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Relatos Ardientes

Esa noche entré al cuarto de mi hermano mayor

Aquel enero llegamos a la casa de la sierra como cada verano, con las maletas pesadas y la rutina de siempre: mi madre repartiendo cuartos, mi padre revisando el tanque de agua, Mateo cargando los bolsos del baúl hasta la puerta sin quitarse las gafas de sol. Yo lo miraba desde el porche, fingiendo que ordenaba mi mochila, mientras una sensación que no quería nombrar se me asentaba en la boca del estómago —y más abajo, entre las piernas, un latido húmedo que hacía un año no se me apagaba.

Llevaba un año entero pensando en la última noche del verano anterior.

Habíamos vuelto tarde de un asado en lo de los vecinos. Yo tenía veintiuno; él, veintiséis. Caminamos por el camino de tierra hasta la casa, oscuros bajo un cielo enorme, y en una de esas curvas su mano me agarró del brazo para que no tropezara con un pozo. Su mano tibia, firme, prolongando el contacto un segundo más de lo necesario. Yo no me solté tampoco. Llegamos así hasta la puerta y, antes de entrar, él se inclinó como si fuera a decir algo. No dijo nada. Solo me miró —los dos lo sabíamos— y después subió a su cuarto.

Doce meses pensando en esa mirada. Doce meses metiéndome la mano dentro de las bragas en mi cama de la ciudad, mordiendo la almohada para no gritar el nombre que no debía, corriéndome sola pensando en la polla de mi hermano.

—¿Tu hermano sigue con la novia? —me había preguntado mi mejor amiga Camila en algún momento del invierno.

—Terminaron en abril.

—Ah.

Ese «ah» de Camila contenía todas las preguntas que yo no me hacía en voz alta. Yo me quedaba callada y cambiaba de tema, pero por dentro hacía cuentas. Cuatro meses solo. Después seis. Después diez.

***

La primera tarde en la sierra fue la peor.

Mateo se había puesto una camiseta blanca lavada mil veces, los hombros más anchos de lo que recordaba, y bajó al salón descalzo, con el pelo todavía mojado de la piscina. El short le marcaba el bulto sin pudor, un bulto pesado que se le movía al caminar, y yo apreté los muslos disimulando en el sillón. Se sentó frente a mí, en el otro sillón, y me sostuvo la mirada un instante de más antes de buscar el control remoto. Yo bajé los ojos al libro que tenía en la falda y leí tres veces el mismo párrafo sin entender ni una palabra, con el coño empapado bajo la falda de algodón.

Por favor, que sea todo mi cabeza, pensé. Por favor, que se me pase.

No se me pasó.

Esa noche, durante la cena, su pierna rozó la mía debajo de la mesa. Quizás fue casualidad. Quizás no. Tampoco la apartó, y yo tampoco. Cuando mi madre le pidió la sal, él se inclinó por delante de mí y, durante un segundo, sentí el calor de su cuerpo cerca del mío y un perfume a jabón de glicerina que era casi insoportable. Se me pusieron los pezones duros bajo la camiseta y crucé los brazos rápido, rezando para que nadie lo notara.

—¿Estás bien? —me preguntó mi mamá.

—Sí, sí. Es el calor.

El calor era una excusa cómoda. Toda la casa estaba a treinta y dos grados, las cigarras enloquecían afuera, y yo no podía explicarle que lo que me ardía no tenía nada que ver con el verano, que se me estaba escurriendo el flujo por la cara interna del muslo cada vez que él respiraba a mi lado.

***

A las once estaba en mi cuarto, tendida boca arriba, mirando el ventilador de techo dar vueltas y vueltas. Las aspas hacían un click cada vez que pasaban por una posición específica, y ese click se me había vuelto un metrónomo de mi propia indecisión.

Tic. No.

Tic. Imposible.

Tic. ¿Y si bajo a la cocina por agua?

Tic. ¿Y si me pierdo en el camino?

Me senté en el borde de la cama. La camiseta vieja que usaba para dormir se me pegaba al pecho por la transpiración; debajo no tenía nada, ni bragas ni sostén. Me pasé la mano por el vientre y bajé sin pensar hasta el pubis: los dedos se me hundieron en algo caliente y viscoso. Ya estaba mojada de solo pensarlo. Afuera, los grillos no callaban, como si la sierra entera supiera lo que yo estaba pensando y se hubiera puesto a comentarlo.

Me levanté.

El piso de mosaico estaba fresco bajo mis pies, una caricia de mármol en mitad del horno. Caminé hasta la puerta de mi cuarto y apoyé la oreja sin saber qué esperaba escuchar. Nada. Toda la casa dormía.

Salí al pasillo.

