Lo que descubrí en Cartagena no se lo conté a nadie
Marcos llevaba tres días en Cartagena de Indias y empezaba a sospechar que había errado el viaje. Las recomendaciones del grupo de amigos —que el malecón estaba lleno de chicas dispuestas, que con doscientos dólares uno se llevaba una semana entera de compañía— habían resultado un poco engañosas. Cada noche encontraba a alguna que parecía perfecta, y cada noche descubría detrás del vestido apretado algún detalle que no esperaba.
Esa cuarta tarde decidió cambiar de táctica. Salió temprano, con el sol todavía alto, y se metió en un bar con terraza junto al mar. Pidió una cerveza fría y un plato de pulpo a la plancha por menos de lo que le costaba un café en su barrio. Comía tranquilo, mirando el oleaje, cuando ella entró.
No se parecía a las anteriores. Era un poco más alta, con curvas reales bajo una camiseta que le quedaba ajustada en los lugares correctos. Pelo negro hasta los hombros, piel canela, labios gruesos sin pintar. Se sentó dos mesas más allá, pidió un jugo de mango y ojeó el lugar con esa calma de quien sabe que la van a mirar.
Marcos esperó cinco minutos antes de acercarse con un trago.
—¿Te puedo invitar?
—Por supuesto, guapo —respondió ella con una sonrisa que ya prometía cosas.
Se llamaba Yamila. Hablaron de tonterías un rato, de turistas, del calor, hasta que Marcos preguntó con cuidado si estaba libre esa tarde. Yamila no se anduvo con rodeos.
—Depende de lo que quieras. Por delante, diez. Por detrás, dieciocho. Una hora completa.
Marcos sonrió, pero después de las sorpresas anteriores no iba a arriesgarse otra vez.
—Antes necesito comprobar algo. Quiero ver con mis propios ojos que eres una chica de verdad.
Yamila se rio bajito, lo agarró de la mano y lo llevó al baño del fondo. Cerró la puerta, se subió la falda corta sin prisa y se quedó mirándolo. Lo que tenía debajo no admitía dudas: depilado con cuidado, labios carnosos, todo en su sitio. Marcos sintió que se le secaba la boca.
—Joder. Esto sí es lo que vine a buscar.
Yamila se bajó la falda, todavía sonriendo.
—Decide rápido, entonces. ¿Una hora? ¿La tarde? ¿La noche entera?
—¿Cuánto por todo el día y la noche?
Lo miró de arriba abajo, calculando.
—Trescientos. Y te aviso ya: no vas a tener ni dinero ni aguante para pagar lo que de verdad mereces.
Marcos se rio. La idea le encendió por dentro.
—¿Cuánto de verdad?
—Ciento cincuenta. Tuya entera. Sin límites.
No lo pensó dos veces. Pagó la cuenta y la llevó directo al hotel. Por primera vez desde que aterrizó, entró en su habitación con una mujer que era exactamente lo que había imaginado.
***
Apenas cerró la puerta, Marcos se quitó la ropa con prisa. Yamila lo miró con picardía mientras él dejaba caer los billetes sobre la mesa.
—Por lo menos tamaño tienes —comentó ella, acercándose despacio—. El aguante ya lo veremos.
Marcos se tumbó en la cama y le pidió que le mostrara la mercancía. Yamila puso música suave en el móvil y empezó a quitarse la ropa con un balanceo lento, primero la falda, después la blusa, dejando los pechos sueltos. Se quedó solo con el tanga y una camiseta corta que le marcaba los pezones.
Se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamerle desde la base hasta la punta, sin prisa, mirándolo a los ojos. Marcos, impaciente, le agarró la cabeza con las dos manos y se la metió hasta el fondo. Yamila lo recibió sin resistirse, los ojos brillantes, y empezó a moverse rápido, chupando con técnica, sin arcadas.
Después de un par de minutos, sacó la boca un instante y le susurró:
—Tranquilo. Tenemos toda la tarde y toda la noche. Si sigues así, te vas a quedar sin fuerzas en media hora.
Volvió a metérsela hasta el fondo y siguió. Marcos cerró los ojos. Por fin había merecido la pena el viaje.
***
La giró sobre la cama, le abrió las piernas y bajó la cabeza entre sus muslos. Lamió despacio al principio, separando los labios con los dedos, recorriendo todo con la lengua. Después subió al clítoris y lo succionó con fuerza, alternando con mordiscos suaves. Yamila empezó a gemir alto, agarrándose a las sábanas, empujando las caderas hacia su boca.
