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Relatos Ardientes

Esa tarde le entregué el test sin decir una palabra

Dos semanas después de volver del viaje, empecé a notar pequeños cambios. Pensé que era el cansancio, la rutina del trabajo, el desorden de las comidas. Pero algo en el fondo me decía que no era eso. Que era otra cosa.

Un martes por la tarde compré la prueba en la farmacia de la esquina. La llevé en el bolso todo el día como si fuera un secreto. Cuando llegué a casa, la dejé sobre el lavabo y me quedé mirándola, sin atreverme a abrirla todavía.

Esteban no llegaría hasta las ocho. Tenía tiempo.

Hice el test casi sin respirar. Dos minutos eternos, mirando el techo del baño, contando los azulejos que ya había contado cien veces. Cuando bajé la vista, ahí estaban las dos líneas. Marcadas, claras, definitivas.

Estaba embarazada.

Me senté en el suelo del baño con el test en la mano y me eché a reír y a llorar al mismo tiempo. No sabía qué hacer con todo eso que me crecía por dentro. La emoción era tan grande que apenas cabía en mi cuerpo.

Decidí no llamarlo. Quería ver su cara cuando se enterara.

***

Esteban llegó pasadas las ocho, con la corbata floja y esa mueca de cansancio que se le pone los días largos. Yo lo esperaba en la cocina, fingiendo que ordenaba la encimera. El test estaba dentro de un sobre, sobre la mesa.

—¿Qué pasa? —preguntó al verme—. Tienes una cara rara.

—Abre eso —le dije, señalando el sobre.

Me miró con sospecha, dejó la mochila en el suelo y agarró el sobre. Lo abrió despacio, como si supiera que algo importante venía dentro. Cuando sacó el test, se quedó en silencio. Lo miró un segundo. Lo miró otro segundo. Levantó la vista hacia mí.

—¿Es verdad? —preguntó, con la voz más fina de lo normal.

Asentí. No me salía la voz.

Esteban dejó el test sobre la mesa con un cuidado casi ridículo, como si fuera de cristal. Y entonces, sin decir nada más, cruzó la cocina y me abrazó tan fuerte que me levantó del suelo unos centímetros. Me mantuvo así, contra su pecho, respirando contra mi pelo.

—Vamos a ser padres —murmuró, más para sí mismo que para mí.

Yo no podía hablar. Solo lo abracé y dejé que me sostuviera.

***

No sé en qué momento exacto cambió todo, pero cambió. Esteban se separó un poco para mirarme, y en sus ojos había algo que no había visto antes. No era ternura, ni era solo alegría. Era una urgencia oscura, hambrienta, que me hizo sentir desnuda aun llevando la ropa puesta. Me miró la boca, me miró las tetas por encima de la blusa, me miró como si acabara de descubrir que era suya de una forma nueva.

Me besó. Y ese beso no se parecía a ningún beso anterior. Me metió la lengua hasta el fondo, buscando la mía, chupándomela despacio, mordiéndome el labio de abajo hasta hacerme gemir dentro de su boca. Tenía algo posesivo, animal, como si quisiera dejar grabado en mí que aquello que estaba pasando era de los dos y de nadie más, que ese hijo se lo había hecho él, en mí, con su polla, y que ahora me lo iba a recordar follándome como si fuera la primera vez.

Le devolví el beso enredando los dedos en su pelo, tirándoselo hacia atrás para poder morderle el cuello. Sus manos bajaron por mi espalda hasta apoyarse en mi culo, y me lo apretó entero con las dos palmas, hundiéndome contra él. Sentí su polla ya dura contra mi vientre, empujando a través del pantalón, buscándome. De pronto me levantó como si no pesara nada. Yo enrosqué las piernas alrededor de su cintura, restregándome contra el bulto, y así, sin separarnos, con la lengua todavía metida en mi boca, me llevó hasta el dormitorio.

La luz de la tarde entraba por la ventana y dibujaba franjas anaranjadas sobre las sábanas. Me dejó sobre la cama de espaldas y se quedó de pie a los pies del colchón, mirándome desde arriba mientras se aflojaba la corbata y se sacaba la camisa botón a botón sin dejar de mirarme la entrepierna. Se bajó los pantalones, los calzoncillos, y su polla saltó fuera, dura, gruesa, con la vena marcada de arriba abajo y la punta ya brillante de líquido. Se la agarró con la mano, se la apretó una vez, dos, mirándome como si estuviera decidiendo por dónde empezar a comerme.

