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Relatos Ardientes

El secreto que guardo con N desde aquel viernes

Hay noches que parecen iguales a todas y, sin embargo, se quedan grabadas para siempre. La mía fue un viernes de septiembre en Madrid, en una de esas plazas de Malasaña donde todavía se podía hacer botellón sin que la policía pasara cada media hora a aguar la fiesta.

Estábamos el grupo de siempre, repartidos entre el bordillo y un portal que olía a humedad. Marcos y Sara, los hermanos Roldán, mi novia Carla, dos colegas del trabajo y N, que había venido con su chico de entonces, un argentino al que llamábamos el Tano. Yo conocía a N desde la facultad. Habíamos compartido apuntes, resaca y un par de viajes, y nunca había pasado nada serio entre nosotros, más allá de bromas tontas a las que ninguno daba importancia.

Esa noche bebíamos calimocho en vasos de plástico y discutíamos sobre alguna tontería del barrio, no recuerdo cuál. Lo que sí recuerdo es que N llevaba un vestido corto, negro, con la espalda al aire, y unas zapatillas blancas que le quedaban como si fueran un reto. Cada vez que se reía, echaba la cabeza hacia atrás y se le movía el pelo de una forma que llevaba años fingiendo que no veía.

—Me estoy meando —dije yo, dejando la litrona en el suelo—. Voy a buscar un bar.

—Te acompaño —contestó ella, casi sin pensarlo—. Yo igual no aguanto.

Caminamos un par de calles hacia abajo, esquivando grupos. Carla ni nos miró, estaba con Sara hablando de no sé qué. El Tano tampoco; llevaba media hora intentando liarse un cigarro que se le rompía siempre por el mismo sitio.

—Está todo a reventar —dije asomándome a un local—. La cola del baño llega hasta la barra.

—Qué baño ni qué leches —soltó N—. Métete por ahí, entre dos coches, y a correr. Yo, igual.

Doblamos hacia una calleja sin salida que olía a basura y a tabaco. Había coches aparcados en batería, una farola fundida y, al fondo, un contenedor verde. La música del bar más cercano llegaba amortiguada, como si sonara dentro de una caja. Y entonces fue cuando se me ocurrió la frase, no sé si por el alcohol o por todo lo que llevaba aguantado.

—Te aviso de una cosa —dije medio en broma—. Si te bajas las bragas delante de mí, se me va a poner la polla dura como una piedra.

Lo dijo el alcohol por mí. Ella se rio, no con la risa nerviosa de quien quiere quitarle hierro, sino con una risa baja, como si le hubiera hecho gracia que por fin alguien se atreviera a soltarlo.

—Eres tonto —contestó—. Pero anda, vigila por si viene alguien.

Se metió detrás de un Seat blanco y se subió el vestido por las caderas. No llevaba bragas. Vi el instante entero: la curva de su culo blanco, redondo, partido por una raya oscura, y un trozo de coño asomando entre los muslos, iluminado a medias por la farola del fondo. No aparté la cabeza. Se me secó la boca de golpe y noté cómo se me llenaba el pantalón, empujando la tela hacia adelante como si tuviera vida propia.

—Cerdo, me estás mirando —dijo riéndose, sin enfadarse.

—Te estoy mirando el coño —contesté, ya sin filtro—. Y te lo digo.

—Serás guarro.

—Si te tengo que decir la verdad —solté yo, ya con la guardia baja—, mirar es lo que menos quiero hacer.

Hubo un segundo de silencio. Solo se oía el chorro contra el asfalto y la música amortiguada del bar. N giró la cara hacia mí desde su postura agachada, con el pelo cayéndole sobre un ojo.

—¿Y qué quieres hacer entonces? —preguntó con un tono que no le había escuchado nunca.

—Lo que llevo años queriendo hacer —dije—. Comerte el coño. Metértela hasta el fondo. Correrme dentro de tu boca. Lo que salga primero.

Ella terminó, se sacudió un poco como pudo y se puso de pie sin bajarse el vestido del todo. Se quedó así, con la tela arrugada a la altura del ombligo, el coño al aire, mirándome con una sonrisa que no sé describir.

—Dilo otra vez —pidió.

