Conocí a un extraño en la pista y no me resistí
Berlín me estaba devorando lentamente. Llevaba tres meses de Erasmus y la ciudad había transformado todo lo que creía saber sobre mí. Las noches que se estiraban hasta el mediodía siguiente, los trenes vacíos del U8 al amanecer, el olor a cerveza barata en el suelo de los kebabs cerca de Kottbusser Tor. Yo venía de un pueblo pequeño cerca de Bolonia, donde lo más excitante era ir a la fiesta de la Pro Loco. Aquí todo era más oscuro, más libre, más peligroso.
Esa noche había una rave en una nave abandonada al sur de Friedrichshain. El grupo de Erasmus llevaba toda la semana hablando de ello en el chat: «DJ residente de Hamburgo, set de doce horas, dark techno purísimo». Decidí ir sola porque mis amigas preferían los garitos turísticos de Mitte; yo quería perderme en algo más crudo, sin testigos conocidos.
Llegué a las cuatro de la madrugada. La fila para entrar bordeaba la parte trasera de un antiguo almacén de carbón. La gente vestía un negro riguroso: arnés sobre piel desnuda, botas militares, cabezas rapadas, algún piercing brillando en una ceja. Yo llevaba un top corto negro muy ceñido que dejaba al aire mi ombligo y el piercing que me había hecho la semana anterior, unos pantalones de vinilo que se pegaban como una segunda piel y unas zapatillas viejas porque sabía que iba a bailar hasta arrastrar los pies. Pelo largo suelto, eyeliner ya corrido por el sudor del trayecto, labios pintados de un rojo casi negro. Me sentía expuesta. Y eso me gustaba.
Bajé las escaleras de hormigón y el sonido me golpeó como un muro. Un techno industrial, kicks que vibraban dentro del estómago, hi-hats afilados, sintetizadores oscuros que parecían venir de debajo del suelo. Humo blanco denso, luces rojas estroboscópicas que descomponían los movimientos en fragmentos. Cuerpos apretados moviéndose en oleadas. Me metí en mitad de la pista, cerré los ojos y empecé a bailar sola, brazos en alto, dejando que la música hiciera lo que quisiera conmigo. El sudor empezó a bajar por mi espalda casi de inmediato.
Lo noté primero por el olor: una mezcla de colonia limpia, sudor reciente y algo más oscuro, casi animal. Después por la presencia: alguien bailaba muy cerca de mí, sin invadirme, pero lo bastante próximo para que su calor se mezclara con el mío. Abrí los ojos despacio.
Era altísimo. Casi dos metros, piel negra brillante bajo las estroboscópicas, pómulos altos, mandíbula fuerte. Pelo rapado a los lados y rizos cortos arriba. Camiseta sin mangas que dejaba ver hombros anchos llenos de tatuajes geométricos, brazos trabajados sin exageración. Tenía veintitrés años, era hijo de senegaleses pero había crecido en Marsella, estudiaba diseño industrial en una universidad técnica de la ciudad; pero todo eso lo supe después. Se llamaba Mathieu. Bailaba con una soltura que me dejó descolocada, como si la música saliera de él en lugar de envolverlo.
Al principio solo nos rozábamos: un brazo contra otro, una cadera que pasaba demasiado cerca. Las miradas se cruzaban cada pocos segundos. Él sonreía de medio lado y yo le devolvía un asentimiento mínimo. Poco a poco fue acortando la distancia. Sus manos encontraron mis caderas desde atrás y empezó a guiarme sin pedir permiso, pero con una presión firme que no admitía dudas. Bailamos pegados durante varios temas seguidos, mi espalda contra su pecho, sintiendo cómo respiraba más rápido contra mi nuca.
En un cambio de tema, el bajo se hizo más profundo y lento. Se inclinó a mi oreja.
—Tu danses comme si tu te cachais —dijo en francés, voz grave, ronca por el humo.
Mi francés era el del instituto. Capté algo de bailar y esconder, pero no estaba segura. Me giré un poco, frunciendo el ceño.
—¿Qué? —contesté en italiano sin pensarlo.
Él se rio bajito y cambió a un inglés con acento espeso.
—You dance like you're hiding something. ¿Italiana?
Asentí. Probé a contestarle en mi inglés torpe.
—Sì… italiana. ¿Y tú, de dónde?
—De todas partes. De ningún lado. Tonight, de aquí.
Me mordí el labio. Había algo en su forma de mirarme, sin pestañear, que me hacía sentir que ya había decidido algo por los dos.
Nos besamos en mitad de la pista. No fue un beso de tanteo: fue lento y exploratorio, como si quisiera memorizarme la boca. Sus labios eran carnosos, su lengua entraba con calma, tomándose tiempo. Sentí su erección presionando contra el bajo de mi espalda mientras seguíamos moviéndonos. Dura, larga, insistente debajo del tejido. El beso se volvió más hambriento; sus manos bajaron hasta mis muslos y los apretaron con un gesto posesivo. Cuando nos separamos, jadeando, me miró fijo a los ojos.
—Viens avec moi. Maintenant.
No era una pregunta. Me cogió de la muñeca con firmeza y me sacó de la pista hacia la zona de baños del fondo. El pasillo estaba en penumbra, gente apoyada en las paredes fumando o besándose sin disimular. Entró conmigo en una cabina amplia con lavabo metálico y un espejo entero pegado a la pared. Cerró la puerta de un golpe seco y echó el pestillo. El bajo seguía retumbando a través del muro, pero ahora oía sobre todo nuestra respiración.
