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Relatos Ardientes

Le confesé a mi marido mi primera vez con detalle

Nunca pensé que terminaría siendo el centro de las fantasías más intensas del hombre con el que duermo cada noche. Es mi primer relato y lo escribo con las mejillas todavía calientes de la última vez que se lo conté.

Para ubicarlos: soy bajita, de piernas firmes, sin demasiada cadera, pero con un pecho que entra antes que yo a cualquier habitación. Mi piel es muy blanca, y eso hace que cualquier escote, por discreto que sea, llame la atención. Aprendí a vivir con esas miradas mucho antes de saber qué hacer con ellas.

Tuve la suerte de descubrir mi cuerpo antes de que lo descubriera nadie. Pasé adolescencias enteras explorándome con la puerta cerrada, cronometrando los ratos en que mis padres salían a hacer la compra. Para cuando apareció el primer hombre que me importó de verdad, yo ya sabía dónde apoyar mis dedos y a qué ritmo. Esa ventaja me ahorró la frustración que tantas amigas me describieron después, esa cara de paciencia mal disimulada que ponían cuando hablaban de sus primeros novios.

Andrés, mi marido, lo entendió desde el primer día. Es de esos hombres que no tienen pudor en hablar de sexo a la luz del mediodía, y eso fue lo que me enganchó de él. Con dos besos en la nuca, su erección ya empuja el pantalón, y nunca le ha importado dónde estamos. Hemos terminado contra azulejos de hoteles que no recuerdo, en el coche aparcado frente a la casa de su madre, en el ascensor de un parking. Nada nos parece demasiado.

Pero lo que voy a contar pasó en casa, una noche de noviembre, después de una cena con demasiado vino y una de esas conversaciones que solo aparecen pasadas las once.

—Cuéntame algo que nunca me hayas contado —me dijo, con la copa apoyada sobre el pecho.

—¿Como qué?

—Como tu primera vez. Con detalles.

Me reí, más por nervios que por gracia. Andrés ya conocía el resumen oficial: un chico del gimnasio, mayor que yo, una tarde en mi casa cuando mis padres no estaban. Nada más. Pero esa noche quería todo.

—¿De verdad quieres que entre en detalles?

—Sin escatimar uno solo —respondió.

El alcohol y la confianza hicieron el resto. Empecé describiéndolo: se llamaba Sebastián, le sacaba dos cabezas a casi cualquiera, y cuando me abrazaba podía cruzar las manos por detrás de mi espalda como si yo fuera un secreto que cabía entero entre sus brazos. Andrés escuchaba sin parpadear.

—Sigue —murmuró.

Lancé la primera carga: la talla. Le conté que cuando finalmente me la enseñó, en el sofá de mi casa, me di cuenta de que era larga, mucho más de lo que yo había imaginado, aunque no especialmente gruesa. Le describí cómo me hizo levantar la mano y la guio hasta la cabeza ya brillosa, y cómo, por torpeza y deseo, mis dedos no llegaban a abarcarla entera. Andrés cambió de postura, se acomodó en el respaldo y bebió un trago corto. Esa cara la conozco: es la misma que pone cuando me ve venirme y aprieta los dedos en mi cintura para verme retorcer un segundo más.

Decidí no frenar.

—Estábamos solos. Yo llevaba una blusa fina, sin sujetador. Él me besaba como si llevara meses esperándome. Uno de esos besos que te dejan la boca abierta y la cabeza apagada.

—¿Y tú? —preguntó Andrés.

—Yo me estaba mojando como nunca. Tanto que me notaba la ropa interior pegada a la piel.

Vi cómo Andrés se llevaba la mano al pantalón sin disimulo. Su erección ya empujaba la tela y marcaba esa silueta gruesa que conozco de memoria. Le sostuve la mirada y entendí lo que estaba pasando: no era curiosidad. Era una excitación que él mismo no sabía que tenía.

—Quítate la camisa —le dije.

—Sigue contando primero.

Le hice caso. Le describí cómo me quité la blusa yo misma, despacio, sin dejar de mirarlo a él, cómo se le agrandaron los ojos al ver mis pechos por primera vez sin nada encima, cómo bajó la cabeza hasta mis pezones y los chupó con una mezcla de hambre y respeto que no he vuelto a sentir. Esa parte la dije despacio, midiendo cada palabra.

Andrés ya tenía la mano dentro del pantalón.

—¿Te excita pensar que otro me hizo eso? —pregunté.

—Me excita imaginarte así. Joven. Sin saber lo que venía.

—¿Y te excita que él me cogiera mejor de lo que tú esperabas?

Andrés se quedó quieto un segundo. Después sonrió con esa sonrisa torcida que pone cuando está a punto de decir algo que sabe que me va a gustar.

—Tú coges mejor que nadie. Pero quiero saber cómo te enseñaron.

Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas. Le bajé la cremallera y la verga saltó sola, dura, con la cabeza brillante por lo que llevaba un rato escapándosele. Me la metí en la boca despacio, con sabor a vino todavía en los labios, y le oí soltar el aire por primera vez en toda la noche. Subí y bajé tres veces, lentas, y luego me detuve.

—¿Te sigo contando?

—No pares —dijo, casi sin voz.

