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Relatos Ardientes

La noche en Medellín que lo cambió todo

4.5(6)

Nunca fui la chica a la que los chicos buscaban en clase. Mientras mis compañeras acumulaban primeras veces y aventuras que contaban en voz baja durante el recreo, yo pasaba esas tardes en casa sin que nadie me escribiera ni me invitara a nada. No era que me sintiera fea ni rara: simplemente no generaba ese tipo de atención, y durante mucho tiempo me pregunté qué tenían las demás que yo no tuviera. Llegué a los veintiún años sin haber ido más allá de un beso, que en ese contexto equivalía a llegar tarde a una fiesta que ya llevaba horas en marcha.

Mis amigas más cercanas habían empezado mucho antes. Algunas con novios formales, otras con encuentros que no necesitaban nombre. Yo las escuchaba, preguntaba lo justo para no parecer ajena, y por dentro mezclaba la curiosidad con algo parecido a la impaciencia. No sentía vergüenza de mi situación, solo la sensación de tener algo pendiente, una deuda conmigo misma que tarde o temprano habría que saldar.

Desde que la saldé, debo admitir que no perdí el tiempo. Si durante años llevé retraso, en menos de dos lo cerré con creces. Pero esto no es sobre esa recuperación. Esto es sobre la noche que encendió todo, la noche que cambió cómo me movía frente a los hombres y lo que era capaz de hacer cuando dejaba de pensar demasiado.

***

Era primavera cuando organizamos el viaje. Un grupo de compañeros de la facultad, unos doce en total y la mayoría chicas, decidimos hacer una escapada a Medellín antes de que llegaran los exámenes finales y todo se volviera imposible. Una de las chicas del grupo, Camila, tenía amigos allí desde que vivió en la ciudad dos años antes. Gracias a ella, la última noche conseguimos entrada a uno de los clubes más conocidos del centro.

Habíamos hablado de esa última noche durante toda la semana como si fuera el punto álgido del viaje. Lo turístico, lo cultural, las caminatas: todo estaba bien. Pero la discoteca era el plato fuerte, la excusa real para haber hecho el viaje en esas fechas y no en otras.

El club tenía varias plantas con distintos ambientes: música electrónica arriba, reguetón abajo, y en el piso intermedio un área con reservados a la que nos llevaron directamente los amigos de Camila. Había botellas de champán sobre la mesa, cervezas en hielo, y una vista perfecta hacia la pista principal desde los ventanales. No era de beber mucho, pero entre el champán, la música, el ambiente y la acumulación de toda una semana sin parar, me relajé más de lo que lo hacía en circunstancias normales. El cuerpo se soltó. La cabeza se apagó un poco. Y eso, esa noche en particular, fue exactamente lo que necesitaba que ocurriera.

Los amigos de Camila eran cuatro o cinco, todos de su edad, todos con esa actitud de quien conoce el lugar y quiere que el grupo lo pase bien. No tardé en notar que algunos intentaban algo con algunas de nosotras: era evidente en la forma en que se colocaban, en cómo ofrecían copas, en la dirección de sus miradas. Uno de ellos, alto, pelo corto oscuro, con una forma de mirar que no pretendía ser sutil, empezó a hablar conmigo en algún momento de la segunda hora.

No recuerdo de qué. La música era demasiado alta para conversaciones que tuvieran más de cuatro palabras, y ninguno de los dos parecía tener ganas de esforzarse en esa dirección. Lo que sí recuerdo es que empezamos a bailar sin que ninguno lo propusiera formalmente. Simplemente ocurrió, como ocurren esas cosas cuando el ambiente hace el trabajo.

Poco a poco fui cerrando la distancia entre nosotros. Primero la música lo justificaba: el reservado estaba lleno, el espacio era reducido, había que moverse cerca. Luego dejé de necesitar justificación. Empecé a rozarme contra él con intención, caderas contra caderas, su mano encontrando mi cintura sin que yo la apartara. Cuando me giré para quedar de espaldas contra su pecho y sentí su respiración pegada al cuello, supe exactamente en qué dirección iba la noche. Y no tenía ninguna intención de desviarla.

Su polla ya estaba dura, marcada contra la tela del pantalón, y se apretaba contra mi culo cada vez que yo movía las caderas. Lejos de apartarme, empecé a restregarme sin disimulo, arqueando la espalda para sentirla mejor entre las nalgas. Llevaba meses deseando que algo así ocurriera, años si somos honestos, y el champán más el ambiente más la música habían terminado con cualquier resto de autocontrol que me quedara. Él bajó una mano por mi vientre hasta rozarme entre las piernas por encima del vestido, y yo abrí un poco más la postura para que entendiera que podía seguir.