—Nadie me había comido así nunca —jadeó ella, con la voz rota.
Marcos no contestó. Le abrió las nalgas, pasó la lengua hacia el otro agujero y empezó a alternar entre uno y otro, sin tregua. Yamila se corrió antes de que él pudiera anticiparlo, un grito largo y un temblor que le recorrió las piernas.
—Cabrón —murmuró cuando recuperó el aliento—. Esto no me lo esperaba.
La hizo subirse encima. Yamila apartó el tanga a un lado y se sentó despacio, hundiéndose hasta el fondo en un solo movimiento. Empezó a moverse, primero suave, luego con más fuerza. Marcos le subió las manos por debajo de la camiseta, agarró los pechos con saña y los apretó hasta que se le pusieron los pezones duros como piedras.
Ella cabalgó como si la vida le fuera en eso, bajando con todo su peso, girando las caderas en cada embestida. Marcos la sujetaba por las caderas, ayudándola a marcar el ritmo. Yamila se corrió otra vez encima de él, esta vez dejándose caer hacia adelante, los pechos aplastados contra su torso.
—Joder, ya van tres y tú ni una —protestó entre jadeos—. ¿Qué clase de hombre eres?
—Uno con paciencia. Sigue moviéndote.
Cuando por fin la giró boca abajo y le metió la lengua entre las nalgas, Yamila ya no protestó. Marcos escupió en el agujero y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo y se relajó. Él alternó embestidas profundas con movimientos cortos, sintiendo cómo cada vez se abría más.
Yamila tuvo otro orgasmo —el cuarto, ya había perdido la cuenta— antes de que él se permitiera correrse dentro. Cuando salió, ella se quedó tumbada boca abajo, respirando como si hubiera corrido una maratón.
—Me has destrozado —murmuró sin levantar la cara de la almohada.
***
A la mañana siguiente, Yamila se duchó, se vistió y dejó los ciento cincuenta dólares sobre la mesita.
—Te subestimé. Eres demasiado para mí. Quédate con el dinero, te lo has ganado.
Marcos se rio y le devolvió los billetes.
—Quédatelos tú. Pero hazme un favor: mándame a alguien que esté a la altura. Una buena amiga, alguien que aguante.
Yamila aceptó. Antes de mediodía llamaron a la puerta. Apareció con tres chicas, todas cartageneras, todas con cuerpos que pedían ser mirados.
—Te traje a las mejores. Yo pago la mitad de lo que cobren, en compensación.
Marcos las hizo pasar y se sentó en el sillón como un rey. Las miró a las tres mientras se iban quitando la ropa, una a una, y se decidió por la del medio: pechos grandes y naturales, un culo redondo y firme, labios carnosos que prometían trabajo. Se llamaba Camila.
Las otras dos se vistieron y se fueron con Yamila. Camila se quedó de pie en medio de la habitación, desnuda, con esa media sonrisa de quien sabe perfectamente lo que va a pasar.
—Acércate. Vamos a ver si aguantas más que tu amiga.
***
Camila se arrodilló frente a él y empezó con una técnica que Marcos no había probado nunca: una mano en la base apretando despacio, la otra masajeando los huevos con presión firme, mientras la boca subía y bajaba con una succión de vacío que le hizo ver luces. En menos de un minuto, sintió que se le iba a escapar todo.
Le agarró el pelo y la apartó.
—Despacio. Si sigues así, se acaba en dos minutos y queda todo el día por delante.
Camila se rio, los labios brillantes.
—Está bien, guapo. Cambiemos de juego.
Marcos se tumbó boca arriba y la montó encima. Ella se hundió hasta el fondo y empezó a moverse con un ritmo lento que iba calentando. El coño le quemaba, literalmente, una temperatura distinta a cualquier cosa que él recordara haber sentido. Después de unos minutos tuvo que pararla con dos palmadas suaves en los muslos.
—Para. Tienes el coño tan caliente que me voy a correr ya.
La giró boca abajo, le abrió las nalgas y se la metió por detrás de una sola embestida. Y entonces Camila hizo algo que él no había sentido nunca: empezó a contraer los músculos en oleadas, succionando desde dentro, como si tuviera otra boca trabajándolo desde el agujero. Cada movimiento de Marcos era recibido con un apretón rítmico que lo enloquecía.
—Joder, qué arte tienes —gruñó él—. ¿Dónde aprendiste eso?
Camila no contestó, solo siguió contrayendo. No aguantó mucho. Marcos se clavó hasta el fondo y se corrió con un rugido largo, descargando dentro de ella mientras seguía apretando, ordeñándolo hasta la última gota.
