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Relatos Ardientes

Bajé del bus con un desconocido y no me arrepiento

Cada vez que tomaba el bus para visitar a mi padre, algo pasaba. No siempre, claro. Pero lo suficiente como para que yo me arreglara con más cuidado del necesario, eligiera el vestido con más atención de la habitual y saliera de casa con esa mezcla extraña de culpa y anticipación que nunca terminé de justificarme a mí misma.

Ese viernes no fue diferente.

Diego, mi novio de entonces, me besó en la frente antes de que saliera y no sospechó nada. Era bueno conmigo, demasiado bueno quizás, y eso a veces me generaba más culpa que mis propios actos. Pero el viaje hasta donde vivía mi padre duraba casi seis horas, y yo tenía esa costumbre con los trayectos largos: me ponían inquieta de un modo que no era exactamente aburrimiento.

Me puse un vestido negro de tirantes finos, ajustado, que cortaba justo por encima de la rodilla. Unas botas altas hasta la pantorrilla, el abrigo largo. Me maquillé más de lo necesario para un viaje en bus. Cuando me vi en el espejo no me pregunté por qué lo hacía. Ya sabía la respuesta.

La terminal era el caos habitual de un viernes por la mañana: familias con maletas, vendedores de café, gente que corría hacia los andenes. Me moví entre la multitud hacia la taquilla y ahí fue la primera vez que lo vi.

Estaba en la fila delante de mí, de espaldas. Alto, de esa altura que obliga a levantar la vista. Hombros anchos, cuello firme. Cuando giró para guardar el billete en el bolsillo, nuestros ojos se encontraron un segundo. Tenía una mirada directa, sin rodeos, de quien sabe exactamente lo que está mirando y no se molesta en disimularlo.

Le sonreí. Así, sin más razón que esa.

Él sonrió también, pagó su pasaje y se fue. Pero antes de darse la vuelta me miró de nuevo. No fue un vistazo rápido. Fue algo más deliberado, más calculado.

—Siguiente —dijo la señora de la taquilla.

Pagué el mío y pasé a la sala de espera.

***

Lo encontré tres filas más adelante, sentado con las piernas estiradas porque no le cabían bien entre los asientos. Me senté detrás de él. De vez en cuando giraba la cabeza y me miraba. Yo cruzaba las piernas y miraba hacia otro lado, sin poder evitar la sonrisa.

Cuando llamaron para subir al bus, me acerqué al kiosco a comprar agua. Al volver, él ya estaba en la puerta del andén. Me vio llegar, bajó los ojos despacio y los volvió a subir. No dijo nada. No necesitaba.

Subí al bus y busqué mi asiento junto a la ventanilla. El del pasillo, para mi sorpresa completamente previsible, era el suyo.

Se acomodó con ese problema que tienen los hombres muy altos en los asientos estrechos. Yo me quité el abrigo para guardarlo arriba y noté que me seguía con la mirada. Lo ignoré. O lo intenté.

No hablamos en el primer tramo. El bus arrancó, la carretera se puso larga y gris, y yo acabé dormida contra la ventanilla.

No sé cuánto dormí. Cuando me desperté, el vestido se me había subido bastante. Demasiado. Me lo bajé de inmediato con la cara encendida.

Él se reía sin ruido, mirando al frente.

—Tranquila —dijo—. No vi nada.

Su voz era grave y pausada. Del tipo que hace que uno no sepa muy bien dónde poner las manos.

—Eso espero —respondí, todavía acomodándome.

—Aunque... tienes unas piernas muy bonitas. Eso sí lo noté.

No pude evitar reírme. Me tapé la boca con la mano.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—¿Para qué quieres saberlo?

—Me gusta saber el nombre de las personas con quienes comparto un viaje largo. —Hizo una pausa—. Yo me llamo Marcos.

Lo miré de frente por primera vez desde que nos habíamos sentado. Tenía los ojos oscuros, mandíbula firme, y esa sonrisa tranquila de quien no necesita esforzarse en nada.

—Valeria —dije.

—Valeria. —Lo repitió despacio, como si lo guardara—. Bonito nombre.

Silencio. Pero diferente al de antes. Más cargado.

***

Empezamos a hablar de cosas sin importancia. Del clima, del trayecto, de la comida que venden en las paradas. Él tenía esa forma de escuchar que invita a seguir hablando, y yo me descubrí contándole cosas que no había planeado contar.

