La noche que me solté en una despedida de soltera
La invitación llegó un martes cualquiera, en un sobre color crema que no esperaba. Lorena, una excompañera del estudio jurídico donde trabajé hace cuatro años, se casaba en marzo y quería tenerme entre sus invitadas. Hacía meses que no nos hablábamos, así que la sorpresa fue doble: primero, que se acordara de mí; segundo, que yo aceptara sin pensarlo demasiado.
La verdad es que necesitaba salir de mi cabeza. Mi relación con Tomás llevaba meses agonizando entre silencios cargados y reproches mal disimulados. Encima, una de mis amigas más cercanas se había enojado conmigo por una tontería que no merecía ese nivel de drama. Estaba cansada, mal dormida, con esa angustia constante de saber que algo se está rompiendo y no querer mirarlo de frente. Decir que sí a la boda fue un acto de supervivencia.
Una semana antes del casamiento llegó la segunda invitación: la despedida de soltera. Lorena alquiló un bar privado en pleno centro, solo para nosotras, y me mandó un mensaje rogándome que fuera. «Necesito caras nuevas, Renata, no aguanto más a las primas de mi novio». Le contesté con un emoji y la promesa de aparecer puntual.
Esa noche me puse un vestido negro corto, ajustado en la cintura, y unos tacos rojos que no usaba desde hacía un año. Me miré al espejo mientras me delineaba los ojos y me dije, en voz baja, que esa noche iba a ser para mí. Sin culpas, sin Tomás, sin pensar en quién no me hablaba. Solo yo, una copa de champán y desconocidas amables.
El bar tenía las paredes pintadas de rojo profundo y guirnaldas de plumas colgando del techo. La decoración me hizo reír apenas crucé la puerta: pollas inflables sobre la barra, vasos con forma de tetas, manteles con frases que ni mi mejor amiga se animaría a decir en voz alta. Lorena me abrazó como si nos viéramos cada semana y me presentó al grupo. Eran unas quince mujeres entre los veinticinco y los treinta y cinco, todas elegantes, todas con esa sonrisa fácil que solo dan tres tragos seguidos.
Me sirvieron un mojito antes de que pudiera saludar a la última. La animadora de la noche, una rubia de pelo corto que se llamaba Bárbara, agarró un micrófono inalámbrico y empezó a explicar las reglas del primer juego. «Verdad explícita o reto explícito», anunció. Las chicas aplaudieron. Yo me reí nerviosa y bebí un trago largo.
Los primeros juegos fueron tímidos. Cuando me tocó pasar al frente, tuve que confesar mi fantasía sexual recurrente. Me ardió la cara, pero el alcohol ya estaba haciendo su trabajo y solté algo sobre un desconocido cogiéndome contra el lavamanos de un baño público, sin preguntarme el nombre, sacándomela apenas terminaba de correrse dentro. Las chicas chillaron. Lorena me palmeó la espalda. «Sabía que eras de las nuestras», me gritó al oído.
A medida que avanzaba la noche, el juego subió de intensidad. Apareció una caja de juguetes sexuales: tenían que adivinar el objeto solo tocándolo, con los ojos vendados. Una chica que se llamaba Federica acertó un dildo violeta. En lugar de devolverlo a la caja, se quitó la falda, los calzones y se dejó caer sobre el sillón principal. Se abrió las piernas de par en par, se escupió los dedos y se los pasó por el coño abierto antes de meterse el juguete de una sola embestida. Empezó a follarse a sí misma sin pudor, girando el dildo, hundiéndolo hasta la base, con la boca abierta y los pezones erectos asomando por encima del corpiño. Se le escapaban gemidos roncos cada vez que el juguete le entraba entero, y una mancha oscura de sus jugos empezó a crecer sobre el terciopelo del sillón. Todas la mirábamos hipnotizadas. Hubo aplausos. Hubo gritos. Yo sentí cómo se me apretaba algo en el bajo vientre y traté de no hacerle caso.
Dos chicas en el rincón se besaban con la lengua afuera, despacio, como si se conocieran de toda la vida. Una de ellas ya tenía la mano metida entre las piernas de la otra, moviéndola con un ritmo lento que las hacía respirar entrecortado. Otra se había bajado el escote del vestido y dejaba que su amiga le pasara un cubito de hielo por los pezones, primero uno, después el otro, hasta que se los mordió con los labios y le arrancó un jadeo largo. El ambiente se volvió denso, espeso, cargado de algo que no era solo perfume y alcohol. Yo, que había llegado planeando una noche tranquila, me descubrí mojada bajo la tela del vestido, con los calzones empapados y el clítoris latiéndome como si tuviera vida propia. Y, por primera vez en meses, no me sentí culpable de nada.
