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Relatos Ardientes

Compartí a mi novio con mi compañera y descubrí algo más

Lara y Carla compartían un piso en el tercero izquierda de un edificio antiguo del centro desde hacía dos años. Lara editaba pódcasts desde el salón convertido en estudio improvisado; Carla daba clases de pilates en un local a tres calles. La rutina las había convertido en algo más que compañeras: se conocían los silencios, los días malos, las cervezas del jueves cuando alguna había tenido un cliente difícil.

El equilibrio se rompió cuando Lara conoció a Diego en el cumpleaños de una amiga común. Diego era arquitecto, alto, con una manera de mirar que a Lara le pareció peligrosa la primera vez y deliciosa la segunda. A los tres días ya dormían juntos. A las dos semanas, Lara llegaba a casa con la piel todavía caliente, los labios hinchados, y se encerraba en su cuarto a dormir hasta media mañana.

—Estás insoportable —le dijo Carla una tarde, sirviéndole vino tinto en la cocina—. Insoportable de feliz.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

Lara apoyó los codos en la encimera. Llevaba todo el día buscando la manera de decirlo sin sonar a presunción ni a queja.

—Es que no me deja respirar. Anoche me despertó tres veces. Tres. Y a las siete ya quería repetir antes de irse al estudio.

Carla soltó una risa breve, removiendo la salsa con un cucharón de madera.

—Pobrecita la niña, qué problemón. ¿Sabes cuánto hace que yo no me corro con un tío? Te lo digo en serio. Salgo, lo intento, lo finjo, y vuelvo a casa a terminar yo sola.

—Te juro que cambiaríamos.

—Te juro que no.

Lara la miró de reojo. Carla seguía concentrada en la salsa, pero algo en la línea de los hombros la traicionaba. La conversación se quedó suspendida en el aire mientras cenaban, y al servirse la segunda copa Lara dejó caer la idea como quien no quiere la cosa.

—¿Y si lo compartimos?

Carla soltó el tenedor.

—¿Estás borracha?

—Lo digo en serio. Que se mude. Lunes y miércoles conmigo, martes y jueves contigo. Los fines de semana ya veremos. Tú dejas de pasar las noches con vibradores que no funcionan; yo recupero ocho horas de sueño cada dos días.

—Lara…

—Piénsalo. Es guapo, es bueno, no nos va a hacer daño. Y nadie tiene por qué enterarse.

Carla no contestó. Pero esa misma noche, mientras Lara se duchaba, se descubrió pensando en la espalda ancha de Diego, en cómo encajaría su mano en la nuca de él, en cómo le iba a saber su boca después de haberse besado con Lara.

***

Diego aceptó al segundo intento. La primera vez se rio creyendo que era una broma; la segunda, en una cena en un italiano cerca del piso, miró a Lara con los ojos entornados y dijo que sí poniendo dos condiciones. La primera: nada de mentiras entre ellos tres. La segunda: los domingos los quería con las dos a la vez.

—Aceptado —contestó Lara, sin consultarle a Carla.

Carla se enteró por mensaje. No protestó.

Diego se mudó el sábado siguiente. Trajo dos maletas, un colchón hinchable que nunca usaron, una cafetera italiana y la convicción tranquila de que aquello iba a salir bien.

Los lunes y los miércoles dormía con Lara. La esperaba en el salón, le quitaba la ropa de trabajo en la entrada y la llevaba al dormitorio sin permitirle pasar por la ducha. Le gustaba el sabor del día encima de su piel, decía. La ponía boca abajo, le abría las piernas con la rodilla, le mordía la nuca mientras la penetraba, y Lara apretaba la almohada contra la boca para que Carla no la oyera al otro lado del pasillo.

Los martes y los jueves se cambiaba el turno. Carla, que durante años había coleccionado encuentros mediocres, descubrió a un hombre que se tomaba su tiempo, que la lamía despacio, que le sostenía las muñecas contra el cabecero hasta hacerla suplicar. La primera noche se corrió tres veces. Al día siguiente bajó a desayunar y miró a Lara con una sonrisa nueva.

—Ya entiendo el problema —le dijo.

—Te lo dije.

—Tendremos que turnarnos también el sueño.