—Desnúdate —me dijo, con la voz ronca—. Quiero verte entera.

Me quité la blusa, el sujetador, las bragas, todo tirado a un lado sin cuidado. Me quedé desnuda encima de la colcha, con las piernas dobladas y un poco abiertas, viendo cómo se le movía la polla en la mano solo con mirarme. Se subió a la cama a cuatro patas, se colocó entre mis muslos y se inclinó a besarme el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos. Me lamió una teta entera, de abajo hacia arriba, hasta cerrar los labios alrededor del pezón y chupármelo con hambre, mientras la otra teta la amasaba entera con la mano abierta, apretándome el pezón entre los dedos hasta arrancarme un gemido largo.

—Están más gordas —murmuró contra mi piel, cambiando de pecho—. Ya están cambiando por él.

Me mordió despacio el pezón mientras lo decía, y yo arqueé la espalda contra su boca, buscándole con las caderas. Notaba mi propio coño empapado, latiendo, resbaladizo, pidiéndole que bajara ya. Le tiré del pelo hacia abajo sin disimulo. Él se rio contra mi pecho, un ronroneo caliente, y empezó a bajar besándome, la boca abierta y la lengua fuera, dejándome un rastro de saliva por el vientre.

Cuando llegó a mi vientre, se paró. Apoyó la palma entera sobre la piel, todavía lisa, y la mantuvo ahí. Yo cubrí su mano con la mía. No nos dijimos nada. No hacía falta.

Y entonces siguió bajando. Me besó el vientre una vez, dos, la tercera vez su lengua trazó una línea larga hacia el ombligo, se metió dentro, la sacó, siguió bajando. Me abrió los muslos con las dos manos, empujándomelos hacia los lados, hasta dejarme el coño abierto entero delante de su cara. Se quedó mirándomelo unos segundos, con la respiración pesada, la polla goteándole entre las piernas.

—Mírate cómo estás —dijo, pasando un dedo por mis labios de abajo, de arriba abajo, recogiéndome el flujo—. Estás chorreando.

Se metió el dedo en la boca y lo chupó despacio, mirándome a los ojos. Yo apreté las sábanas con las manos. Se inclinó, sin dejar de mirarme, y me plantó la primera lamida entera, de abajo hasta arriba, ancha, plana, arrastrándomelo todo desde el culo hasta el clítoris. Se me escapó un jadeo que no pude contener. Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mí.

Empezó a comerme con hambre. Me chupaba el clítoris con los labios cerrados, tirando de él suavemente, y luego lo soltaba para meterme la lengua entera dentro, follándome con ella, entrando y saliendo. Me metió dos dedos a la vez mientras seguía chupándome el clítoris, y los curvó dentro buscando ese punto que él conoce mejor que yo. Los movía despacio, con el ritmo justo, haciéndome pequeños círculos ahí dentro mientras la lengua me trabajaba por fuera. Me sostenía las caderas cuando yo intentaba escaparme, marcando él el ritmo, tranquilo, casi cruel.

—No pares, joder, no pares —le supliqué, agarrándome la teta y pellizcándome yo misma el pezón—. Me voy a correr, Esteban, me voy a correr en tu boca.

Él aceleró la lengua, chupándome más fuerte, empujando más adentro con los dedos, y en el segundo justo en que iba a explotar, me soltó todo. Sacó los dedos, apartó la boca, y se quedó ahí, respirando encima de mí, viendo cómo yo temblaba entera al borde sin poder terminar.

Lo miré con los ojos vidriosos, jadeando, suplicándole sin palabras. Se me escapó una lágrima de rabia.

—Cabrón —murmuré—. Termina.

—Me la vas a chupar primero —me dijo, arrastrándose hacia arriba por mi cuerpo—. Necesito tu boca.

Se sentó a horcajadas sobre mi pecho, con la polla apuntándome a la cara. La tenía hinchada, roja, con una gota espesa colgándole de la punta. Se la agarró con la mano y me la pasó por los labios, embadurnándomelos. Yo abrí la boca y le saqué la lengua, y él me la metió despacio, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarme contra la garganta.

—Así, joder, así —gruñó, agarrándome del pelo con las dos manos.

Empezó a follarme la boca a su ritmo, entrando y saliendo, mirándome a los ojos todo el rato. Yo le chupaba con hambre, ahuecando los cachetes, apretándole la polla entre los labios cada vez que salía. Se la sacaba entera y le lamía la punta con la lengua plana, dando vueltas alrededor del glande, y volvía a metérmela hasta el fondo. Le agarré los huevos con una mano y se los apreté suave, jugando con ellos, mientras seguía mamándosela. Él echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, ronco.

