La noche del strip póker que cambió todo
Mateo se ajustaba la camisa de seda blanca frente al espejo, dejando los primeros botones abiertos. Esa noche no era el oficial distraído del patrullero, era un cazador en su tiempo libre. El celular vibró sobre la cómoda. Era Tomás.
—¿Listo para las pistas? Estoy a dos cuadras, bajá que paso a buscarte.
—Dale, último toque de perfume y bajo.
—Che, escuchame —se rió Mateo en el espejo—. ¿No te parece que son un poquito grandes para nosotros?
—No seas amargo —respondió Tomás—. Yo tengo treinta, vos también. Camila tiene cuarenta, recién separada y con sed de revancha. Florencia tiene treinta y cinco, espectacular. Se cansó del novio idiota y quiere acción de verdad. Imaginate: dos oficiales jóvenes de la mejor brigada del país. Plan sin fallas.
—Te tomo la palabra. Me produje como para un desfile.
Cuando salió a la vereda, se quedó mudo. Junto al cordón brillaba una Jeep Renegade negra, pulida al detalle. La ventanilla del acompañante bajó y la cara satisfecha de Tomás apareció tras el vidrio.
—¿Qué te parece la nave?
—¿Y esto de dónde lo sacaste?
—Financiamiento, hermano. Subí, que el tiempo es oro y las chicas no esperan.
***
En una esquina céntrica, bajo las luces de neón, dos figuras cortaban la respiración. Camila estaba imponente: pantalón de cuero negro pintado al cuerpo y un top rojo intenso que resaltaba el pelo azabache. A su lado, Florencia, con el pelo rojizo cayendo sobre un vestido bordó peligrosamente corto, no se quedaba atrás.
—Mirá lo que son —susurró Tomás frenando el auto.
Camila se apoyó en la ventanilla y dejó que su perfume inundara el habitáculo.
—Tanto misterio… parece que la espera valió la pena. El auto, al menos, está a la altura.
—Suban, chicas. Que el auto es solo el principio.
***
La Jeep frenó frente a la entrada del boliche más exclusivo de la zona. Tomás no se detuvo a mirar la fila. Uno de los patovicas, un gigante de traje oscuro, asintió con la cabeza tras reconocer la chapa que él dejó ver discretamente.
—Pasen, muchachos. Todo en orden.
Adentro, el bajo retumbaba en el pecho. Tomás pidió cuatro tragos en la barra y se acomodó cerca de Camila.
—¿Y? ¿Cómo viene el estreno de soltería? Me dijeron que el tipo se portó como un imbécil.
Camila soltó una risa amarga.
—Imbécil es poco. Fueron años de aguantar a un tipo que no sabía lo que tenía al lado —se acercó más, rozando el brazo de Tomás—. Pero dicen que la mejor forma de olvidar un mal sabor es probando algo nuevo y más fuerte, ¿no?
—Quedate tranquila, Cami. Esta noche vas a probar algo que te va a hacer olvidar hasta tu nombre.
Mientras tanto, Mateo y Florencia se habían filtrado al centro de la pista. La música cambió a un ritmo latino y él decidió sacar el arma secreta. Sin previo aviso, la tomó de la cintura y empezó a guiarla con una técnica impecable. Pasos fluidos, rápidos, seguros. Aprovechó un quiebre para frenarla en seco, pegando su cuerpo al de ella, dejándola rostro a rostro.
—Bailás demasiado bien —jadeó Florencia con los ojos brillando—. Me parece que el joven oficial resultó más peligroso de lo que pensaba.
—Esto recién empieza —le susurró él al cuello.
***
En la barra, Tomás ya sentía que tenía la noche ganada cuando el ambiente se pudrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años, con la camisa manchada de alcohol y los ojos inyectados, se plantó frente a ellos. Era Sergio, el exmarido de Camila.
—¿Acá estás? —bramó tambaleándose—. ¿Con este pibe te venís a mostrar? ¿Dónde dejaste al nene?
Camila se puso pálida, pero los ojos le destilaron odio puro.
