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Relatos Ardientes

Lo que su entrenadora le enseñó en el vestuario

Para Yamila, la mañana del martes empezaba siempre antes de que el gimnasio abriera al público. A las seis y cincuenta, mientras los socios todavía dormían y las luces del barrio iban apagándose una a una, ella ya estaba en la sala con el aire acondicionado encendido y un café cargado en la mano. Era la entrenadora más solicitada del centro: veintiocho años, ojos color miel, una melena rizada recogida en una coleta tirante y un cuerpo que parecía esculpido a propósito para vender las clases de la tarde. Tenía un tatuaje pequeño y discreto bajo la última costilla, una frase en italiano que casi nadie le había sabido leer del todo bien.

El cliente del primer turno se llamaba Andrés. Treinta y dos años, ejecutivo de una consultora pequeña, recién separado y un poco perdido. Había vuelto al gimnasio porque alguien le dijo que serviría para «poner en orden la cabeza». Llevaba ocho semanas viniendo, y desde la cuarta Yamila había notado el cambio: ya no llegaba mirando el suelo. Ahora la miraba a ella. Y a ella, aunque le incomodara reconocerlo, le había empezado a interesar la mirada.

—Hoy te toca pierna —le dijo, sin levantar la vista de la tablet—. Y vamos con peso libre. Quiero ver técnica.

—Lo que digas, jefa.

Andrés se acomodó la camiseta gris, una talla más ajustada de lo que había usado nunca antes de los treinta. Yamila sonrió por dentro. Conocía perfectamente el motivo de aquel cambio de vestuario.

El calentamiento fue tranquilo. Diez minutos en la elíptica, movilidad de cadera, un par de series ligeras en la prensa para soltar. Cuando llegaron a la barra, Yamila se colocó detrás de él y le puso las manos en el bajo de la espalda.

—Cadera neutra, pecho arriba, mirada al frente. Si bajas la cabeza, pierdes la línea.

—Ya, ya.

—No me digas «ya, ya». Hazlo.

Andrés sonrió y bajó la primera repetición. Yamila siguió la cadera con las dos manos, marcándole el camino. En la cuarta repetición, sintió cómo él perdía el control de la respiración. No era cansancio. Era otra cosa. Lo había notado ya un par de veces, en la sesión anterior y en la del jueves pasado: el cuerpo de Andrés reaccionaba a las correcciones como si las correcciones no fueran instrucciones, sino caricias. A ella nunca le había molestado. Le hacía gracia, incluso. Y desde hacía algunas sesiones, le parecía que dejaba de hacerle solo gracia.

Cuando terminaron la última serie, Andrés se sentó en el banco con la toalla en las manos. Estaba rojo, sudoroso y respiraba como si hubiera corrido un kilómetro. Pero no era por la sentadilla. Yamila lo vio enseguida: la marca debajo del short, el bulto que él intentaba disimular con la toalla apoyada de través.

Se cruzó de brazos delante de él, despacio, y se mordió el labio inferior.

—¿Otra vez?

—Yamila, te juro que no…

—¿Otra vez? —repitió, esta vez riéndose bajito—. Es la tercera sesión seguida. Estás incumpliendo el contrato del gimnasio, tú lo sabes, ¿no?

—Perdona. Me haces… me distraes.

Hubo un silencio. Yamila se acuclilló delante de él, los codos sobre las rodillas, la coleta cayéndole de lado. Andrés bajó la toalla un par de centímetros sin querer.

—¿Tú sabes lo que hago con los alumnos que no pueden concentrarse, Andrés?

Él negó con la cabeza, despacio.

—Los corrijo.

***

El vestuario femenino estaba vacío. A esa hora siempre lo estaba. La limpiadora pasaba a las seis, los aerobic colectivos no empezaban hasta las nueve y media, y la única que tenía sesiones individuales antes del café era ella. Yamila lo sabía mejor que nadie. Era información profesional.

Tiró de la muñeca de Andrés sin decir una palabra y lo metió por el pasillo de los lockers. Cerró la puerta con el pestillo, se apoyó contra el azulejo y lo miró.

—Aquí no hay cámaras. Aquí no hay nadie. Tienes dos opciones. La primera es darte la vuelta, salir y olvidarte de esto.

—¿Y la segunda?

—La segunda, te la enseño yo.

Andrés tragó saliva. Asintió sin decir nada. Yamila se acercó, le quitó la toalla de las manos y la dejó caer sobre el banco.

—Quítate todo. Yo te miro.

Él obedeció despacio. La camiseta, el short, la ropa interior. Cuando estuvo desnudo delante de ella, con la espalda recta y el pulso disparado, Yamila se mordió el labio otra vez. Tenía mejor cuerpo del que aparentaba con la ropa puesta, mejor postura, una marca de bronceado que decía que el ejecutivo de consultora pasaba más horas al sol que con el portátil. Y la tenía dura, durísima, apuntando ligeramente hacia un lado, como si llevara meses esperando esa orden.

—Bien, alumno. Primer ejercicio del día.

Se quitó el top con un solo movimiento. Después los leggings y la ropa interior, sin ceremonia, como quien desabrocha el cinturón antes de sentarse a comer. Andrés no supo dónde mirar primero. Ella se sentó en el borde del banco, abrió las piernas y le sostuvo la mirada.

—De rodillas.

—Yamila…

—De rodillas.

Se arrodilló sin pensarlo. Ella le puso la mano en la nuca y lo guio sin prisa.

