La noche que mi mujer no supo que era yo
La primera vez que vi a mi mujer con otro hombre estaba apoyada contra una pared de cristal, dándome la espalda. Un desconocido le acariciaba la nuca y le susurraba algo al oído. Ella reía esa risa nerviosa suya, la misma que ponía cuando éramos novios y nos escondíamos en los portales.
Yo debería haber sentido rabia. Llevábamos dieciséis años casados. Teníamos un crío de once. Ella me había pedido el divorcio hacía tres semanas.
En lugar de eso, noté que se me aceleraba el pulso.
Y lo peor de todo: no aparté la mirada.
***
Tres horas antes estábamos cenando con Carolina y Javier en un japonés del centro. Llevábamos años quedando con ellos cada dos meses, y aquella cena seguía el guion de siempre: Carolina hablando de los niños, Javier asintiendo, yo intentando no mirar mucho a Lucía y Lucía sin disimular el aburrimiento.
—Voy al baño —dijo Carolina, levantándose—. ¿Vienes, Lucía?
—Sí, voy.
Las dos bajaron. Javier dejó los palillos sobre el plato y me miró con esa cara que ponía siempre que iba a decir algo importante.
—¿Tan mal va la cosa? —preguntó.
—¿Se nota mucho?
—Demasiado.
Le di un trago al sake. Le conté que ella había cogido la habitación de invitados como suya, que ya no cruzaban más de quince frases al día, que cada vez que intentaba acercarme se cerraba como una almeja. No le dije que la noche anterior, la última vez que dormimos en la misma cama, ella se había dado la vuelta sin mediar palabra y yo me había quedado mirando el techo hasta que amaneció.
—Aguanta —me dijo Javier, sin demasiada convicción—. A veces estas cosas pasan.
Cuando volvieron, Carolina traía una sonrisa que aún no supe interpretar.
—Esto es un velatorio, chicos. ¿Nos tomamos una copa fuera?
***
El bar de la plaza estaba tan muerto como nosotros. Pedimos cuatro mojitos, miramos pasar a los turistas y agotamos los temas en veinte minutos. Carolina y Javier empezaron a teclear en sus móviles, primero ella, luego él, las cabezas inclinadas hacia las pantallas como dos adolescentes.
Aquellos mensajes los conocí semanas después, cuando Carolina me los enseñó muerta de risa. Decían algo así como que la noche era patética, que para qué dejar a la canguro a treinta euros la hora, que nos llevasen a su sitio favorito. Que daba igual si nuestro matrimonio terminaba esa misma madrugada, mientras la noche se les arreglara a ellos.
Carolina volvió a levantarse.
—Lucía, ¿al baño otra vez?
Lucía puso los ojos en blanco, pero la siguió.
Cuando regresaron, Carolina hizo la propuesta. Ella y Javier iban de vez en cuando a un local liberal en el polígono. No pasaba nada, solo era curiosear. Mirar. Si nos apetecía, podíamos rematar la noche con ellos.
Lucía me sostuvo la mirada con ese gesto suyo de tú decides. Pero esta vez había algo más. Un brillo de curiosidad que yo no le veía desde hacía años.
—Si a ti te apetece —dije—, por mí encantado.
Lucía bajó los ojos al mojito y negó con la cabeza casi imperceptiblemente.
—Exacto —murmuró—. A esto me refiero.
No entendí qué había hecho mal.
***
El taxi nos dejó frente a una gasolinera de la zona industrial. Caminamos los últimos doscientos metros bajo una lluvia fina, hasta detenernos ante una puerta metálica iluminada por un farolillo rojo. Parecía la entrada de un taller de chapa y pintura.
Javier pulsó un timbre. Nos abrieron.
La chica de la entrada llevaba un body de encaje y un piercing en el ombligo. Saludó a Carolina y a Javier con dos besos, cobró las entradas y nos señaló una consigna donde dejamos los abrigos.