***

Los domingos se cumplían las condiciones de Diego. Los tres en el salón después de cenar, las luces bajas, una botella abierta. Diego sentado en el sillón con esa mirada que Lara había aprendido a reconocer; Lara y Carla en la alfombra, primero por turnos sobre él, después la una hacia la otra cuando él se lo pedía. Lo hacían porque les divertía verlo enloquecer. Empezaron a hacerlo por otra cosa.

El cambio sucedió un domingo cualquiera. Carla se inclinó sobre Lara para besarle un pecho, y a Lara se le escapó un sonido que no había hecho en ninguna de las noches con Diego. Un sonido más grave, más lento, como si le hubieran pulsado una tecla que llevaba años sin tocar. Carla lo notó. Lara lo notó. Diego, arrodillado entre las dos, no notó nada.

Carla bajó la boca por el vientre de Lara hasta detenerse entre sus piernas. Le separó los labios con el pulgar, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y empezó a lamerla con la punta de la lengua en círculos casi imperceptibles. Lara se aferró a la alfombra con los ojos cerrados, intentando no acabar demasiado pronto.

Diego se acercó por detrás de Carla y la penetró sin avisar. Carla apenas reaccionó. Siguió comiéndose a Lara con una concentración que les erizó la piel a las dos. Cuando Lara se corrió, lo hizo mirándola a ella, no a Diego. Cuando Carla se corrió poco después, fue por la lengua de Lara contra su clítoris, no por la verga de Diego dentro de ella. Diego acabó el último, gimiendo encima de ellas, y se tumbó de espaldas sin entender por qué se sentía como un invitado.

***

Empezaron a verse a escondidas un martes por la tarde. Diego estaba en el estudio. Lara terminó de editar un capítulo y se levantó para hacerse un café. Carla leía en el sofá, descalza, con las piernas recogidas. Sin pensarlo demasiado, Lara le quitó el libro de las manos.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Mentirosa.

Tardaron once minutos en quitarse la ropa, contados por el reloj de la cocina. Tardaron otros cuarenta en levantarse del sofá. Lo hicieron despacio, parándose a mirarse, a preguntar sin palabras dónde, cómo, más arriba, así. Carla descubrió que tenía paciencia. Lara descubrió que sabía pedir. Cuando se corrieron, lo hicieron casi al mismo tiempo, frente a frente, una con dos dedos dentro de la otra, las frentes pegadas, sin gritar.

—Esto es un problema —dijo Carla después, en el silencio.

—Esto es un problema —repitió Lara.

Pero ninguna de las dos se movió.

A partir de aquella tarde, las cosas cambiaron sin avisar. Las noches con Diego seguían siendo correctas. Disfrutaban, se corrían, lo miraban con la misma sonrisa cómplice de antes. Pero algo se les escapaba. Cuando Diego se dormía, una de las dos esperaba diez minutos, comprobaba la respiración, y cruzaba el pasillo descalza. La cama de la otra siempre estaba abierta.

Una madrugada, Carla apareció en el cuarto de Lara cuando Diego acababa de terminar y roncaba pesadamente a su lado. Carla puso un dedo sobre los labios de Lara y la sacó de la cama tirándole de la muñeca. Se metieron en el baño. Carla la sentó en el lavabo, le abrió las piernas, se arrodilló en el suelo de baldosas frías y la lamió con la boca cerrada para no hacer ruido. Lara se mordió la mano hasta dejarse marca.

Cuando volvió a la cama, Diego seguía dormido. Olía a Carla. Le pareció que era la primera noche en mucho tiempo en que se dormía contenta.

***

La conversación llegó un sábado por la mañana. Diego había pasado la noche con Carla y se había despertado con prisa, la había penetrado dos veces sin hablar mucho, le había dado un beso seco y se había ido al gimnasio. Carla se quedó en la cama, con las sábanas pegajosas, sintiendo en el cuerpo esa sensación rara de haber sido usada con eficacia.

Cinco minutos después, Lara entró en su cuarto con dos cafés.

—¿Qué tal?

—Eficiente.

Lara se sentó en el borde de la cama y le tendió la taza. Carla se incorporó. Estaba desnuda. Lara le miró los hombros, el cuello, la línea de los pechos, y dejó la taza en la mesilla.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé.

—Sin él, ¿qué seríamos?

Carla se quedó callada. Después tiró de la sábana y le hizo sitio. Lara se metió debajo. Hablaron casi una hora con las piernas enredadas, sin tocarse de otra manera, mientras la luz subía y la calle se iba llenando del ruido habitual del sábado.

