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Relatos Ardientes

La tarde que nos quedamos solos en el club

El agua caliente de la ducha caía sobre la espalda de Renata como un castigo dulce, deslizándose por la curva de sus caderas mientras apoyaba la frente contra los azulejos. El vapor borraba el espejo del baño, pero no borraba la imagen que llevaba clavada detrás de los ojos desde hacía cuatro horas: la mesa de madera oscura del club, sus propios dedos arañando el borde, la voz ronca de Mateo pidiéndole permiso a cada centímetro.

Le ardía. No de un modo desagradable. Era un latido, una huella interna que la obligaba a recordar a cada movimiento.

No pares. Sigue. Eso le había pedido. Y él había obedecido, torpe primero, decidido después, hundiéndose en un lugar donde Renata jamás había imaginado que cabría algo. Lo más extraño no fue el dolor agudo de los primeros segundos ni la sensación de quedarse sin aire. Fue lo otro. Fue el orgasmo que la había alcanzado sin que ninguno de los dos rozara su clítoris, naciendo en alguna parte muy adentro mientras él la embestía con un ritmo cada vez menos prudente. Solo el roce constante de su sexo contra una zona que ella no sabía que existía.

Bajó una mano por el vientre, despacio. Los dedos resbalaron entre sus muslos y comprobaron lo que ya intuía: estaba empapada. No por el agua.

—No pares, Mateo… —murmuró contra el vapor, como si la frase pudiera atravesar tres calles y meterse en su habitación.

Cerró los ojos. Lo imaginó detrás de ella, sus manos grandes sujetándole las caderas, su aliento caliente en la nuca. Sus dedos empezaron a girar despacio sobre el clítoris mientras la otra mano, casi sin permiso, viajó hacia atrás. Encontró el anillo de músculo aún tenso, todavía adolorido, y lo presionó apenas con la yema. Un escalofrío le subió por la columna y la obligó a apoyarse con todo el antebrazo contra la pared.

¿Cómo era posible que algo que dolía tanto al principio le provocara ahora esa hambre? Cada vez que recordaba a Mateo derramándose dentro de ella, su sexo se cerraba sobre el vacío con una urgencia ridícula. Y entonces volvía el miedo, frío y limpio como un cuchillo. Si perdía el control, si le pedía a Mateo que la tomara también por delante, su padre se enteraría tarde o temprano. En esa casa todo se sabía. Las criadas hablaban, los médicos hablaban, las amigas de su madre hablaban. Y ella necesitaba esa herencia. No por el dinero. Por la libertad. Por sacar a su hermana menor de aquel destino opresivo.

Sus dedos aceleraron. La otra mano, traviesa, presionó un poco más fuerte y la punta del dedo medio se hundió un centímetro escaso. Se le escapó un gemido.

—Joder… —maldijo entre dientes.

El recuerdo regresó completo: Mateo arrodillado contra ella, el primer empuje torpe, el segundo más profundo, los dos jadeando como si hubieran corrido kilómetros, y la mirada que él le había lanzado por encima del hombro cuando se corrió demasiado pronto. Una mezcla de vergüenza y deseo renovado. ¿En serio? ¿Ya?, le había preguntado ella, con una sonrisa cruel que descubrió en sí misma sin saber que la tenía. Y a él le había bastado quince minutos para volver a estar duro.

El orgasmo la golpeó sin aviso. Mordió la toalla colgada al costado para no gritar. Su sexo se contrajo varias veces seguidas y un calor líquido se mezcló con el agua de la ducha, mientras su dedo se hundía un poco más, como si el cuerpo supiera por su cuenta dónde quería ser llenado de nuevo.

Cuando se enderezó, las piernas le temblaban. El agua seguía cayendo sobre su nuca. Se lavaba todo, menos lo de adentro.

***

A tres calles de allí, Mateo estaba boca arriba en la cama, con un libro abierto sobre el pecho que no había avanzado ni una página en los últimos veinte minutos. La erección le levantaba la goma del bóxer cada vez que cerraba los ojos, y cerraba los ojos a cada rato. Veía a Renata inclinada sobre la mesa del club, las nalgas marcadas por el roce, los gemidos ahogados contra la madera, la voz suplicándole que la siguiera abriendo aunque doliera.

No se perdonaba haber durado tan poco. Imbécil, se repitió por enésima vez, aunque el recuerdo de la cara de ella —decepción primero, lujuria intacta después— lo ponía cachondo otra vez. Había algo en cómo lo miraba Renata, como si lo estuviera leyendo entero por primera vez, que lo destrozaba.

Se pasó la mano por la cara. La próxima vez no iba a limitarse a follarla por detrás. Primero quería bajar entre sus muslos. Saborearla. Sentir cómo se le cerraban las piernas alrededor de la cabeza. Y solo entonces, cuando la tuviera deshecha y empapada, hundirse otra vez por el sitio que ya conocía.