—Que te lo quiero comer. Aquí. Ahora. Y después que me la chupes hasta que no quede nada.

—Estás loco.

—Ya lo sé.

Dio un paso hacia mí. La cogí del brazo, la giré y la apoyé contra el capó del Seat. Estaba caliente todavía, del sol de la tarde. Le dije que se inclinara y obedeció sin protestar, con las palmas planas sobre la chapa y la frente casi pegada al cristal del parabrisas. Le subí el vestido del todo hasta dejárselo enrollado en la cintura y le abrí las nalgas con las dos manos. Ahí lo vi entero, a un palmo de mi cara: el coño ya brillante, hinchado, con los labios asomando entre el vello corto, y encima el ojete apretado, rosa, latiéndole de nervios.

—Si viene alguien me muero —dijo, pero no se movió.

No vino nadie. Me arrodillé en el suelo sucio del callejón sin pensar en los pantalones ni en nada. Le abrí las piernas del todo con las dos manos y le pasé la lengua de abajo arriba, lento, muy lento, empezando por el clítoris y subiendo hasta el culo, sin saltarme un centímetro. Sabía a sal y a algo más, a una mezcla rara que no había probado nunca y que se me quedaría en la cabeza durante meses. Ella soltó una palabrota muy bajito, como si quisiera y no quisiera al mismo tiempo.

—Hijo de puta —susurró—. Nos van a ver.

—Que vean cómo te como el coño.

—Cállate y sigue.

Seguí. Le clavé los dedos en las caderas para mantenerla ahí, contra el coche, le separé bien las nalgas y hundí la lengua entre los labios de su coño. La saqué, la volví a meter, la enrollé alrededor del clítoris hasta que ella empezó a empujar el culo hacia atrás, buscándome la cara. Se lo comí como llevaba años imaginando: chupándole los labios uno por uno, absorbiéndole el clítoris hasta hacerla gemir contra la chapa, y de vez en cuando subiendo la lengua hasta el ojete y dejándosela ahí, tanteando, hasta notar cómo se le abría solo un poco. Cada vez que se lo lamía por arriba se le tensaba todo el cuerpo y se le escapaba un ruido a medio camino entre la queja y la súplica. Aprendí su mapa en cuestión de minutos, como si llevara años memorizándolo en sueños.

Le metí dos dedos en el coño sin dejar de chuparle el clítoris. Estaba tan mojada que se los tragó enteros sin resistencia, y me los apretó por dentro con una fuerza que no me esperaba. Los curvé buscándole el punto y ella soltó un «ahí, ahí, no pares» tan bajito que casi no lo oí. Empecé a follarla con los dedos al ritmo de la lengua, entrando y saliendo, mientras con el pulgar de la otra mano le rozaba el ojete apretado.

Hubo un coche que dobló al fondo de la calle y nos enfocó un instante con los faros. N contuvo el aire. Yo no paré, ni pensé en parar, ni saqué los dedos. El coche pasó de largo. Volvimos a estar solos. Para entonces ella ya tenía las dos manos cerradas en puños sobre la chapa y una hilera de saliva le colgaba de la boca contra el parabrisas.

—Voy a correrme —dijo, sin terminar la frase.

Cambié el ritmo. Más rápido, más profundo con los dedos, chupándole el clítoris sin separarme un milímetro. Sentí cómo se le iba apretando el cuerpo entero contra mi cara, las piernas temblando, los muslos cerrándose alrededor de mis orejas, el coño apretándome los dedos como si me los quisiera arrancar. Se corrió ahí, encima del capó, tapándose la boca con el antebrazo para no gritar. Le noté los espasmos por dentro, cuatro o cinco tirones seguidos que me empaparon la mano hasta la muñeca. No me retiré hasta que dejó de moverse, y aún entonces le di un beso pequeño en el coño abierto antes de levantarme, chupándome los dedos delante de ella para que lo viera.

Cuando me incorporé tenía la cara empapada de coño y las rodillas doloridas. Ella se quedó un momento contra el coche, respirando como si hubiera subido seis pisos.

—Eres un hijo de puta —dijo, todavía sin girarse.

—Ya lo sabías.