Después de comer algo en la habitación y dormir un par de horas, hablaron del resto del viaje.
—Quédate conmigo hasta que me vaya. Cinco días. Te pago ciento cincuenta diarios.
—Trato hecho. Eres el mejor cliente que he tenido en años.
***
Por la noche salieron a cenar a un restaurante con vista al mar y después se metieron en uno de esos bares con luces de neón donde la música no deja oír nada. Camila se le pegaba al cuerpo, lo besaba en el cuello, le metía la mano por debajo de la camisa.
Fue allí donde se acercó la otra. Más alta, casi un metro setenta, un cuerpo de portada de revista. Pechos enormes que apenas cabían en el top, piernas largas, labios pintados de rojo. Se llamaba Daniela. Rozó el brazo de Marcos con disimulo y miró a Camila con una sonrisa de complicidad.
—Veo que tienes buena compañía. ¿Me dejas unirme? Hago cosas que ella no sabe hacer.
Camila se rio y le pasó la decisión a él. Daniela se inclinó, le susurró un precio razonable al oído y le mordió el lóbulo. Marcos, con la polla ya dura solo de oírla, no tardó dos segundos en aceptar.
Volvieron los tres al hotel besándose por el camino. Camila y Daniela se besaban entre ellas también, riéndose, prometiéndole con miradas todo lo que iba a pasar.
***
Marcos se tumbó boca arriba en el centro de la cama. Camila se acomodó contra su costado, masajeándole el pecho con manos que sabían lo que hacían. Daniela se sentó a los pies y lo miró con esa picardía que ya conocía.
—¿Ya te lo han hecho alguna vez? ¿Por detrás, digo?
—Nunca —contestó Marcos, un poco nervioso, un poco curioso—. Mi culo es virgen.
Daniela soltó una risita baja.
—Pues prepárate, guapo. Porque te voy a enseñar algo que no se olvida.
Camila aprovechó para subirse a horcajadas sobre su cara. Apoyó el coño justo encima de su boca y le ordenó, con una sonrisa, que la lamiera bien profundo mientras Daniela trabajaba lo suyo.
Marcos abrió la boca y empezó a comerla, lengua plana, lengua dentro, succionando los labios. Mientras tanto, Daniela le untó saliva entre los muslos con paciencia, hasta llegar al agujero. Empezó con un dedo, solo la punta al principio, girando despacio.
—Respira hondo. Déjame entrar.
Poco a poco, el dedo entró del todo. Daniela lo curvó hacia arriba, buscando un punto concreto. Cuando lo encontró, Marcos sintió una descarga eléctrica que le subió por la columna. Era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes: un placer profundo, denso, que venía de un sitio que ni sabía que existía.
Daniela empezó a masajear ese punto con movimientos circulares mientras le metía la polla en la boca y empezaba a chupar despacio. Camila, encima de su cara, se frotaba contra su lengua, gimiendo cada vez más alto.
Cuando Daniela añadió el segundo dedo, Marcos creyó que se iba a desmayar. La presión era exacta, rítmica, como si le estuviera ordeñando algo desde dentro. La boca de ella subiendo y bajando en su polla, los dedos masajeándole la próstata, y el coño de Camila aplastado contra su boca: tres puntos de placer trabajando a la vez.
Camila se corrió primero, un chorro caliente que le bañó la barbilla y el cuello. Marcos siguió chupando, tragando, mientras los dedos de Daniela aceleraban dentro de él.
Y entonces pasó.
No fue un orgasmo normal. No fueron chorros cortos. Fue como si una represa cediera dentro de él. La descarga subió desde un sitio profundo, pasó por la próstata como una corriente y salió en una explosión continua. Espesa, abundante, larga.
Más leche de la que recordaba haber soltado en su vida. Las piernas le temblaron sin control, el cuerpo se le arqueó solo, y un sonido gutural se le escapó contra el coño de Camila.
Daniela siguió chupando hasta que él dejó de descargar. Después sacó los dedos despacio, le dejó la polla limpia con la boca y se subió a su lado, lamiéndose los labios.
—Tu primer orgasmo de próstata, guapo. No va a ser el último.
Camila se dejó caer al otro lado, le besó suavemente y le saboreó su propia corrida en los labios.
Marcos cerró los ojos, sin habla, sintiendo cómo el cuerpo seguía vibrando minutos después.
Aquel viaje, pensó, acababa de cambiar de categoría. Y todavía le quedaban cinco noches.