Me dio la vuelta y me besó. Directo, sin preámbulos, abriendo la boca contra la mía antes de que yo tuviera tiempo de cerrarla. Me apreté contra él y le puse las manos en el pecho mientras su lengua encontraba la mía. No fue un beso tímido ni exploratorio: fue el tipo de beso que ya tiene una dirección definida y no está esperando permiso. Le mordí el labio inferior sin pensarlo, y él respondió agarrándome del culo con las dos manos, apretando la carne por encima del vestido, subiéndome hacia él hasta que sentí de nuevo la verga dura clavándose contra mi pubis.

Cuando nos separamos, me llevó de la mano hacia el fondo del reservado, donde había un sillón algo apartado de los demás y la luz era más baja. Me senté encima de él a horcajadas y volví a besarle mientras la música seguía y las conversaciones a nuestro alrededor seguían y todo lo demás dejaba de existir.

Empecé a frotarme contra su erección con las caderas, moliendo el coño mojado contra el bulto del pantalón. Él tenía las manos en mi cintura, apretando hacia abajo mientras yo subía, ajustando la presión para que el filo de la tela me pasara justo por el clítoris. A través de la ropa podía sentir cada centímetro de él, y cada vez que me rozaba en el ángulo correcto, algo dentro de mí se tensaba un poco más. Me acercó al oído y me susurró, sin adornos:

—Estás empapada, se te nota hasta desde aquí.

No le contesté. Le agarré la mano y la metí por debajo del vestido, subiéndola por el muslo hasta que llegó al tanga. Le dejé sentir lo que ya sabía. Sus dedos apartaron la tela y pasaron dos veces por la raja abierta, resbalando enteros. Perdí la noción del tiempo. Solo existían su boca, sus manos, esos dedos empapados y esa fricción que crecía sin pausa. Cuando propuso buscar un baño, ya tenía la respuesta antes de que terminara la frase.

***

Encontramos un aseo de uso individual en el piso de arriba, con cerrojo. Era un espacio pequeño: el lavabo, el inodoro, una luz demasiado blanca que él atenuó como pudo bajando algo en el extractor. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, me empujó suavemente contra la pared y volvió a besarme, esta vez con la mano ya metida entre mis piernas, dos dedos abriéndome sin la barrera del tanga porque ya lo había hecho a un lado.

Sus manos encontraron los tirantes del vestido y los deslizó por mis hombros hasta que el escote cayó. Se quedó mirándome un momento las tetas al aire, sin apresurarse, antes de bajar la cabeza. Sentí su boca cerrarse sobre un pezón, la lengua moviéndose en círculos pequeños y calientes, luego los dientes con una presión exacta que me hizo cerrar los ojos y apoyar la nuca en la pared. Alternó entre uno y otro, chupando duro, escupiéndole encima y volviendo a lamer el pezón hinchado, sin prisa, mientras yo no sabía qué hacer con las manos ni con la respiración ni con el calor que se acumulaba entre los muslos. Se me escapó el primer gemido de la noche cuando me mordió el pezón derecho y a la vez metió tres dedos hasta el fondo del coño, sacándolos brillantes y volviéndolos a hundir.

Cuando levantó la cabeza y me miró, entendí lo que quería. Y lo quería yo también, quizás más que él en ese momento.

Me arrodillé en el suelo sin que nadie me lo pidiera. Le desabroché el pantalón con más calma de la que sentía por dentro, le bajé el bóxer, y se le salió la polla dura de golpe, rebotando a la altura de mi cara. Me tomé un segundo para mirarla antes de meterla en la boca. Era grande, más gruesa de lo que había tenido antes, con el glande hinchado y una gota transparente asomando en la punta. Saqué la lengua y me la pasé por el labio inferior primero, luego por el frenillo, recogiendo esa gota, y le escuché tragar saliva encima de mí.

