El novio dotado de mi compañera de facultad
De mis años en la universidad guardo pocos recuerdos eróticos, y eso fue por decisión propia. Prefería mantener mi vida sexual lejos de la facultad, lejos de mi familia, lejos de cualquier círculo donde se mezclaran nombres y caras. Tenía mis amantes maduros allá en mi pueblo, hombres que me conocían desde antes y que se descargaban conmigo cada vez que volvía de visita. En la ciudad, salvo algún encuentro suelto con un desconocido, me cuidaba de no llamar la atención.
Pero hubo una excepción, y de esa quiero hablar.
Estábamos en segundo año cuando salimos un sábado con mis compañeras a un bar cerca de la facultad. Daniela era de las más calladas del grupo, una chica linda, delgada, de pechos chicos y caderas estrechas. Llevaba más de un año de novia con un tal Tomás y nunca hablaba demasiado de él. Esa noche, después de la tercera caipiriña, soltó la lengua.
—Lo amo, en serio —dijo—. Pero coger con él me destruye.
Las demás se rieron pensando que exageraba. Yo no me reí. Le pregunté qué quería decir.
—Es enorme —contestó bajando la voz—. No exagero. La primera vez que se la vi pensé que era un chiste. Tardamos meses en lograr que entrara entera, y aun así termino adolorida. Casi no cogemos. Y él… él necesita coger todo el tiempo.
—¿Y entonces? —pregunté con cuidado.
—Entonces seguro tiene a alguien por ahí. Lo sé. No me lo dice, pero lo sé. Y prefiero que sea así antes que pelearnos por algo que no puedo darle.
Esa confesión me quedó dando vueltas en la cabeza durante semanas. No por Daniela, que me caía bien pero no me daba lástima, sino por la curiosidad. Una verga capaz de espantar a su propia novia. Una verga buscando con quién descargarse. Yo, que llevaba meses sin coger en serio, sentí cómo se me activaba algo por dentro que no podía ignorar.
En otra charla, sin que sospechara nada, le saqué el dato del gimnasio donde entrenaba el famoso Tomás. Una semana después cancelé mi membresía del lugar al que iba y me cambié al suyo.
***
El primer día lo encontré en la zona de pesas. Daniela tenía razón en una cosa: no era especialmente apuesto. Cara común, mandíbula correcta, ojos sin mucho brillo. Pero el cuerpo lo había construido con paciencia: brazos gruesos, espalda ancha, abdomen marcado. Y sobre todo se cuidaba la postura. Caminaba como si supiera que lo miraban. Usaba shorts ajustados que dejaban marcado el bulto sin pudor. Era su carnada, y le funcionaba: vi cómo dos chicas distintas le pasaron el celular esa misma tarde sin que él tuviera que pedir nada.
Yo no le pasé el celular. Hice algo mejor.
El segundo día me planté en la cinta que daba justo enfrente de su sector. Llevaba una calza negra que me marcaba cada curva y un top que apenas contenía mis pechos. Mi cuerpo es fuerte y curvado, mucho más exuberante que el de Daniela, y lo sé. Lo entrené durante años para que llamara la atención cuando yo quisiera.
Lo miré una vez y le sostuve la mirada hasta que él bajó la vista. La segunda vez le sonreí. La tercera ya estaba caminando hacia mí.
—¿Sos nueva? —preguntó apoyando la mano en el panel de la cinta.
—Recién llegada.
—¿Te gusta el lugar?
—Algunas cosas más que otras.
Se rió. Hablamos cinco minutos de pavadas: rutinas, suplementos, profesores. Después me preguntó si quería tomar algo cuando saliera del gimnasio. Le dije que prefería ir directo a su casa. Vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo se le aceleraba la respiración.
—¿Sos siempre así?
—Cuando sé lo que quiero, sí.
Me dio la dirección en una servilleta del bar de proteínas y se fue sin mirar atrás.
***
Llegué a las ocho en punto. Vivía en un departamento chico en un edificio sin portero, lo que ya me dijo mucho de cómo manejaba estos encuentros. Subí, toqué el timbre, me abrió en remera y short. La sala estaba ordenada, con una vela barata encendida en la mesita y un disco de bossa nova sonando bajito. Detalle de novato, pensé, pero no se lo dije.
—¿Querés tomar algo?
—No.
Me paré en el medio del living, dejé la cartera en el sofá y me bajé el vestido sin esperar más conversación. No llevaba nada debajo. Lo escuché tragar saliva. Mi cuerpo desnudo bajo la luz amarilla del living lo dejó quieto unos segundos, como si no terminara de procesarlo.
—Carajo —murmuró.
—Vení.
Como era más bajo que yo, me pegó la cara entre los pechos en cuanto llegó. Olía a perfume dulzón, demasiado puesto, pero no me importó. Me apretó las nalgas con las dos manos y me empujó contra él, pegando su bulto a mi pelvis. Sentí el grosor a través de la tela del short y entendí que Daniela no había exagerado nada.