—Vas a acabar conmigo —jadeó—. Para, para o me corro en tu boca.

Sacó la polla, brillante entera de mi saliva, y se bajó por mi cuerpo hasta colocarse otra vez entre mis piernas. Se agarró la polla con la mano y la pasó por mi coño, de arriba abajo, humedeciéndosela con mi flujo, restregándomela contra el clítoris a propósito hasta hacerme temblar.

—Métemela ya —le pedí—. Por favor, Esteban.

Cuando entró en mí, lo hizo con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Cada centímetro era un acto deliberado, una forma de decir con la polla todo lo que no había dicho con palabras. Me llenó entera, despacio, hasta que sentí los huevos apoyados contra mi culo. Se quedó ahí quieto, dentro, todo dentro, mirándome a la cara.

—Estás apretadísima —murmuró—. Se te nota que estás preñada, joder, aprietas distinto.

Salió despacio, casi hasta la punta, y volvió a hundírmela entera de un solo empuje que me hizo gemir alto. Empezó a follarme profundo, pausado, cada embestida marcada, cada salida lenta y cada entrada seca hasta el fondo. Yo enredé las piernas alrededor de él para atraerlo más adentro, cruzándole los tobillos en la espalda baja, y él respondió acelerando, dejándose llevar por algo que ya no podía contener. Nuestras manos se entrelazaron sobre la almohada. Él apoyó la frente contra la mía. Nuestras respiraciones se mezclaron en un mismo aire caliente.

—Dime que es mío —jadeó contra mi boca—. Dime que te lo hice yo.

—Es tuyo, joder, es tuyo, me lo hiciste tú —le contesté sin aire—. Con esta polla me lo hiciste.

Gruñó como un animal y aceleró. Me la clavaba hasta el fondo, sin piedad, y yo sentía cómo cada empuje me sacudía entera contra el colchón. Los muelles de la cama chirriaban. La cabecera golpeaba contra la pared con un ritmo seco que no éramos capaces de parar. Me agarró una teta con la mano libre y me la apretó fuerte, pellizcándome el pezón entre el índice y el pulgar, sin soltarme.

Cambió un poco el ángulo, apoyándose en los codos, y me subió una pierna hasta ponérmela sobre el hombro. La otra la dejó abierta contra el colchón. Ahí encontró ese punto que me hace perder la cabeza. La polla me rozaba adentro, exactamente ahí, con cada embestida. Me tensé entera bajo él, empezando a temblar desde las piernas.

—Me corro, me corro, me corro —dije, y ya no era mi voz.

—Córrete en mi polla —me ordenó—. Ya.

Exploté. Un espasmo largo que me sacudió desde la espalda hasta los pies, un grito que se me escapó sin poder controlarlo, mi coño apretándole la polla en oleadas mientras él seguía metiéndomela sin parar. Yo pronuncié su nombre como si viniera de muy lejos. Todavía temblando, sentí cómo se hundía hasta el fondo una última vez, se quedaba quieto ahí adentro, y soltaba un gemido sordo contra mi cuello mientras yo notaba cómo se corría dentro de mí, a chorros, caliente, largo, llenándome entera. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el hombro, sintiendo cómo la polla le seguía latiendo dentro de mí, vaciándose del todo.

Se quedó dentro de mí, quieto, respirando fuerte, con la cara hundida en mi cuello. Yo sentía cómo su corazón golpeaba contra el mío, casi al mismo compás. Poco a poco se le fue calmando la respiración. Cuando por fin salió de mí, salió despacio, y sentí un hilo tibio bajándome por el muslo. Él lo miró. Metió dos dedos ahí, recogiendo su propia corrida mezclada con mi flujo, y me la volvió a empujar dentro con calma, con una sonrisa medio bruta.

—Guárdatelo —murmuró—. Es donde tiene que estar.

Me reí, agotada, y le pegué en el brazo. Él se dejó caer a mi lado y me besó otra vez, esta vez con una ternura que no se parecía en nada a la urgencia de antes. Sus labios estaban salados. Los míos también.

Nos quedamos abrazados un buen rato, yo con la cabeza en su pecho, él acariciándome el vientre con la mano abierta, despacio, como si ya pudiera sentir algo ahí dentro.