Empecé despacio, tomando el ritmo, dejando que la garganta se acostumbrara. Le lamí toda la longitud desde la base hasta la punta, subiendo por la vena gruesa de abajo, y cuando llegué al glande cerré los labios y empecé a chuparlo solo la cabeza, apretando la lengua contra el agujerito. Después bajé más. Primero la mitad, luego más. Le hice acompañamiento con la mano en la base, girándola mientras subía y bajaba con la boca, y con la otra mano le sostuve los cojones, pesados y calientes, apretándolos con cuidado. Sentía cómo se tensaba cada vez que llegaba al límite, cómo su mano se posaba sobre mi cabeza sin presionar todavía. Cuando llevé la nariz hasta su pubis por primera vez y me quedé ahí un segundo aguantando el aire, tragándomela hasta el fondo de la garganta, escuché el sonido que hace alguien cuando deja de controlar lo que siente.

—Joder, así, no pares —jadeó.

Empecé a moverme con ritmo: la cabeza adelante y atrás, la lengua apretada contra el tronco en cada pasada, la mano libre sosteniéndolo por la base y girando en dirección contraria a la boca. Cada dos o tres subidas la sacaba entera de la boca y le daba una lamida larga y sucia por debajo, hasta los huevos, chupándoselos uno a uno mientras le masturbaba la polla llena de saliva. Él respiraba con dificultad, con la boca entreabierta, mirándome desde arriba. En algún momento sus dedos se cerraron en mi pelo y comenzó a marcar el ritmo él: lento al principio, luego más rápido, luego sin pausa real entre una embestida y la siguiente. Me estaba follando la boca, y yo me dejaba, abriendo la garganta y relajando la mandíbula para que llegara más adentro.

Se me llenaron los ojos de lágrimas por el reflejo, se me escapaba la saliva por la barbilla, hilos gruesos que me caían por el pecho y me mojaban las tetas. El maquillaje se me corrió; sentía el rímel bajarme por las mejillas. El sonido de las arcadas contenidas cada vez que llegaba hasta el fondo se mezclaba con la música del piso de abajo. Nada de eso me hizo querer parar. Todo lo contrario: cada vez que notaba que le afectaba, ponía más. Le dejé la polla llena de saliva y babas y volví a tragármela entera, aguantando ahí, con la nariz enterrada en su vello, sintiendo cómo se le contraían los muslos.

Me avisó cuando estaba cerca, con un cambio en la respiración más que con palabras.

—Me corro, me corro en tu boca.

No me aparté. Al revés: le agarré del culo con las dos manos y lo empujé más contra mi cara. Me apretó una última vez contra él y se corrió en mi boca: abundante, caliente, en oleadas seguidas que me golpearon el paladar y el fondo de la garganta. Lo mantuve adentro hasta que terminó, tragando cada chorro según llegaba, sintiendo el sabor espeso y salado bajándome por dentro. Cuando la sacó, un hilo de semen y saliva quedó colgando entre sus cojones y mi labio inferior. Con los dedos recogí lo que se me había escapado por las comisuras y me lo llevé de nuevo a la boca. Le limpié la polla entera con la lengua, dejándola brillante, chupándole hasta la última gota. Él me miraba desde arriba con una expresión que no supe descifrar en ese momento.

Me puse de pie y él no tardó en actuar. Me quitó el vestido por completo, lo dejó doblado sobre el borde del lavabo, y me quedé apoyada en la pared solo con el tanga negro y el frío de los azulejos en la espalda. Me giró la cara y me metió dos dedos en la boca, los que había tenido dentro de mí antes, y me hizo chupármelos limpios.

Deslizó el tanga a un lado con dos dedos y rozó el clítoris con el pulgar. Las piernas me temblaron de inmediato: estaba tan excitada que cualquier contacto llegaba amplificado, sin margen de preparación. Empezó despacio, dibujando círculos apretados sobre el capuchón, estudiando la presión exacta, y yo me mordí el labio para no hacer ruido. Bajó la cabeza sin avisar, se puso en cuclillas delante de mí, me subió una pierna sobre su hombro y hundió la cara entre mis muslos.

La primera lamida me arrancó un gemido que no pude contener. La lengua me recorrió entera, de abajo hacia arriba, abriéndome los labios, y luego se cerró sobre el clítoris con una succión que me hizo doblar las rodillas. Me sujetó del culo con las dos manos para mantenerme abierta contra su boca, y empezó a comerme sin prisa, alternando la lengua plana contra toda la raja con puntas rápidas justo en el punto. Escuchaba mi propia humedad, los sonidos húmedos de su boca contra mi coño, y me llevé una mano al pelo para agarrármelo a él y otra a la boca para amortiguar los gemidos.