Me empujó hacia atrás hasta que caí sentada en el sofá. Se arrodilló entre mis piernas, me las abrió de golpe y se lanzó a chuparme con un hambre desordenado. No tenía técnica, lamía como si estuviera comiéndose una fruta madura, pero la calentura era tan grande que cualquier cosa me servía. Le agarré el pelo de la nuca y le marqué el ritmo. Se dejó conducir sin protestar.
—Quiero verla —le dije.
Se levantó de un salto. En dos movimientos se quitó la remera y el short. Quedó parado frente a mí, con la verga apuntando hacia arriba, y por un segundo me olvidé de respirar.
Era todo lo que Daniela había dicho y un poco más. Larga, gruesa, con venas marcadas a lo largo y una cabeza que parecía hinchada de tanto contenerse. La clase de verga que uno entiende por qué genera fama de pueblo en pueblo. Sentí un cosquilleo bajarme por la espalda y alojarse directo entre las nalgas. Solo esa verga me iba a calmar lo que tenía entre las piernas.
—Vení —repetí, esta vez en otro tono.
Me subió las piernas a sus hombros y me la fue metiendo despacio. Yo estaba tan mojada que entró sin esfuerzo, y él se sorprendió de no encontrar resistencia. Se quedó quieto un momento, mirándome a los ojos, casi incrédulo, como si nunca antes le hubiera tocado una mujer que pudiera con todo de él sin pedirle pausa.
—Movete —le dije.
Empezó a bombear con fuerza desde el principio. No tenía paciencia, pero tampoco yo la quería. Cada embestida me clavaba contra el respaldo del sofá, y yo me dejaba ir, gimiendo sin medirme. Pensar que esa misma verga la rechazaba la novia, que la había buscado yo a propósito y la estaba teniendo entera, me prendía aún más. Me vine fuerte, casi sin avisar, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.
Él lo notó y aceleró.
—Esperá —dije.
Se frenó al instante, jadeando, con la frente brillante de sudor.
—En el culo. La quiero en el culo.
Le brillaron los ojos. Me la sacó, escupió un poco de saliva sobre la cabeza y la apoyó contra mi otro agujero. En la misma posición, con las piernas todavía sobre sus hombros, fue entrando de a poco. La primera embestida me arrancó un quejido largo. La segunda fue más profunda. En la tercera ya estaba toda adentro.
—Más fuerte —le pedí—. Partime.
Me obedeció sin discutir. Empezó a embestir con una rudeza que solo se permite con alguien que sabe lo que pidió. El sofá crujía, mis pechos rebotaban contra mi cuello, y yo me agarraba del apoyabrazos para no resbalarme. Nos miramos a los ojos durante todo el tramo final. Cuando se vino, sentí su descarga caliente en lo más profundo, y él se desplomó sobre mí con la cara hundida en mi cuello, jadeando como si recién hubiera salido del agua.
Quedamos pegados por el sudor. Hacía un calor insoportable en ese departamento, y la vela de mierda no ayudaba en nada.
—Ducha —le dije.
Nos metimos juntos bajo el agua tibia. Le enjaboné la verga con cuidado, le pasé la esponja por el pecho y por la espalda, y cuando estuvo limpio me arrodillé en la bañera y se la metí en la boca. Él se apoyó contra los azulejos con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome desde arriba. Le costó un rato, pero se la levanté otra vez. Me la chupé hasta que me llenó la boca por segunda vez en la noche, y esta vez lo tragué todo, mirándolo a los ojos.
—Por Dios —dijo.
Salimos, me sequé sin apuro, me vestí. Cuando intenté arrancar una tercera ronda en la cama, me dijo que estaba muerto, que no podía más. Me reí.
—Otro día.
—Otro día —repitió, casi como una promesa.
***
Estuvimos cogiendo así durante ocho meses. Una vez por semana, a veces dos. Nunca lo crucé en la facultad, nunca lo crucé con Daniela, nunca aparecimos juntos en ningún lugar público. Él jamás me preguntó por mis amistades y yo jamás le pregunté por las suyas. Era un acuerdo silencioso que cumplíamos los dos con la disciplina de quien sabe que mezclar mundos sería el final de todo.
Aprendió rápido conmigo. Las primeras veces era pura calentura sin cabeza, pero a los dos meses ya conocía mi cuerpo mejor que algunos amantes que tuve durante años. Sabía cuándo apurar, cuándo frenar, qué decirme al oído para que me viniera dos veces seguidas. La torpeza del primer día se transformó en algo más parecido a un oficio.
Se terminó porque me fui de intercambio al exterior un semestre, y cuando volví él ya estaba con otra rutina, otro gimnasio, otra vida. No me dolió. Nunca pretendí más de lo que tuvimos.
De Daniela me alejé con el tiempo, sin pelea ni dramatismo. La carrera nos fue separando sola, distintos turnos, distintas materias, distintos grupos. Hoy, cuando me acuerdo de esos años, pienso en ella con un poco de culpa y mucha gratitud. Sin esa confesión suya a media noche, mi paso por la universidad hubiera sido mucho más aburrido.
Y mi culo, mucho menos feliz.