El entrenador suplente que no pude ignorar
Cuando Carlos dejó el equipo, nadie esperaba que lo reemplazara alguien como Rodrigo. Era practicante de último año de Educación Física en la universidad, lo habían elegido porque era del pueblo y el director pensó que sería más fácil de manejar que alguien de afuera. Así son las cosas en los equipos pequeños de provincia: los vínculos personales pesan más que los méritos.
Yo era la asistente del equipo junto con Sofía y Camila. Nos ocupábamos del material: organizar los conos, los petos, las pelotas; llevar agua en los entrenamientos de calor; hacer las actas de los partidos cuando nadie más quería. Era un trabajo invisible, de los que no aparecen en ninguna foto oficial, pero sin el cual nada funciona. Yo lo hacía bien y lo sabía. También sabía que varios de los jugadores no me miraban precisamente por la eficiencia con la que apilaba los petos.
Rodrigo era moreno, alto, delgado para alguien que estudiaba Educación Física. No tenía el cuerpo de Carlos, que era ancho y atlético como uno esperaría de un entrenador con experiencia. Rodrigo era de otra clase: desgarbado, con esas manos grandes que no encajan del todo con los brazos largos, y una forma de moverse que parecía siempre estar llegando tarde a algún sitio. Pero cuando se detenía a mirarte, paraba del todo. Eso tenía.
Me miró desde el primer día como si ya me conociera. No era la mirada rápida y disimulada que hace la mayoría: era directa, lenta, de las que empiezan en los pies y tres segundos después llegan a los ojos sin haberse apresurado en ningún momento del camino. A mí ese tipo de miradas siempre me mueven algo por dentro, aunque prefiero no admitirlo en voz alta.
***
Sofía fue la primera en decírmelo, como siempre.
—¿Ves cómo te sigue con la vista? —me preguntó una tarde mientras yo acomodaba el material después del entrenamiento.
—Ya me di cuenta —respondí, sin levantar la cabeza.
—Te mira el culo cuando estás de espaldas. Cada vez que te agachas, ahí está él.
—Sofía, para.
—¿Qué? Es un hecho completamente observable.
Me puse roja, aunque tenía la espalda vuelta hacia ella para que no me lo viera. Era cierto, y la verdad era que no me molestaba tanto como tendría que haberme molestado. En esos días yo tenía la cabeza en otro lugar: Tomás, un chico nuevo que había llegado al equipo unas semanas antes, concentraba casi toda mi atención. Era guapo de esa manera sencilla y segura que hace que uno se dé cuenta de que lo mira demasiado. Rodrigo era otra historia, o eso me decía.
Un día nos encontró a Mateo y a mí besándonos en el salón de Educación Física. No fue incómodo para nosotros, pero sí para él: nos llamó la atención con esa voz nueva de autoridad que estaba ensayando desde que empezó como practicante, diciéndonos que respetáramos el espacio. Sus ojos decían otra cosa completamente distinta.
Pocos días después me quedé sola en ese mismo salón guardando el material. Rodrigo estaba en el escritorio con unos papeles cuando entré. Ese día llevaba una minifalda de jean, muy corta, y una blusa blanca ombliguera que no era provocativa en el catálogo pero que con cierta figura sí lo era. Rodrigo lo notó en cuanto me vio entrar.
—Hola, Rodrigo —dije, porque ya me había dicho que no lo llamara de usted ni profesor.
Me miró despacio, de arriba abajo, sin ningún apuro.
—Hola, Valentina.
Me agaché a organizar las pelotas en la bolsa. La falda era lo que era. Rodrigo no apartó la vista. Entraron Sofía y Camila justo en ese momento y lo pillaron con los ojos puestos donde los tenía. Él salió del salón rápido, nervioso, sin decir nada. Mis amigas me miraron. Yo me encogí de hombros.
Desde ese día, cada vez que coincidíamos un momento a solas, Rodrigo se tomaba alguna pequeña libertad. Una mano en la cintura que duraba un segundo de más. Un comentario dicho en voz baja con un segundo significado evidente. Yo lo dejaba, porque lo que me daba en esos momentos era suficiente para tenerme pensando en él cuando llegaba a casa, aunque seguía convencida de que lo mío era Tomás.