—Empieza despacio. No tengas miedo. La técnica es la misma que en la sentadilla: bajar despacio, tomarse el tiempo.

Andrés acercó la cara y empezó por dentro del muslo, una línea de besos que ella no esperaba. Yamila cerró los ojos un segundo. No era un alumno torpe, no, no lo era. Cuando llegó al centro, lo hizo con la lengua entera, sin tantear, sin disculparse. Le abrió los labios con dos dedos y se metió hasta donde llegaba. Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró largo, una sola vez. Después le agarró la nuca, le entrelazó los dedos en el pelo corto del cogote y marcó el ritmo.

—Así. Más arriba. Ahí. Quédate ahí.

Cinco minutos así. Quizá siete. Yamila perdió la noción exacta. Cuando notó que se le iba a ir la primera, le tiró del pelo hacia arriba y le indicó con un gesto que parara. No quería terminar todavía.

—Levántate.

***

Andrés se puso de pie con la barbilla brillante y los ojos vidriosos. Yamila se incorporó, le puso una mano en el pecho y lo empujó contra la fila de lockers metálicos. El golpe sonó hueco en el vestuario vacío.

—¿Estás bien?

—Estoy.

—Bien.

Se giró, apoyó las manos en el metal frío, separó las piernas y arqueó la espalda. Lo miró por encima del hombro.

—Acaba lo que empezaste.

Andrés se acercó por detrás, se humedeció con la mano y la penetró de una sola vez, hundido hasta donde podía. Yamila apretó la mandíbula y soltó un gemido bajo, contenido. No era la primera vez que pasaba algo parecido en aquel vestuario, pero hacía meses. Y este hacía bien las cosas. Empujaba con paciencia, alternaba ritmos, encontraba el ángulo que le hacía a ella temblar las rodillas. Yamila apoyó la frente en el metal, cerró los ojos y se dejó.

—Más rápido —le pidió.

Andrés obedeció. Le agarró la coleta y tiró un poco. Yamila apretó los dientes y se mordió el dorso de la mano para no gritar.

—Más.

—Te voy a marcar el locker en la espalda.

—Mejor.

Se corrió así, contra el metal, con la coleta tirando hacia atrás y los pezones rozando un cartelito plastificado que decía «no fumar». Lo hizo en silencio, mordiéndose la mano, una contracción larga que le subía desde los muslos hasta el pecho. Andrés notó cómo se cerraba alrededor y aguantó como pudo, las uñas clavadas en la cadera de ella. Cuando ella terminó, se giró sin separarse y le susurró al oído:

—Todavía no termines.

—Yamila…

—Acompáñame a la ducha.

***

El bloque de duchas estaba al fondo, separado por una mampara de cristal mate. Yamila abrió el grifo y dejó que el agua caliente se llevara el sudor de la sentadilla y el resto. El vapor llenó el espacio en menos de un minuto. Le hizo un gesto con la barbilla a Andrés.

—Entra.

Él entró. Ella se le pegó por delante, lo besó por primera vez en la mañana, despacio, casi sin abrir la boca, como si lo otro hubiera ocurrido a otra gente y lo del beso fuera lo verdaderamente importante.

—¿Te queda algo dentro?

—Mucho.

—Dámelo.

Se arrodilló bajo el agua, le agarró la base con una mano y se la metió en la boca de un movimiento. Andrés apoyó las dos manos en los azulejos para sostenerse. No duró mucho. Después de todo lo anterior, no podía durar mucho. Yamila lo aceleró con la lengua, mirándolo desde abajo con una calma que no parecía calma. Cuando notó que ya no aguantaba, intentó apartarse.

—Yamila, voy a…

—Aquí.

Ella le indicó la cara con un gesto sencillo. No insistió, no lo dijo dos veces. Él se dejó. Yamila cerró los ojos un segundo, sintió el primer chorro caliente contra la mejilla, después la boca, después la barbilla, y dejó que el agua de la ducha se llevara el resto. Casi todo. No todo.

—Buen alumno.

Lo dijo con la voz ronca, sonriendo, mientras se ponía de pie. Le puso una mano en la mejilla y lo besó otra vez, esta vez en la barbilla, sin prisa.

—Aclárate. Y te vistes rápido. Tengo a otra clienta a las ocho.

—Espera. ¿Esto…?

—¿Esto qué?

—¿Esto va a volver a pasar?

Yamila lo miró desde fuera de la ducha, ya envuelta en una toalla blanca, escurriéndose el agua de la coleta.

—Eso depende de tu técnica en la próxima sentadilla.

Salió antes de que él pudiera contestar. Andrés se quedó un rato debajo del chorro caliente, con la cabeza apoyada en los azulejos, intentando entender qué acababa de pasarle a las siete y veinte de un martes cualquiera. El gimnasio abría al público a las ocho. Le quedaban cuarenta minutos para volver a parecer un cliente normal.

Se enjabonó dos veces. La segunda, lo hizo con calma. No tenía prisa por borrar nada.

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Comentarios (6)

Gonzalo_87

Que arranque!!! Me dejo con el corazon acelerado desde la primera linea

MarkitoVip

jajaja lo de la app me mato, tremendo detalle

Marlena_B

Me encanto como esta escrito, se siente autentico. Me recuerda a situaciones que uno vive y nunca cuenta jeje

TobyDrake

Increible!!!

LuciaPampas

El ambiente del vestuario vacio lo describe muy bien. Buena pluma

CuentoFan99

Lo lei dos veces. La primera por el ritmo, la segunda para saborear los detalles. De los mejores que lei ultimamente en esta seccion

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