—Sergio, andate. Estás borracho. El nene está con mi mamá, lo sabés perfectamente.
—¡No me hables así delante de este payaso! —gritó él, lanzando un manotazo que Tomás esquivó por puro instinto policial.
Tomás se paró acomodándose la chaqueta con una calma peligrosa. La voz le bajó tres tonos.
—Escuchame bien, flaco. Estás molestando a la dama y a la autoridad. Date media vuelta y desaparecé antes de que te explique por qué no hay que meterse con la brigada.
—¿Autoridad? ¡Las pelotas! —Sergio metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja automática. El clac de la hoja al abrirse cortó la música para los que estaban cerca.
Antes de que Tomás reaccionara, Mateo apareció como una sombra detrás del borracho. Le atrapó el brazo de la navaja y se lo retorció hacia la espalda con una fuerza que arrancó un alarido.
—Soltala —le ordenó al oído—. Ya te mandaste la macana de tu vida. Retrocedé, ahora mismo.
Sergio soltó la navaja, que cayó con un tintineo metálico. Mateo lo empujó hacia atrás, manteniéndose entre él y sus amigos, con la mirada de un depredador.
—Tranquilo, Mat —dijo Tomás mirando a Sergio con asco—. No vale la pena mancharse la seda blanca por este infeliz.
Camila los miró a los dos con una mezcla de miedo y excitación nueva. Verlos tomar el control fue el condimento que le faltaba a la noche.
***
Después de que los patovicas se llevaran a Sergio a rastras, Tomás alzó su copa.
—Ya pasó. No vamos a dejar que un poco de sabor amargo nos arruine la noche dulce que tenemos por delante.
Los cuatro siguieron bebiendo y bailando. Eran cerca de las tres cuando Tomás le señaló el centro de la pista. Mateo y Florencia estaban fundidos en uno, besándose con una pasión que cortaba el aliento. Camila se rió contagiada, y cuando volvió la mirada hacia Tomás lo encontró a milímetros. Sin pedir permiso, él le robó un beso. Ella, lejos de retroceder, lo tomó del cuello de la camisa y le devolvió el gesto con interés. El segundo beso fue más hambriento, más directo.
Tomás se separó apenas unos centímetros, los labios brillantes y la respiración agitada. Caminó hasta la pista y le tocó el hombro a Mateo.
—Cortemos con tanto preámbulo. ¿Qué te parece si vamos a tu departamento?
Mateo miró a Florencia, que se relamía los labios esperándolo, y después a Tomás.
—Mi departamento es un caos —mintió, mientras una sonrisa empezaba a dibujarse en su cara—. Igual, dale.
***
Mateo había mentido. Su departamento no era un caos: era todo lo contrario. Como oficial de una brigada de élite, había trasladado la disciplina a sus cuatro paredes. Las camisas separadas por colores, los libros alineados al milímetro, ni una mota de polvo. Pero al mirar a Florencia entendió que esa noche su preciado orden estaba a punto de saltar por los aires.
En el asiento trasero de la Jeep, Mateo tomó a Florencia de la nuca. El beso fue una exploración hambrienta que llenaba el habitáculo de un sonido húmedo y rítmico. La mano de Mateo bajó sin pedir permiso, se metió bajo el vestido bordó y le encontró la bombacha ya empapada. Florencia soltó un gemido contra su boca cuando los dedos de él corrieron la tela y la tocaron directo en el coño, resbalando entre los labios hinchados.
—Mirá cómo estás, puta —le murmuró Mateo con la voz áspera, hundiéndole dos dedos hasta los nudillos.
—Cállate y seguí —jadeó ella, abriendo más las piernas en el asiento.
En el asiento de adelante, Camila giraba la cabeza espiando por el retrovisor mientras se mordía el labio. Sin dejar de mirar, deslizó la mano hasta la entrepierna de Tomás y le apretó por encima del pantalón la verga ya durísima.
—Manejá derecho, oficial —le sonrió—. No quiero llegar entera.