***
Eran casi las doce cuando Bárbara volvió al micrófono. «Señoras, lo que estaban esperando». Las luces bajaron. Una música de bajos profundos hizo vibrar el piso. Tres hombres entraron por la puerta lateral en fila india, en boxers ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Las chicas se levantaron a aullar como en un partido decisivo.
Los tres eran atractivos a su manera, pero a mí me bastó un segundo para elegir. El del medio tenía la piel oscura, brillante bajo las luces moradas, los hombros enormes y la cintura cortada como si lo hubieran tallado. Sus ojos negros recorrieron el círculo de mujeres con una calma que no era cálculo, era costumbre. Me fijé que le habían puesto un nombre falso en el chaleco —Apolo, decía la tela— y casi me reí. Ningún Apolo de la mitología hubiera estado a su altura.
La rutina empezó suave. Los tres bailaron alrededor del salón, dejando que las chicas les pasaran billetes por el elástico del bóxer, sentándose un segundo en alguna falda, robándole un beso al cuello a Lorena. Yo no me moví del sillón. Quería que viniera él. Y mientras esperaba, me terminé la copa entera.
Cuando se acercó, no le dije nada. Lo miré desde abajo, mordiéndome el labio inferior, dejando que las piernas se abrieran apenas un centímetro de más. Él entendió. Se acuclilló frente a mí, me apoyó las manos en las rodillas y empezó a separarlas despacio, sin perderme la mirada. Era un movimiento ensayado, sí, pero parecía hecho solo para mí.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, más para escuchar su voz que para saberlo.
—Jefferson —respondió, y sonrió como si me estuviera regalando un secreto.
—Jefferson —repetí, despacio, paladeando las sílabas.
Le pasé la mano por encima del bóxer y sentí lo que ya intuía: la tenía dura, densa, mucho más grande de lo que cualquier tela podría disimular. La apreté por encima de la tela, sintiendo el peso, calculando el grosor con los dedos, y me incliné hacia su oído.
—Quiero ver esa verga afuera —le susurré—. Toda.
Se levantó, se alejó dos pasos y siguió con su rutina como si nada. Pero antes de irse, me guiñó un ojo.
***
El show siguió escalando. Las chicas, una por una, fueron bajándoles los boxers a los tres bailarines, hasta que los tres quedaron desnudos en el medio del salón. Cuando vi a Jefferson sin nada encima, se me secó la boca. No exagero. Era exactamente como lo había imaginado y, al mismo tiempo, mejor. Su polla era larga, gruesa, oscura, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande hinchado como un puño cerrado. Le colgaba pesada entre los muslos, medio erecta apenas, y aun así parecía imposible. Le hacía honor al cuerpo. Me quedé sin aire.
Las chicas hicieron cola. Yo me quedé quieta, esperando, midiendo el momento. Una pelirroja menudita se arrodilló frente a Jefferson y se la llevó a la boca. Le costaba abarcarla: se le escapaba por las comisuras, se le escurría hasta la barbilla con la saliva, y aun así la pelirroja no aflojaba, tratando de tragársela entera con arcadas cortas. Yo me acerqué, lenta, hipnotizada, y le pasé los dedos por el abdomen mientras él sostenía la cabeza de la otra chica, guiándola con dos dedos enredados en su pelo. Cuando él me miró, le sostuve la mirada como si le estuviera prometiendo algo. La pelirroja se cansó. Se levantó, con los labios brillantes de saliva. Y entonces fue mi turno.
Me arrodillé. Lo miré desde abajo. Le pasé la lengua por toda la extensión, despacio, desde la base hasta la punta, saboreando el latido que le corría por debajo de la piel. Le lamí los huevos, uno por uno, metiéndomelos en la boca con cuidado, sintiendo el peso en la lengua. Volví a subir por el tronco, plana y mojada, como si hubiera estado esperando ese instante durante años y no quisiera perderme un milímetro. Él gruñó algo que no entendí, una vibración profunda en la garganta. Le tomé la base con una mano, me abrí bien la mandíbula y me la metí en la boca tanto como pude. No entró toda. Era imposible. Me golpeó el fondo de la garganta y me hizo llorar los ojos, pero no la solté. Ajusté los labios, apreté la mano, y empecé a bombeársela con las dos cosas a la vez, subiendo y bajando, chupando con hambre, dejando que la saliva se me cayera por la barbilla y le mojara los huevos.
