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Relatos Ardientes

La noche del strip póker que cambió todo

Mateo se ajustaba la camisa de seda blanca frente al espejo, dejando los primeros botones abiertos. Esa noche no era el oficial distraído del patrullero, era un cazador en su tiempo libre. El celular vibró sobre la cómoda. Era Tomás.

—¿Listo para las pistas? Estoy a dos cuadras, bajá que paso a buscarte.

—Dale, último toque de perfume y bajo.

—Che, escuchame —se rió Mateo en el espejo—. ¿No te parece que son un poquito grandes para nosotros?

—No seas amargo —respondió Tomás—. Yo tengo treinta, vos también. Camila tiene cuarenta, recién separada y con sed de revancha. Florencia tiene treinta y cinco, espectacular. Se cansó del novio idiota y quiere acción de verdad. Imaginate: dos oficiales jóvenes de la mejor brigada del país. Plan sin fallas.

—Te tomo la palabra. Me produje como para un desfile.

Cuando salió a la vereda, se quedó mudo. Junto al cordón brillaba una Jeep Renegade negra, pulida al detalle. La ventanilla del acompañante bajó y la cara satisfecha de Tomás apareció tras el vidrio.

—¿Qué te parece la nave?

—¿Y esto de dónde lo sacaste?

—Financiamiento, hermano. Subí, que el tiempo es oro y las chicas no esperan.

***

En una esquina céntrica, bajo las luces de neón, dos figuras cortaban la respiración. Camila estaba imponente: pantalón de cuero negro pintado al cuerpo y un top rojo intenso que resaltaba el pelo azabache. A su lado, Florencia, con el pelo rojizo cayendo sobre un vestido bordó peligrosamente corto, no se quedaba atrás.

—Mirá lo que son —susurró Tomás frenando el auto.

Camila se apoyó en la ventanilla y dejó que su perfume inundara el habitáculo.

—Tanto misterio… parece que la espera valió la pena. El auto, al menos, está a la altura.

—Suban, chicas. Que el auto es solo el principio.

***

La Jeep frenó frente a la entrada del boliche más exclusivo de la zona. Tomás no se detuvo a mirar la fila. Uno de los patovicas, un gigante de traje oscuro, asintió con la cabeza tras reconocer la chapa que él dejó ver discretamente.

—Pasen, muchachos. Todo en orden.

Adentro, el bajo retumbaba en el pecho. Tomás pidió cuatro tragos en la barra y se acomodó cerca de Camila.

—¿Y? ¿Cómo viene el estreno de soltería? Me dijeron que el tipo se portó como un imbécil.

Camila soltó una risa amarga.

—Imbécil es poco. Fueron años de aguantar a un tipo que no sabía lo que tenía al lado —se acercó más, rozando el brazo de Tomás—. Pero dicen que la mejor forma de olvidar un mal sabor es probando algo nuevo y más fuerte, ¿no?

—Quedate tranquila, Cami. Esta noche vas a probar algo que te va a hacer olvidar hasta tu nombre.

Mientras tanto, Mateo y Florencia se habían filtrado al centro de la pista. La música cambió a un ritmo latino y él decidió sacar el arma secreta. Sin previo aviso, la tomó de la cintura y empezó a guiarla con una técnica impecable. Pasos fluidos, rápidos, seguros. Aprovechó un quiebre para frenarla en seco, pegando su cuerpo al de ella, dejándola rostro a rostro.

—Bailás demasiado bien —jadeó Florencia con los ojos brillando—. Me parece que el joven oficial resultó más peligroso de lo que pensaba.

—Esto recién empieza —le susurró él al cuello.

***

En la barra, Tomás ya sentía que tenía la noche ganada cuando el ambiente se pudrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años, con la camisa manchada de alcohol y los ojos inyectados, se plantó frente a ellos. Era Sergio, el exmarido de Camila.

—¿Acá estás? —bramó tambaleándose—. ¿Con este pibe te venís a mostrar? ¿Dónde dejaste al nene?

Camila se puso pálida, pero los ojos le destilaron odio puro.

—Sergio, andate. Estás borracho. El nene está con mi mamá, lo sabés perfectamente.

—¡No me hables así delante de este payaso! —gritó él, lanzando un manotazo que Tomás esquivó por puro instinto policial.

Tomás se paró acomodándose la chaqueta con una calma peligrosa. La voz le bajó tres tonos.

—Escuchame bien, flaco. Estás molestando a la dama y a la autoridad. Date media vuelta y desaparecé antes de que te explique por qué no hay que meterse con la brigada.

—¿Autoridad? ¡Las pelotas! —Sergio metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja automática. El clac de la hoja al abrirse cortó la música para los que estaban cerca.

