La pareja desconocida que me hizo descubrirme
Todavía me cuesta creer cómo empezó todo. Una tarde de jueves, mientras revisaba el móvil tirada en el sofá, apareció un mensaje de una cuenta que no conocía. Cuatro palabras: «¿Te animas con una pareja?». Me reí sola, casi por reflejo, pero no lo borré.
No respondí ese día. Tampoco al siguiente. Pero al tercero, después de un par de copas de vino y una serie que no me enganchaba, abrí la conversación y escribí un simple «hola, ¿quiénes sois?». Lo que vino después me cambió por dentro.
Se llamaban Mateo y Carolina. Treinta y pocos los dos, vivían en el centro, llevaban juntos siete años. Me explicaron sin rodeos que de vez en cuando invitaban a una tercera persona, que no buscaban nada serio, que lo importante era la confianza. Hablaban con una naturalidad que me desarmaba. Yo, que jamás me había imaginado en una situación así, me sorprendí preguntando detalles.
Las semanas siguientes fueron un goteo constante de mensajes. Por la mañana, en el trabajo, antes de dormir. Me contaban sus fantasías, yo les contaba las mías. Descubrí cosas de mí que no sabía. Cada vez que el móvil vibraba, sentía un cosquilleo entre las piernas que ya no podía disimular.
Un viernes Carolina me escribió: «¿Y si nos tomamos una caña los tres y vemos qué pasa?». No lo pensé mucho. Le dije que sí.
***
Quedamos en un parque cerca del centro, a media tarde. Yo llegué primero, con un vestido azul que me había comprado esa misma mañana. Quince minutos después aparecieron ellos, cogidos de la mano, sonriendo como si nos conociéramos de toda la vida.
—Pensaba que no vendrías —me dijo él, dándome dos besos.
—Yo también lo pensé varias veces —admití.
Carolina me abrazó como si fuésemos amigas, y noté su perfume, algo cítrico, mezclado con el calor de su piel. Nos sentamos en un banco apartado, lejos de las miradas. Hablamos de tonterías al principio: del barrio, del trabajo, de una serie que los tres estábamos viendo. Eran personas normales. Eso fue lo que más me sorprendió. Esperaba algo turbio, gente extraña, y me encontré con una pareja como cualquiera.
—¿De verdad quieres seguir? —me preguntó Mateo en algún momento, sin dejar de mirarme.
—Estoy aquí, ¿no? —contesté.
Los tres nos echamos a reír.
—Pues entonces vamos a saludarnos como toca —dijo él. Se inclinó hacia Carolina y la besó en la boca, despacio, sin prisa. Cuando se separaron, me miró—. ¿Te animas a que también te bese?
Asentí sin saber muy bien por qué.
Su boca era suave, su lengua jugó con la mía unos segundos y me dejó con ganas de más. Cuando se apartó, Carolina me miraba con una sonrisa cómplice.
—¿Y yo? —preguntó.
Acercó su cara a la mía con una lentitud que me puso nerviosa. Nunca había besado a una mujer. Sus labios eran distintos, más finos, su lengua más curiosa. Me besó como si me estuviera estudiando, y yo me dejé estudiar. Cuando nos separamos, sentí que las mejillas me ardían.
—¿Vamos a tomar algo? —dijo Mateo, salvándome.
***
El bar estaba a dos manzanas. Pedimos tres cañas y nos sentamos en una mesa del fondo. La camarera nos sirvió y desapareció hacia la barra, enganchada al móvil.
Hablábamos en voz baja de lo absurdo de la situación, de lo atrevidos que nos sentíamos los tres, cuando noté la mano de Mateo sobre mi rodilla. Me miró. No dijo nada.
—¿Sigo? —preguntó al fin.
—Claro —contesté, casi sin voz.
Su mano subió por debajo del vestido y llegó hasta donde yo no esperaba que llegase tan pronto. Solté un suspiro y abrí un poco las piernas, casi sin darme cuenta. Carolina me miraba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa rara, hasta que su propia mano apareció también bajo la mesa. Cuando la suya se encontró con la mía, sonreí. Me cogió de la muñeca y la guio hasta su muslo, y de ahí más arriba.
Estábamos los tres tocándonos por debajo de la mesa, en un bar cualquiera de un barrio cualquiera, y nadie a nuestro alrededor sospechaba nada. Era una sensación que no había probado nunca. Acerqué mi boca a la de Carolina y le di un beso corto, pero intenso.
—¿Nos vamos? —pregunté sin reconocer mi propia voz.
Pagaron ellos. Salimos del bar cogidos los tres, riéndonos como adolescentes.
***
Vivían a cinco minutos andando. En el ascensor ya no nos contuvimos. Mateo me besaba mientras Carolina me mordisqueaba el cuello por detrás. Cuando se abrieron las puertas, casi tuvimos que separarnos a la fuerza para llegar al rellano.