El móvil vibró sobre la mesilla. Era el grupo del club: «Recordatorio: jueves 19:00. Esta semana hablaremos de las metáforas del deseo en la poesía contemporánea». Sonrió, torcido. Tres días.

La mano se le metió bajo el elástico antes de pensarlo. No necesitaba inventarse fantasías; el recuerdo bastaba. Empezó a moverse despacio, imaginando que era el sexo apretado de Renata el que lo envolvía. Casi podía sentir la resistencia inicial, ese segundo en el que ella contenía el aire antes de aceptarlo, y la presión cálida después, como si su cuerpo se negara a soltarlo.

—Joder, Renata… —susurró.

Cerró los ojos con fuerza. Acabó sobre el vientre con un gruñido contenido. Pero incluso con el cuerpo flojo, la cabeza le dio una sola idea fija: la próxima vez no se contendría. La próxima vez, aunque solo fuera por detrás, la haría suya entera.

***

El jueves llegó con un cielo bajo y plomizo que olía a lluvia. Mateo entró en la sala del club veinte minutos antes de la hora. Caminaba en círculos alrededor de la mesa, los dedos golpeando el borde pulido, sin mirar los lomos de los libros que fingía repasar. Tenía la boca seca. El jean le apretaba.

La puerta se abrió con un chirrido suave y se giró de golpe, como si lo hubieran sorprendido.

Renata entró despacio. Cerró tras de sí con un clic que a él le sonó a disparo. Llevaba una falda plisada que se le pegaba a las caderas al caminar y una blusa blanca por la que se transparentaba el encaje del sujetador. Las gafas se le habían empañado por el frío de la calle. Se las quitó con dedos un poco temblorosos y las limpió con el dobladillo, sin mirarlo todavía.

—Hoy no viene nadie más —dijo Mateo, con la voz más ronca de lo que pretendía. No era una pregunta. Era un aviso.

Renata tragó saliva. Apretó las gafas con los nudillos blancos.

—Ya lo sabía.

Fue todo el permiso que él necesitó.

Cruzó la distancia en dos zancadas. Una mano en la cintura, la otra en la nuca, y la besó como llevaba tres días besándola en la cabeza. Sin pedir. Renata gimió contra su boca, un sonido que le bajó a Mateo directo al estómago. Las manos de ella se enredaron en su camisa, arrugándola, como si tuviera miedo de que la soltara. Él no tenía intención de soltarla. No ahora. No con el sabor a café que Renata traía aún en la lengua.

Las manos de Mateo bajaron, agarraron el dobladillo de la falda y lo subieron. El aire frío de la sala rozó la piel caliente de los muslos de ella. Pero no le dio tiempo a reaccionar. Mateo ya estaba de rodillas. Los dedos enganchados en el elástico de las bragas blancas, tirando hacia abajo con un sonido húmedo cuando la tela se separó de la piel. Renata jadeó. Cerró las piernas por reflejo, pero él las separó con las dos manos.

—Joder —susurró, la voz quebrada, cuando el olor de ella le llegó.

Renata estaba empapada. Mateo lo vio, lo olió, lo entendió. Levantó la cara y la miró un segundo largo, como pidiendo permiso por última vez.

—No… no podemos… —tartamudeó Renata, pero las manos de ella ya estaban en la cabeza de él, los dedos enredándose en su pelo.

Las palabras no tenían convicción. El cuerpo decía otra cosa.

Mateo no respondió. Sacó la lengua y la lamió desde abajo hasta arriba, despacio, con todo el ancho. A Renata le temblaron las piernas. Soltó un gemido que ahogó contra el dorso de su propia mano. Las caderas se le sacudieron solas, hacia delante, como si el cuerpo le ordenara cosas que la cabeza estaba demasiado asustada para pedir.

—Madre mía, Mateo… —se le quebró la voz cuando él repitió el movimiento, esta vez con más presión, rodeando el clítoris con la punta de la lengua antes de cerrar los labios alrededor y succionar.

Renata se arqueó con un sonido roto. Sus muslos se cerraron alrededor de la cabeza de Mateo, atrapándolo, y él no se resistió. Hundió la lengua más adentro, despacio, explorando cada pliegue como si tuviera todo el tiempo del mundo. Era suyo. Todo eso —los gemidos, la forma en que se retorcía contra la mesa, el calor— era suyo y de nadie más.

Cuando ella estuvo a punto de venirse, Mateo lo notó. Lo notó en el modo en que sus muslos empezaron a temblar, en el modo en que sus dedos se le clavaron en el cuero cabelludo. No se apartó. La sostuvo así, con la lengua apoyada justo donde había que apoyarla, hasta que un grito ahogado contra el antebrazo le dijo a Mateo que había acertado. Renata se sacudió contra su boca y él la bebió, sin asco, sin prisa.

—Mateo… —su nombre fue un susurro tembloroso, casi un rezo, cuando ella se dejó caer contra el borde de la mesa.

