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Relatos Ardientes

El desconocido del cine al aire libre

Voy a contar esto porque hace años que lo guardo dentro y necesito sacarlo de algún lado. Sucedió el verano que cumplí los diecinueve, en un pueblo de la sierra al que me arrastraban mis tíos cada agosto desde que era niña. Aquel año fui sola, porque mis primos se habían quedado en la costa y a mí me daba igual: prefería el calor seco del interior antes que el bochorno pegajoso del mar.

En el pueblo había una tradición que me encantaba desde cría: el cine al aire libre. Cada jueves de agosto montaban una pantalla blanca en un solar entre dos huertas, en la salida del pueblo, donde la oscuridad se tragaba todo y las estrellas parecían más grandes que en cualquier otro sitio del mundo. Cobraban tres euros por la entrada y la mayoría llevaba su propia silla plegable porque las que ponían ellos se acababan en cuanto abrían la puerta.

Aquella noche fui temprano, con la silla bajo el brazo y un vestido fino de algodón blanco que se me transparentaba si daba la luz desde atrás. Hacía un calor pegajoso, de los que se quedan flotando después de la puesta de sol. Pasaban de las once y la película no había empezado todavía. Me senté en la última fila, al lado de una mujer mayor que olía a colonia barata y a menta. A los dos minutos llegó él.

Cargaba una silla idéntica a la mía y se disculpó con voz grave por pasar tan tarde. Le dije que no se preocupara y le señalé el hueco al otro lado mío. Lo miré bien cuando se sentó. Tendría unos treinta años, alto, con la piel oscura del que trabaja al sol todo el día y unos brazos largos cubiertos por un tatuaje tribal que se le perdía bajo la manga corta de la camiseta. Sonrió y dijo que se llamaba Andrei, que era rumano y que llevaba dos veranos viniendo a vendimiar a la zona.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Sara —mentí. No me llamaba Sara, pero me dio vergüenza decirle mi nombre real.

Empezó la película. Era una cosa antigua, en blanco y negro, doblada con voces que sonaban a otra época. Yo apenas le hacía caso. Lo único que sentía era el calor del muslo de Andrei a tres centímetros del mío y una corriente eléctrica subiéndome por la espalda que no se calmaba con nada.

A los diez minutos él se echó una sudadera ligera sobre el regazo, aunque no hacía nada de frío. Luego, con disimulo, encogió un poco las rodillas y la tela empezó a moverse. Despacio, rítmica, hipnótica. Tardé en entender qué pasaba debajo. Cuando lo entendí, sentí que se me secaba la boca y que el aire se me espesaba en el pecho.

Él notó que lo miraba. Giró la cabeza muy despacio y me sostuvo la mirada con una sonrisa lenta, como diciéndome «sí, exactamente lo que tú estás pensando». No me ofendí, no me asusté, no me levanté de la silla. Lo que hice fue apartar los ojos y apretar las piernas, intentando contener la humedad que ya empezaba a empaparme las bragas.

Esto no me pasa a mí, pensé. Esto le pasa a otras chicas, en películas, en libros. A mí no.

—¿Tienes calor? —me susurró sin mirarme. Su acento se notaba más cuando hablaba bajo.

—Mucho —respondí.

—Yo también.

Pasaron unos minutos en silencio. La pantalla parpadeaba escenas que no veía. Entonces él levantó un pico de la sudadera y, con un movimiento muy suave, me agarró la muñeca y me deslizó la mano por debajo. Yo no opuse resistencia. Era como si mi brazo no fuera del todo mío.

Lo que toqué me cortó la respiración. Estaba caliente, gruesa, dura como si fuera de madera viva, y latía contra la palma de mi mano como si tuviera vida propia. La rodeé con los dedos y descubrí que me sobraban dos centímetros por arriba. Nunca había tenido entre las manos algo así. La subí y la bajé despacio, intentando no hacer ruido con la tela, mientras él fingía mirar la pantalla con cara seria, con los párpados a media asta.

Se inclinó hasta que su boca me rozó la oreja.

—Vámonos de aquí —murmuró—. Conozco un sitio detrás de las cañas, a cincuenta metros del solar.