Se giró por fin. Me cogió de la nuca y me besó como si quisiera comprobar el sabor que me había dejado. Lo hizo despacio, sin prisa, chupándome los labios, la lengua, la barbilla, limpiándome ella misma su propio flujo como si los del grupo no estuvieran a dos calles esperándonos. Cuando se separó tenía la cara roja y los ojos brillantes.

—Y tú —dijo bajándome la mano por el vientre hasta apretarme el bulto por encima del vaquero—, tú tienes la polla como un hierro.

No protesté. Apoyé la espalda contra el mismo coche, esta vez del lado del conductor, y ella se puso de cuclillas delante de mí. Me bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta media pierna sin preguntar, con la misma cara con la que decidía qué cerveza pedir. La polla me saltó hacia afuera, dura, con el glande brillando de la que ya llevaba goteando dentro del calzoncillo.

—Joder —susurró mirándola de cerca—. La tienes preciosa.

—Si nos pillan, juro que me muero —volvió a decir.

—Pues date prisa y méetela en la boca.

Se rio, sacó la lengua y me la pasó de abajo arriba por toda la vena, desde los huevos hasta el glande, muy lenta, con la punta apenas rozando. Después me la metió en la boca entera, hasta el fondo, sin avisar. Solté un quejido tan tonto que me dio vergüenza al instante. La sentí golpearle contra la garganta y ella no se retiró; se quedó ahí, tragando saliva a mi alrededor, apretándome con la lengua contra el paladar. Levanté la cabeza para mirar hacia los dos extremos de la calle. Vacíos. Solo nosotros, una farola fundida, un contenedor verde y la música lejana.

Y N, ahí abajo, con mi polla dentro y sin dejar de mirarme.

Esa fue la parte que recuerdo con más claridad de toda la noche. No las manos suyas, no la lengua suya, no la presión de los labios apretados contra la base, sino los ojos. Tenía una manera de levantar la mirada por encima de las pestañas, mientras me chupaba, sin parar, como si me estuviera retando a apartar la vista. No pude. No quise. Le acaricié el pelo con una mano, le pasé el pulgar por la mejilla hinchada por mi polla, y cada vez que aceleraba notaba que se me iba el suelo.

Empezó a mamármela en serio. Sacaba la polla hasta la punta, me chupaba el glande con los labios cerrados como si fuera un caramelo, y después se la volvía a tragar hasta el fondo. Con una mano me agarraba la base y me la giraba mientras chupaba; con la otra me apretaba los huevos, midiéndomelos, tirándome de ellos hacia abajo cuando notaba que estaba a punto. Sacaba un hilo largo de saliva que le caía por la barbilla hasta las tetas, y ella misma se la untaba por toda la polla para que resbalara mejor. La oí ahogarse un par de veces contra mí, con los ojos llorosos, y en vez de retirarse metía más, más hondo, hasta que sentía los labios de ella pegados a mi vello.

—Avísame —murmuró un segundo, soltándome un instante y siguiendo con la mano—. Quiero saber cuándo te corres.

—Como sigas así no voy a tener tiempo de avisar.

—Pues entonces no me avises. Córrete en mi boca. Toda.

Volvió a ello, ahora más rápido, moviendo la cabeza arriba y abajo, chupándome con las mejillas hundidas, los labios pegados a la polla como una ventosa. Le ayudé un par de veces a llegar más al fondo, empujándole la nuca con cuidado, y la oí ahogar un ruido satisfecho contra mí, un gemido gutural que me vibró por toda la verga. Se metió una mano por debajo del vestido, entre las piernas, y empezó a tocarse ella también mientras me la comía. Verla masturbándose de cuclillas, con mi polla entera en la boca, escupiendo saliva encima como si fuera lo más natural del mundo, fue lo que me remató.