***

Decidimos no contárselo a nadie todavía. Queríamos guardar el secreto unas semanas más, vivirlo a solas, dejar que la idea nos cupiera primero a nosotros antes de salir a buscar las reacciones de los demás.

Fueron unas semanas extrañas y bonitas. Cenas en silencio que no eran incómodas, miradas que decían todo, manos buscándose por debajo de la mesa en cualquier reunión. Esteban me trataba con un cuidado nuevo, no asfixiante, solo distinto, como si yo me hubiera vuelto un poco más valiosa de un día para otro. Y también me follaba distinto. Más seguido. Más largo. Se me subía por detrás en la cocina mientras yo fregaba, me bajaba las bragas y me la metía ahí mismo, apoyada contra la encimera, susurrándome guarradas al oído mientras me embestía. Me despertaba de madrugada con la boca entre las piernas. Me pedía que se la chupara antes de irse a trabajar, apoyado contra la pared del baño. Era como si necesitara recordarse a sí mismo, una y otra vez, que ese hijo era suyo, que yo era suya, que se lo había hecho él.

Cuando llegó el momento, organizamos una cena en casa con los dos lados de la familia. Mi madre, mi padre, los suegros, y mi hermana Paula, que vino desde Valencia solo para esa noche aunque ella todavía no sabía por qué.

Durante el postre, Esteban me apretó la mano por debajo del mantel. Yo asentí.

—Os queremos contar algo —dijo él, y todos en la mesa levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Vamos a tener un hijo —dije yo.

Hubo un segundo de silencio absoluto, de esos en los que parece que el aire se queda suspendido. Y después se rompió todo a la vez. Mi madre soltó un grito que me sobresaltó. Mi suegra se llevó las manos a la cara. Los hombres se levantaron a abrazar a Esteban, dándose palmadas en la espalda, y Paula vino corriendo a abrazarme con los ojos ya llenos de lágrimas.

—¡Voy a ser tía! —repetía—. ¡Voy a ser tía!

Mi madre no podía dejar de llorar. Mi suegro fue el primero en decir las cosas sensatas: que había que cuidarme, que había que ir al médico, que había que pensar dónde íbamos a poner la cuna. Esteban me miraba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa que no se le quitaba. Yo sentí, por primera vez en mucho tiempo, que estaba justo donde tenía que estar.

Esa noche, cuando todos se fueron, nos quedamos solos en la cocina recogiendo platos. Esteban me abrazó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro. Sentí su polla despertándose contra mi culo enseguida, empujando a través del pantalón. Me reí bajito.

—Ha salido bien —murmuró, moviéndome el pelo para besarme el cuello.

—Ha salido bien —repetí, echando el culo hacia atrás contra él.

Me subió la falda ahí mismo, apoyada contra el fregadero, me bajó las bragas hasta los tobillos y me la metió por detrás de un solo empuje mientras me tapaba la boca con la mano para que no gritara. Me folló rápido, cachondo, sin sacármela del todo, hasta correrse dentro otra vez, con la frente apoyada en mi espalda. Después me subió las bragas él mismo, con cuidado, y me dio un beso en la nuca.

***

A Mariana le di la noticia por teléfono al día siguiente. Llevábamos siendo amigas desde la universidad, y se notaba en su voz que estaba a punto de llorar antes incluso de colgar.

—Te juro que voy para allá ahora mismo —me dijo—. No sé qué te llevo, pero voy.

Apareció una hora más tarde con un ramo de flores que había comprado a la carrera y un bizcocho que ella misma había horneado, todavía caliente. Nos pasamos la tarde sentadas en el suelo del salón, hablando de nombres, de pañales, de miedos, de todo lo que se nos venía encima. Mariana me prometió, medio en broma, medio en serio, que iba a estar en todas las ecografías y que el bebé iba a tener la madrina más pesada del mundo. Yo me reí. La abracé. Lloré un poco.

***

Los meses siguientes pasaron mezclando lo mágico con lo agotador. Las náuseas de las primeras semanas me dejaban sin fuerza para discutir con nadie. El cansancio era nuevo, distinto, casi como una piedra colgándome del pecho. Pero también empecé a notar cómo cambiaba mi cuerpo, cómo el vientre se redondeaba poco a poco, cómo me crecían las tetas hasta el punto de no reconocérmelas, cómo me brillaba la piel de una manera que no me había brillado nunca. Y cómo estaba cachonda todo el rato. A todas horas. Me despertaba mojada, me acostaba mojada, me pasaba el día apretando los muslos disimuladamente debajo de la mesa del trabajo. Esteban se aprovechaba, y yo me dejaba aprovechar con hambre. Follábamos por la mañana antes de levantarnos, y muchas noches él terminaba con la cabeza entre mis piernas comiéndome despacio hasta que me corría dos, tres veces seguidas, agarrándome yo misma las tetas hinchadas mientras él me chupaba el clítoris sin parar.