En algún momento, mientras hablaba, extendió despacio el meñique izquierdo y lo apoyó sobre mi muslo. Solo el meñique. Como si lo hubiera hecho sin querer.

Yo no dije nada.

Lo retiró, lo volvió a apoyar. Una vez, dos. Seguí mirando hacia el frente.

—Oye, no —dije al final. Sin mucha convicción.

—¿El qué?

—Ya sabes.

Sonrió.

—Es que tienes unas piernas que distraen. No es culpa mía.

—Todo tiene su culpa —respondí. Pero tampoco moví la pierna.

Siguió así durante un rato. El meñique primero, luego la palma entera apoyada sobre mi rodilla. Yo miraba el paisaje como si fuera lo más fascinante del mundo. El calor de su mano atravesaba la tela del vestido y se quedaba ahí, estático, deliberado.

—¿Tienes novio? —preguntó.

—No —mentí, sin pensarlo demasiado.

—Me parece extraño.

—Pues así es.

Deslizó los dedos un poco más arriba. Yo no lo detuve. El bus tenía las luces bajas para el segundo tramo del viaje, y los demás pasajeros dormitaban o miraban sus teléfonos. Éramos una burbuja aparte.

—¿Adónde vas? —preguntó.

—A ver a mi padre. Vive bastante lejos.

—Yo bajo en Arenas. —Hizo una pausa—. Podría convencerte de bajar conmigo.

Lo miré.

—Qué seguro eres.

—No es seguridad —dijo—. Es que ya sé cómo termina esto.

No le respondí. Pero tampoco dije que no.

***

Siguió tocando mis piernas durante el resto del trayecto hasta Arenas. Despacio, sin apuro, como si le sobrara el tiempo. En un momento dado acercó la boca a mi oído y me dijo algo en voz baja que me hizo tensarme entera. Giré la cara y nuestros labios casi se rozaron. Él esperó. Yo también.

Nos besamos en el asiento del bus, con los demás pasajeros dormidos a nuestro alrededor. Fue un beso breve, exploratorio. El tipo de beso que es en realidad una pregunta.

Cuando el bus frenó en Arenas ya era completamente de noche. El pueblo brillaba con esa luz anaranjada de los lugares pequeños. Yo tenía la cabeza un poco turbia, no de sueño sino de todo lo demás.

Marcos se levantó y me miró.

—¿Vienes?

Pensé en Diego. Pensé en mi padre esperando. Pensé en todas las razones sensatas para quedarme en el bus.

Luego agarré mi bolso y me levanté.

Hay momentos en que uno decide sin deliberar demasiado. Este era uno de esos.

***

Encontramos un hotel a dos cuadras de la parada. Uno de esos con recepción de madera oscura y pasillos con olor a limpieza anticuada. La señora de la recepción nos miró de esa forma que tienen algunas personas mayores: con conocimiento total y sin un gramo de juicio.

Nos dio una llave, señaló el ascensor.

En el ascensor nos besamos de verdad por primera vez. Me tomó de la cintura con una mano, con la otra me apartó el pelo de la cara, y me besó despacio. Sin urgencia. Como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido no usarlo todavía.

Llegamos a la habitación. Cerró la puerta.

Me apoyó con suavidad contra la pared y me besó de nuevo. Más despacio aún, con más atención. Yo tenía las manos apoyadas en su pecho y sentía su corazón contra las palmas.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

Bajó los tirantes del vestido despacio, uno después del otro. Cuando el vestido cayó al suelo se alejó un paso y me miró en silencio durante unos segundos. Solo me miraba.

—Dios —dijo al fin, en voz muy baja. No como exclamación. Como si lo pensara en voz alta.

Me tomó en brazos y me llevó a la cama.

***

Lo que Marcos hacía con la boca no tenía nada de torpe ni de apurado. Empezó por el cuello, bajó por la clavícula, se detuvo donde se le antojó detenerse. Yo tenía los dedos enredados en sus hombros y trataba de respirar con alguna normalidad, lo cual era completamente imposible.

Cuando llegó más abajo me aferré a la sábana con las dos manos. Lo sentí tomarse el tiempo que quiso, aprendiendo qué hacía que mi respiración cambiara, qué me tensaba y qué me relajaba. En un momento dado tuve que morderme el labio para no hacer ruido.