Cuando llegaron al edificio, Tomás estacionó de cualquier manera. Subieron en el ascensor en un silencio tenso, solo interrumpido por el roce de la seda contra el vestido bordó, y por el sonido húmedo de los dedos de Mateo que seguían dentro de Florencia mientras ella se apoyaba contra el espejo del ascensor.
Al abrir la puerta, el olor a limpio recibió al grupo. Todo impecable. Por poco tiempo.
—Bienvenidas a mi humilde morada —dijo Mateo cerrando con llave.
***
Tras un par de tragos cortos, fuertes y secos, la atmósfera de pulcritud empezó a evaporarse. En el sofá de cuero, Mateo y Florencia ya se devoraban. En la terraza, Tomás y Camila compartían una copa apoyados contra la baranda. Fue al volver al living por más hielo cuando Tomás vio sobre la mesa ratona un mazo de cartas perfectamente alineado, como todo lo de Mateo.
Una chispa de malicia le brilló en los ojos.
—Miren lo que encontré. El ambiente está demasiado tranquilo para lo que prometía la noche. Strip póker.
Florencia se separó de los labios de Mateo y miró a Camila.
—Estos son de la brigada, deben ser tramposos de primera. Nos van a dejar sin nada en cinco minutos.
—Pero mirá lo que son —respondió Camila con la mirada fija en Tomás, que ya barajaba con destreza hipnótica—. Si perdemos, el castigo no es tan feo, ¿no?
Mateo se acercó rodeando a Florencia por la cintura.
—Dale, no sean amargas. A este lugar le hace falta un poco de desorden decorativo. ¿O tienen miedo de perder?
Camila terminó su trago de un sorbo y golpeó la mesa con la copa.
—Aceptamos. Pero prepárense, oficiales: nosotras no jugamos para perder.
***
El departamento se transformó en campo de batalla de seda, cuero y piel. La tercera mano fue brutal para los oficiales: Camila, con un color de espadas, obligó a Mateo a deshacerse de su posesión más preciada, la camisa de seda blanca. Al quitársela, dejó ver un físico fibroso que hizo que Florencia se pasara la lengua por el labio inferior.
La venganza de Tomás no tardó. Con un póker de dieces señaló los pies de las chicas. Florencia y Camila se quitaron los zapatos, sintiendo un escalofrío que no era de frío sino de vulnerabilidad.
La tensión subió cuando Camila tuvo que desprenderse del pantalón de cuero negro. El sonido del cierre bajando fue como un disparo en el silencio del living. Al quedar en una tanga diminuta a juego con su top rojo, Tomás se acercó con la excusa de ayudarla, pero aprovechó para pasar la nariz por su cuello.
—Sabés a peligro, Camila. Y me encanta.
Florencia perdió su vestido tras una jugada arriesgada y quedó solo en encaje. Mateo, ya sin camisa, le tomó el mentón.
—Te dije que el departamento estaba bien calefaccionado. Me parece que el que tiene calor soy yo.
La última mano dejó a las chicas contra la pared. Tomás mostró una escalera. Camila miró a Florencia: con una complicidad eléctrica, ambas se llevaron las manos a la espalda. El sonido de los broches soltándose fue la señal. Camila quedó solo en tanga roja, las tetas grandes y firmes coronadas por pezones oscuros ya duros. Florencia mostró un par más chico pero perfecto, de pezones rosados y respingones que apuntaban al techo.
Los oficiales se quedaron sin aliento.
—Ahora sí —dijo Mateo levantándose hacia Florencia mientras Tomás envolvía a Camila por la cintura—. Ahora es cuando la noche empieza de verdad.
***
Camila se subió al sillón con una sonrisa que prometía mucho más que sus palabras. Apoyó las manos en el respaldo y arqueó la espalda hacia Tomás, que la miraba con la mandíbula tensa.
—Vamos a ver qué tan rico sale esto —susurró con voz ronca, estirando la mano.