***

El cuarto de mis padres quedaba en la otra ala, separado por el salón, por la cocina, por dos puertas pesadas. Eso me dio coraje. Eso, y un año entero pensando en la mano de Mateo en mi brazo.

El pasillo estaba iluminado apenas por la luna que entraba por la ventana del fondo. Caminé descalza, una mano rozando la pared para guiarme, y llegué hasta su puerta.

Estaba entreabierta.

No del todo abierta, no cerrada con llave. Una pulgada de oscuridad invitándome o desafiándome —no sabía bien la diferencia.

Empujé.

La puerta cedió sin ruido. El cuarto olía a él: a esa mezcla de jabón, sudor seco y algo más cálido que no podía nombrar. Mateo dormía de costado, dándome la espalda, con la sábana enredada hasta la cintura. La luna le iluminaba el contorno del hombro, la curva del bíceps, la línea de la columna. Estaba desnudo bajo la sábana: le veía el arranque del culo, la curva firme de la nalga, y más abajo, entre los muslos entreabiertos, la sombra pesada de la polla apoyada contra la sábana. Me quedé en la puerta unos segundos, intentando reconocer en ese cuerpo dormido al hermano que conocía desde que nací.

No lo reconocí.

Era otro. O, mejor dicho, era él, pero visto desde un lugar que durante años había mantenido cerrado bajo siete llaves.

Me acerqué.

Cada paso me costaba. No por miedo a despertarlo —ya casi quería despertarlo—, sino por la conciencia de estar cruzando algo que después no se iba a poder volver a cerrar. Una puerta, sí, pero también algo dentro de mí. Una habitación interior que se inauguraba esa noche.

Me senté en el borde de la cama.

El colchón se hundió un milímetro. Él tomó aire de una forma distinta. No se movió. No habló. Su respiración cambió de ritmo apenas, y eso me confirmó dos cosas: que estaba despierto, y que no iba a ser él quien empezara.

Iba a tener que ser yo.

Apoyé la mano en su brazo.

***

Su piel estaba caliente, más caliente que la mía. La piel de los que no transpiran. Pasé los dedos por el antebrazo, despacio, sintiendo el vello finito, la dureza del músculo debajo. No se apartó. Tampoco se giró todavía. Me dejó hacer, como si aceptara un pacto silencioso: tú decides hasta dónde, yo no me muevo hasta que decidas.

Mi mano subió hasta el hombro.

Bajó por la espalda.

Siguió bajando, por debajo de la sábana, hasta la curva del culo. Se la apreté sin pensarlo, y él tomó aire de golpe, un jadeo mínimo que se le escapó por la nariz. Bajé la sábana un poco más y ahí estaba: la polla ya despierta, gruesa, curvada contra el vientre, la punta brillando de una gota que se le había escapado. Se me hizo agua la boca. Un año imaginándomela y era más grande, más morena, más hermosa que en cualquiera de mis noches sola.

Cerré la mano alrededor.

Mateo se giró de golpe, los ojos abiertos en la penumbra, y me miró como si hubiera estado esperando ese contacto durante los mismos doce meses que yo.

—Sabía que ibas a venir —susurró.

—¿Cuándo lo supiste?

—Hace un año.

Le apreté la polla más fuerte y él soltó el aire contra mi cuello. La sentí latir en mi puño, dura como una piedra caliente, y empecé a moverle la mano de arriba abajo despacio, apretando la punta cada vez que llegaba arriba, esparciéndole el líquido por todo el glande.

—Vas a hacer que me corra ya —me susurró al oído, y me mordió el lóbulo.

—No todavía.

***

Me subí a la cama en cuatro y le arranqué la sábana del todo. Ahí estaba entero, mi hermano, desnudo boca arriba, con la polla parada apuntándole al ombligo. Me quedé quieta un segundo mirándola, dándome permiso, y después bajé la cabeza y me la metí en la boca.

La chupé hasta el fondo. Sentí cómo se le arqueaba la espalda, cómo se le tensaban los muslos, cómo me apretaba el pelo con una mano sin animarse a empujarme la cabeza. Le lamí la punta despacio, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, y después me la volví a meter entera, hasta que la garganta se me cerró contra el capullo y una arcada me hizo llenar los ojos de lágrimas.

—Joder —gimió apretando los dientes—. Joder, hermanita, qué bien la mamás.

La palabra me atravesó el coño como una descarga. Se lo hice más fuerte, chupándole con las mejillas hundidas, la mano rodeándole la base, la otra mano acariciándole las bolas pesadas que se le estaban tensando ya contra el cuerpo. Se le escapó un gemido más largo y me sacó de la boca tirándome del pelo con suavidad.

—Para. Me corro en tu boca si sigues.

—Quiero que te corras en mi boca.

—Después. Ahora ven aquí.