Luego se levantó y se quitó la ropa sin apuro. Yo lo miraba desde la cama. Era exactamente lo que había imaginado en el bus, o algo mejor.

—¿Tienes preservativo? —pregunté.

—Tengo.

Se puso uno, se acercó a la cama, y antes de entrar me miró a los ojos. Eso también fue deliberado. Entró despacio y esperó un momento.

Luego empezó a moverse.

Hay cosas que el cuerpo procesa antes de que el cerebro llegue a ellas. Él sabía lo que hacía, y lo hacía con calma primero, luego con más fuerza, leyendo lo que yo necesitaba sin que tuviera que decírselo con palabras. Cuando llegué la primera vez fue con los dientes apretados y un temblor que empezó en los muslos y subió sin avisar.

—Otra vez —dijo él, tranquilo.

Y así fue.

***

Después nos quedamos tumbados sin hablar. Él miraba el techo. Yo miraba su perfil en la penumbra. La habitación tenía ese silencio particular de los hoteles de carretera a medianoche.

—¿A qué hora tienes que llegar donde tu padre? —preguntó.

—Mañana al mediodía.

Giró la cabeza y me miró.

—Entonces tenemos tiempo.

Esa noche dormimos muy poco. Marcos tenía una resistencia que parecía no terminarse, y yo tampoco tenía intención de desperdiciarla. En algún momento de la madrugada, cuando ya no me quedaban fuerzas para nada más, me apoyé en su pecho y me quedí dormida escuchando cómo respiraba.

Me desperté con la luz gris del amanecer colándose por las persianas. Él ya estaba despierto, mirando el techo con esa calma suya de siempre.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

No hubo torpeza en eso. No hubo esa incomodidad de la mañana siguiente que conozco bien de otros viajes. Solo una calma extraña y limpia.

***

Nos duchamos por separado. Me vestí con ropa más discreta que saqué del bolso. Él me esperó en el pasillo y bajamos juntos al pequeño comedor del hotel, donde una señora nos sirvió café y pan tostado sin hacernos ninguna pregunta.

Hablamos como si nos conociéramos desde hacía tiempo. Eso era lo más raro de todo, y también lo más agradable.

El bus de las diez pasaba por la parada del pueblo. Yo seguía al norte. Él se quedaba en Arenas, o eso dijo.

En la parada, mientras esperaba el bus, me miró de la misma forma que en la taquilla de la terminal aquella mañana. Directa. Sin excusas ni disimulos.

—Fue un placer, Valeria —dijo.

—También para mí, Marcos.

Me dio un beso breve en la mejilla. Limpio. Sin más drama que eso.

Cuando subí al bus y me senté junto a la ventanilla, lo busqué desde el vidrio. Ya no estaba en la parada.

***

Llegué donde mi padre con tres horas de retraso. Le dije que el bus había tenido un problema mecánico en la carretera y habíamos tenido que esperar a que lo repararan. Me creyó sin hacerme más preguntas.

Esa noche, mientras cenábamos, pensé en Marcos. No exactamente con culpa. Con esa gratitud rara y tranquila que aparece cuando algo sale bien sin que lo hayas planeado.

Nunca lo volví a ver. No sé si él siguió pensando en aquel viaje. Yo sí. De vez en cuando, cuando tomo un bus largo y me siento junto a la ventanilla y el trayecto se vuelve monótono, me acuerdo del meñique sobre mi muslo, de una voz grave que dijo «tranquila» con esa calma ridícula, y de una habitación con colcha de flores en un pueblo cuyo nombre casi no recuerdo.

No me arrepentí de haber bajado. Ni aquella mañana ni ninguna de las veces que lo recordé después.

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Comentarios (7)

SolDeVerano_

me encanto!!! espero que haya mas relatos asi

PatriciaRomero

Que forma de narrar, se siente que paso de verdad. Segui escribiendo por favor

lalectora_tucuman

tremendo relato, me quede sin palabras jaja

Miguelin77

a mi tambien me paso algo parecido en un viaje largo, aunque no tan apasionante jaja. Muy bueno!

noche_larga88

volviste a saber algo de el?? quiero saber como termino todo

Daniela22

Me gusto mucho como lo contaste, muy natural y real. Quiero mas!

SergioMdq

excelente!!! sigue asi

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