Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mis encuentros lésbicos en una app de videojuego

4.2 (50)

Hace dos años, cuando todavía cursaba el último año de bachillerato y mis planes de vida eran claros como el agua —carrera técnica, trabajo, independencia—, instalé un videojuego de simulación de vida en el móvil. Era uno de esos juegos donde creás tu personaje, decorás tu casa virtual y podés interactuar con otras jugadoras en tiempo real. Algo parecido a los Sims, pero en línea y con un sistema de mensajería incorporado.

No lo instalé para conocer a nadie. Lo instalé porque me aburría.

Las primeras semanas solo hablé de mecánicas del juego: qué decoración subía más puntos de estilo, cuántas horas tardaba en desbloquear cierta expansión, si valía la pena gastar monedas virtuales en la nueva colección de muebles. Cosas sin importancia. Pero la comunidad era activa, y había algo en ese espacio digital que me resultaba más fácil que las aplicaciones de citas habituales. Las chicas que jugaban no estaban ahí buscando pareja. O al menos no explícitamente.

Fue eso lo que me relajó.

Empecé a fijarme en los perfiles. Había de todo: chicas de mi edad, algunas mayores, algunas que vivían en la misma ciudad y otras que estaban en países que ni había ubicado en el mapa. Algunas tenían fotos donde se veían en festivales de música, con el pelo teñido de colores o con tatuajes asomando por encima del hombro. Otras usaban avatares y nunca mostraban su cara. Pero en los mensajes, en cómo escribían, en los momentos en que mandaban un audio de voz a medianoche con una risa que sonaba a que estaban solas y con ganas de hablar, era fácil intuir quiénes eran.

Con algunas la conversación nunca pasó de lo superficial. Con otras, en cambio, algo se fue calentando de a poco.

Yo siempre fui clara cuando llegaba ese momento. Si la conversación empezaba a volverse personal, si los mensajes se mandaban más tarde y se alargaban más de lo necesario, lo decía sin darle demasiadas vueltas: no busco una relación, tengo otras prioridades ahora mismo, pero si querés quedar y ver qué pasa, puedo estar disponible para eso.

La mayoría lo tomó bien. Algunas no.

***

Valentina fue la primera que me hizo entender que ser honesta desde el principio no siempre evita los líos.

Tenía veintiún años, estudiaba diseño gráfico y vivía a cuarenta minutos en metro. Durante tres semanas nos mandamos mensajes todos los días. Primero sobre el juego, luego sobre nuestras vidas, luego sobre cosas que ninguna de las dos había contado a nadie en mucho tiempo. Tenía una inteligencia rápida que me gustaba, y una forma de bromear que hacía que el tiempo pasara sin que me diera cuenta.

Le expliqué lo que buscaba la segunda semana. Me dijo que le parecía bien, que ella tampoco estaba buscando nada serio.

Quedamos un sábado por la tarde en un bar del centro. Llegó con un vestido verde oscuro y me saludó con dos besos como si nos conociéramos de siempre. Estuvimos dos horas hablando, después fuimos a su piso, y lo que pasó esa noche fue bueno. No tengo otra forma de describirlo: fue bueno, directo, sin incomodidades.

El problema vino después.

Los mensajes siguientes cambiaron de tono. Valentina empezó a preguntar por mis planes del fin de semana, a mandar fotos de lo que estaba comiendo, a escribir cosas como «oye, ¿a vos también te pasó que después de lo de ayer te quedaste pensando?». No era nada agresivo, pero era exactamente lo que yo había dicho que no quería.

Se lo dije con cuidado. Ella lo entendió, al menos en la superficie. Pero los mensajes siguieron siendo demasiado frecuentes durante otra semana, hasta que le pedí espacio de forma más directa.

Después de eso no volvimos a hablar.

No me arrepiento de lo que pasó con Valentina. Me arrepiento, quizás, de haber esperado demasiado para volver a poner el límite en su sitio. Pero aprendí algo útil: la claridad al principio no exime de tener que repetirla después.

***

Camila llegó al juego en mayo, cuando yo ya llevaba meses en la comunidad y tenía claro cómo funcionaba todo.

Su perfil no tenía foto. Solo un avatar con el pelo negro y una descripción de tres líneas donde decía que le gustaban el diseño de interiores, los gatos y «las personas que no hacen perder el tiempo». La última parte me hizo reír y le mandé un mensaje diciéndoselo.

Respondió en diez minutos con un «qué bueno que te di risa, porque yo tampoco tenía mucho donde ir con ese perfil».

Así empezamos.

Hablamos durante dos semanas. Camila tenía veintitrés años, trabajaba en un taller de artesanía y vivía sola desde los diecinueve. Era directa de una manera que se notaba natural, no performativa. Cuando le pregunté si alguna vez había quedado con alguien del juego, tardó menos de un minuto en responder: sí, dos veces, y las dos habían sido experiencias que no lamentaba.

Le pregunté si era bisexual.

—Soy lo que me gusta en cada momento —dijo—. Y ahora mismo me estás gustando vos.

La tensión que había estado creciendo de a poco se volvió obvia esa noche. Los mensajes se hicieron más largos, más concretos, menos sobre el juego. Ella me preguntó cosas que nadie me pregunta en una primera conversación. Yo respondí todo. A las dos de la madrugada le pregunté si quería quedar.

—¿Cuándo? —escribió.

—Esta semana.

—Mañana —respondió.

***

Camila vivía en un piso pequeño en el barrio viejo, cuarta planta sin ascensor. Llegué a las ocho con una botella de vino que no me pidió pero que me pareció lo correcto. Ella abrió la puerta descalza, con unos jeans oscuros y una camiseta de algodón remangada hasta el codo. Tenía el pelo negro liso y una expresión que no era nerviosa. Era más bien de quien ya sabe cómo va a acabar la noche y no tiene ningún problema con eso.

