Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confieso lo que pasó cuando me robaron la ropa en la selva

Tengo 32 años y nunca le he contado esto a nadie, ni a mi marido ni a mi hermana. Hace casi siete años, cuando todavía vivía sola y trabajaba como bióloga en un proyecto de campo, pasé tres meses en la selva al sur de Iquitos. Lo que voy a contar ocurrió una tarde de febrero, cuando me alejé del campamento sola por primera y última vez.

Era un mediodía sofocante. El termómetro del campamento marcaba 38 grados y el sudor me corría por la espalda como si me hubieran tirado un balde de agua tibia. Llevaba cuatro horas siguiendo el rastro de un grupo de monos aulladores y, cuando crucé un muro de helechos enormes, lo vi: una laguna de agua negra, lisa como un espejo, rodeada de árboles que dejaban caer cortinas de luz verdosa.

No me lo pensé. Estaba sola, a más de tres kilómetros del campamento, sin nadie en el radio que pudiera oírme ni verme. Me quité las botas, los pantalones, la camiseta empapada. Dudé un instante con la ropa interior, pero la idea de volver a metérmela mojada me dio más asco que vergüenza, así que me la quité también. Doblé todo encima de la mochila, dejé las botas al lado y me metí en el agua.

El frío fue una bofetada bienvenida. Nadé hasta el centro de la laguna y me dejé flotar de espaldas. El sol me daba en los pechos y el vientre. Cerré los ojos y por primera vez en semanas no pensé en informes, ni en muestras, ni en mi novio de entonces, que ya no me llamaba. Solo en la temperatura del agua y en el zumbido de los insectos.

No sé cuánto tiempo pasó. Veinte minutos, quizá media hora. Cuando volví a la orilla y salí escurriéndome el pelo, el corazón me dio un vuelco.

La mochila no estaba. La ropa tampoco. Las botas tampoco.

Al principio pensé que me había confundido de orilla. Caminé desnuda hasta el árbol caído que había usado de referencia. Era el mismo. Estaba en el sitio correcto. Sencillamente, mis cosas habían desaparecido.

Esto no puede estar pasando.

Grité una vez. Solo una. La selva me devolvió un eco que sonaba a burla. Y entonces, al levantar la vista hacia la maleza, vi una figura. Estaba a unos veinte metros, agachada entre los helechos, casi invisible. Un chico delgado, de piel oscura, con el pelo largo recogido en una trenza floja. Llevaba mi mochila colgada del hombro y mis pantalones bajo el brazo. Cuando se dio cuenta de que lo había visto, no salió corriendo. Me sostuvo la mirada dos o tres segundos, sin expresión, y se metió en la espesura.

Corrí detrás. Descalza, desnuda, gritándole en español y en el poco quechua que había aprendido. La selva se cerró sobre él como una boca y, a los pocos pasos, las hojas filosas y las raíces me obligaron a parar. Se había esfumado.

***

Me senté en el suelo y lloré dos minutos exactos. Luego me obligué a respirar. Estaba sola, desnuda, sin agua, sin GPS, sin radio, a varios kilómetros del campamento, y empezaba a hacer fresco.

Decidí seguir el cauce de un riacho que me sonaba familiar. Caminé al menos dos horas, con los pies sangrando, los muslos arañados por las ramas, los brazos cruzados sobre los pechos por puro instinto, aunque no había nadie para verme. Cada crujido me sobresaltaba. Cada ave que levantaba el vuelo era, en mi cabeza, el chico de la trenza que volvía a observarme. Y eso fue lo que más me alteró: la conciencia de unos ojos sobre mí.

Porque mientras caminaba, en medio del miedo, empezó a ocurrir otra cosa que tardé horas en admitir. Cada vez que el viento me rozaba la piel, me erizaba. Cada hoja que me acariciaba el muslo era una caricia. Mis pezones estaban duros desde hacía rato, y no era por el frío. Era por la idea de que él podía estar a diez metros, escondido, mirándome. Por primera vez en mi vida adulta entendí lo que significa sentirse expuesta. Y no me odié por ello. Me asusté, sí, pero no me odié.

