Mi amante me hizo ponerme la lencería de mi esposa
Con Sebastián nos hicimos amantes después de un viaje de trabajo a Monterrey, donde nos tocó compartir habitación. De vuelta a nuestra ciudad seguimos con la misma rutina de siempre: dos amigos casados, dos padres de familia, dos compañeros de oficina a los que nadie miraría dos veces. Pero detrás de la puerta, cuando lográbamos coincidir, él era el macho y yo era su hembra.
Nuestra ciudad es chica y eso complicaba todo. Un hotel quedaba descartado: cualquiera nos podía reconocer en el lobby. Mi casa y la suya tampoco servían, porque siempre había alguien. La única ventana real era la semana que Marina —la mujer de Sebastián— hacía turno de tarde en el hospital. Eso nos daba cuatro o cinco horas seguras, y las aprovechábamos en su recámara matrimonial, sobre las mismas sábanas donde ella dormía. A los dos nos gustaba ese detalle. Era morboso y prohibido y lo sabíamos.
Esa primavera Carolina, mi esposa, viajó una semana a casa de sus padres. Vacaciones escolares, los niños felices, mis suegros encantados. La llevé un domingo, comí con ellos y me regresé esa misma noche porque el lunes tenía junta. La casa quedó vacía por primera vez en años.
Al día siguiente, apenas crucé la oficina, se lo dije al oído a Sebastián.
—Tengo la casa para mí toda la semana.
Le brillaron los ojos como si le hubiera entregado un regalo. Esa semana, además, Marina trabajaba de tarde. Llevábamos más de diez días sin tocarnos.
Durante toda la jornada me mandó mensajes por WhatsApp. Cada vez que vibraba el teléfono yo sabía qué iba a encontrar. Estoy duro desde que llegué. Te voy a partir hasta que no puedas sentarte mañana. Hoy te toca quedarte sin aire. Algunos los respondía con un emoji y una mentira pequeña; otros los leía y los borraba porque tenía a la contadora sentada a dos metros. Pero cumplían su función: a las cuatro de la tarde yo ya no podía pensar en otra cosa.
Salimos juntos en su coche. Manejó hasta mi casa casi sin hablar, con una mano sobre mi muslo y la mandíbula tensa. Cuando metimos el coche en la cochera y bajó la cortina, fue como si recién pudiera respirar. Me empujó contra la pared, me sacó la camisa de un tirón, y yo le saqué la suya. Quedamos pecho contra pecho, su erección apretada contra la mía a través del pantalón, las manos en mis nalgas, su lengua en mi boca. Si lo dejaba avanzar, no íbamos a llegar ni a la sala. Le pedí cinco minutos para bañarme. Aceptó a regañadientes y entramos.
Pasamos por la sala y se detuvo a mirar las fotos de la pared. La de la boda, la del primer hijo, las de los viajes. De golpe me cayó encima el peso de lo que estaba haciendo: cuatro años de matrimonio, dos hijos, una mujer que confiaba en mí mirándome desde un marco mientras yo metía a mi amante en su casa. Sebastián no notó nada, o si lo notó le valió. Se acercó a la foto del comedor, la que más le gustaba a Carolina, y silbó bajito.
—Damián, no me habías dicho que tu mujer estaba tan rica.
—Para, en serio.
—No te enojes. Pero está hermosa. Cara de no romper un plato y un cuerpazo. Esas son las peores.
—¿Las peores para qué?
—Para uno —dijo, y se rio.
Le dije que se callara, que me ponía celoso, que no quería oírlo hablando así de Carolina en su propia casa. Se rio más fuerte, levantó las manos en señal de paz y me arrastró hacia la recámara.
En la cómoda había una foto de cuerpo entero de Carolina con los niños, en la playa el verano anterior. La levantó, la observó un rato y volvió a sonreír de ese modo lento que le conocía bien.
—Mmm. Bien rica. Cara de ángel y caderas de pecado. La cuidas, te entiendo.
—Sebas, en serio, ya.
—Bueno, bueno. Tranquilo. Vamos a bañarnos.
El baño es chico, así que los dos cuerpos se chocaban contra el cristal y entre sí. El agua tibia caía por su espalda y le marcaba los hombros. Nos enjabonamos despacio, deteniéndonos donde había que detenerse. Me llenó las nalgas de espuma, hundió dos dedos en mi entrada y los sacó otra vez, y yo le jaboné el sexo y los testículos con una calma que no sentía. Yo ya estaba listo desde la cochera; él, también. Pero le gustaba alargar el momento.
—Tienes el mejor culo que vi en mi vida —me dijo al oído mientras el agua le caía por la cara—. Sigue apretado como el primer día. Es injusto.
