Mi primera vez anal después del gimnasio
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
Lo vi alejarse en el ascensor y pensé que había hecho el ridículo; cuando sonó otra vez el timbre, seguía desnudo y más caliente que antes.
Cuando tocó el timbre y preguntó si estaba solo, supe que no venía a hablar de clases ni de su novio.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Carmen me explicó las reglas: bañarme dos veces al día, obedecer cada campanada y no preguntar nada. Esa noche entendí qué clase de sobrina quería mi tío.
Pensaba que el sótano sería solo para mí: la peluca, el vestido corto, los tacones y la cámara. No conté con que alguien más tuviera llave esa tarde.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Cuando la noté endurecerse contra mi muslo, supe que esa noche iba a cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.
Me arreglé como una diosa para pasar la noche frente a la cámara. Cuando sonó el timbre, no era el repartidor: era él, real y con todo el fin de semana por delante.
El escáner emitió un pitido rojo y, en ese instante, supe que jamás volvería a ser el hombre que había entrado a esa sala por la mañana.