Lo solté. Doblé mi silla. Doblé la suya. Salimos del cine cada uno por nuestro lado, intentando no llamar la atención de la mujer mayor de la colonia barata, y nos encontramos en la curva del camino, donde acababa la luz amarillenta del solar y empezaba la negrura cerrada de la huerta. Él me agarró de la mano y tiró de mí sin decir nada.

***

Detrás del cine había un cañar viejo, denso, alto. El aire olía a tierra mojada del riego de la tarde y a las hojas secas que crujían bajo los pies. Andrei abrió mi silla en un claro entre las cañas y la dejó plantada en el suelo blando, como quien planta una bandera.

—Siéntate —dijo. Pero no me senté yo en la silla. Se sentó él, mirándome desde abajo con esa misma sonrisa lenta de antes.

Yo me quedé de pie, con el vestido pegado a la piel por el sudor y por algo más. Él se desabrochó el cinturón, se bajó los vaqueros hasta los tobillos y la cosa que yo había tocado bajo la sudadera saltó libre. A la luz de la luna y de las estrellas me pareció todavía más imposible que entre mis dedos. Se me escapó un sonido a medias entre la risa y el susto.

—Acércate —me dijo, y me agarró de las caderas para colocarme entre sus rodillas abiertas.

Me arrodillé en la tierra, sin importarme mancharme las espinillas. La tomé con las dos manos y la miré de cerca. Estaba dura como una piedra, con una vena gruesa que la cruzaba de arriba abajo, palpitando al ritmo de su corazón. La olí. Olía a hombre, a calor, a sudor de un día entero entre los viñedos. Saqué la lengua y le pasé la punta por la cabeza, recogiendo la gota brillante que le había salido.

Él gimió bajito, echó la cabeza hacia atrás y dejó caer las manos sobre mi pelo. No me empujó. No me forzó. Solo me acompañó, marcándome el ritmo con la presión de los dedos en la nuca, sin imponerme nada.

Me la metí en la boca todo lo que pude. Al principio solo entró la mitad. Tenía que ir despacio, relajar la garganta, respirar por la nariz, controlar las arcadas. Pero cada vez que la sacaba y volvía a entrar, ganaba un par de centímetros. Cuando sentí los huevos pesados contra mi barbilla, supe que la había aguantado entera y me sorprendí de mí misma. Yo nunca había hecho eso, ni siquiera con el chico con el que llevaba dos años.

—Joder —jadeó—, no esperaba que supieras hacerlo así.

No supe qué contestar, así que seguí. Subí, bajé, la chupé como si me fuera la vida en cada movimiento. Él empezó a moverse contra mí, sin brusquedad, casi como si me lo estuviera pidiendo por favor con las caderas. Cuando noté que se ponía aún más dura y que su respiración se aceleraba demasiado, la saqué de golpe.

—No quiero que te corras todavía —le dije en voz baja, limpiándome la barbilla con el dorso de la mano.

Se rio por lo bajo. Me agarró por los brazos y me levantó hasta sentarme a horcajadas sobre él. Mis rodillas crujieron en la silla plegable, pero ninguno de los dos se preocupó por eso. Andrei me subió el vestido hasta la cintura. Por debajo no llevaba sujetador. Las bragas eran un detalle que estorbaba; me las bajó hasta las rodillas y luego, con un gesto, me las quitó del todo. Las tiró a un lado, entre las cañas. Nunca las recuperé.

Me besó por primera vez en toda la noche. Fue un beso despacio, profundo, con sabor a vino tinto y a tabaco rubio. Me mordió el labio inferior, me chupó el cuello, me bajó los tirantes del vestido y dejó al aire los pechos. Empezó a lamerlos con una paciencia que me volvió loca, alternando uno y otro, dibujando círculos con la punta de la lengua alrededor del pezón sin tocarlo del todo. Mientras tanto, una mano subía por la cara interna de mis muslos hasta encontrarme empapada.

—Estás chorreando —susurró contra mi pezón.

—Llevo así desde que te he visto sentarte —contesté, y era verdad.

Sus dedos jugaron conmigo un buen rato. Dos dentro, el pulgar en el clítoris, una presión que no era prisa pero que tampoco me dejaba pensar. Yo me retorcía sobre su regazo, sintiendo su polla palpitar entre nosotros, rozándome el bajo vientre, dejándome rastros pegajosos en la piel.

