceo, se movió. Despacio al principio, luego con confianza, luego con todo lo que le quedaba. La mano izquierda le tiró de la coleta para arquearle la espalda. La derecha bajó otra vez al clítoris.

—Joder —gimió ella—. Joder, joder, joder. No pares. Hazme correrme otra vez.

Se corrió contra el banco, las piernas temblándole tanto que él tuvo que sujetarla por la cintura para que no se le viniera abajo. El cuerpo entero de Yarisa pulsaba a su alrededor, tragándolo, ordeñándolo. Adrián aguantó cuanto pudo y, cuando supo que ya no iba a poder más, ella lo notó antes que él.

—Sácala. Sal y ven aquí.

Lo soltó, se giró rápida, se sentó sobre los talones frente a él y abrió la boca. La lengua afuera, los ojos negros levantados.

—Píntame la cara, papi. Termina la lección como debe terminar.

Bastaron dos golpes de muñeca. Adrián se corrió en chorros largos sobre las mejillas, la nariz, los labios y las trenzas. Ella se mantuvo quieta, recibiéndolo todo, y solo después se pasó la lengua por la comisura y tragó lo que había caído dentro.

—Qué bueno —murmuró—. Qué bueno te corriste.

Se levantó con calma. Le señaló la fila de duchas con un gesto.

—Vamos. Te limpias, te vistes y te vas a trabajar como si nada. Y la próxima semana, mismo día, misma hora, vienes a tu sesión normal, te portas bien y, si me convences, repetimos.

Adrián asintió sin palabras. Entraron juntos a la primera ducha. El agua caliente cayó sobre los dos a la vez, el vapor llenando el espacio cerrado, llevándose por el desagüe los restos de la última hora. Yarisa lo enjabonó con una toalla pequeña, le pasó el pulgar por el labio inferior y le sonrió de medio lado.

—Confiésalo, papi —dijo bajito—. Dime que no te lo esperabas.

Él soltó una carcajada corta, ronca, casi incrédula.

—No me lo esperaba.

Ella le besó la frente, salió de la ducha primero, se secó sin prisa, se vistió y se recogió las trenzas mojadas. Antes de abrir el pestillo, lo miró desde la puerta.

—Una cosa más. Esto no se cuenta. Ni a tu mejor amigo. Ni al espejo. Lo que pasa en mi vestuario se queda en mi vestuario. ¿Estamos?

—Estamos.

Cuando salió al pasillo, el gimnasio empezaba a llenarse: dos chicos del turno de las ocho, una señora con bastón, el chico de la limpieza arrastrando el cubo. Adrián cogió su bolsa, atravesó la sala con la mirada baja y empujó la puerta de la calle. Afuera, la mañana de martes ya había encendido los semáforos, las cafeterías servían desayunos y los autobuses rugían cuesta arriba.

Subió andando hasta su oficina, los músculos vibrando todavía y un sabor a vainilla y a sal pegado en algún lugar de la lengua. En el reflejo de un escaparate, sin querer, se buscó la cara para ver si se le notaba algo. No se le notaba nada. Y, sin embargo, algo había cambiado para siempre esa mañana. Tres meses después, todavía no había podido contárselo a nadie.

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Comentarios (6)

ClaudioR77

Que morbazo!!! sigue asi, de los mejores que lei en la categoria

LorenaBA

Por favor una segunda parte, me dejo con demasiadas ganas de saber como sigue jaja

GymLector

Me recorde de algo que me paso en el gimnasio hace un tiempo... algunas situaciones se repiten jajaja muy bueno

marianela_82

Desde el principio me engancho y el final no defraudo. Muy bien contado, se siente autentico

fer_lector99

increible, de lo mejor que lei en esta categoria ultimamente

SilvinaRdz

Esto es real o inventado? porque se siente demasiado vivido para ser ficcion jaja

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