***

La noche cayó como cae la noche en la selva: de golpe, sin transición. Me hice una cama de hojas grandes al pie de un árbol, abracé las rodillas y traté de dormir. Imposible. Cualquier ruido me sacudía. Y el frío, sin ropa, era peor de lo que pensaba.

Empecé a frotarme los brazos para entrar en calor. Luego los hombros. Luego el pecho. Las manos me bajaron solas, casi sin permiso, hasta el vientre. Y de ahí, más abajo. Estaba mojada. No por el agua de la laguna, que ya se había secado hacía horas, sino por algo que llevaba removiéndose en mí desde el momento en que aquel chico me sostuvo la mirada y se fue con mi ropa.

Me masturbé en silencio, mordiéndome los labios para no hacer ruido, con la espalda apoyada en la corteza del árbol. Pensé en él. En sus ojos sin expresión. En la posibilidad —absurda, irracional— de que estuviera observándome desde algún rincón oscuro. Pensé en su mano sosteniendo mis pantalones, en lo absurdo del gesto, en lo deliberado. No me había robado para venderme la ropa. Me la había robado para dejarme así.

El orgasmo me sacudió de una forma que no recordaba. Me dejó jadeando, asustada de mí misma, con los ojos llenos de lágrimas. Después dormí, agotada, hasta que el primer rayo de luz me despertó.

***

A media mañana del segundo día encontré, casi por milagro, un camino de tierra. Un viejo Land Rover bajaba a paso de tortuga, levantando polvo. El conductor era un hombre de unos sesenta años, con sombrero de paja, que frenó tan brusco que casi se le cala el motor.

—Señorita, por Dios… —fue lo único que dijo.

No me cubrí. No me agaché. No le pedí disculpas. Me quedé de pie en medio del camino, con las manos en las caderas, los pies destrozados y el cuerpo entero marcado de arañazos. El viejo bajó del vehículo con una manta de cuadros y me la pasó por los hombros sin tocarme. Se llamaba don Eladio. Tenía una pequeña hacienda a una hora de distancia y conocía a la gente de mi proyecto. Me llevaría con su mujer, me dijo, y desde su casa avisaríamos al campamento.

Subí a la camioneta envuelta en la manta. El asiento de plástico negro estaba ardiendo. No me importó. Don Eladio no me miraba, o lo hacía solo de reojo. Conducía despacio, esquivando baches con paciencia. Yo miraba la selva por la ventanilla y entendía que algo en mí ya no era el mismo algo.

***

La esposa de don Eladio se llamaba Aurora. Me recibió sin preguntas, me dio una túnica de algodón crudo y me sirvió un caldo de yuca y bagre que todavía recuerdo. Avisaron al campamento por radio. El jefe de proyecto me pidió por el aparato que descansara dos días antes de volver. Le dije que sí. Pensaba decirle que sí cuatro o cinco días.

Me quedé una semana entera. Aprendí a tejer hojas de palma con Aurora, a sacar mandioca con un cuchillo curvo, a no tenerle miedo al sonido del bosque por las noches. Y los hombres de la aldea, sin mirarme nunca de frente, me miraban siempre. Lo notaba. Y a mí, lejos de incomodarme, empezó a gustarme.

***

El sexto día había una fiesta en una aldea río arriba. Aurora me prestó un vestido de algodón blanco, abierto en los hombros, que me llegaba hasta media pantorrilla. Bailé con quien me sacaba a bailar. Bebí masato, una bebida fermentada y dulzona que se sube a la cabeza con disimulo. La música era un tambor que parecía llevar el ritmo de mi propia sangre.

Y entonces lo vi.

Estaba en la esquina opuesta del claro, apartado del grupo, con un cigarro de hoja en la mano. La trenza, los ojos sin expresión, la misma piel del color del barro mojado. No dije nada. Lo miré. Él me miró también. No se sorprendió de verme. Era como si llevara seis días esperándome.

Caminé hasta él con un aplomo que no era mío, prestado por el masato y por todo lo que había pasado. Cuando llegué a su altura, no me devolvió la mirada inmediatamente. Esperó a que yo hablara.