***
El partido de visitante fue el punto de inflexión.
Era en un pueblo a tres horas del nuestro, con calor húmedo desde primera hora de la mañana, y el hotel tenía piscina. Nos dijeron que lleváramos ropa de verano. Yo me puse un bikini lila del que Sofía dijo, cuando me vio en el hotel, que debería llevar nombre propio por lo poco que cubría. Las partes de arriba tapaban lo necesario y nada más. Llegué al borde de la piscina y en dos segundos entendí por las miradas que el bikini había cumplido su función.
El agua estaba llena de compañeros con demasiada energía y pocas inhibiciones. Mateo me jaló del pelo desde el agua. Sebastián me agarró de la cintura por detrás. En un momento dado alguien desató el nudo de la nuca del bikini y tardé un segundo en cubrirme con las manos mientras Camila le gritaba a Mateo que me lo devolviera. Durante un buen rato estuve sin la parte de arriba, cubriéndome como podía, y Rodrigo, que estaba sentado al borde de la piscina, lo vio todo sin apartar los ojos.
Después entró al agua.
Me fui alejando hacia la esquina más tranquila de la piscina. Rodrigo fue detrás, despacio, sin hacer que pareciera intencionado. Cuando estábamos lo bastante lejos del grupo sentí sus manos en mi cintura desde atrás, lentas y firmes al mismo tiempo.
—¿Qué haces? —pregunté, sin moverme.
No dijo nada. Me pegó contra él, con las palmas abiertas en mi abdomen, y sentí lo que sentí. Había poco margen para la duda respecto a lo que estaba pensando en ese momento.
Nos interrumpió Camila desde el otro lado, llamándome a gritos. Rodrigo me soltó. Me di la vuelta y lo miré antes de nadar hacia donde me llamaban.
—Después —le dije, y me fui.
***
La noche cambió el ritmo de todo.
Me puse un vestido blanco para la cena: tirantes finos, escote generoso, tela delgada que marcaba cada curva sin disimulo. Debajo, solo una tanga negra que se transparentaba un poco con el blanco de la tela. Camila me miró cuando bajé al lobby del hotel y abrió la boca.
—Estoy cómoda —dije antes de que empezara.
—Se te nota la tanga, Valentina.
—Ya lo sé, Camila.
Rodrigo estaba en una mesa con varios jugadores. Me vio llegar desde lejos, a la mitad de una frase que le estaba diciendo a alguien, y la dejó incompleta. El otro tuvo que repetir lo que había dicho.
Había tres hombres en el restaurante que llevaban rato mirando nuestra mesa. Eran forasteros, bien parecidos, con esa actitud relajada de alguien que está de paso y no tiene nada que perder. Les sonreí un par de veces. Sofía me apretó el brazo por debajo de la mesa.
—Para —me dijo.
—¿Por qué?
—Porque Rodrigo lleva cinco minutos sin escuchar lo que le dicen.
Miré hacia su mesa. Tenía esa expresión de alguien que preferiría estar haciendo cualquier otra cosa.
Después de cenar, de camino a las habitaciones, Sofía y yo nos detuvimos a hablar con los tres hombres. Camila siguió sola, disgustada, sin girarse. Los tipos eran directos: nombres, de dónde éramos, si teníamos novio. Les dijimos que no. Nos invitaron a bailar.
Fuimos.
La música era fuerte y el espacio estaba oscuro y caliente. Los tres tipos sabían lo que hacían: bailaron pegados, con sus manos en los sitios adecuados para esa clase de música. Uno me propuso subir a su habitación. Otro le dijo algo al oído a Sofía y ella me preguntó con los ojos. Le dije que sí con la cabeza.
Nos estábamos yendo cuando llegaron Rodrigo y Mateo.
No sé cómo nos encontraron. Mateo se llevó a Sofía sin mediar palabra. Rodrigo me tomó de la mano y me sacó del lugar con una firmeza que no admitía discusión. Los tres hombres se quedaron mirándonos sin entender bien qué había pasado.
***
Caminamos de vuelta al hotel en silencio.
—¿Por qué no me hablas? —pregunté.
—Por nada —dijo, sin mirarme—. Por salir sin avisar.
—Estás celoso.