—Os enseño la planta baja primero —dijo Javier, mirándome con cierto orgullo, como si el sitio fuera suyo.
Atravesamos un pasillo con luces moradas. A la derecha, un sofá con cortinas. A la izquierda, dos puertas con letreros: Hombres y Parejas. Más allá, una sala grande con barra en forma de C y, al fondo, una cristalera tras la que una pareja follaba sobre un colchón sin sábanas, con la calma de quien lleva años haciéndolo en público.
Lucía no apartaba los ojos del cristal. Tragaba saliva. Tenía las mejillas más rojas que en toda la noche.
***
Estuvimos un rato en la barra. Pedí un gin tonic doble y vacié medio vaso de un trago. Lucía bailaba con Carolina junto al DJ, los brazos en alto, como si tuviera otra vez veintidós años. Una rubia mayor, de unos cincuenta, se acercó a su marido y le besó el cuello a tres metros de mí. Nadie se inmutó.
Después Carolina nos llevó a la zona de parejas. Era un laberinto de pasillos azules con camas detrás de cristaleras y cortinas. En una reja, una mujer con la blusa abierta dejaba que dos brazos anónimos le rozaran los pechos desde el otro lado, mientras su marido la miraba sin pestañear.
—Y este —dijo Carolina, parándose ante una puerta sin letrero— es el cuarto oscuro.
Entró primero.
La habitación era pequeña, apenas iluminada por una luz de emergencia. Dos paredes eran cristaleras opacas hacia las salas de camas. Junto a las paredes, un banco corrido con siluetas sentadas, mirando.
Nos colocamos contra el cristal. Carolina y Lucía delante, Javier y yo detrás. En la cama del otro lado, una mujer cabalgaba a un hombre mientras un tercero, de pie, le acariciaba el pelo.
—Me han tocado el culo —susurró Lucía, girándose hacia atrás.
—Es normal —respondió Carolina, sin inmutarse—. Es lo que tiene un cuarto oscuro.
Detrás de Lucía se había acercado un hombre corpulento, de unos cincuenta y tantos, con manos demasiado grandes para él. La tanteó otra vez por encima del vestido. Lucía se apartó, pero no hacia mí. Se pegó a Carolina. Buscó su protección, no la mía.
Y a mí se me cayó algo por dentro.
—Voy al baño —dije.
Nadie me contestó.
***
Me encerré en una cabina con la cabeza apoyada contra la pared.
Si nos vamos a divorciar, pensé, ¿qué más da? Si esta noche no le importa que un desconocido la toque, pero sí le importa que la toque yo, ¿qué pinto aquí dentro siendo el bueno de la película?
Recordé una frase que solía repetir mi padre, antes de morir: «en esta vida, hijo, hay que aprender a decir pero qué cojones».
Salí del baño con los hombros más derechos.
El gorila de la puerta no me dejaba volver a la zona de parejas hasta que la chica de la consigna le confirmó que iba con Carolina y Javier. Cuando llegué al cuarto oscuro, ya no estaban en la misma posición.
La rubia mayor de la barra y su marido se habían pegado a Carolina y Javier. La rubia frotaba el culo contra Javier mientras Carolina le acariciaba la espalda. Y Lucía, mi mujer, miraba sin atreverse, hasta que Carolina cogió su mano y la posó sobre la espalda de la rubia.
Lucía dudó. Después acarició, despacio.
El marido de la rubia empezó a acariciarle a ella la espalda. Lucía no se apartó. Su mano izquierda seguía sobre la rubia; la derecha buscó hacia atrás y encontró la entrepierna del desconocido.
Yo me había quedado en el dintel de la puerta, en la penumbra. Nadie me había visto entrar.
El hombre le metió la mano bajo el vestido, le bajó las medias, le encontró el sexo. Lucía flaqueó. Él la giró, la apoyó contra la cristalera y la besó. La masturbó. Ella echó la cabeza hacia atrás, sudorosa, los labios entreabiertos.