—Me robaste la ropa —dije, en voz baja.

Asintió, sin sonreír.

—¿Por qué?

Tardó en contestar. Al final dijo, en un español lento y cuidado:

—Para ver qué hacías.

—¿Y qué hice?

—Lo que tenías que hacer.

No supe qué responder. Me tendió la mano. La acepté. Salimos de la fiesta sin que nadie pareciera notarnos.

***

Me llevó por un sendero corto, a un claro pequeño donde la luna entraba sin obstáculos. No hubo prisa. No hubo música. Solo el ruido lejano del tambor y el de las cigarras, que tapaban cualquier otro sonido. Se quitó la camisa. Yo me quité el vestido. Y por segunda vez en una semana me quedé desnuda en la selva, esta vez sin miedo.

Me besó como si me conociera de toda la vida. Despacio, sin teatro, con una concentración que me desarmó. Su boca bajó por mi cuello, por la clavícula, por el centro del pecho. Cuando llegó a los pezones, me sorprendí gimiendo más fuerte de lo que pretendía. Él no se rió. Subió las manos a mi cintura, me empujó suave hasta el suelo, se acomodó sobre la manta de hojas que parecía haber preparado de antemano, y me acostó encima.

Cuando entró en mí, lo hizo como si entrara en un sitio que ya conocía. Despacio, sin embestir, dejándome el ritmo a mí. Me apoyé en su pecho con las dos manos y empecé a moverme sobre él, mirándolo, sin dejar de mirarlo. La luna se nos colaba entre las hojas y le iluminaba media cara. La otra mitad quedaba en sombra. No dijo nada en todo el rato. Solo me sostenía la cintura con las manos abiertas y respiraba contra mi cuello.

El orgasmo fue una ola larga y silenciosa, no el sismo de aquella primera noche. Fue una rendición. Me dejé caer sobre él y nos quedamos así, pegados, hasta que el frío empezó a meterse entre nosotros. Me cubrió con su camisa antes que con la mía.

***

A la mañana siguiente me devolvió a la casa de don Eladio. No me devolvió la ropa porque no la tenía: la había soltado río abajo el mismo día que me la quitó, según me confesó después. Me regaló, eso sí, una pulsera de fibras trenzadas y un cuchillo pequeño con mango de hueso. Me dijo su nombre por primera vez. No lo voy a escribir aquí.

Volví al campamento dos días después. Acabé el proyecto, presenté el informe, regresé a Lima y, de ahí, a Madrid. Me casé al año siguiente con un hombre bueno al que quiero. Nunca le he contado nada de esto, ni se lo contaré. La pulsera la guardo en una caja, dentro de un cajón, con dos o tres cosas más que solo me importan a mí.

A veces, cuando me ducho a oscuras, cierro los ojos y vuelvo al claro de aquella laguna. Al instante exacto en que descubrí que la mochila había desaparecido. Al frío de la noche al pie del árbol. A la mirada del chico sin expresión que sabía perfectamente lo que estaba haciendo cuando se llevó mi ropa. Y entiendo, una vez más, lo que él me dijo aquella noche: que hice exactamente lo que tenía que hacer.

Esta es mi confesión. No espero que se entienda. Solo necesitaba contarla.

Valora este relato

Comentarios (7)

Piloto_33

Excelente!!!

ConfesionesReader

Me quede pegado desde el primer parrafo. Los ojos entre los helechos... tremendo. No puedo esperar a leer el resto

LuciaM_23

Por favor que haya segunda parte!! Quede con demasiadas ganas de saber que paso despues jaja

SilviaCBA22

Me recordo a un viaje que hice a la selva con unos amigos, aunque a mi no me paso nada tan interesante como esto jajaja. Muy buen relato

RamonLect

Una pregunta: esto es real o es ficcion? Se siente muy autentico, como si uno estuviera parado ahi viendo la escena

vale_2103

Salir del agua y encontrarse con todo robado... que angustia. Pero bien narrado, te atrapa desde el principio

MartinaPlaya22

Los relatos de confesiones son siempre los que mas me gustan. Este en especial tiene algo que lo hace diferente. Sigan subiendo cosas asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.