Las dos profesoras que me iniciaron en el sexo
Tengo cuarenta y dos años, vivo en Berlín y trabajo como químico industrial. Lo que voy a contar pasó en Valencia, en el otoño de 2003, cuando tenía diecinueve años recién cumplidos y acababa de aprobar la selectividad. Lo escribo porque entonces lo apunté en un cuaderno y porque, después de tanto tiempo, sigue siendo el momento exacto en el que dejé de tenerme miedo.
Hasta ese verano nunca había tocado a una mujer. Ni un beso. Ni una mano cogida en el cine. Era de los que se sentaban al fondo del aula y miraban el reloj para salir. Iba a entrar en Química y arrastraba dos asignaturas mal: Física y francés. Mis padres contrataron dos profesoras particulares y, sin saberlo, me regalaron mucho más que aprobados.
La primera se llamaba Helena. Tenía treinta y dos años, era de Sevilla y daba clases en mi salón de casa los martes y jueves. Rubia, alta, con una boca que se reía antes que el resto de la cara. Llevaba siempre camisetas de algodón finas, y a mí se me olvidaban los logaritmos cuando se inclinaba sobre el cuaderno y se le marcaban los pezones bajo la tela. Ella lo notaba; yo creía que no.
La segunda era Fiorella. Italiana, nacida en Turín, casada con un español al que pensaba dejar en cuanto encontrara la excusa. Daba francés en una academia del centro y, de vez en cuando, recibía a los alumnos en su piso. Sonrisa enorme, dientes blancos, piernas que parecían pintadas. Sus minifaldas eran un escándalo educado.
A finales de septiembre las dos me anunciaron casi a la vez que se iban. Helena tenía una oferta para investigar dermatología en Toronto. Fiorella volvía a Italia. Decidí comprarles un regalo a cada una para agradecerles los aprobados. Pensé que sería el final de la historia. Lo fue, pero no como yo lo había imaginado.
***
Helena llegó dos horas antes de su vuelo. Mis padres estaban fuera el fin de semana entero, en una boda en Castellón. Le abrí la puerta con un paquetito en la mano: un perfume y unos pendientes de plata.
—No tenías que haberte molestado —dijo cogiendo el regalo—. Pero yo también te he traído algo.
Sonreía de una manera distinta, más despacio. Se quitó el pañuelo del cuello y lo dejó sobre la silla del recibidor.
—Llevas todo el curso mirándolas. Vas a verlas, al menos una vez.
Me quedé sin saliva. Helena se sacó el jersey por la cabeza con un movimiento sin prisa y, debajo, había un sujetador rosa que no parecía de profesora particular. Me miró a los ojos mientras se llevaba las manos a la espalda. La prenda cayó al suelo despacio y sus tetas quedaron al aire, más grandes de lo que las camisetas dejaban intuir, los pezones ya duros, apuntando hacia arriba.
Yo no sabía dónde meter las manos. Ella me las cogió y se las puso encima.
—Tócame —dijo—. No me voy a romper. Apriétamelas. Chúpamelas. Llevas meses queriendo hacerlo.
Mis dedos eran torpes y fríos. Se los pasé por los pezones, se los pellizqué como pude, y ella soltó un suspiro corto que me subió un calambre por la espalda. Bajé la cabeza y le metí uno en la boca. Chupé, mordí despacio, le pasé la lengua alrededor. Helena me sujetó la nuca y me apretó contra su pecho.
—Así, así, no tengas miedo. Muérdemelo un poco más.
Mientras yo le mamaba las tetas, ella miró hacia abajo, hacia el bulto que empujaba la tela de mis pantalones, y abrió un poco los ojos.
—¿Eso es todo tuyo? —preguntó, y se rio bajito—. Joder, Mateo. Y lo tenías escondido.