—Métemela ya —le pedí—. Por favor.

Él agarró su polla con la mano y la colocó en mi entrada. Yo apoyé las manos en sus hombros y empecé a bajar. La punta abrió mis labios y me arrancó un gemido largo que no pude tragarme. Bajé un centímetro más, y otro, y otro. A los pocos centímetros tuve que parar.

—No puedo —jadeé.

—Claro que puedes. Despacio.

Subí un poco para tomar aire. Volví a bajar. Cada vez ganaba algo más de terreno, sintiendo cómo me abría por dentro, cómo cada vena se marcaba contra mis paredes, cómo me iba llenando de un calor que era casi insoportable. Cuando por fin lo sentí entero, cuando sus huevos quedaron pegados a mí y no quedó ni un milímetro fuera, me quedé quieta unos segundos, asustada de mi propia capacidad para aguantarlo.

Empecé a moverme despacio. Adelante, atrás, círculos pequeños. Andrei me agarraba de las caderas y me marcaba el ritmo cuando lo perdía. Me chupaba los pechos a la vez que me embestía hacia arriba, y yo ya no controlaba nada de lo que salía de mi boca. Hablaba sucio sin haberlo hablado nunca antes. Le pedía cosas que no sabía que sabía pedir.

***

No sé cuánto duró aquello. Pudieron ser diez minutos o cuarenta. Sé que la silla crujía bajo nosotros, que las cañas se movían a nuestro alrededor por la brisa, que de vez en cuando llegaban hasta el cañar las voces lejanas de la película y los aplausos sueltos del público al final de una escena. Sé que en algún momento dejé de tener miedo de que alguien nos oyera y empecé a desear que alguien nos viera.

Cuando me corrí, lo hice con un grito que me asustó incluso a mí. Me agarré a su cuello, hundí la cara en su hombro y me partí en dos por dentro. Sentí cómo todo mi cuerpo se cerraba alrededor del suyo, cómo cada músculo de mi vientre se contraía sin que yo pudiera evitarlo. Andrei se mordió el labio para no gritar él también. Me embistió cuatro o cinco veces más, con fuerza, y se deshizo dentro de mí en chorros calientes que noté perfectamente, uno detrás de otro, hasta que se quedó inmóvil temblando.

Nos quedamos abrazados un rato larguísimo, sudando, jadeando, con su polla todavía dentro y latiendo cada vez más despacio. Cuando por fin me bajé, sentí que se me derramaba por los muslos hasta el suelo. Me limpié con un pañuelo que llevaba en el bolsillo del vestido. Él se subió los vaqueros y se atusó el pelo con las dos manos, como si saliera de la peluquería.

—Mañana hay película otra vez —me dijo con media sonrisa.

—Igual vengo —contesté.

No volví. Al día siguiente estuve a punto, me cambié de vestido tres veces, pero al final me dio vergüenza, o miedo, o las dos cosas a la vez. Tres días después me marché del pueblo y nunca más supe de Andrei. No sé si era su nombre real, igual que él tampoco supo nunca el mío.

Han pasado más de quince años desde aquella noche. He tenido novios, he tenido un marido, he tenido amantes que sabían lo que hacían. Pero todavía hoy, cuando huele a tierra mojada después del riego o cuando oigo el ruido seco de las cañas movidas por el viento, vuelvo a aquel cañar y vuelvo a sentir entre las piernas a un desconocido del que solo me queda un nombre que probablemente era mentira y la certeza de que nunca, nunca, voy a volver a tener un orgasmo así.

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Comentarios (6)

CarlaOk

me dejaste con ganas de mas!!! tremendo

SolitarioNoche22

Los cines al aire libre tienen su magia... esto me trajo recuerdos de veranos que ya no vuelven. Gracias por compartirlo.

LectorBA77

Que bien escrito, se siente que es historia real. Sigue contando!!

Paloma_Noc

excelente!!!

Marianoo

Me encanta cuando los relatos de confesiones son asi, con detalles que hacen que todo se sienta verdadero. Y ese agosto manchego... uf, se nota que lo viviste de verdad. Cinco estrellas.

Meli2003

Y despues volviste a verlo? eso me quedo dando vueltas en la cabeza jaja

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