Empecé a hacerle una paja larga, sin prisa, con las dos manos. Una abajo, la otra rodeando la cabeza con esa presión exacta que aprendí con los años. Y mientras tanto, hablé.

—Sebastián no era de preámbulos. Me desnudó entera en el sofá, se desnudó él, y entró despacio. Muy despacio. Me dolió un poco al principio, pero era un dolor agradable. Como cuando algo cabe justo y sabes que está bien.

—¿Te corriste?

—Esa primera vez, en el sofá, no. La primera vez que me corrí con él fue dos minutos después, cuando me dio la vuelta y me cogió por detrás.

Andrés gimió. Gimió en serio, con el cuello echado hacia atrás y la nuez subiéndole en la garganta. Yo seguí con las manos, y seguí hablando.

—Me agarró las caderas con las dos manos. No fue suave. Fue todo lo contrario de cómo había empezado. Me dio dos nalgadas seguidas y empezó a embestir tan fuerte que la cara se me caía sobre el cojín y yo solo podía apretar los puños y aguantar. En menos de un minuto me corrí. Estiré los pies tanto que tuve calambre al día siguiente.

—Joder —dijo Andrés.

—Y después me corrí otra vez. Y otra. Cuatro veces en total esa tarde, antes de que él parara.

Subí encima de él. Me coloqué a horcajadas, con la verga en la mano, y la dejé presionada contra mi entrada sin meterla. Andrés me miraba como si llevara siglos esperando.

—Cuéntame el final —pidió.

Bajé despacio, sintiendo cómo entraba entera, y arranqué el final.

—Nos volvimos a poner en misionero. Me cogió tan fuerte y tan rápido que le clavé las uñas en los antebrazos. Le dejé marcas que tardaron una semana en irse. Cuando estuvo a punto, sacó la verga y me disparó cinco veces seguidas. Cinco. En el pecho, en el cuello, en la barbilla. Me quedé empapada. Hasta ese día solo había visto algo así en una película, escondida en mi cuarto con el portátil casi sin luz.

Andrés cerró los ojos. Sentí cómo se ponía rígido bajo mis caderas, cómo intentaba aguantar y no podía. Me moví un poco más, despacio, sabiendo que estaba a un suspiro.

—¿Te imaginas? —le susurré al oído—. Tu mujer empapada de otro, a los dieciocho años, con la boca abierta y los ojos cerrados.

Eso fue lo que lo rompió. Me sacó por las caderas y se corrió en mi pecho, fuerte, dos chorros largos y luego varios más cortos que le bajaron por la verga y le mancharon los muslos. Andrés casi nunca dispara así. Esa noche ensució todo el maquillaje que me había puesto para él, y a ninguno de los dos nos importó.

Nos quedamos un rato en silencio, él con la cabeza echada sobre el respaldo y yo recostada contra su pecho, todavía sucia. Le pasé un dedo por el cuello, despacio, dibujándole una línea hasta el ombligo.

—¿Te ha gustado? —pregunté.

—No vuelvo a follar normal —dijo, y se rio—. No después de eso.

***

Esa fue la noche en la que descubrí que Andrés no quería solo follarme. Quería oír. Quería que le contara cosas que no debería estar contando, que le narrara hombres que no eran él, sin disfrazar nada, sin maquillar nada, con la misma crudeza con que se lo conté la primera vez. Y yo, que en otra vida quizá habría sentido pudor, descubrí que cada vez que se lo cuento me mojo igual que la primera vez en aquel sofá con Sebastián.

Desde aquella noche hemos repetido el ritual al menos diez veces más. Cada relato saca una versión distinta de él. A veces me pide chicos del gimnasio, otras veces compañeros de la universidad, otras veces ese jefe que tuve y al que sí le di más vueltas de las que él se imagina. Yo voy soltando, midiendo, cuidando los detalles que sé que lo van a romper.

Pero esa, la primera vez que se lo conté con todos los detalles, sigue siendo su favorita. Me la pide en cumpleaños, en aniversarios, cuando volvemos borrachos de alguna cena. Y yo, cada vez, encuentro algún detalle nuevo que añadir: alguna mirada, algún olor, algún ruido que se me había olvidado mencionar.

Tengo más historias guardadas, y cada vez que se las cuento descubro que mi marido ya no es el mismo. Yo tampoco lo soy. Y esa adicción que él me confesó esa noche, sin querer, también es mía. Reconocer en sus ojos lo mucho que le pone oírme me ha hecho disfrutar de mi pasado de una forma que jamás habría imaginado.

Espero poder contarlas todas, una a una.

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Comentarios (7)

Valentina_87

que buenisimo!!! me tuvo enganchada de principio a fin

MartaL_89

Por favor que haya una segunda parte... me quede con muchas ganas de saber mas

Caro_Mendoza

Me recordo a algo parecido que me paso con mi pareja jaja, siempre empiezan igual estas conversaciones y terminan de otra manera

CarlosGDL

Muy bien escrito, se siente genuino. Felicidades

DiegoMar22

Se hizo cortisimo!! Queremos mas!!

SilvinaR_ok

Que valiente contarlo con esos detalles. Se siente real, gracias por compartirlo

Lucrecia_BA

Me encanta la categoría confesiones precisamente por esto. Cuando sentis que es algo que realmente pasó se lee de otra manera. Seguí escribiendo!

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