Antes de que Tomás reaccionara, Mateo apareció como una sombra detrás del borracho. Le atrapó el brazo de la navaja y se lo retorció hacia la espalda con una fuerza que arrancó un alarido.

—Soltala —le ordenó al oído—. Ya te mandaste la macana de tu vida. Retrocedé, ahora mismo.

Sergio soltó la navaja, que cayó con un tintineo metálico. Mateo lo empujó hacia atrás, manteniéndose entre él y sus amigos, con la mirada de un depredador.

—Tranquilo, Mat —dijo Tomás mirando a Sergio con asco—. No vale la pena mancharse la seda blanca por este infeliz.

Camila los miró a los dos con una mezcla de miedo y excitación nueva. Verlos tomar el control fue el condimento que le faltaba a la noche.

***

Después de que los patovicas se llevaran a Sergio a rastras, Tomás alzó su copa.

—Ya pasó. No vamos a dejar que un poco de sabor amargo nos arruine la noche dulce que tenemos por delante.

Los cuatro siguieron bebiendo y bailando. Eran cerca de las tres cuando Tomás le señaló el centro de la pista. Mateo y Florencia estaban fundidos en uno, besándose con una pasión que cortaba el aliento. Camila se rió contagiada, y cuando volvió la mirada hacia Tomás lo encontró a milímetros. Sin pedir permiso, él le robó un beso. Ella, lejos de retroceder, lo tomó del cuello de la camisa y le devolvió el gesto con interés. El segundo beso fue más hambriento, más directo.

Tomás se separó apenas unos centímetros, los labios brillantes y la respiración agitada. Caminó hasta la pista y le tocó el hombro a Mateo.

—Cortemos con tanto preámbulo. ¿Qué te parece si vamos a tu departamento?

Mateo miró a Florencia, que se relamía los labios esperándolo, y después a Tomás.

—Mi departamento es un caos —mintió, mientras una sonrisa empezaba a dibujarse en su cara—. Igual, dale.

***

Mateo había mentido. Su departamento no era un caos: era todo lo contrario. Como oficial de una brigada de élite, había trasladado la disciplina a sus cuatro paredes. Las camisas separadas por colores, los libros alineados al milímetro, ni una mota de polvo. Pero al mirar a Florencia entendió que esa noche su preciado orden estaba a punto de saltar por los aires.

En el asiento trasero de la Jeep, Mateo tomó a Florencia de la nuca. El beso fue una exploración hambrienta que llenaba el habitáculo de un sonido húmedo y rítmico. Cuando llegaron al edificio, Tomás estacionó de cualquier manera. Subieron en el ascensor en un silencio tenso, solo interrumpido por el roce de la seda contra el vestido bordó.

Al abrir la puerta, el olor a limpio recibió al grupo. Todo impecable. Por poco tiempo.

—Bienvenidas a mi humilde morada —dijo Mateo cerrando con llave.

***

Tras un par de tragos cortos, fuertes y secos, la atmósfera de pulcritud empezó a evaporarse. En el sofá de cuero, Mateo y Florencia ya se devoraban. En la terraza, Tomás y Camila compartían una copa apoyados contra la baranda. Fue al volver al living por más hielo cuando Tomás vio sobre la mesa ratona un mazo de cartas perfectamente alineado, como todo lo de Mateo.

Una chispa de malicia le brilló en los ojos.

—Miren lo que encontré. El ambiente está demasiado tranquilo para lo que prometía la noche. Strip póker.

Florencia se separó de los labios de Mateo y miró a Camila.

—Estos son de la brigada, deben ser tramposos de primera. Nos van a dejar sin nada en cinco minutos.

—Pero mirá lo que son —respondió Camila con la mirada fija en Tomás, que ya barajaba con destreza hipnótica—. Si perdemos, el castigo no es tan feo, ¿no?

Mateo se acercó rodeando a Florencia por la cintura.

—Dale, no sean amargas. A este lugar le hace falta un poco de desorden decorativo. ¿O tienen miedo de perder?

Camila terminó su trago de un sorbo y golpeó la mesa con la copa.

—Aceptamos. Pero prepárense, oficiales: nosotras no jugamos para perder.

***

El departamento se transformó en campo de batalla de seda, cuero y piel. La tercera mano fue brutal para los oficiales: Camila, con un color de espadas, obligó a Mateo a deshacerse de su posesión más preciada, la camisa de seda blanca. Al quitársela, dejó ver un físico fibroso que hizo que Florencia se pasara la lengua por el labio inferior.

La venganza de Tomás no tardó. Con un póker de dieces señaló los pies de las chicas. Florencia y Camila se quitaron los zapatos, sintiendo un escalofrío que no era de frío sino de vulnerabilidad.