—Que se vaya —dijo Carla por fin.

—Que se vaya —repitió Lara.

Lo decidieron así, sin dramatismo. Pasaron el resto de la mañana metiendo en una caja la ropa que Diego había dejado en los dos cuartos, los productos de afeitado, el cargador del móvil. Carla envolvió la cafetera italiana en papel de periódico y la puso encima.

***

Diego volvió a las dos de la tarde con una bolsa del supermercado y la sonrisa de quien no sospecha nada. Las encontró sentadas en el sofá, vestidas, con las manos sobre las rodillas. La caja estaba apoyada contra la pared del recibidor. Tardó tres segundos en entender.

—¿Qué es esto?

—Diego, siéntate —dijo Lara.

—No quiero sentarme. ¿Qué es esto?

Carla habló sin levantar la voz.

—Esto no funciona. Lo hemos hablado. No es por ti, eres maravilloso, pero no es lo que necesitamos.

—¿No es por mí? Llevo tres meses durmiendo aquí.

—Y te queremos por eso. Pero queremos vivir solas.

Diego dejó la bolsa en el suelo. Las miró alternativamente, como buscando una grieta en el plan.

—Sois las dos, ¿no?

Lara asintió. Carla también. No dijeron más. No hizo falta.

Diego soltó una palabrota larga, pero no levantó la voz. Cogió la caja del recibidor, la sopesó, masculló algo sobre cómo había llegado todo a aquello, y se fue dando un portazo razonable. La cafetera italiana rebotó dentro de la caja, pero no se rompió.

***

El silencio que siguió no se parecía a nada que Lara hubiera oído en aquel piso. Se quedaron sentadas un minuto entero, mirando la puerta cerrada, hasta que Carla soltó una risa baja y la risa se le contagió a Lara.

Esa noche durmieron en la cama de Lara, que era la más grande. Se desnudaron sin prisa y se metieron entre las sábanas con la luz apagada. Carla acercó la mano a la cadera de Lara, la dejó allí un momento, y empezó a recorrerla despacio. Lara se giró hacia ella. Se besaron sin hambre, durante mucho rato, y solo después empezaron a tocarse en serio.

Carla bajó por el cuerpo de Lara con la boca, sin saltarse ningún sitio. Le mordió los pechos con suavidad, le lamió las costillas, le besó el ombligo, siguió bajando hasta encontrarla húmeda y caliente. Cuando le metió la lengua dentro, Lara le agarró el pelo y arqueó la espalda. No se contuvo. Por primera vez en meses, no había razón para hacerlo.

—No pares —le dijo. La voz no le salía en susurros.

Carla no paró. Le metió dos dedos mientras seguía chupando, y Lara se corrió con un grito ronco que hizo temblar la lámpara de la mesilla.

Después le tocó a Carla. Lara la puso boca arriba, le separó los muslos y le hizo lo mismo, con calma, con todo el tiempo del mundo, con una concentración que Diego nunca le había dedicado a ninguna de las dos. Carla se corrió dos veces antes de pedirle que parara.

Se quedaron tumbadas, sudorosas, mirando al techo.

—¿Esto siempre estuvo aquí? —preguntó Carla.

—Siempre.

—¿Y por qué tardamos tanto?

—Porque hacía falta él para darnos cuenta. —Lara se giró sobre el codo y le apartó un mechón de la frente—. Que se haya hecho útil para algo.

Carla se rio. La luz del amanecer empezaba a entrar por la persiana mal cerrada. Se durmieron así, una contra la otra, con las piernas enredadas, en un piso que por fin volvía a ser solo de ellas.

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Comentarios (7)

caos2001

increible, no me esperaba ese giro para nada!!!

lectora_libre

Por favor que haya una segunda parte, quede totalmente enganchada

RosaDelC

Me recordó a algo que me pasó hace años con una compañera... aunque en mi caso no llegamos tan lejos jajaja

NicoRdz22

Lo que mas me gustó es como lo narraste, muy natural y sin forzar nada. Se siente real. Sigue compartiendo!

ElHormiga99

Ese final no me lo esperaba para nada, bien jugado

pedrillo_mx

se hizo muy corto, quiero mas!!

MartaVidal

Una confesión de esas que se leen de un tirón. Gracias por animarte a contarla :)

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