Sus dedos, con las uñas pintadas de rojo oscuro, recorrieron el contorno bajo la tela del bóxer. Tomás cortó la respiración cuando ella, con cancha que delataba experiencia, le bajó la última prenda y le agarró la verga con firmeza, sintiendo el peso en la palma. Era gruesa, con la cabeza morada y venada, ya chorreando una gota transparente en la punta. Camila la apretó de la base y la sacudió despacio, viendo cómo un hilo de líquido se estiraba y le manchaba los dedos.
—Mirá lo que tenés acá, oficial —le sonrió, pasándose la lengua por la palma antes de volver a agarrarlo—. Y yo que pensaba que la única arma reglamentaria era la pistola.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, se pasó la lengua por los labios y se inclinó. Le pasó la lengua plana desde los huevos hasta la punta, chupándole cada vena en el camino. Después se la metió entera en la boca, hasta que la cabeza le tocó la garganta. Tomás soltó un suspiro hondo, medio gruñido, y le agarró la nuca. Los dedos, hasta entonces quietos, se le enredaron en el pelo azabache mientras la empujaba despacio, marcándole el ritmo.
—Qué rica que estás mamando, Cami —murmuró con la voz áspera—. Chupala toda, dale.
Ella no contestó con palabras. Abrió más la boca y se la tragó hasta la base, ahogándose un poco, dejando que un hilo de saliva le chorreara por el mentón hasta caerle entre las tetas. Volvió a subir con la lengua enroscada alrededor del glande, hizo un ruido obsceno de succión y bajó de nuevo. Tomás echó la cabeza para atrás, los músculos del cuello tensos, las caderas moviéndose solas buscando más fondo de garganta.
—Puta madre, así, no pares —jadeó, cerrando el puño en el pelo de ella.
Camila se la sacó de la boca con un plop y se la restregó por la cara, por las tetas, dejándola brillante de saliva. Después se metió las bolas en la boca, una por una, mientras seguía sacudiéndole la verga.
Del otro lado del living, Mateo guio a Florencia hasta que las rodillas de ella tocaron la alfombra. Le enredó los dedos en el pelo rojizo, no para tironear sino para sentir el peso de su cabeza mientras ella empezaba a recorrerlo con la boca. Florencia era más pequeña que Camila, y con la verga de Mateo se le llenaba la cara entera. Apretaba los ojos cada vez que el glande le tocaba el fondo del paladar, y de la comisura de los labios le colgaba un hilo espeso de saliva.
—Así, colorada, chupala bien —le pidió Mateo, apretando los dientes—. Con la lengua, dale la vuelta.
Florencia obedeció. Se la sacó de la boca, se la puso plana contra la lengua y le pasó la yema por la venita de abajo. Después se metió los huevos en la boca, uno primero, después el otro, mirando hacia arriba con los ojos verdes brillantes. Mateo apretó los dientes, aguantando las ganas de reventarle la garganta ahí mismo.
Sin paciencia, la agarró de las caderas y la levantó, girándola hasta dejarla de espaldas a él, apoyada en el brazo del sillón. Le bajó la tanga de un tirón y le vio el coño depilado, hinchado, con los labios brillantes.
—Mirá cómo chorreás, colorada —gruñó, mientras le separaba los muslos con una mano. Con la otra empezó a dibujarle círculos en el clítoris, escuchándola retorcerse y ahogar gemidos contra el cuero. Se agachó y le pasó la lengua desde el clítoris hasta el ojete, subiendo y bajando, chupándole todo lo que tenía. Florencia gritó y se abrió más de piernas, apretando el culo contra la cara de él.
—Comémelo entero, Mateo, dale, dale…
Mateo le metió la lengua adentro, la sacó, se la clavó en el clítoris y le sumó dos dedos que empezaron a entrar y salir a un ritmo que la hacía temblar.
***
El living estaba cargado, denso por el olor del perfume mezclado con el almizcle del deseo, con el olor a coño mojado y a semen colgando en el aire. El sonido era una sinfonía sucia: el roce de la piel, los jadeos rítmicos, el chapoteo húmedo y constante de las bocas devorando vergas y coños.
—Mirame, Cami… mirame mientras me la chupás —logró decir Tomás con la voz quebrada.