Me bajó la cremallera con la misma calma con la que dos horas antes había explicado una integral. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón, y mi polla saltó hacia arriba, dura, apuntándole a la cara. Helena se rio otra vez, la agarró por la base y la sopesó como si midiera algo en el laboratorio.
—Gorda —dijo—. Y bien tiesa. Voy a disfrutarla.
Se arrodilló entre mis piernas.
—Cierra los ojos —dijo—. Si los abres ahora, se acaba en cinco segundos.
Los cerré. La oí respirar. Sentí su lengua primero, plana, subiendo desde los huevos hasta la punta, muy despacio, como si me estuviera dibujando. Después la boca entera, tibia, cerrándose sobre el glande, chupando con una fuerza justa que me hizo apretar los puños. La lengua no paraba de moverse dentro, dándole vueltas al capullo, y su mano libre bajó a agarrarme los cojones, jugando con ellos, apretándolos apenas.
Entendí lo que mis amigos contaban a gritos en la puerta del instituto: nada de lo que había imaginado se parecía a esto. Nada. Helena me empezó a comer la polla hasta el fondo, con arcadas leves, sacándose baba por la comisura, y me miró desde abajo con los ojos húmedos, disfrutándolo. Me la sacaba entera y le daba lametones largos por debajo, me chupaba los huevos uno por uno, y volvía a tragarme. No supe cuánto tiempo estuvimos así. Cada vez que notaba que yo estaba a punto de correrme, se separaba, me apretaba la base con dos dedos y esperaba unos segundos antes de volver a metérsela.
—Todavía no —susurraba—. Todavía no, guapo. Aguántame.
Cuando me cansé de aguantar de pie, me llevó hasta mi habitación. Se quitó el resto de la ropa subida a mi cama y se quedó con unas medias grises hasta el muslo. Abrió las piernas sin cerimonia y me enseñó el coño: los labios rosados, un poco entreabiertos, el clítoris asomando por arriba. Se metió dos dedos entre los pliegues y los enseñó apenas brillantes.
—Estoy seca —dijo, casi para sí misma—. Pero quiero que entres igual. No te preocupes por nada. Ven, méteme la lengua primero, que me ayude.
Bajé la cabeza entre sus muslos sin saber muy bien qué hacer. Le pasé la lengua por todo el coño, de abajo arriba, como había visto una vez en un vídeo prestado. Helena me agarró del pelo y me guio.
—Arriba, ahí. Ese botón. Con la punta. No lo aplastes, dale vueltas.
Obedecí. Le lamí el clítoris despacio, en círculos, y a los pocos segundos noté que se le humedecía todo. Un sabor salado, fuerte, distinto a todo. Le metí un dedo mientras seguía chupándole el clítoris y ella arqueó la espalda.
—Joder, aprendes rápido. Otro dedo. Sí, así. Dobla la yema hacia arriba, como si me llamaras.
La lamí un rato hasta que sus muslos me apretaron la cabeza. Entonces me pidió que subiera. Le pregunté por los preservativos. Me dijo que llevaba años con el suyo, que estaba segura, que esa parte la decidía ella. Hice caso.
La primera vez que entré en una mujer no fue como en las películas. Me costó. Helena escupió sobre la palma, me embadurnó la polla y guio la punta ella misma hasta su coño. Empujé y el capullo entró con un chasquido húmedo. Ella apretó los dientes y me dijo «despacio, despacio» dos veces. La sentí caliente, apretada, muchísimo más apretada de lo que había esperado. Fui entrando por milímetros hasta hundírsela entera, y me quedé quieto un segundo, notando cómo su coño me abrazaba la polla, palpitando alrededor.
Cuando pude moverme, sus uñas se clavaron en mi cuello y ya no me las quitó. La penetré sin saber lo que hacía, copiando lo que había visto en pantallas y dejándome llevar por sus indicaciones cortas.
—Más arriba, cabrón. Que me roces por dentro. No salgas tanto, quédate hundido. No pares ahora, no pares.