Y yo sentí algo caliente en el estómago que no quise nombrar.
Después Carolina se acercó a ellos.
—¿Subimos arriba? Hay habitaciones.
Lucía miró al desconocido. Luego a Carolina.
—Tú ya has decidido divorciarte —le dijo Carolina, en voz baja—. ¿Qué más da una noche?
Lucía bajó la cabeza un instante. Después la levantó y asintió.
***
Los seguí escaleras arriba.
Lucía subía de la mano del desconocido. Se paraban en cada rellano a besarse. Javier subía con una mujer bajo cada brazo. Yo subía solo, pegado a la pared, como un fantasma.
Entraron en la segunda habitación de la derecha.
Esperé veinte segundos. Respiré hondo. Asomé la cabeza.
La habitación tenía una cama grande sin sábanas y una mesilla con bandejas de preservativos. Carolina, Javier y la rubia ya estaban en la cama, desnudos. Lucía y el desconocido se habían parado junto a la puerta.
—Te tengo que cachear —le dijo él, en voz baja—. Es la norma.
Y empezó a desnudarla.
Ella apoyó las manos contra la pared, las palmas abiertas, y se dejó hacer. Le bajó la cremallera del vestido. Lo dejó caer al suelo. Le sacó el sujetador. Le quitó las medias y las braguitas, levantando ella los pies cuando él se lo pedía, dócil, obediente.
Yo no la había visto nunca así.
Cogí dos preservativos de la bandeja sin mirar a nadie y me pegué a una pareja en la esquina. La mujer me pasó un brazo por la cintura sin mirarme siquiera, absorta en la cama.
El desconocido llevó a Lucía al borde del colchón, se puso frente a ella y le ordenó:
—El resto te toca a ti.
Lucía obedeció. Le bajó los calzoncillos y empezó a lamerlo. Cuando él la cogió del pelo y le pidió la boca entera, ella la abrió de par en par.
Yo tenía la camisa pegada a la espalda y los puños apretados.
Pero qué cojones, pensé.
***
Me acerqué por detrás cuando ella ya estaba a cuatro patas sobre la cama, cabalgando al desconocido, con la cara hundida en su hombro. Me puse el preservativo sin que me temblaran las manos. Pegué mi cuerpo a su espalda.
Lucía notó que era otro. No se giró. Solo echó la cabeza hacia atrás y me ofreció el cuello.
El desconocido me miró por encima del hombro de ella. Arqueó una ceja, sonrió y siguió a lo suyo.
Entré en ella despacio.
Fue como volver a casa después de mucho tiempo fuera.
Lucía gimió más fuerte. Empecé suave y fui ganando ritmo, mientras ella seguía moviéndose sobre el otro. En un momento dado él se incorporó y la puso en horizontal, los dos a la vez, uno por delante y otro por detrás.
—Me vais a matar —jadeó—. No paréis.
Y luego, entre dientes:
—El cabrón de mi marido…
Yo sonreí en la oscuridad y empujé más hondo.
Cuando el desconocido se apartó para cambiarse el preservativo, yo me coloqué detrás de Lucía, separé sus nalgas y empujé hacia un sitio donde nunca me había dejado entrar. Ella intentó girarse.
—No… —empezó.
La sujeté por la nuca como había visto hacer al otro.
—Despacio —jadeó—. Despacio.
Obedecí.
Cuando estuve dentro del todo, su cuerpo se sacudió. El desconocido volvió a colocarse delante. Ella le abrió la boca otra vez. Y yo vi a mi mujer, a la madre de mi hijo, comiéndole la polla a un extraño mientras yo la tenía de la única forma que ella nunca me había permitido.
Y pensé que no sabía si llorar o correrme.
Me corrí.
***
Salí de la habitación antes de que ella pudiera verme la cara.
Me lavé en el baño. El tipo del espejo tenía los ojos brillantes y una sonrisa estúpida.