Ella levantó la cabeza con los labios brillantes, desafiante y sumisa a la vez. Él la agarró del pelo con suavidad pero con firmeza, obligándola a mantener el contacto visual mientras le empujaba la cabeza para hundírsela hasta la base. Camila hizo un ruido gutural, arcadas breves que le llenaban los ojos de lágrimas, pero no aflojó. Chupaba más fuerte, apretaba los cachetes contra la verga, y cuando la sacaba para respirar dejaba un hilo grueso de saliva colgando entre la boca y la punta.
—Vení, arriba, ya no aguanto más —le gruñó Tomás tirándole del brazo.
La tiró de espaldas en la alfombra, le arrancó la tanga roja de un tirón y le abrió las piernas de par en par. El coño de Camila, oscuro y jugoso, le brillaba entre los muslos. Tomás bajó la cabeza y se lo devoró: le chupó los labios, le metió la lengua entera, le clavó los dientes en el clítoris con cuidado. Camila arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos, restregándosela contra la cara.
—Comémelo así, sí, sí, no pares… —chillaba, con las piernas temblorosas cerradas alrededor de la cabeza de él.
Al lado, cuando Mateo hundió dos dedos de golpe en Florencia y con el pulgar le empezó a apretar el clítoris, ella arqueó la espalda contra el cuero.
—Metela, Mateo, metémela toda ya, no aguanto más —le suplicó girándose, las piernas temblorosas y la bombacha colgando de un solo tobillo—. Quiero sentir esa verga adentro, dale.
Mateo no se lo hizo decir dos veces. La levantó como si no pesara nada y la acomodó contra el respaldo, de rodillas sobre el sillón, con el culo bien parado hacia él. Se agarró la verga de la base, se la restregó por los labios del coño, la pasó por el clítoris, la volvió a pasar por la entrada. Florencia gimoteaba, moviendo las caderas para atrás, buscándolo.
—Metémela, hijo de puta, no me hagas rogar más.
Mateo se la metió de una, hasta el fondo. Florencia soltó un grito ronco. La cogió con embestidas largas y profundas, agarrándola del pelo pelirrojo encendido, enredando los dedos entre las mechas color fuego mientras la embestía. El contraste de la piel blanca y la cabellera rojiza desparramada sobre el cuero negro lo tenía sacado. Cada estocada hacía sonar los huevos contra el clítoris de ella con un chapoteo húmedo.
—¡Mirá qué color tiene esto! —rugió, dándole una palmada en el culo que sonó como un disparo. La palma le quedó marcada roja al toque, y Florencia gimió más fuerte.
Florencia, con la cara hundida en el almohadón, sentía el pelo pegado a la frente por el sudor. Cada embestida la desarmaba. Mateo le abrió los cachetes con las dos manos, vio cómo su verga entraba y salía brillante, chorreando los jugos de ella, y se relamió.
—Dale, no pares —jadeaba Florencia, girando la cabeza para mostrarle esos ojos brillantes mientras el pelo le chorreaba por el costado del sofá—. Rompeme, dale, más fuerte.
Mateo aceleró. Le agarró la cintura con las dos manos y la empezó a coger a un ritmo bestial, como una máquina. El sillón crujía. Florencia babeaba contra el cuero, con la cara desencajada.
Camila y Tomás estaban en la alfombra. Ella tenía las piernas apuntando al techo, bien abiertas. Tomás se le acomodó entre los muslos, se agarró la verga y se la fue metiendo despacio, disfrutando cada centímetro. Camila cerró los ojos y soltó un quejido largo, sintiendo cómo la abría por dentro. Tomás le bajó los tobillos hasta los hombros para entrarle todavía más profundo, apretándole las rodillas contra las tetas.
—Puta madre, cómo te aprieta el coño —gruñó él, mordiéndose el labio.
Camila soltó un quejido agudo, mitad placer y mitad dolor. Le clavó las uñas rojas en la espalda, arrastrándolas hasta dejarle las marcas.