Cada embestida hacía un ruido sordo, húmedo, y las tetas de Helena rebotaban contra mi pecho. Yo la follaba a fondo, sin ritmo, más rápido cuando ella jadeaba más fuerte. Hubo un momento en el que se mordió el antebrazo, cerró los ojos y se quedó muy quieta mucho rato, con el coño contrayéndose alrededor de mi polla en espasmos largos. Me clavó los talones en el culo para que no saliera.
—Eres demasiado bueno para ser virgen —dijo después, casi sin voz—. No es justo para las próximas.
***
Cuando empezamos a movernos otra vez, ella me hizo tumbarme boca arriba. Se subió encima de espaldas, mirando al espejo del armario. Se sentó despacio, empalándose en mi polla hasta el fondo, y soltó un gemido bajo. Yo veía su nuca, su pelo cayéndole sobre los hombros, sus caderas marcando un ritmo que no era el mío, subiendo y bajando en giros pequeños, aprovechando cada centímetro. La cogí por la cintura y le empujé desde abajo. Le veía el culo blanco chocando contra mis muslos, los labios de su coño estirándose cada vez que salía y entraba, la polla brillante de sus jugos.
—Así, empújame desde abajo. Rómpeme el coño. Que llegue al fondo.
Yo apretaba los dientes para no correrme. Por el espejo me miró una vez, sólo una, y me sonrió como si hubiera ganado algo. Se metió una mano entre las piernas y se frotó el clítoris mientras yo la seguía embistiendo desde abajo. A los dos minutos se corrió otra vez, encogida sobre sí misma, gimiendo un «me corro, me corro» que me dejó tieso.
—Me toca probarte —dijo cuando le confesé que ya no aguantaba.
Se bajó de un salto y se arrodilló sobre la moqueta. Me agarró la polla con las dos manos, empapada de ella misma, y se puso a mamármela otra vez, esta vez rápido, sin pausas, meneándola con la mano al ritmo de la boca. Yo cerré los ojos por instinto, pero ella me obligó a abrirlos.
—Mírame. Quiero que me mires cuando te corras. En la cara. Toda.
Aguanté tres segundos más y exploté. Me corrí muchísimo, mucho más de lo que esperaba, chorros largos que le salpicaron la mejilla, la frente, la lengua que sacaba para recogerlo. No le dio tiempo a tragarlo todo. Le quedó el pelo manchado, el cuello, los pechos, dos gotas colgando del pezón. Se echó a reír, se pasó dos dedos por la cara, se los metió en la boca y los chupó con calma.
—Rico —dijo—. Y mucho. Casi me ahogas.
Volvió a vestirse sin limpiarse del todo.
—Me iré así al avión —dijo mientras se ponía el sujetador—. Para acordarme.
No me besó. En toda la tarde no me había besado ni una sola vez. Me dio dos golpecitos en la mejilla en la puerta y me dijo:
—Empieza a salir, Mateo. Te lo digo en serio. Con esa polla y aprendiendo así de rápido, no tienes derecho a estar solo. Ya no eres el chaval del primer día.
Cerré la puerta y me quedé un rato apoyado contra ella, con la cabeza en blanco.
***
Dos días después fui a casa de Fiorella con otro paquete. Un perfume y un colgante de plata. Vivía en un cuarto sin ascensor, en la calle del Mar. Subí los escalones de dos en dos.
Me abrió en albornoz. El aire acondicionado se había estropeado esa mañana, dijo, pero no quería abrir las ventanas. Por el ruido de la calle, dijo. Por algo más, no dijo.
Me senté en el sofá. Ella se sentó al lado, muy cerca, y empezó a hablarme de Turín, de la oferta de la empresa textil que la esperaba, de su madre. Yo la escuchaba a medias. Olía a algo dulce y caliente, como una bebida.