El piso era luminoso, ordenado, con plantas y libros por todas partes. Carolina y yo nos sentamos en un sofá grande mientras Mateo preparaba unas copas. Nos miramos un segundo y empezamos a besarnos otra vez, esta vez sin nadie alrededor, sin prisa.
—Bésala como quieras —le dijo Mateo a su mujer cuando volvió—. Es tuya. Y nosotros somos suyos.
Carolina obedeció. Me besó largo, profundo, con las manos en mi cintura y luego en mis pechos por encima del vestido. Yo notaba mis pezones endurecerse contra la tela y un calor que me subía desde abajo. Mateo se sentó a nuestro lado y metió su lengua entre las nuestras, y de pronto los tres nos besábamos a la vez, riéndonos cuando alguno se equivocaba.
Decidí dar un paso más. Bajé el tirante del vestido de Carolina y le besé el hombro, luego los pechos. Tenía una piel suave, casi luminosa, y unos pezones pequeños que se pusieron duros bajo mi lengua. Mientras la besaba, las manos de Mateo subieron por mi espalda y me bajaron la cremallera del vestido. Carolina se apartó un momento para dejar que me lo quitase del todo, y yo me quedé en ropa interior frente a los dos.
—Joder —dijo él, mirándome.
—Lo mismo digo —contesté, intentando aparentar más seguridad de la que tenía.
***
Lo que vino después se me mezcla en la memoria. Recuerdo a Carolina arrodillada delante de mí, separándome las bragas con los dedos, mirándome a los ojos antes de bajar la cabeza. Recuerdo a Mateo detrás, besándome el cuello, susurrándome cosas al oído. Recuerdo la primera vez que sentí la lengua de una mujer entre las piernas y pensé que no había vuelta atrás.
Cuando Carolina se incorporó, le besé la boca y me supe a mí misma. Fue una sensación rara y excitante a la vez.
—Ahora tú —le dije, empujándola con suavidad sobre el sofá.
Me costó al principio. No sabía muy bien qué hacer, pero ella me guiaba con la mano, sin prisa, sin presión. Cuando entendí el ritmo, lo demás vino solo. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza, su mano se aferró a mi pelo, y al rato la sentí temblar entera bajo mi boca. Levanté la cara y vi a Mateo mirándonos desde el sillón de enfrente, con las manos quietas, casi como si no quisiera interrumpir.
—Ven —le dije—. No te quedes ahí.
***
Después de aquello, el orden de las cosas se rompió. Hubo una cama, sábanas blancas, manos en todas partes. Hubo un momento en que Mateo y Carolina hicieron el amor delante de mí mientras yo me tocaba apoyada contra la pared, y otro en que los tres encajamos de una manera que no habría sabido explicar al día siguiente. Hubo risas, alguna torpeza, una copa que casi se cae al suelo y que salvamos a duras penas.
Recuerdo, sobre todo, una imagen. Carolina sentada sobre Mateo, moviéndose despacio, y yo encima de su cara, sintiendo su lengua mientras le besaba a ella la boca. Los tres conectados, los tres mirándonos, los tres a punto. Cuando me corrí, fue distinto a cualquier vez anterior. No fue solo el cuerpo. Fue saber que había cruzado una línea que llevaba años mirando de lejos.
Acabamos los tres tumbados, sudando, sin aliento, con la luz del salón colándose por la rendija de la puerta. Nadie habló durante varios minutos. No hacía falta.
—¿Te ha gustado? —preguntó Carolina al fin, con la cabeza apoyada en mi hombro.
—Más de lo que quiero admitir —contesté.
Mateo se rio bajito.
—Esa es la mejor respuesta posible.
***
Nos duchamos los tres juntos. Cuatro manos enjabonándome a la vez, agua caliente, besos que ya no tenían urgencia. Fue casi más íntimo que todo lo anterior.
Cuando me vestí para volver a casa, ya era casi de madrugada. Carolina me dio mi bolso y me acompañó hasta la puerta. Mateo me dio dos besos, como cuando nos habíamos saludado en el parque, pero ahora significaban otra cosa.
—Si quieres repetir, ya sabes dónde encontrarnos —dijo ella.
Quise. Y repetimos, semanas después. Y otra vez al cabo de un mes. Ahora somos amigos, los tres. Quedamos a cenar de vez en cuando, sin que tenga que pasar nada más, y otras veces sí pasa, y está bien que pase. Nadie lo sabe. Ni mi familia, ni mis amigas, ni nadie del trabajo. Y queremos que siga siendo así.
A veces, cuando tengo el día tonto, vuelvo a leer aquel primer mensaje en la bandeja vieja. Cuatro palabras que casi borré. Cuatro palabras que me enseñaron que de mí misma no sabía ni la mitad de lo que creía.