Cuando salí de la ducha, lo dejé enjuagándose y me tiré en la cama, todavía húmedo, esperándolo. Lo vi salir y dirigirse, no a la cama, sino al cesto de ropa sucia que tenemos al lado del lavabo. Metió la mano y sacó una prenda rosada de Carolina, una pantaleta con encaje, de las pequeñas, de las que apenas cubren la mitad de la nalga. La estiró entre las manos, se la acercó a la cara y aspiró hondo, sin pudor, como un perro que reconoce algo.
—Carajo, Damián. Huele a hembra de verdad.
—Suelta eso, por favor.
—Tu mujer está en celo, ¿lo sabías? Una mujer en celo huele distinto. Esto es feromona pura.
—Sebas, ven a la cama.
Se acercó, pero con la prenda todavía en la mano. Se sentó en el borde, los dedos jugando con el encaje.
—Tengo una idea. Pero la vas a odiar.
—Ya la odio.
—Póntelas.
Lo miré como si no hubiera entendido. Pero había entendido. Lo dijo otra vez, sin sonreír, con esa mirada firme que le había visto pocas veces.
—Póntelas. Quiero cogerte con la pantaleta de tu mujer puesta. Quiero ese olor encima cuando entre.
—Tengo unas tangas limpias suyas, te puedo dar una de esas.
—No. Quiero estas. Las usadas. El olor.
Lo pensé tres segundos y me rendí. Estiré la mano, las recibí y me las puse, de pie, frente a él. Cuando me alcancé a ver en el espejo del clóset, casi me sorprendió: me quedaban. La tela rosada me marcaba las nalgas, el encaje se me metía un poco en el medio, y la entrepierna estaba húmeda con los fluidos de Carolina, que efectivamente debía estar en sus días de ovulación, porque la prenda estaba pegajosa de un modo inconfundible. Sentirlo encima me prendió de un modo nuevo, raro, vergonzoso y excitante al mismo tiempo.
—Madre santa —murmuró Sebastián—. Te quedan de infarto.
Me pidió que me pusiera a cuatro patas en la cama. Obedecí. Me dio una nalgada y me apretó las nalgas con las dos manos, abriéndomelas y cerrándomelas como quien examina lo que va a comer. Después se agachó y empezó por los bordes, por la piel que la pantaleta no alcanzaba a cubrir. Mordiscos cortos, lengua, dientes con cuidado. Cada centímetro. Me erizó la piel de la nuca para abajo.
Cuando llegó al centro, hundió la nariz sobre la tela y aspiró otra vez. Después la corrió a un lado con dos dedos y, sin avisar, hundió la lengua. Solté un gemido ronco contra la almohada. No fue un beso, fue otra cosa. Me devoraba desde adentro, con saliva caliente y empujones cortos, y a los pocos minutos yo ya estaba temblando, con los brazos vencidos, la cara contra las sábanas y la respiración fuera de control. Nunca me había venido así, solamente con eso, sin que me tocara la verga. Pero esa vez sí. Sentí el calambre subir por las piernas, una sensación que no me cabía adentro, y descargué dentro de la pantaleta de Carolina, manchándola por dentro mientras él seguía con la cara entre mis nalgas, sosteniéndome de la cintura para que no me cayera.
—Así, así —decía—. Córrete. Córrete por ahí abajo.
Cuando recobré el aire, no había bajado nada el deseo. Al contrario. Toda la piel me ardía. Lo escuché destapar el frasco de lubricante de la cómoda y, sin más prólogo, sentí un dedo gordo y mojado entrar hasta el fondo. Apreté las nalgas por instinto y él se rio bajito.
—Tranquila, mami. Tranquila.
Esa palabra me hizo algo. No la había usado nunca conmigo así, en femenino. Y la dijo natural, como si llevara meses esperando el momento. Metió un segundo dedo, los movió en círculos durante un rato largo, hasta que ya no podía morder más almohada. Luego los sacó. Se quedó un momento quieto, mirándome desde atrás.
—Tengo que confesarte algo —dijo bajito—. Mientras te como así, con la pantaleta de tu mujer puesta, me la imagino a ella. ¿Te molesta si te digo Carolina? Solo por hoy.
No le respondí. Pero tampoco le dije que no.
Y al callarme, algo se acomodó por dentro. No me imaginé estando con Carolina, sino siendo Carolina. En cuatro patas, con un macho ardiente, esperando que entrara. La cabeza se me llenó de imágenes que no era capaz de pronunciar.
—Lista, amor —susurró él, ya recostado encima de mí, su sexo abriéndose paso entre mis nalgas sobre la tela corrida—. Te voy a coger despacio, princesa. Como tu marido no te coge.
—Métela —dije, con una voz que no reconocí.