—Te voy a explicar dos cosas que no se aprenden en clase —dijo de pronto, en otro tono—. La primera, cómo saber si una mujer te desea. La segunda, cómo follar con una mujer que sabe lo que quiere.
Empezó por besarme. Besos cortos, secos, preguntando cada vez si yo estaba bien. Después uno largo, hondo, metiéndome la lengua entera, chupándome la mía. Cuando me solté, me llevó la mano hasta debajo del albornoz. No llevaba nada. Le toqué las tetas, más pequeñas que las de Helena pero más firmes, con los pezones oscuros y erizados. Bajé la mano hasta el coño y me lo encontré depilado, caliente, empapado.
—¿Ves? —susurró contra mi boca—. Esto es una mujer que te desea. Aprende la humedad de memoria. Métemelos, mueve los dedos despacio.
Le metí dos dedos. Estaba mojadísima, más de lo que Helena había estado en toda la tarde. Fiorella cerró los ojos, apoyó la frente en mi hombro y empezó a moverse contra mi mano.
Después se levantó y me dejó desnudo de pie en su salón. No comentó mi cuerpo. Me cogió, me sentó en una silla de madera con reposabrazos y se arrodilló frente a mí. Lo que hizo era distinto a lo de Helena: más lento, con pausas, mirándome a los ojos cada poco. Me lamía el capullo con la punta de la lengua, en giros mínimos, después se metía la polla entera de golpe hasta la garganta y se quedaba ahí, tragando alrededor. Sacaba la lengua y me lamía los huevos mientras la punta de mi polla le tocaba el paladar. Cuando notó que yo iba a perder el control, se levantó y me cogió la cabeza con las dos manos.
—Ahora me toca enseñarte —dijo—. Túmbate en la alfombra.
Se sentó en mi cara, a horcajadas, y me bajó el coño hasta la boca. Olía fuerte, a hembra, y estaba brillante de humedad. Empecé a lamer como había hecho con Helena y ella me corrigió al segundo.
—No, así no. Menos superficie. Solo la punta. Aquí, en el clítoris, círculos pequeñitos. Constantes. No cambies de ritmo aunque me mueva.
Le hice caso. Le chupé el clítoris con la punta de la lengua, sin parar, mientras ella se meneaba encima de mi boca. Le metí dos dedos y curvé la yema hacia arriba, como me había enseñado Helena. Fiorella gritó.
—Ahí, ahí, no te muevas de ahí. Presiona. Presiona más.
Aprendí esa tarde a usar la lengua, los dedos, los labios. Me corrigió tres veces sin perder la sonrisa. Cuando se corrió la primera vez, casi me echa de la cama de un empujón, riéndose y diciendo «basta, basta, no aguanto», con los muslos temblando contra mis orejas y el coño chorreándome por la barbilla.
Se levantó, se puso de rodillas en la silla agarrándose al respaldo, con el culo hacia afuera, y me pidió que entrara así. Le obedecí. Se lo separó ella misma con las dos manos, y me enseñó el coño abierto, brillante, y un poco más arriba el ojete oscuro. Le puse la punta de la polla y entré de una embestida hasta el fondo. Ella soltó un «cazzo» ahogado y me pidió más.
—Fuerte. Sin pena. Fóllame como si me odiaras un poco.
La embestí a fondo, cogiéndola por las caderas, mirándole el culo rebotar contra mi vientre. Ella me iba marcando el ritmo con la mano libre golpeando el reposabrazos. Cada bofetada de la mano coincidía con una embestida mía. Cuando me cansé, fue Fiorella la que se hizo cargo, balanceando las caderas adelante y atrás sin que yo tuviera que hacer nada, empujándose contra mí, cerrándome el coño alrededor de la polla con contracciones voluntarias. Era como si en su cuerpo no hubiera dudas.
—Pégame —dijo en algún momento—. En el culo. Como si me lo merezca.
Lo hice flojo. Ella se rio.
—Más fuerte. No me voy a romper.