—Eres un cabrón —le dije.
El tipo asintió.
Cuando salí me la encontré frente al espejo del pasillo, retocándose el rímel corrido. Le hice el cumplido de fingir sorpresa.
—Andrés… os había perdido.
—Te espero en la barra.
Bajamos. Pidió un gin tonic, bebió un trago largo y carraspeó.
—Tengo que hablar contigo.
—Dime.
—Esta noche, arriba, ha pasado algo. He conocido a alguien. Bueno, no conocido, pero hemos hecho cosas. Cosas que no sabía que necesitaba. Y ha sido increíble.
—Me alegro por ti.
Frunció el ceño.
—Y quiero repetir. Y sé que tú no me lo vas a entender, porque eres tan… Andrés. Tan correcto, tan bueno, tan tú.
En ese momento, una voz familiar a nuestra espalda:
—¡Dos copas más, por favor!
Era Ramiro, el desconocido, acompañado de la rubia. Ahora la veía bien: mucho más joven de lo que aparentaba a oscuras, el cuerpo espectacular, la mirada divertida.
—Lucía —dijo él, sonriendo—, te presento a mi mujer, Diana.
Lucía me miró a mí. Después a ellos. Después otra vez a mí.
—Encantada —dijo, con la voz un poco rota.
Después le susurró a Ramiro:
—Oye, el otro… el que estaba con nosotros… ¿quién era?
Ramiro me miró. Yo no moví un músculo.
—Pensaba que lo sabías —respondió.
—No lo sé. No le vi la cara.
—Bueno —dijo Ramiro con una media sonrisa—, igual algún día lo descubres.
Lucía se giró hacia mí. Se le tensó la mandíbula.
—Ramiro, Diana —dijo—, perdonadnos un momento.
—De eso nada —le corté—. Hablamos aquí.
—¿Aquí?
—Aquí. Ya hemos sido bastante íntimos esta noche, ¿no?
Me fulminó con la mirada.
—Eres un cabrón —siseó.
—Puede.
—Y un cornudo.
—Eso también.
Se giró hacia Ramiro.
—Dime una cosa. El otro… ¿le viste la cara?
—Solo al final —respondió él, sin dejar de mirarme—. Pero estaba oscuro.
Lucía se volvió otra vez hacia mí. Le sostuve la mirada.
Vi el momento exacto en que lo entendió. Un destello en los ojos, una sombra que cruzó su cara. Confusión, incredulidad, y al final algo que no supe nombrar.
—No —susurró.
—Sí.
—Tú no… tú no harías eso.
—Lo he hecho.
Se quedó mirándome como si no me hubiera visto en la vida.
—¿Por qué? —preguntó al fin, con la voz rota—. ¿Por qué has tardado tantos años en enseñarme esto?
Tardé en contestar.
—Supongo que a veces uno no se conoce hasta que se ve a sí mismo desde fuera.
***
Han pasado dos años desde aquella noche.
No nos divorciamos. Hemos hablado más en estos veinticuatro meses que en los dieciséis anteriores. Hemos aprendido a decirnos lo que nos asusta, lo que queremos y lo que no estamos dispuestos a perder. Volvimos al local de Ramiro y Diana. Volvimos juntos a otros parecidos. Volvimos también a salir solo nosotros dos, sin nadie alrededor.
A Lucía le costó casi un año reconocerme lo que sintió cuando, antes de irnos esa madrugada, Diana se acercó a mí, me besó en la boca y me susurró: «tú y yo tenemos cuentas pendientes».
—Tuve miedo —me confesó—. Miedo de verdad. Miedo de perderte justo cuando empezaba a encontrarte.
No sé si esto que cuento le servirá a alguien. Ojalá. Ojalá alguien lo lea en una mala noche y entienda que, a veces, para salvar un matrimonio hay que estar dispuesto a perderlo todo.
Incluso la idea que tenías de ti mismo.