La cabeza entró sin esfuerzo. Mi cuerpo la recibió como si llevara horas esperándola. Después el resto, centímetro a centímetro, paciencia. Sentí cada milímetro estirarme, sentí el grosor de cada vena de su sexo amoldarse adentro de mí. Cuando sus testículos quedaron pegados contra mis nalgas, soltó un quejido sordo.
—Lo tomaste todo, Caro. Mi Caro. Qué buena niña.
—Sí —dije—. Sigue.
El vaivén empezó lento. Tenía una mano en mi nuca y otra en mi cintura. Hablaba todo el tiempo, en mi oído, con esa voz que se le ponía cuando estaba a punto de perder el control. Me decía que era suya, que el marido no iba a poder imaginar lo que me estaba pasando esa tarde, que si abriera la puerta y nos viera no lo iba a soportar. Aceleró. Sus caderas chocaban contra mí con un sonido seco. Yo apretaba la almohada con los dientes para no gritar, y oírle preguntar si me gustaba era casi peor que la propia embestida.
—Toma, toma, toma —decía—. Toma, putita, toma todo.
Sentí mis piernas temblar otra vez, una segunda corrida subiendo por sitios que no sabía que tenía. En ese momento él dio una última embestida profunda, su sexo se hinchó dentro de mí y descargó. Sentí el chorro caliente repartirse por dentro. Yo me vine casi al mismo tiempo, una vez más sobre la tela rosada empapada y arruinada. Mi cuerpo se contraía como si quisiera ordeñarlo y él gemía pegado a mi oreja.
—Te lleno, te lleno, mami. Te lleno hasta arriba.
Después se desplomó sobre mi espalda, sin sacarse, besándome el cuello, los hombros, la nuca. Yo no podía hablar todavía. Estábamos los dos empapados en sudor, jadeando, y la pantaleta arruinada hecha un nudo entre mis muslos.
Cuando volvió el aire, me preguntó al oído, muy bajito.
—¿No te gustaría verla a ella ahí donde estás tú? ¿Carolina, así, gozando como gozaste?
No respondí enseguida. La pregunta no era nueva. Venía desde hacía meses, escondida detrás de otras frases, detrás de los mensajes que me mandaba describiendo lo que le haría a la mujer de cualquier conocido. Pero esa vez la había soltado limpia y mirándome a los ojos. Insistió.
—No seas egoísta, Damián. Hazle ese regalo. Que conozca lo que es. Una vez. Una sola vez.
Pensé en Carolina, en su sonrisa de la foto, en cómo se reía cuando yo le mordía el cuello, en lo poco que me daba cuenta últimamente de lo que ella querría o dejaría de querer. Pensé en lo que estaba haciendo en ese mismo segundo. Pensé en que no era yo quien tenía derecho a decidir si era egoísta o no.
Y al final hablé.
—Está bien. Tú ganas. Pero ella no se entera de nada. No de mí, no de esto. Si se entera, todo se acaba.
No me contestó con palabras. Me besó hondo, agradecido, y sentí cómo se le ponía duro otra vez adentro de mí, como si solo de imaginarlo se le encendiera todo. Volvió a embestir, esta vez sin pausa, sin pregunta, casi con rabia. Cuando se vino la segunda vez, su semen se mezcló con el primero. Después se quedó tirado sobre mi espalda hasta que se le bajó del todo y se salió con cuidado.
Se duchó rápido. Tenía que llegar a su casa antes que Marina. Me dio un beso corto en la frente, se vistió y se fue.
Me quedé acostado boca abajo todavía un rato largo, sin moverme. La pantaleta rosa, hecha bola, debajo de mi cadera, empapada de los dos. La luz de la tarde entrando por la ventana del lado de Carolina. Y en la cabeza, sin parar, una sola escena: la de ella en mi lugar, en cuatro patas en esa misma cama, gozando como gocé yo. No me daba culpa imaginarla. Me daba calor. Y eso me dio miedo.
***
Esa semana, mientras Carolina estaba en casa de sus padres, Sebastián vino todas las tardes. Y todas las tardes me pidió que me pusiera algo distinto de ella. Un brasier, una tanga, un camisón corto. Me lo describía mientras me cogía, me contaba cómo se la cogería a ella, paso por paso, qué le diría, cómo la haría gemir. Yo lo escuchaba con los ojos cerrados, sin pelear.
El viernes, cuando fui a buscar a Carolina a casa de mis suegros, ella me abrazó en el portón como hacía meses no me abrazaba. Le devolví el abrazo y le di un beso largo en la frente. En el camino de regreso no dejó de hablar de los niños, de su madre, de un pastel que había aprendido a hacer.
Y yo manejaba sin escucharla del todo, pensando en lo que venía. Sin saber todavía cuándo. Pero sabiendo, con una certeza fría, que iba a pasar.