—Tom… seguí así, no pares, dame más —rogaba con la mirada perdida en el techo, las tetas rebotando con cada embestida—. Rompeme el coño, dale, hace tiempo que no me la meten así.
Tomás se la clavaba hasta el fondo, sacándola casi entera para volver a hundirla de un solo golpe. Los huevos le chocaban contra el culo de Camila con un ruido seco. Ella empezó a temblar, a apretarlo por dentro con espasmos, y le mordió el hombro para no gritar tan fuerte.
—Me estás por hacer venir, dale, dame más… —jadeaba entre los dientes clavados en la piel de él.
***
Mateo, viendo que las dos estaban al borde, arrastró a Camila hacia el sillón.
—Tom, dejame a la morocha que a esta colorada la doy vuelta yo.
Tomás no lo dudó. Sacó la verga del coño de Camila con un ruido húmedo y se subió al sillón atrás de Florencia. La pelirroja ni lo miró: simplemente sintió el calor de otro cuerpo, otro glande frotándole el coño empapado, y arqueó más la espalda. El grito que soltó cuando Tomás se acomodó y se la clavó hasta las bolas se escuchó en toda la cuadra. Era más fibroso que Mateo, la tenía un poco más larga, y el ángulo desde el sillón la hacía sentir que la partía al medio.
—Aaah, la puta madre, cómo entra —chillaba Florencia—. Sí, así, cogeme fuerte.
En la alfombra, Mateo dio vuelta a Camila como una media y la puso en cuatro, agarrándole las caderas con esas manos que le cubrían media cintura. Le pasó dos dedos por el coño y se los llevó a la boca, chupándolos despacio.
—Rica que estás, morocha. A ver cómo te la bancás.
Cuando se la metió, ella clavó los dientes en el borde del sofá. Era demasiado: la llenaba centímetro a centímetro mientras él imponía un ritmo bestial que la levantaba del suelo en cada estocada. Mateo la agarró del pelo azabache, la tironeó hacia atrás y le arqueó la espalda todavía más, cogiéndosela como un animal.
—Así, puta, así te gusta —le gruñía al oído—. Sentí cómo te la meto entera.
—Sí, sí, dale, seguí, no pares —le contestaba Camila entre gemidos, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Mateo le pasó el pulgar por el ojete y empezó a jugar ahí, apretando apenas, mientras seguía cogiéndola. Camila gritó más fuerte y le sacudió el culo contra él, empalándose sola.
El living era un ring. Tomás arriba del sillón cogiéndose a Florencia como si le fuera la vida en eso, Mateo abajo dándole a Camila con una furia animal.
—Dios mío, sos una bestia, me estás rompiendo entera —gritaba Camila, con la cara pegada contra el cuero, la baba chorreándole por el mentón.
Mateo arrastró a Camila al sillón, todavía con la verga adentro, guiándola por la cintura, donde Tomás seguía castigando a Florencia.
—Vengan acá las dos, carajo. Quiero verlas juntas.
Camila se trepó hasta quedar cara a cara con Florencia. Las dos, prendidas fuego, chorreando sudor, con las tetas rebotando por las embestidas, se agarraron de la nuca y se estamparon un beso. Fue un beso de lengua, sucio, con los labios brillantes por la saliva de las vergas que acababan de chupar. El pelo rojo se mezclaba con el morocho mientras se devoraban las bocas, pasándose el gusto de los dos hombres de una a otra. Tomás detrás de Florencia, Mateo detrás de Camila: un tren de carne humana que hacía crujir las patas del sofá.
—Miren esto —jadeó Tomás, viendo cómo las dos se amasaban los pechos con una mano y se buscaban el clítoris entre ellas con la otra.
Camila le agarró una teta a Florencia y se la llevó a la boca, chupándole el pezón rosado y mordisqueándolo mientras Mateo se la seguía cogiendo por atrás. Florencia le devolvió la gentileza: bajó la mano y le empezó a masturbar el clítoris a Camila, con los dedos húmedos, en círculos rápidos, sincronizados con las embestidas de Mateo.