Mientras se la chupaba, lo miraba. Lo miraba como si fuera lo último que iba a ver en mi vida. Le pasé la lengua por la punta, le hundí el glande contra la mejilla para que se viera el bulto por fuera, volví a metérmela hasta atrás. Las chicas chillaban a mi alrededor. Alguien gritó «esa es la actitud». Yo la solté un segundo, con un hilo de saliva colgando de los labios a la punta, y le susurré, con la voz tomada:
—Quédate conmigo, Jefferson. Por favor.
—¿Cómo? —preguntó. Tal vez por la música, tal vez porque no se lo esperaba.
No le contesté. Me levanté, me bajé el cierre del vestido por la espalda y dejé que la tela cayera al piso. Me saqué los calzones, que estaban tan empapados que se me pegaban a los labios del coño. Me quedé solo con los tacos rojos, parada frente a él, y volví a sentarme en el sillón con las piernas abiertas de par en par, para que me viera entera. Me llevé dos dedos a la entrepierna, me abrí los labios y empecé a frotarme el clítoris despacio, en círculos, sin dejar de mirarlo. Después bajé los dedos, me los metí un momento, los saqué brillantes, y me los llevé a la boca para chuparlos delante de él.
—Métemela —le dije—. Métemela toda, Jefferson, ya.
El salón rugió. Las otras chicas, los otros dos bailarines, alguien que filmaba con el celular: todos gritaban lo mismo. Jefferson se tiró sobre mí. Me besó, áspero, con sabor a algo metálico, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme gemir en su boca. Me agarró las piernas por atrás de las rodillas, me las abrió hasta que me dolieron las caderas, y sentí la punta de la polla frotándose arriba y abajo entre mis labios, empapándose en mis jugos, chocando contra el clítoris con cada pasada.
Cuando me la metió, la primera vez fue solo la punta. Me arqueé. Tuve que cerrar los ojos para no gritar. Me estiró el coño como nadie me lo había estirado antes, con esa ardencia dulce de estar al borde de lo que se puede aguantar. La segunda embestida fue más profunda: me la clavó hasta la mitad y se quedó ahí un segundo, dejándome sentir cada centímetro. La tercera ya iba entera, chocando el hueso, sacándome un grito ronco desde el fondo del pecho.
—Ah, ah, hijo de puta —jadeé, sin pensar en lo que decía—. Así, así, no pares, cógeme, cógeme fuerte.
Él se rio bajito, sin dejar de moverse. Empezó a embestir con un ritmo pesado, largo, sacándomela casi toda para volver a hundírmela de golpe, haciendo sonar la piel contra la piel en cada golpe. Las chicas armaron una ronda alrededor del sillón, animándonos, riendo, gritando consignas que después no recordaría. Yo le clavé las uñas en la espalda y le mordí el hombro cuando empezó a embestir más fuerte. Le agarré una teta con la mano libre, me la apretó, se agachó a chuparme un pezón mientras seguía cogiéndome, y me arrancó otro gemido más agudo. El sonido de la piel chocando contra la piel se mezclaba con el bajo de la música y con el ruido húmedo de mi coño tragándosela una y otra vez. No sé cuánto duró. Tampoco me importó. En algún momento sentí el primer orgasmo subiendo desde las plantas de los pies, atravesándome entera, y me apreté contra él mientras me corría a los gritos, mordiéndole el cuello para no despertar a media ciudad.
Me dio vuelta antes de que terminara de temblar. Me puso boca abajo, con las rodillas en el sillón y la espalda arqueada, el culo bien parado para él. Me dio una nalgada que sonó como un aplauso, después otra, y me abrió los cachetes con las dos manos para verme mientras me volvía a meter la polla. Volvió a entrar y la sensación fue otra: más violenta, más profunda, más mía. En esa posición me tocaba un punto que me hacía ver blanco. Le pedí más. Le pedí que no parara. Le rogué cosas que en mi vida normal jamás diría en voz alta.