La tensión subió cuando Camila tuvo que desprenderse del pantalón de cuero negro. El sonido del cierre bajando fue como un disparo en el silencio del living. Al quedar en una tanga diminuta a juego con su top rojo, Tomás se acercó con la excusa de ayudarla, pero aprovechó para pasar la nariz por su cuello.

—Sabés a peligro, Camila. Y me encanta.

Florencia perdió su vestido tras una jugada arriesgada y quedó solo en encaje. Mateo, ya sin camisa, le tomó el mentón.

—Te dije que el departamento estaba bien calefaccionado. Me parece que el que tiene calor soy yo.

La última mano dejó a las chicas contra la pared. Tomás mostró una escalera. Camila miró a Florencia: con una complicidad eléctrica, ambas se llevaron las manos a la espalda. El sonido de los broches soltándose fue la señal. Camila quedó solo en tanga roja, Florencia en una pieza de encaje mínima.

Los oficiales se quedaron sin aliento.

—Ahora sí —dijo Mateo levantándose hacia Florencia mientras Tomás envolvía a Camila por la cintura—. Ahora es cuando la noche empieza de verdad.

***

Camila se subió al sillón con una sonrisa que prometía mucho más que sus palabras. Apoyó las manos en el respaldo y arqueó la espalda hacia Tomás, que la miraba con la mandíbula tensa.

—Vamos a ver qué tan rico sale esto —susurró con voz ronca, estirando la mano.

Sus dedos, con las uñas pintadas de rojo oscuro, recorrieron el contorno bajo la tela del bóxer. Tomás cortó la respiración cuando ella, con cancha que delataba experiencia, le bajó la última prenda y lo agarró con firmeza, sintiendo el peso en la palma. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se pasó la lengua por los labios y se inclinó. Tomás soltó un suspiro hondo. Sus dedos, hasta entonces quietos, se deslizaron por la espalda de ella, bajando por la columna hasta meterse por debajo de la tanga.

—Qué rica que estás, Cami —murmuró con la voz áspera.

Ella no contestó con palabras. Abrió la boca y se cerró alrededor de él con una presión suave pero constante. Tomás echó la cabeza para atrás, los músculos del cuello tensos, las caderas moviéndose solas buscando más roce.

Del otro lado del living, Mateo guio a Florencia hasta que las rodillas de ella tocaron la alfombra. Le enredó los dedos en el pelo rojizo, no para tironear sino para sentir el peso de su cabeza mientras ella empezaba a recorrerlo con la boca. Mateo apretó los dientes, aguantando las ganas de empujar más adentro.

Sin paciencia, agarró a Florencia de las caderas y la levantó, girándola hasta dejarla de espaldas a él, apoyada en el brazo del sillón. Le bajó la tanga de un tirón.

—Así me gusta —gruñó, mientras le separaba los muslos con una mano. Con la otra empezó a dibujarle círculos donde más sentía, escuchándola retorcerse y ahogar gemidos contra el cuero.

***

El living estaba cargado, denso por el olor del perfume mezclado con el almizcle del deseo. El sonido era una sinfonía sucia: el roce de la piel, los jadeos rítmicos, ese sonido húmedo y constante.

—Mirame, Cami… mirame —logró decir Tomás con la voz quebrada.

Ella levantó la cabeza con los labios brillantes, desafiante y sumisa a la vez. Él la agarró del pelo con suavidad pero con firmeza, obligándola a mantener el contacto visual mientras aceleraba el ritmo.

Al lado, cuando Mateo hundió dos dedos de golpe en Florencia, ella arqueó la espalda contra el cuero.

—Metela, Mateo, no aguanto más —le suplicó girándose, las piernas temblorosas y la bombacha colgando de un solo tobillo.

Mateo no se lo hizo decir dos veces. La levantó como si no pesara nada y la acomodó contra el respaldo. Le agarraba el pelo pelirrojo encendido, enredando los dedos entre las mechas color fuego mientras la embestía. El contraste de la piel blanca y la cabellera rojiza desparramada sobre el cuero negro lo tenía sacado.

—¡Mirá qué color tiene esto! —rugió, dándole una palmada que sonó como un disparo.

Florencia, con la cara hundida en el almohadón, sentía el pelo pegado a la frente por el sudor. Cada embestida la desarmaba.

—Dale, no pares —jadeaba, girando la cabeza para mostrarle esos ojos brillantes mientras el pelo le chorreaba por el costado del sofá.

Camila y Tomás estaban en la alfombra. Ella tenía las piernas apuntando al techo, bien abiertas. Tomás le bajó los tobillos hasta los hombros para entrarle todavía más profundo. Camila soltó un quejido agudo, mitad placer y mitad dolor.

—Tom… seguí así, no pares —rogaba con la mirada perdida en el techo.