—Ay, colorada de mierda, así, dale, tocamelo así… —jadeaba Camila con los ojos en blanco.
Camila tiró la cabeza para atrás, apoyándola en el hombro de Mateo, que la penetraba con una violencia rítmica.
—Sí, dale, dale que nos venimos las dos —gritó, estirando el brazo para agarrar a Tomás de la nuca—. Los quiero adentro, los dos, córranse adentro nuestro.
Florencia se dio vuelta un segundo para lamerle el cuello a Camila mientras Tomás le daba el último sprint. La agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás, y le clavó las embestidas más profundas, más brutales, sintiendo cómo el coño de ella empezaba a apretarlo en espasmos.
—Me vengo, Tom, me vengo, no pares —chillaba Florencia, arqueándose tanto que parecía que se iba a quebrar—. Ahí, ahí, aaaaah…
Florencia se corrió en oleadas, el cuerpo entero temblando, el coño ordeñándole la verga a Tomás, que aguantó dos embestidas más y explotó adentro. Sintió cómo se descargaba en chorros calientes contra el fondo, y Florencia gimió más fuerte al sentir el semen llenándola.
Al mismo tiempo, Mateo soltó un gruñido animal y, con tres estocadas finales que levantaron a Camila del sillón, se descargó adentro de la morocha. Camila también se venía: le clavó las uñas en el brazo a Mateo, la boca abierta en un grito mudo, sintiendo cómo se le llenaba el coño de leche caliente mientras su propio orgasmo la sacudía de pies a cabeza.
Mateo se quedó adentro unos segundos más, moviéndose despacio, disfrutando los últimos temblores. Cuando por fin salió, un hilo espeso y blanco le chorreó a Camila por el interior del muslo. Florencia, todavía jadeando, se agachó y con un dedo lo recogió, se lo llevó a la boca y se lo chupó con una sonrisa cansada.
—Rico —murmuró—. Todo un caballero, oficial.
Tomás, todavía adentro de Florencia, se rió agotado y le dio una palmada en el culo antes de sacarla. Otro hilo blanco se le escurrió por los muslos a la pelirroja. Camila se acercó y, sin pensarlo, le lamió el semen a Florencia limpiándole el muslo con la lengua, mientras los dos tipos las miraban con las vergas todavía duras y palpitando.
Se quedaron los cuatro ahí, amontonados, jadeando como si hubieran corrido una maratón. El silencio solo lo rompía el sonido de las respiraciones pesadas y algún beso húmedo que las chicas seguían dándose, con las manos todavía metidas entre las piernas de la otra.
***
El sol de las ocho se colaba por las rendijas de las persianas, iluminando el desorden del living. Los cuatro se metieron en la ducha. El agua caliente les resbalaba por la piel mientras se daban los últimos besos bajo el chorro, con las manos recorriendo culos, tetas y vergas semiduras que no terminaban de bajar.
Una vez secos y vestidos, el cansancio les cayó de golpe. Mateo saludó con un medio abrazo a Tomás y les dio un beso en el cachete a las chicas, ya medio zombis.
—Chau, fieras… me voy a dormir mil años —balbuceó antes de tirarse en la cama, todavía con el olor de las dos en las sábanas.
Tomás cargó a Camila y a Florencia en el auto y las llevó a cada una a su casa. Iban casi dormidas contra el vidrio, con una sonrisa que no les borraba nadie.
A eso de las seis de la tarde, el celular de Mateo vibró en la mesa de luz. Era un mensaje de Tomás:
«Cómo la reventamos a esas dos, hermano. No me puedo ni mover, qué noche.»
Mateo se rascó la barba y contestó al toque:
«Olvidate, fue una carnicería. La próxima me toca a mí invitar a unas amiguitas que tengo en vista, vas a ver lo que son.»
La respuesta no tardó ni un minuto:
«Dale, te tomo la palabra. Avisá y activamos de vuelta.»
Mateo dejó el teléfono a un lado, se estiró y se quedó mirando el techo, ya empezando a pensar quiénes serían las próximas candidatas.