Él se levantó despacio, arrastrando el cuerpo contra el de ella para que sintiera lo duro que estaba. Tenía los labios brillantes. Los ojos oscuros.

—Todavía no termino contigo —prometió.

***

Renata aún temblaba contra su pecho cuando los dedos de Mateo empezaron a desabrocharle la blusa, uno a uno, con una paciencia que no parecía suya. Le bajó el sujetador y se inclinó. Atrapó un pezón entre los labios y lo succionó hasta arrancarle un jadeo. Ella le clavó las uñas en los hombros, la otra mano descendiendo en busca del cinturón de él. Necesitaba tocarlo. Necesitaba comprobar que esto pasaba de verdad.

—Espera —susurró Renata, con una sonrisa torcida que él nunca le había visto—. Si te lo hago con la boca primero, vas a aguantar más cuando me lo metas por detrás. ¿No es lo que querías?

A Mateo se le secó la garganta. Asintió con un gruñido.

Renata se arrodilló entre los libros caídos. Le abrió el jean con una urgencia que hizo gemir a Mateo. Cuando lo liberó, se quedó un segundo mirándolo, casi con curiosidad, antes de lamer la gota brillante de la punta. No era experta. No tenía por qué serlo. Pero el entusiasmo con el que lo tomaba en la boca, los dedos masajeándole los testículos, la mirada limpia y decidida que le lanzaba desde abajo, lo arrastraron al borde en menos de un minuto.

Intentó avisarla. Solo dijo su nombre, jadeado, dos veces. Renata no se apartó. Él se vació en su boca con un gruñido que rebotó contra los libros, y ella tragó cada gota como si llevara semanas esperando ese momento. Cuando se separó, se pasó el dorso de la mano por los labios y levantó la vista con una sonrisa pequeña.

—Ahora sí —dijo bajito.

Mateo la levantó del suelo. La apoyó boca abajo sobre la mesa, las piernas colgando del borde, abiertas. Le subió la falda hasta la cintura. Recogió con dos dedos los fluidos que aún brillaban en sus muslos y los llevó al lugar donde sabía que ella esperaba. Renata se mordió el labio. La masajeó despacio, sin prisa, hasta que el cuerpo de ella dejó de oponerse.

—Vas a sentirme dentro otra vez —murmuró—. Y esta vez no me corro tan rápido.

Empezó a entrar. Centímetro a centímetro, igual que la primera vez, con la mandíbula apretada y los ojos cerrados, dándole a Renata el tiempo para acomodarse a él. Cuando estuvo dentro, ella tenía las uñas hundidas en la madera y la frente apoyada contra la superficie.

—Más —pidió Renata. La voz le salió pequeña, pero firme—. Por favor, Mateo, más.

Él obedeció. Empezó a moverse con embestidas largas, profundas, esta vez sin la urgencia torpe de tres días atrás. Cada vez que se retiraba, el aire frío rozaba la piel sensible. Cada vez que volvía a entrar, un calor nuevo subía por la columna de Renata. El segundo orgasmo de la tarde la encontró así, doblada sobre la mesa, mordiendo la propia muñeca para no gritar. El tercero, también.

—Voy a correrme —dijo Mateo, con la voz rota—. Dentro.

Ella asintió. No podía hablar. Sus músculos internos se cerraron sobre él y Mateo se vació con un gruñido largo, una mano en su cadera y la otra apretada sobre la espalda baja, marcándola.

Cuando se derrumbó sobre ella, sudoroso, Mateo le besó la nuca, despacio, una y otra vez.

—Esto —murmuró contra su piel—. Esto fue jodidamente perfecto.

Renata sonrió contra la madera. No le dijo lo que pensaba: que necesitaba contarlo aunque fuera a una página en blanco, que si lo escribía podría dormir esa noche, que iba a guardar este jueves en alguna parte secreta, sin nombres, donde nadie pudiera encontrarlo nunca.

Tres días, había pensado él. Tres días, había pensado ella. Pero ahora, mientras Mateo seguía dentro, palpitando todavía, Renata sabía que no iba a aguantar tanto. Faltaba casi una semana hasta el siguiente jueves. Y ya estaba contando los minutos.

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Comentarios (8)

LoboNorte_77

buenisimo!!! esperaba algo asi y no me decepcionó para nada

PatricioG85

Me quede con ganas de saber como termino todo. Continuacion por favor!

Rodrigo_Cba

Esos tres dias de espera que describis al principio, eso es lo que engancha. Me recordo a algo que vivi y que nunca olvide.

DesvelaoTotal

Muy buena narrativa, se siente genuino. Sin adornos de mas.

SolRomero

Ese inicio con la cuenta regresiva lo dice todo jajaja, tremendo

Manu_Cordoba

La anticipacion que transmitis es increible. Sigue contando cosas asi, saludos!

RosaAmalia47

Me gusto mucho como lo contaste, sin exagerar nada. Se lee de un tiron

GatoNocturno_B

Corto pero muy potente. De los mejores en esta categoria

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