Me empujó contra la pared con un control que me erizó la piel y me besó otra vez, esta vez con más rudeza. Sus manos subieron por debajo del top, agarrándome los pechos con fuerza, pellizcándome los pezones hasta que se me escapó un gemido alto. Yo bajé la mano hasta su cinturón y empecé a desabrocharlo con dedos que me temblaban. Cuando saqué su polla, me quedé sin aire un instante.
Era enorme. Larga como mi antebrazo, gruesa de un modo que mis dedos no llegaban a cerrarse del todo, ligeramente curvada hacia arriba. La piel tenía un tono cálido y oscuro, más claro en la base, más intenso hacia la cabeza, ya brillante con una gota de líquido. Venosa, palpitante, caliente al tacto.
—Putain… —murmuré, mezclando idiomas como me salía.
Él se rio, posesivo, y me cogió la barbilla para que lo mirara a la cara.
—À genoux.
Me arrodillé sin pensármelo. El suelo estaba frío y un poco pegajoso, pero ya no me importaba nada. La cogí con las dos manos y empecé a lamerla despacio, desde la base hasta la punta, saboreando ese sabor entre salado y dulce. Abrí la boca y la metí lo más profundo que pude: solo entraba la mitad, mi garganta se cerraba, los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo. Él gruñó por encima de mí y me agarró del pelo con fuerza, marcando el ritmo sin piedad.
—Plus loin. Prends-le.
Chupé con avidez, alternando con lengüetazos largos por los lados, besándole los testículos pesados. Empezó empujando despacio y luego más fuerte, follándome la boca con un control absoluto. En ese momento oí ruido fuera de la cabina: pasos, voces bajas, alguien dando dos golpes en la puerta preguntando algo en alemán que no entendí. Mathieu no se detuvo. Solo me miró desde arriba con una sonrisa oscura.
—Qu'ils écoutent. Que sepan que estás siendo follada.
La idea de que alguien estuviera escuchándonos al otro lado me puso aún más cachonda. No me importó. Al contrario, me excitó más saber que detrás de la puerta había gente imaginándose lo que estábamos haciendo.
Me puse de pie, me bajé los pantalones de vinilo y las bragas hasta los tobillos sin dejar de mirarlo. Me giré, me apoyé con las dos manos en el lavabo y abrí las piernas. En el espejo nos veíamos perfectamente: yo con el top subido, los pechos al aire, la cara enrojecida; él detrás, la polla apuntándome, una mano en mi cadera y la otra agarrándome del pelo a la altura de la nuca.
Se pasó la punta primero entre mis muslos, untándola con la humedad que ya me bajaba por el interior. Después empujó. Despacio, pero sin parar. La cabeza entró abriéndome de golpe. Jadeé fuerte, mordiéndome el labio hasta casi notar sangre. Centímetro a centímetro fue entrando hasta que llegó al fondo. Me quedé quieta, temblando, intentando adaptarme.
—Demasiado… me estás partiendo —susurré en italiano sin esperar respuesta.
—Tu vas tout prendre. Tu es à moi maintenant.
Empezó a moverse: salidas lentas, embestidas profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo sentía un placer que me recorría entera, de los pies a la nuca. Aceleró el ritmo, agarrándome las caderas con tanta fuerza que sus dedos me dejarían marcas. El sonido de piel contra piel era obsceno, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos sordos.
—Dis que tu es à moi. Dis-le.
—Sono tua… più forte, ti prego…
Me folló con posesión total, tirándome del pelo hacia atrás para obligarme a mirarme en el espejo mientras él me partía con cada embestida. Me corrí la primera vez apretándolo dentro, temblando entera, con la frente apoyada en el espejo empañado. No paró. Siguió, más duro.
Me dio la vuelta, me subió de un solo movimiento al lavabo y me penetró otra vez, ahora cara a cara. Me besaba en la boca con la misma rudeza mientras me follaba lento y profundo, mirándome a los ojos. Volví a correrme aferrándome a sus hombros, clavándole las uñas en la espalda.
Al final me bajó del lavabo y me puso a cuatro patas en el suelo sucio. Me cogió del pelo como si fueran riendas y me embistió con una brutalidad que me hizo perder el equilibrio dos veces. Sus testículos golpeaban contra mi clítoris con cada empujón. Oí más ruido fuera: risas ahora, alguien diciendo algo en alemán, otra voz que se reía bajito justo al otro lado de la puerta. No me importó. Solo quería más.
Se corrió con un rugido contenido, empujando hasta el fondo, vaciándose dentro de mí en chorros calientes. Sentí cada pulsación, cómo me iba llenando hasta el límite. Cuando salió, el semen me bajó espeso por la cara interna de los muslos.
Nos quedamos un momento en silencio, jadeando. Él se inclinó y me besó la nuca con una ternura repentina que no encajaba con nada de lo anterior.
—Bonne fille —murmuró—. Bonne.
Nos limpiamos rápido con papel del dispensador y salimos como si no hubiera pasado nada. En el pasillo había dos chicos apoyados en la pared, mirándonos con sonrisas cómplices. Uno de ellos me hizo un gesto pequeño de aprobación con la cabeza. Pasé de largo con las piernas todavía temblándome y la sensación de estar llena de él goteándome dentro de las bragas que me había vuelto a poner.
Volví a la pista con el sabor de su polla todavía en la boca y un calor entre las piernas que no se iba. Lo busqué con la mirada, pero ya se había perdido entre el humo y los cuerpos. No me molestó. Algunas confesiones funcionan mejor sin nombres ni mañana. Solo con el bajo, las luces y la idea de que aquello pasó, de verdad, una madrugada cualquiera de noviembre en una ciudad que aún no conocía bien.