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Relatos Ardientes

Solo iba a bailar y terminó en el baño del club

Era la una de la madrugada del sábado en El Sótano, una de las salas más sucias y calientes de Barcelona. El local estaba a tope: luces estroboscópicas cortando la oscuridad como cuchillas, bajos pesados que hacían vibrar el suelo y las latas, dembow y reggaetón a un volumen que volvía imposible cualquier conversación. La pista principal era un mar de cuerpos sudados moviéndose al compás del último éxito de reggaetón en bucle.

Yuna, veintisiete años, coreana instalada en la ciudad desde hacía dos veranos, bailaba sola en el centro de la multitud. Bajita —apenas un metro sesenta—, pelo negro liso hasta media espalda que se movía como una cortina líquida con cada giro. Ojos rasgados, profundos, y una piel blanca que brillaba bajo los neones violetas y rosas. Cuerpo menudo, casi de adolescente, pero con curvas suaves: pechos pequeños y firmes que se marcaban bajo el top plateado sin sujetador, cintura muy estrecha y un culo redondo, prieto, que se contoneaba al ritmo con una precisión casi insolente.

Llevaba una falda corta de cuero negro que subía peligrosamente con cada movimiento de cadera y tacones finos que la hacían sentir más alta y, sobre todo, más segura. Bajo la falda, un tanga negro diminuto. No había salido a buscar nada concreto. Solo a olvidar la semana, a dejarse llevar por el ruido y el alcohol.

Adrián, treinta y tres años, catalán de nacimiento y de orgullo, alto, moreno, barba cuidada de tres días que le daba un aire entre canalla y respetable. Ojos castaños, casi negros, y una complexión atlética propia del gimnasio diario. Camiseta negra ceñida que le marcaba el pecho y los brazos, vaqueros oscuros y unas zapatillas blancas impecables. La vio desde la barra mientras pedía la tercera copa, y ya no pudo apartar la mirada.

Se acercó por detrás. Sin tocarla todavía. Solo bailando muy cerca, sincronizando el perreo, dejando que ella decidiera. Yuna lo notó al instante: el calor de su cuerpo, el olor a colonia fresca mezclado con sudor limpio, la tela de su camiseta rozándole la espalda desnuda. Giró la cabeza despacio, lo miró por encima del hombro y sonrió con picardía, mordiéndose el labio inferior.

Adrián entendió el permiso. Se pegó más. Manos grandes en sus caderas, guiándola al ritmo lento y sucio del dembow. Ella respondió arqueando la espalda, culo rozando la entrepierna que ya empezaba a endurecerse contra la tela del vaquero. Bailaron así minutos eternos: perreo intenso, las manos de él bajando por sus costados, subiendo por su cintura, apretándole los pechos por encima del top brillante. Cuando ella giró dentro de sus brazos, pecho contra pecho, lo miró a los ojos sin pestañear.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, voz apenas audible sobre la música.

—Adrián —respondió él, boca pegada a su oreja—. ¿Y tú?

—Yuna.

Se besaron sin más preámbulo. Lenguas enredadas, saliva mezclándose, las manos de él bajando hasta colarse debajo de la falda y apretarle el culo desnudo. Su erección presionaba contra el vientre de ella, dura, evidente, imposible de disimular. Yuna sintió el calor subiéndole por el cuello hasta las mejillas, y un pulso húmedo entre las piernas que ya no podía ignorar.

—Estás durísimo —le susurró al oído, mano bajando disimuladamente para rozarlo por encima del vaquero.

—Y tú estás empapada, se nota —gruñó él, dedos colándose por debajo de la falda y rozando el tanga ya humedecido—. Joder, Yuna… llevo veinte minutos viéndote moverte así y no aguanto más.

Ella sonrió contra su boca.

—Pues no aguantes.

***

Adrián la cogió de la mano y se abrieron paso entre la multitud hacia el piso de arriba. Allí los baños eran más amplios y, sobre todo, menos vigilados que los del sótano. Entraron en uno de los cubículos del fondo y echó el pestillo con un clic seco que retumbó entre los azulejos.

El espacio olía a perfume barato, lejía y sudor de la noche. La música llegaba amortiguada, pero el bajo seguía retumbando contra la pared, marcando un ritmo que ya no era de baile.

Adrián la giró contra los azulejos fríos. Le subió la falda hasta la cintura de un tirón impaciente, apartó el tanga negro a un lado con dos dedos. Le abrió las piernas con la rodilla y se bajó el vaquero y el bóxer en un solo movimiento. Su polla quedó libre, dura, gruesa, brillante en la punta.

Rozó el coño empapado de Yuna, midió el ángulo y entró de un empujón firme. Ella soltó un gemido ahogado y apoyó las manos en los azulejos para sostenerse.

—Joder… qué apretada estás —gruñó él contra su nuca, comenzando a follarla con un ritmo fuerte y constante.

Una mano en la cadera, la otra cubriéndole la boca para amortiguar los gritos. El sonido de piel chocando con piel se mezclaba con el bajo lejano del local. Esto está mal y no me importa nada, pensó ella. Su coño lo apretaba con cada embestida, mojado hasta los muslos, y el clítoris hinchado le rozaba contra el pubis de él en un cosquilleo creciente.

—Más fuerte… —susurró contra su palma, los ojos cerrados.

Adrián aceleró. Embestidas más profundas, más sucias. Y entonces, en una salida algo descontrolada, resbaló. La cabeza gruesa de su polla, empapada, presionó un par de centímetros más arriba de lo previsto, justo en su ano.

—Adrián, ahí no… —empezó ella, voz entrecortada, intentando girar la cabeza.