No respondió, pero apretó un poco más la mandíbula.
Llegamos a la puerta de mi habitación. Rodrigo le dijo a Mateo que se fuera. Se quedamos los dos solos en el pasillo, con las luces tenues de esa luz de hotel que no alumbra del todo. Rodrigo miró la puerta, luego me miró a mí, y dio un paso hacia atrás.
—¿Te vas así? —dije.
—Hay que madrugar.
—¿Y me dejas con estas ganas?
Se detuvo.
—¿Con qué ganas?
Levanté el vestido lo suficiente. La tanga estaba húmeda, y eso era evidente, y no solo por el calor de la noche. Rodrigo se quedó quieto un momento, luego miró el pasillo en las dos direcciones.
***
Era la una de la madrugada y el corredor estaba completamente vacío.
Me tomó de la mano y me llevó hacia la parte más oscura del pasillo, junto a una puerta de emergencia que no daba a ningún lugar visible desde donde estábamos. Me pegó contra la pared. No hubo rodeos: me besó de esa manera que tienen algunos hombres, como si tuvieran prisa y todo el tiempo del mundo al mismo tiempo, con una mano en la nuca y la otra apretando mi cintura contra la suya.
Le correspondí sin pensarlo.
Bajó el tirante del vestido. Después el otro. La tela cayó hasta la cintura y me quedé con la mitad del cuerpo expuesta en ese pasillo de hotel, de espaldas al muro frío. Me miró un momento con esa expresión de alguien que lleva semanas pensando en este momento exacto y ahora que está frente a él no tiene ninguna prisa.
Bajó la cabeza y empezó por el cuello. Bajó despacio, con tiempo, sin que yo pudiera hacer mucho más que apoyar la nuca hacia atrás y controlar el ruido que quería hacer pero no podía porque estábamos en un hotel y había gente durmiendo al otro lado de esas puertas.
Metió una mano por debajo de la tanga. La encontró deshecha. No había nada tentativo en ese gesto: buscó lo que buscaba y lo encontró sin rodeos, y yo tuve que morderme el labio con fuerza.
Se arrodilló en el suelo del pasillo.
Tardó lo suficiente como para que perdiera el hilo de cualquier pensamiento coherente. Cuando se levantó y me pegó de nuevo contra la pared, yo ya no tenía ningún interés en quedarme callada, así que se ocupó de taparme la boca con la palma cuando empezó a moverse.
Se vino dentro. Fue brusco y caliente y duró lo suficiente para que cuando terminó las piernas me temblaran de verdad.
Me quedé apoyada en la pared, recuperando el aire. Rodrigo me miraba con esa expresión que tienen los hombres cuando acaban de conseguir algo que querían desde hace tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Perfectamente —respondí.
Y era completamente verdad.
***
Me arreglé el vestido en el pasillo y entré al cuarto. Sofía y Camila estaban despiertas, cada una en su cama, con esa expresión de quien lleva rato esperando que llegue alguien.
—¿Rodrigo? —preguntó Sofía.
—No preguntes.
—Valentina.
—Que no preguntes, Sofía.
Me metí al baño. En el espejo tenía el pelo completamente revuelto y los labios más oscuros que al salir. Me lavé los dientes mirándome y pensando en Tomás, que seguía siendo guapo, y en Rodrigo, que resultó ser algo distinto de lo que había calculado.
Al día siguiente Rodrigo se comportó con toda la normalidad del mundo durante el viaje de regreso. Me saludó como siempre. Me miró como siempre. Solo que ahora yo sabía exactamente lo que había detrás de esa mirada, y eso cambia cómo recibes las cosas.
No fue la última vez. Pasó tres veces más después de eso, en circunstancias distintas y lugares distintos, siempre con esa misma calidad de algo que ninguno de los dos había planeado pero que los dos sabíamos que iba a pasar. Sin embargo, la noche del hotel es la que me viene cuando menos me lo espero: en medio de una conversación aburrida, esperando que el agua hierva, en cualquier momento en que el ruido baja y la mente va sola a donde quiere.
El pasillo oscuro. Las piernas temblando. Su mano tapándome la boca.
Algunas cosas se quedan grabadas aunque no hayas pedido que se quedaran.