—Rompeme, Jefferson, rompeme el coño, dámela toda, más fuerte, más adentro, hijo de puta, así, así.
Él me agarró de las caderas y empezó a cogerme como si quisiera atravesarme, tirándome hacia atrás con cada embestida, haciendo que mis tetas se sacudieran hacia adelante con cada golpe. Me pasó un dedo por el culo, mojado con mis jugos, y me lo empujó apenas hasta la primera falange. Grité. Me corrí otra vez, apretándomele alrededor, empapándole los huevos y los muslos, dejándole un charco brillante debajo.
Cuando estuvo cerca, me agarró del pelo con suavidad y me obligó a girar la cabeza.
—Ven, mami —dijo, y la voz le salió más profunda que nunca—. Vení a tomarla toda.
Entendí al instante. Me bajé del sillón, me arrodillé frente a él y abrí la boca como si fuera lo más natural del mundo, con la lengua afuera, mirándolo desde abajo. Él se agarró la polla brillante de mis jugos y empezó a hacerse la paja rápido, apuntándome a la cara. El primer chorro me golpeó la mejilla y la nariz, caliente, espeso; el segundo me entró casi entero en la boca; el tercero cayó en la lengua y el mentón, y los últimos, más flojos, me chorrearon por el pecho y me llenaron el hueco entre las tetas. Acabó dentro y afuera, en partes iguales, un montón sobre la lengua y el resto en mi pecho. Cerré la boca, tragué todo lo que tenía adentro y le sonreí con los labios blancos, y después me pasé un dedo por la mejilla para recoger lo que se me escurría y me lo chupé también. Las chicas estallaron en aplausos como si hubiera ganado un torneo.
***
De ahí en adelante mis recuerdos se vuelven borrosos. Sé que alguien me trajo el vestido, que Lorena me abrazó llorando de la risa y me dijo que era la mejor invitada de la noche. Sé que los otros dos bailarines estaban con otras chicas en otros rincones del salón, una montada encima de uno moviéndose despacio, otra de rodillas mamándole la verga al tercero contra la pared. Sé que tomé un mojito más que no debí tomar. Y sé que después no recuerdo casi nada.
A la mañana siguiente me desperté en mi cama, sin entender bien cómo había llegado. Tenía un mensaje de Lorena: «Te subimos a un taxi entre tres, llegaste bien». Le respondí con un corazón. No le pregunté nada más. Cuando me metí a la ducha me encontré marcas de dedos en las caderas, un moretón chiquito en un pecho, y el coño todavía hinchado y ardiendo cada vez que el agua me tocaba. Sonreí sola bajo el chorro caliente.
Estuve días buscando a Jefferson. Le pedí los datos a Lorena, ella le pidió a la animadora, la animadora se hizo la sonsa. La agencia que los contrató no daba contactos privados. Lo busqué en redes con todos los nombres posibles, sabiendo que «Apolo» era de utilería y «Jefferson» podía ser tan falso como el otro. Nunca lo encontré.
Pasaron meses. Volví con Tomás un tiempo, después lo dejé en serio, en parte porque cada vez que él me tocaba yo cerraba los ojos y me imaginaba a otro. Mi amiga y yo nos perdonamos lo de aquella tontería. Lorena se casó, fui a la boda con un vestido más decente y un peinado correcto, y nadie en esa fiesta podría haber adivinado lo que había pasado en el bar siete días antes.
Pero todavía hoy, cuando paso por delante de un gimnasio o veo a un hombre con la espalda ancha cruzando la calle, me acuerdo de él. De la forma en que me miró cuando le supliqué que se quedara. De su manera de reírse bajito mientras me embestía hasta el fondo. De ese «ven, mami» que me derritió por dentro como ninguna otra frase. Muchas noches me toco pensando en él, con dos dedos adentro y el pulgar en el clítoris, tratando de repetir el ritmo que me marcaba con las caderas, y me corro sola mordiendo la almohada para no gritar su nombre.
Esto es lo más cerca que voy a estar de contarlo en voz alta. Si alguna vez lees esto, Jefferson, fui yo. La de los tacos rojos. La que te suplicó que te quedaras. La que se tragó tu leche de rodillas delante de quince mujeres y volvería a hacerlo mañana. Si te acuerdas, mándame una señal. Yo te sigo esperando, con el coño abierto y la boca lista.