Le solté una nalgada seca, la carne se le puso roja al instante y ella gimió alto. Otra. Otra. Con cada nalgada me apretaba más la polla desde dentro. Se llevó ella misma un dedo a la boca, se lo chupó, y bajó a frotarse el clítoris mientras yo la seguía taladrando por detrás.
Estuvimos así no sé cuánto. Probamos otra postura, contra el escritorio, con ella inclinada sobre los papeles, la falda que se había vuelto a poner subida hasta la cintura, y yo detrás abriéndole las nalgas para verme entrar y salir. Y otra en la que me obligaba a sostenerle una pierna en el aire, de pie los dos, ella apoyada contra la pared, mi polla clavada por debajo. Ella se corría a su manera, con la cara arrugada, casi enfadada, chorreando por dentro de los muslos, y volvía a empezar sin descanso. Cuando le dije que ya no podía aguantar, me echó hacia atrás y se puso de rodillas. Abrió la boca y sacó la lengua, esperándome. No le dio tiempo. El primer chorro le cayó dentro, pero los siguientes le salpicaron la barbilla, el cuello, el pelo castaño. Ella se rio, recogió lo que pudo con dos dedos, lo probó, y se limpió el resto con el albornoz.
—Sabes salado —dijo—. Bien. Es señal de que comes bien.
Miró un reloj de pared.
—Has venido a las cinco. Son casi las once.
Bajé las escaleras temblando, con las piernas de trapo, la polla dolorida dentro del pantalón. En el portal me senté un minuto en el primer escalón y me reí solo.
***
Pensé que con eso bastaba. Que la historia se cerraba ahí. Pero al día siguiente, a las siete y media de la tarde, sonó el portero automático. Mis padres habían avisado de que volverían a las nueve para cenar. Por la cámara vi a Fiorella con una gabardina hasta los tobillos y unas gafas oscuras.
Le abrí. Subió en silencio. Cuando le pregunté qué hacía allí, se llevó un dedo a los labios y entró en mi habitación delante de mí. Cerró la puerta y se quitó la gabardina.
Debajo no llevaba nada. Solo unas medias negras y los zapatos de tacón. El coño depilado, ya brillante, los pezones duros.
—No me podía ir sin una segunda lección —dijo—. Desnúdate. Rápido.
Aquella tarde fue distinta. Más rápida, menos pedagógica, más enfadada con algo que yo no entendía. Me arrancó la ropa, me tiró en la cama y se me tragó la polla hasta el fondo sin previo aviso. Me la mamó tres minutos brutales, con arcadas, chorreando saliva por las comisuras, hasta que la tuve durísima y palpitando. Después me montó de golpe, se empaló hasta abajo y empezó a cabalgarme rápido, sin ritmo, mirando al techo.
Hicimos cosas que la noche anterior no habíamos hecho. Se giró y se puso encima al revés, dándome la cara al culo, cabalgándome mientras yo veía cómo mi polla desaparecía dentro de su coño y cómo su ojete se contraía cada vez que ella se dejaba caer. Yo le pasé el pulgar por ahí, mojado de su propio flujo, y le presioné un poco. Ella empujó hacia atrás.
—Ahí también —jadeó—. Métemelo. Un dedo. Solo un dedo.
Se lo metí despacio y ella se corrió al instante, gritando, apretándome la polla con las paredes del coño con una fuerza que me hizo ver luces.
Después nos pusimos en un sesenta y nueve, ella arriba, mamándome despacio mientras yo le comía el coño y le pasaba la lengua también por el ojete, cosa que la hizo temblar entera. Después una postura de lado, cucharita, en la que me obligó a sostenerle la pierna izquierda en alto para entrarle por detrás mientras me besaba de lado, la lengua hasta el fondo de mi boca. Después otra en la que ella se sentaba encima y se tocaba a sí misma con los ojos cerrados, ignorándome durante un rato largo, meneándose sobre mi polla como si yo solo fuera el sitio donde apoyarse, un juguete, una postura con temperatura.