Esteban se involucró en cada detalle. Me acompañó a todas las citas, aunque tuviera que pedir días en el trabajo. Se aprendió de memoria la lista de alimentos prohibidos. Pintó él mismo la habitación del bebé, los fines de semana, en silencio, mientras yo lo miraba desde la puerta tomando un té. Alguna de esas tardes, con la brocha todavía en la mano y salpicaduras de pintura en los brazos, me llevaba al dormitorio y me follaba despacio, poniéndome de lado porque ya no aguantaba boca arriba mucho tiempo, la mano abierta sobre mi vientre redondo mientras me la metía por detrás con calma.

Hablábamos mucho. De cosas que nunca habíamos hablado antes. De cómo nos habían educado, de qué cosas queríamos repetir y qué cosas no, de los nombres que nos gustaban y los que no. No nos poníamos de acuerdo, pero discutirlo era parte del placer. Era pensar juntos en alguien que todavía no existía pero que ya estaba en medio de todo lo que hacíamos.

Los abuelos se volvieron pesados de la mejor manera posible. Mi madre llamaba cada tres días para preguntar cómo estaba. Mi suegra apareció un domingo con una caja de ropita que había guardado de cuando Esteban era bebé, doblada con un cuidado que casi me hizo llorar. Cada uno tenía su nombre favorito. Cada uno tenía su consejo. Yo asentía y luego elegía lo que me daba la gana.

Fuimos juntos a las clases de preparación al parto. Esteban era el más pesado del grupo, hacía preguntas que dejaban descolocada a la matrona, y la primera vez que me hizo el masaje lumbar lo hizo tan mal que me eché a reír en mitad del ejercicio. Pero aprendía rápido. Aprendía con esa terquedad suya de hombre que no se rinde. Para la quinta clase ya sabía respirar conmigo, contar conmigo, sostenerme la espalda como si llevara haciéndolo toda la vida.

***

A veces, por la noche, cuando él ya dormía, yo me quedaba despierta mirándolo. Me ponía una mano en el vientre y sentía esos movimientos tímidos que iban siendo cada vez menos tímidos. Pensaba en aquella tarde, en aquella prueba sobre el lavabo, en sus brazos levantándome del suelo de la cocina, en su polla clavada hasta el fondo mientras me decía que ese hijo era suyo. Y me parecía mentira que todo aquello hubiera empezado en un momento tan pequeño, tan ordinario.

Pensaba también en lo poco que sabía de lo que venía. En lo mucho que íbamos a tener que aprender los dos. En las noches sin dormir, los miedos, las dudas, los momentos en que íbamos a discutir sin saber por qué. Sabía que iba a haber todo eso. Pero también sabía, con una certeza que no había tenido antes en la vida, que íbamos a estar juntos en cada uno de esos momentos.

Esteban se removía en sueños y me buscaba con la mano sin abrir los ojos. La apoyaba en mi vientre y se quedaba quieto otra vez. Yo cerraba los ojos. Sonreía sola en la oscuridad.

Y me dormía pensando que esto, fuera lo que fuera lo que viniera después, ya valía la pena.

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Comentarios(8)

SofiaBsAs

Increible... me quedé sin palabras igual que el del relato jaja. Que momento tan intenso.

Caro_mdp

Por favor seguí escribiendo, se me fue volando. Quedé con ganas de saber como siguió todo.

Balta63

Hermoso. Me recordó al dia que yo también pasé algo parecido con mi pareja, esas cosas no se olvidan nunca.

Valeria_MX

¿Esto es real o ficcion? Porque lo escribiste tan bien que parece que realmente lo viviste.

NocheSilenciosa

Dios que emocion, lo lei de un tiron. El final fue brutal.

LautaroMdQ

Buenisimo!!!

AndreaMX

Lo que mas me gustó es como describiste ese silencio antes de que él reaccionara. Se sintió muy real, muy humano. Bravo.

Rulo_pampa

Que buen relato, espero que haya segunda parte con todos los detalles jaja. Saludos.

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