Me subió encima suyo. Me sacó la camiseta de un tirón por la cabeza y se quedó mirándome las tetas un instante, la boca entreabierta, como si le costara creer que las tenía enfrente. Me agarró una con toda la mano y me apretó, y con la otra me atrajo la punta del pecho hasta su boca. Me chupó el pezón fuerte, dándole vueltas con la lengua, mordiéndolo suave, y yo me deshice sobre él con un gemido que tuve que ahogar contra su hombro.

Mi coño mojado se apoyó directo contra la polla dura. Empecé a moverme instintivamente, restregándome contra ella, dejando un rastro de flujo por toda la longitud. Él me agarró de las caderas y me guio, resbalando la punta entre mis labios abiertos, rozándome el clítoris con el glande a cada pasada.

—Estás empapada —susurró—. Llevas todo el día así, ¿verdad? Toda la puta cena así.

—Toda la puta cena —le contesté al oído—. Todo el puto año.

Le agarré la polla con la mano y me la puse en la entrada. Bajé apenas la cadera y sentí cómo la punta se me hundía, cómo el coño se me abría alrededor de la carne caliente de mi hermano. Los dos gemimos a la vez, y los dos nos tapamos la boca a la vez, riéndonos con los ojos por el miedo y el placer.

Me hundí hasta el fondo.

La sentí golpearme adentro, contra un punto que no sabía que existía. Me quedé quieta un segundo, con la polla entera metida hasta la base, sintiendo cómo se me abría el coño para acomodarse a su grosor. Él respiraba entrecortado debajo de mí, con las manos apretándome las nalgas, sin moverse todavía, esperando.

Empecé a moverme.

Despacio al principio, subiendo y bajando con toda la extensión, sintiendo cómo entraba y salía centímetro a centímetro. El colchón crujía apenas y los dos nos quedamos quietos un instante, escuchando, hasta que el silencio de la casa nos confirmó que nadie había despertado. Entonces volvió a buscar mi boca, empujándome la lengua hasta el fondo, mientras me clavaba las caderas por debajo, encontrándose con las mías en cada bajada.

No fue rápido.

No fue desesperado.

Fue minucioso, casi cuidadoso, como si los dos supiéramos que no íbamos a poder hablar de eso al día siguiente y entonces tuviera que quedar todo dicho ahí, en la piel. Mateo me movió las caderas con las manos, marcándome el ritmo, subiéndome y bajándome sobre su verga con una paciencia que rozaba el dolor. La luna entraba por la ventana lo suficiente para verlo, lo suficiente para que él me viera montándole encima con los pechos rebotando contra su cara.

—Detente si quieres —me susurró en el oído.

No quería. Negué con la cabeza, con la frente apoyada en su mejilla, y él entendió.

***

Me giró.

Sin sacarla, me giró de espaldas contra el colchón y quedó encima mío, con la polla todavía enterrada hasta el fondo. Me agarró las dos manos y me las sostuvo por encima de la cabeza, mientras empezaba a follarme más fuerte, embistiéndome despacio pero profundo, tocándome el fondo con cada empuje. El placer fue distinto a todo lo anterior, porque venía cargado de doce meses de espera y de la certeza de que esto no se podía repetir. Cada gesto tenía la densidad de una primera y de una última vez al mismo tiempo.

—Mírame —dijo bajito.

Lo miré.

Era mi hermano y, en ese momento, era también un hombre que conocía mi nombre desde antes de que yo lo supiera pronunciar. Esa contradicción no me alejó: me hundió más en lo que estábamos haciendo. Cerré los ojos un instante porque la idea me daba vértigo, y los abrí porque me daba vértigo también no mirarlo. Me follaba mirándome a los ojos, sin apartar la vista, mientras me clavaba la verga hasta las bolas.

—Dime que soy tu hermano —susurró contra mi boca.

—Eres mi hermano.

—Otra vez.

—Eres mi hermano, Mateo. Es tu polla la que me está follando. Es tu hermana la que te la está montando.

Gimió sordo contra mi cuello y aceleró. Me puso una pierna sobre su hombro, abriéndome más, y empezó a embestirme desde arriba con toda la fuerza que se atrevía a poner sin hacer ruido. El colchón apenas se movía; el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, sin embargo, me parecía atronador. Me mordí el dorso de mi propia mano más de una vez para no gritar. Él me apartó la mano y me la sostuvo contra el colchón.

—No te tapes. Quiero oírte.

—Nos van a escuchar.

—Bajito. Para mí.

Gemí contra su oreja, bajito, cada vez que la punta me golpeaba el fondo. Me metió la mano entre los dos cuerpos y me buscó el clítoris con el pulgar. Empezó a frotarlo en círculos al ritmo de sus embestidas, y yo sentí que se me abría un abismo caliente en el vientre.