—El vino era buena idea —dijo, y me hizo pasar.

El piso era exactamente como me la había imaginado: libros apilados en cualquier sitio, plantas en la ventana, una mesa de trabajo con materiales de cerámica a medio secar. Nos sentamos en el sofá con las copas y hablamos durante un rato de nada importante. Era una forma de darnos permiso para relajarnos, supongo. O de comprobar que lo que había funcionado en los mensajes también funcionaba en persona.

Funcionaba.

Cuando ella apoyó la copa en la mesita y se giró hacia mí, yo ya sabía lo que venía. Me miró un segundo antes de hacer nada, como preguntando. Yo me moví hacia ella antes de que terminara de formular la pregunta.

El primer beso fue tranquilo. Uno de esos besos donde todavía hay algo de tanteo, donde las dos bocas se reconocen antes de decidir cuánta presión aplicar. Pero duró poco en ese estado. Camila me puso la mano en la nuca con una firmeza que dejó claro que no había nada tentativo en lo que estaba haciendo.

Me gustó eso. Me gustó mucho.

Nos movimos hacia el dormitorio sin apuro, sin el tipo de urgencia que a veces convierte los primeros encuentros en algo torpe. Ella sabía lo que hacía. Me quitó la camiseta despacio, me miró un momento con una expresión que no era evaluadora sino apreciativa, y luego pasó la boca por mi hombro izquierdo con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.

—Quedaté quieta un momento —dijo.

Me quedé.

Lo que siguió fue metódico en el mejor sentido de la palabra. Camila no tenía prisa. Pasó tiempo en cada parte de mi cuerpo como si tuviera todo el recorrido trazado y no tuviera ninguna intención de saltarse un paso. Sus manos eran cálidas y precisas. Su boca también.

Cuando finalmente bajó entre mis piernas, lo hizo sin preámbulos innecesarios. Solo una presión directa, exactamente donde tenía que ser, con un ritmo que fue construyéndose de a poco hasta que yo dejé de pensar en nada más que en lo que estaba sintiendo. Le puse la mano en el pelo, sin empujar, solo para tenerla cerca. Ella lo notó y no cambió lo que estaba haciendo.

Llegué al orgasmo con una claridad que pocas veces tengo sola. Uno de esos que llegan despacio y se quedan.

Después fui yo.

Camila se recostó boca arriba y me dejó hacer. Me tomé mi tiempo también, porque me gustaba verla. Tenía tatuajes en el costado derecho que no había podido ver con la ropa puesta, y en algún punto me distraje siguiéndolos con el dedo antes de retomar lo que estaba haciendo. Ella rió un poco. No protestó.

Cuando terminó, se quedó unos segundos con los ojos cerrados y la respiración todavía acelerada. Luego los abrió y me miró.

—Esto estuvo bien —dijo.

—Sí —concordé.

***

Me quedé hasta pasada la medianoche. Tomamos el resto del vino, hablamos de cosas sin importancia, y cuando me fui me despedí con un beso breve en la puerta.

En los días siguientes nos mandamos algunos mensajes. Sin la frecuencia de antes, sin el peso de quien espera algo. Era una conversación fácil, sin subtexto. Hablamos de cosas del juego, de algo que le había pasado en el taller, de una película que las dos habíamos visto.

Después la frecuencia fue bajando de forma natural, como baja el agua cuando no queda más.

Con Camila seguí hablando de manera esporádica durante unos meses. Nunca volvimos a quedar, no porque hubiera pasado nada malo, sino porque ninguna de las dos lo propuso y las dos sabíamos por qué. Había sido exactamente lo que tenía que ser.

El juego siguió siendo mi forma de conocer chicas durante ese año. Hubo otras conversaciones, algunas que no llegaron a ningún lado, una o dos que sí. Cada una funcionó dentro de sus propios términos.

Lo que aprendí de ese período no tiene que ver solo con el sexo, aunque el sexo fuera parte de ello. Tiene que ver con saber lo que querés y decirlo sin pedir disculpas. Con entender que lo temporal no es menos real que lo permanente. Con que una sola noche, bien vivida, vale más que meses de algo que no te convence.

Terminé el bachillerato. Empecé la carrera técnica. Seguí adelante con mis planes.

Y de vez en cuando, cuando el juego me notificaba que alguien nuevo había enviado una solicitud de amistad, yo miraba el perfil antes de responder.

Nunca lo aceptaba a ciegas.

Valora este relato

4.2 (50)

Comentarios (10)

Tatianita97

Que lindo!! se nota que fue algo real, eso se siente en cada linea. Mas por favor!!!!

SolRioS

segunda parte ya!!! quedé con muchisimas ganas de saber cómo siguió todo

ViajeraK

Me encantó cómo empezó con algo tan cotidiano y terminó siendo algo tan especial. Muy bien escrito, de verdad.

LunaNocturna

jajaja me reí porque a mí me pasó algo parecido conociendo gente en un juego, nunca sabés para dónde va la cosa :)

Karen0910

Corto pero intenso, quiero saber qué pasó después! Esperando ansiosamente la continuacion

Nocturna44

increible, me dejo sin palabras

NocheDePlata

La tension que fuiste construyendo desde el principio es lo que mas me gusto. Se siente autentico, nada forzado. Ojalá haya mas partes!

Angie_lect

Muy bueno! sigue escribiendo porfavor, tienes mucho talento

Stefania_R

La premisa del videojuego me pareció muy original, no habia leido nada parecido antes. Felicitaciones

nocheslocas22

qué bonito como describe ese momento en que te das cuenta de que algo cambió. muy poetico casi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.