Demasiado tarde. El empuje ya iba lanzado. La cabeza entró de golpe, abriéndole el culo virgen en un instante. Un dolor agudo, ardiente, la atravesó como una descarga eléctrica desde la cintura hasta la nuca. Yuna gritó contra la mano de él, ojos llenándosele de lágrimas al instante, cuerpo tenso intentando apartarse hacia delante.

—Hostia… perdón, perdón —jadeó Adrián, voz ronca de excitación y sorpresa—. Me he equivocado, no quería…

Se quedó inmóvil un segundo, palpitando dentro de ella, dándose cuenta del error. El ano de Yuna lo apretaba brutalmente, mucho más caliente y estrecho que cualquier coño en el que hubiera estado. Una sensación nueva, casi adictiva, le recorrió la espina dorsal. Sintió cómo su polla latía con fuerza dentro de ese túnel prohibido, sin atreverse a moverse.

Yuna temblaba contra los azulejos, lágrimas rodando por las mejillas, una mano todavía apoyada en la pared y la otra cerrándose en un puño contra la barriga.

—Sácamela… duele… —sollozó bajito.

***

Pero Adrián no se movió. No del todo, al menos. En vez de salir, empezó a balancearse muy despacio: salidas cortas que la dejaban con un vacío ardiente, entradas suaves, casi pidiendo permiso, que la llenaban otra vez sin agresividad.

—Si quieres salgo, te lo juro —murmuró contra su oreja, una mano acariciándole la cintura con una ternura que no esperaba—. Tú me dices.

El dolor empezó a transformarse. Cada centímetro que entraba encendía algo profundo, raro, eléctrico, que ella nunca había sentido. Su coño, que había quedado vacío y abierto, palpitaba pidiendo atención. El clítoris le latía solo con la presión interna, como si tuviera vida propia. ¿Qué me está pasando?, pensó, asustada y excitada a partes iguales.

—No… no pares —se oyó decir, y se sorprendió de sus propias palabras. La voz le salió rota, entrecortada, casi de otra persona—. Despacio… pero no pares.

Adrián soltó un gruñido animal, casi de alivio.

—¿Segura? —preguntó, conteniéndose visiblemente, los nudillos blancos sobre su cadera.

—Sí… sigue… despacio primero.

Le cogió las dos caderas con las manos abiertas y empezó a follarla por el culo de verdad. Embestidas profundas pero controladas al principio. Cada vez que entraba hasta el fondo, sentía cómo sus testículos golpeaban el coño hinchado de ella, todavía empapado y abandonado. Yuna gemía sin control, las uñas clavadas en la junta de los azulejos, el culo en pompa ofreciéndose más, la espalda completamente arqueada.

—Joder, Yuna… estás más apretada que cualquier cosa que haya sentido —gruñó él contra su nuca, la barba rozándole la piel sudorosa.

—Más… más profundo —suplicó ella, lágrimas mezcladas ya con un placer desconocido.

***

El orgasmo la pilló por sorpresa. Empezó en lo más hondo del vientre, una contracción brutal que se le subió por la columna y le apretó la polla de él como un puño cerrado. Gritó contra la palma que seguía tapándole la boca, el cuerpo entero convulsionando, las piernas temblándole tanto que tuvo que apoyarse con las dos manos para no caerse. El coño, sin que nadie lo tocara, le chorreó sobre los muslos en pequeños espasmos calientes, incontrolables. El ano se contraía violentamente alrededor de él, ordeñándolo en un ritmo que no podía detener.

Fue largo, intenso, casi doloroso de lo abrumador.

Adrián aguantó lo que pudo, pero el apretón lo volvió loco.

—No puedo más… me corro —gruñó, voz quebrada.

Tres embestidas más, profundas, descontroladas, y se vació dentro de ella. Yuna sintió los chorros calientes inundándola, una presión espesa que se acumulaba dentro y luego empezaba a rebosar despacio cuando él, ya quieto, fue saliendo centímetro a centímetro. Un hilo blanco, grueso, se le escapó del ano abierto y bajó por la cara interna del muslo hasta la rodilla.

Se quedó apoyada en la pared, jadeando, la falda arrugada en la cintura, el tanga torcido a un lado, el culo todavía palpitando y goteando. Adrián la abrazó por detrás, todavía semierecto contra su trasero, besándole el cuello sudoroso con una delicadeza que no encajaba con la escena.

—Perdona, de verdad —murmuró contra su piel—. No quería que empezara así. No suelo… vamos, que no era el plan.

Yuna giró la cabeza despacio. Los ojos vidriosos, una sonrisa floja y temblorosa que apenas le sostenía la cara.

—No te disculpes —susurró, voz aún rota—. Ha sido… el mejor error que me han hecho nunca. Nunca había sentido nada igual.

Adrián se quedó callado un instante, todavía abrazándola por la cintura. Luego sonrió contra su nuca, y ella sintió la curva de su boca en la piel.

—¿Me das tu número, entonces?

Yuna soltó una risa pequeña, exhausta, real. Y por primera vez aquella noche pensó que tal vez no había salido a olvidar nada. Tal vez había salido, sin saberlo, a encontrar exactamente esto.

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Comentarios (6)

martu_rio

increible!! lo lei de un tiron, bien narrado y sin vueltas. sigue asi

CuriosaBA77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas jaja

Mati_88

me recordo a una noche el año pasado... estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jajaja

Valentina_91

y despues como te sentiste? lo pregunto en serio, sin juzgar para nada

NocheOscura33

el ambiente de boliche tiene algo que te hace animarte a cosas que de dia nunca harias

LucilaB

el titulo ya me vendio el relato y no me decepciono!!! seguii subiendo

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