—Me voy a correr —le avisé, aterrada de mi propia voz.

—Córrete en mi polla. Córrete ya.

Me corrí.

Me corrí con la boca abierta contra su hombro, mordiéndoselo para no gritar, con el coño apretándose alrededor de su verga en espasmos que no podía controlar. Sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo se me escurría el flujo por los muslos hasta la sábana, cómo se me nublaba la vista mirándolo de tan cerca.

Él siguió embistiéndome durante mi orgasmo, apretando los dientes, aguantando, hasta que se me pasó el temblor y entonces se sacó la polla de golpe.

—En tu boca —jadeó—. Dijiste que en tu boca.

Me deslicé hacia abajo. Se arrodilló sobre mi cara con la verga en la mano, empapada de mí, y se la metí entera. Le pasé la lengua desde las bolas hasta la punta, chupándola con hambre, saboreándome a mí misma en él, y él se agarró del cabecero de la cama para no caerse.

—Trágalo —susurró—. Trágalo todo.

Se corrió a los pocos segundos. Sentí el primer chorro caliente contra el paladar, y después otro, y otro, mientras él se mordía el puño para no gritar. Tragué cada gota, con los ojos clavados en los suyos, y le seguí lamiendo la punta hasta que se estremeció de sensibilidad y me apartó suave, dándome un beso en la frente todavía con el semen entre los labios.

***

Cuando terminamos, me quedé quieta sobre su pecho.

Su mano dibujaba círculos lentos en mi espalda. Afuera los grillos seguían igual, como si para la noche nada hubiera cambiado, aunque para mí todo había cambiado. Le escuché la respiración volver a la normalidad, el latido del corazón apaciguarse, y supe que iba a recordar ese sonido durante años. Todavía sentía el calor de su semen en la garganta y el escozor delicioso del coño abierto y usado.

—Tienes que volver a tu cuarto —dijo después de un rato.

—Lo sé.

—No por mí. Por ti.

—Ya lo sé, Mateo.

***

Me vestí en silencio. Él se quedó tendido boca arriba, mirando el techo, con la polla todavía brillante entre los muslos, y cuando me incliné sobre la cama para darle un último beso —en la frente, no en la boca; un gesto que no sé bien por qué hice— me sostuvo la cara con las dos manos un segundo y me miró con una seriedad que me dejó tibia hasta la mañana siguiente.

—Pasé un año pensando en esto —dijo.

—Yo también.

—Mañana hago como si nada.

—Yo también.

Salí del cuarto.

Recorrí el pasillo de vuelta como una sonámbula, con el semen de mi hermano bajándome todavía por la garganta y el flujo goteándome por los muslos. La casa seguía en su silencio tibio, mis padres dormían en la otra ala, los grillos hacían su música infinita afuera. Llegué a mi cama, me dejé caer boca arriba y me quedé mirando el ventilador hasta que la luz violeta del amanecer empezó a entrar por la ventana.

***

A la mañana siguiente, fingí.

Me crucé con Mateo en la cocina. Él estaba sirviéndose café, con la misma camiseta de la tarde anterior, y me dijo «buen día» con una voz idéntica a todas las mañanas de mi vida. Yo respondí «buen día» con la misma normalidad. Mi mamá entró un minuto después y nos preguntó si habíamos dormido bien.

—Bien —dijimos los dos al mismo tiempo.

Mateo me alcanzó la azucarera sin mirarme.

Ese fue el único gesto que se permitió. Y yo se lo agradecí en silencio, porque cualquier otra cosa nos habría delatado.

Esa fue la primera y la última vez.

O al menos, eso es lo que me sigo diciendo cada vez que vuelve enero y siento el coño palpitar de solo pensar en él.

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Comentarios(10)

Manu_Cba

increible relato, muy bien escrito. Seguí subiendo!!

Luciana_Rc

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo termina todo esto

Vale_lectora

Me encantó como lo narraste, se siente muy real. Se nota que lo escribiste de verdad

KronosLex

buenisimo, de los mejores que lei aca en mucho tiempo!!

Marcos_Uy

me recordó a una situacion parecida que viví de joven... esas tensiones que todos hacemos como que no existen. Buen relato

NachoCRD

¿Vas a continuar? Quedé totalmente enganchado desde el primer párrafo

BeatrizP

Muy buen relato. Lo que mas me gustó es esa tension previa bien construida, como vas dejando caer cada detalle. Esperando los proximos capitulos!

RodrigoBA

ese extracto ya me vendio. Tremendo

Carla_Oscura

el titulo me mato de curiosidad y valió cada palabra jaja. Muy bueno

LectorNocturno22

El ritmo esta muy bien llevado, fluye natural. Suscripto para lo que sigue

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