***

Mateo, viendo que las dos estaban al borde, arrastró a Camila hacia el sillón.

—Tom, dejame a la morocha que a esta colorada la doy vuelta yo.

Tomás no lo dudó. Se subió al sillón atrás de Florencia. La pelirroja ni lo miró: simplemente sintió el calor de otro cuerpo y arqueó más la espalda. El grito que soltó cuando Tomás se acomodó se escuchó en toda la cuadra. Era más fibroso que Mateo, y el ángulo desde el sillón la hacía sentir que la partía al medio.

En la alfombra, Mateo dio vuelta a Camila como una media y la puso en cuatro, agarrándole las caderas con esas manos que le cubrían media cintura. Cuando entró, ella clavó los dientes en el borde del sofá. Era demasiado: la llenaba centímetro a centímetro mientras él imponía un ritmo bestial que la levantaba del suelo en cada estocada.

El living era un ring. Tomás arriba del sillón con Florencia, Mateo abajo dándole a Camila con una furia animal.

—Dios mío, sos una bestia —gritaba Camila.

Mateo arrastró a Camila al sillón, donde Tomás seguía castigando a Florencia.

—Vengan acá las dos, carajo.

Camila se trepó hasta quedar cara a cara con Florencia. Las dos, prendidas fuego, chorreando sudor, se agarraron de la nuca y se estamparon un beso. El pelo rojo se mezclaba con el morocho mientras se devoraban las bocas, pasándose el gusto de los dos hombres de una a otra. Tomás detrás de Florencia, Mateo detrás de Camila: un tren de carne humana que hacía crujir las patas del sofá.

—Miren esto —jadeó Tomás, viendo cómo las dos se amasaban los pechos con una mano y se buscaban entre ellas con la otra.

Camila tiró la cabeza para atrás, apoyándola en el hombro de Mateo, que la penetraba con una violencia rítmica.

—Sí, dale, dale que nos venimos las dos —gritó, estirando el brazo para agarrar a Tomás de la nuca.

Florencia se dio vuelta un segundo para lamerle el cuello a Camila mientras Tomás le daba el último sprint.

—Me vengo, Tom —chilló, arqueándose tanto que parecía que se iba a quebrar.

Al mismo tiempo, Mateo soltó un gruñido animal y, con tres estocadas finales que levantaron a Camila del sillón, se descargó adentro de la morocha.

Se quedaron los cuatro ahí, amontonados, jadeando como si hubieran corrido una maratón. El silencio solo lo rompía el sonido de las respiraciones pesadas y algún beso húmedo que las chicas seguían dándose.

***

El sol de las ocho se colaba por las rendijas de las persianas, iluminando el desorden del living. Los cuatro se metieron en la ducha. El agua caliente les resbalaba por la piel mientras se daban los últimos besos bajo el chorro.

Una vez secos y vestidos, el cansancio les cayó de golpe. Mateo saludó con un medio abrazo a Tomás y les dio un beso en el cachete a las chicas, ya medio zombis.

—Chau, fieras… me voy a dormir mil años —balbuceó antes de tirarse en la cama, todavía con el olor de las dos en las sábanas.

Tomás cargó a Camila y a Florencia en el auto y las llevó a cada una a su casa. Iban casi dormidas contra el vidrio, con una sonrisa que no les borraba nadie.

A eso de las seis de la tarde, el celular de Mateo vibró en la mesa de luz. Era un mensaje de Tomás:

«Cómo la reventamos a esas dos, hermano. No me puedo ni mover, qué noche.»

Mateo se rascó la barba y contestó al toque:

«Olvidate, fue una carnicería. La próxima me toca a mí invitar a unas amiguitas que tengo en vista, vas a ver lo que son.»

La respuesta no tardó ni un minuto:

«Dale, te tomo la palabra. Avisá y activamos de vuelta.»

Mateo dejó el teléfono a un lado, se estiró y se quedó mirando el techo, ya empezando a pensar quiénes serían las próximas candidatas.

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Comentarios (7)

NochesBA

Excelente!!! Me quede con ganas de mas

Ramiro_cba

Por favor tiene que haber segunda parte, el final fue muy bueno

CristinaBA_86

Me recordo a una noche con amigas que tuvimos algo parecido jajaja, que tiempos. Muy bueno el relato!

ForoLector

Una pregunta, esto es real o es ficcion? porque se siente muy autentico, demasiado detallado para ser inventado

Miguelin77

La forma en que armo la tension para llegar al desenlace me parecio brillante. Muy bien narrado todo, se nota dedicacion.

GabrielRdz

buenisimo!! esas noches de boliche que nadie espera que terminen asi son las mejores

Sofialectora

Me encanto, se nota que saben escribir. Sigan subiendo relatos asi!

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