No aguanté mucho más. La avisé igual, en el último instante, con una voz que ni reconocí, apretándole el pelo con las dos manos. Ella no se apartó. Al revés: me la tragó entera y apretó los labios contra la base, con la lengua aplastada por debajo del glande, esperando. Me corrí ahí, dentro de su boca, en cuatro o cinco chorros gruesos que noté cómo le llenaban la garganta. Ella tragó los primeros con los ojos cerrados y el ceño apretado, sin soltarme, mamando todavía mientras salía el resto. La sentí gemir alrededor de la polla al notar que le seguía saliendo, como si le gustara el sabor. Siguió chupando hasta que ya no quedaba nada, y aún así esperó unos segundos, dejándola dentro, lamiéndola con la lengua plana como si le diera pena soltarla. Solo entonces la sacó despacio, con un beso en la punta, giró un poco la cabeza, escupió una gota blanca en el mismo asfalto donde había meado hacía diez minutos, y se pasó el pulgar por la comisura para limpiarse. Se incorporó como si acabara de atarse una zapatilla.

Nos miramos. Nos reímos los dos, callados, casi en silencio, como críos que acaban de romper algo en casa de los abuelos.

—Ven —dijo.

Me besó otra vez. Ahora había dos sabores en el beso, el suyo y el mío, mezclados en su boca, la lefa mía todavía en su lengua y el flujo suyo todavía en la mía. Me pareció lo más honesto que había probado en años.

—Esto —añadió pegando su frente a la mía— va a tener que ser nuestro secreto. Por si queremos repetir.

—¿Quieres repetir?

—Pregúntame mañana. Pero te adelanto que la próxima me la metes por el coño. Y por el culo, si te atreves.

Nos arreglamos como pudimos. Ella se alisó el vestido sobre el coño empapado, yo me abroché el cinturón con dedos torpes sobre la polla todavía medio dura y pegajosa. Salimos de la calleja por separado, con dos minutos de diferencia, como si hubiéramos rodado la escena mil veces. Cuando volví al grupo, Carla ni levantó la cabeza. El Tano había logrado por fin liarse el cigarro y se sentía orgulloso de ello. Marcos me preguntó qué me había costado tanto, y le solté la primera mentira que se me ocurrió, algo de una cola interminable en un bar de la calle paralela.

N apareció un rato después. Vino directa hacia el Tano, lo besó en la sien con la misma boca en la que me había corrido diez minutos antes, le pidió un trago de su cubata para pasarse el sabor y se rio de algo que le contaba Sara. No me miró ni una vez en la siguiente media hora. Cuando por fin lo hizo, fue solo un instante, por encima del vaso, y me dedujo la lengua entre los dientes con la misma sonrisa pícara que había puesto en el callejón antes de bajarse el vestido y enseñarme el culo.

Yo entendí lo que significaba.

***

De aquello hace ya unos cuantos años. Carla y yo nos dejamos al verano siguiente, por motivos que no tenían nada que ver con N. El Tano volvió a Buenos Aires. N y yo seguimos siendo amigos, y a veces, cuando coincidimos en alguna boda o en alguna cena del grupo, me dirige una mirada por encima del vaso que no necesita explicación. La frase de aquella noche sigue en pie. Repetimos, sí, y sí, cumplió lo que prometió aquel viernes contra el capó de un Seat, pero esa es otra historia y no es la que toca contar hoy.

Lo único que quería dejar por escrito de aquel viernes era esto: que un «acompáñame a mear» puede cambiarte el resto de la vida si las dos personas que están en ese callejón llevan demasiado tiempo callándose lo mismo.

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Comentarios(9)

NocheRosa22

Uffff tremendo!!! quiero saber cómo sigue esto

marioR77

Que bueno, se nota que es real. Los relatos de confesiones son los mejores por eso mismo

PabloRosario

Me recordó a una situación que viví hace tiempo, esa tension previa a que todo explote... muy bien contado, enhorabuena

lectora_ansiosa

¿Y despues que paso? No podes dejarnos con esa intriga jaja, necesito saber

Rulox88

esa sonrisa de ella al escuchar el comentario lo dice todo jajaja

ElisaLectora

Me encantó el tono, tan natural sin nada forzado. Se siente autentico y eso es exactamente lo que mas me gusta de esta categoría. Gracias por compartirlo

CarlosBsAs

Se hizo muy cortito, quiero mas!!!

NadiaV

increible, sigue escribiendo por favor

Juanma_78

Muy bien narrado, te felicito. Espero que cuentes el proximo capitulo pronto

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