En un momento, mientras me cabalgaba mirando al espejo, con dos dedos entre las piernas frotándose el clítoris, abrió los ojos y me miró fijamente.
—No te enamores de las primeras, Mateo. Ninguna se queda.
No le contesté. No sabía qué se contestaba a eso. La agarré por la cintura y empujé desde abajo, fuerte, hasta que se corrió otra vez con la cara arrugada y todo el peso desplomado sobre mi pecho.
Cuando yo no aguanté más, se bajó, se arrodilló al lado de la cama y me pidió que me pusiera de pie. Se abrió la boca con dos dedos, sacó la lengua y me pidió que me meneara la polla delante de su cara. Lo hice. Acabé en su pelo, otra vez sin querer, con chorros que le mancharon la frente y los mechones que le colgaban a los lados. Ella se rio otra vez de la misma manera, breve y un poco amarga, y se recogió una gota del labio con el índice.
Antes de irse me dejó una tarjeta con un teléfono y un correo electrónico, y me dijo que la llamara si pasaba por Turín.
Nunca la llamé.
***
Las semanas siguientes me las pasé dándole vueltas a una lista de preguntas que apuntaba en el cuaderno. Por qué no me había corrido enseguida. Por qué Helena no había estado mojada al principio y Fiorella sí lo estaba desde el primer minuto. Por qué a veces ponían cara de dolor, y otras se reían como niñas. Por qué ninguna había querido la postura del misionero al principio, esa que en el cine parecía la única.
No me atrevía a hablarlo con mi padre. Pregunté a mis amigos del barrio en una terraza, una tarde, después de varias cervezas. Lucas y Diego, los dos hijos de madres muy modernas, me contestaron mejor de lo que esperaba. Que el orgasmo no siempre lleva fluido. Que muchas mujeres se mueven entre el placer y el dolor en la misma frase. Que la postura del misionero la prefieren la mayoría, sí, pero no siempre la pide la mujer la primera vez con un desconocido. Que en realidad el sexo se aprende muy despacio y cada cuerpo es un idioma distinto.
Yo los escuchaba y pensaba en Helena bajándose del avión con el pelo todavía sucio de mi semen, y en Fiorella entrando en su nuevo despacho de Turín. Pensaba en mí, en el chaval que había sido el lunes anterior y en el que ya no era.
***
Empecé a salir. A discotecas, a cumpleaños, a casas ajenas. Tardé casi un año en volver a acostarme con alguien, y fue con una compañera de la facultad que no se parecía en nada a ninguna de las dos. Me daba vergüenza contarle lo de Helena y Fiorella, así que no se lo conté nunca. A nadie, en realidad. Hasta hoy.
De Helena sé, por un documental científico que vi una vez por casualidad, que sigue trabajando en Canadá. Es una autoridad en su campo. Salía explicando algo sobre la piel y unas células nuevas. Hablaba muy seria, con bata blanca, y por un momento no la reconocí. Después sonrió, una sola vez, antes de cortar a otra escena. Y la reconocí entera.
De Fiorella nunca volví a saber. La tarjeta la rompí a los seis meses, una noche tonta, después de una discusión con una novia. Me arrepentí dos días después y ya estaba todo en el cubo. Se quedó en eso: dos tardes y media de un otoño en Valencia, dos profesoras que decidieron despedirse así, y un chaval que cerró la puerta y empezó a vivir.
Lo escribo ahora, veintitrés años más tarde, porque sé exactamente cuánto les debo. No el sexo, aunque el sexo fue enorme. La otra cosa: la confianza, perderle el miedo a mirar a una mujer a los ojos, saber tocar un coño sin temblar, saber pedir y saber que me pidan. Eso fue lo que me regalaron. Lo demás fue solo el envoltorio.
Mateo Solís.