Cuando metió dos dedos dentro de mí sin dejar de chuparme el clítoris, me llevé la mano con más fuerza a la boca y le mordí los propios nudillos. Los movía adentro y afuera con un ritmo constante, doblándolos en un punto hacia arriba que hacía que me fallaran las rodillas. Tenía la espalda pegada contra los azulejos fríos, una pierna apoyada en su hombro, la otra temblándome, y los labios apretados contra mi propia mano para amortiguar lo que no podía contener. Sus dedos no se detuvieron. Añadió un tercero, estirándome, y la lengua siguió jugando con el clítoris hasta que ya no aguanté. Alcanzaron ese punto otra vez, y algo cedió. Me corrí de pie, con las piernas temblando, apretando la cabeza de él entre los muslos, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos en oleadas largas que me dejaron sin aire. Cuando se levantó, tenía la barbilla mojada y brillante hasta el cuello. Me la limpió pasándomela por la boca y me besó, y me tragué mi propio sabor.

Fue entonces cuando se oyeron voces al otro lado de la puerta. Un grupo de chicas que entraba al baño. Y entre sus conversaciones, una frase que me tensó de golpe:

—¿Dónde se habrá metido Valentina? Lleva un rato sin aparecer.

Él sonrió. No era una sonrisa amable.

Me llevó un dedo a los labios pidiéndome silencio y con la otra mano me empujó despacio de rodillas otra vez. Se había vuelto a poner medio duro solo con comerme, y en cuestión de segundos, mientras se la agarraba y se la masturbaba delante de mi cara, la tuvo dura del todo. Me la metió en la boca sin más introducción, empujándola hasta el fondo desde la primera embestida. Esta vez fue distinto desde el principio: me sujetó del pelo con las dos manos, se lo enrolló en los puños, y marcó el ritmo sin darme margen para otra cosa.

Me estaba follando la garganta a fondo, empujando con las caderas contra mi cara, mientras las voces al otro lado seguían. Escuchaba a mis amigas hablando de mí a dos metros, preguntándose adónde había ido, y yo estaba de rodillas en un baño de discoteca con una verga desconocida hasta el fondo de la boca. Cada vez que se hundía entero, un pequeño sonido de arcada se me escapaba, y él me tapaba la boca con la propia polla para que no saliera hacia fuera. Lejos de querer que aquello parara, le ponía más ganas en cada pasada. Le agarré los cojones con una mano y se los apreté suave, mientras con la otra me acariciaba el clítoris todavía hinchado del orgasmo anterior. La situación, el riesgo de que alguien llamara a la puerta, la incomodidad del suelo bajo las rodillas, el sonido de su pelvis chocando contra mi barbilla: todo sumaba en lugar de restar.

Una de las chicas del otro lado de la puerta intentó girar el pomo. Estaba echado el cerrojo. Se oyó una risa y un «está ocupado». Yo mientras tanto tenía la polla enterrada en la garganta hasta el pubis, y él se quedó quieto ahí unos segundos, mirándome desde arriba con una sonrisa mientras yo me ahogaba en silencio.

—Aguanta, aguanta un poco más —murmuró, y volvió a moverse.

No tardó mucho. Se agarró de mi pelo con más fuerza, se quedó quieto un segundo, sacó la polla de mi boca y se la empezó a sacudir a dos centímetros de mi cara. Le saqué la lengua, cerré los ojos, y se corrió por segunda vez encima, en la boca abierta, en los labios, un chorro que me cayó en la mejilla y otro que me manchó las tetas. Me lo dejó todo brillando. Recogí el semen con los dedos, me limpié la cara pasándomelo hacia la boca, y me lo tragué mirándolo desde abajo. Le lamí la polla ya blanda con la lengua hasta dejarla limpia. Cuando me soltó, me quedé un momento en el suelo antes de levantarme.

Nos vestimos en silencio. Me lavé la cara en el lavabo, me pasé un dedo por debajo de los ojos para arreglar lo peor del maquillaje, me acomodé las tetas dentro del vestido y me subí los tirantes. Todavía sentía el sabor a él en la boca y el coño palpitando por dentro. Esperamos a que el baño quedara vacío, abrimos el cerrojo, y bajamos por separado con un par de minutos de diferencia. Encontré a mis amigas cerca de la barra y no dije nada de nada. Una me preguntó dónde había estado; le respondí que dando una vuelta por las otras plantas. Él volvió con su grupo. El resto de la noche no cruzamos más de dos palabras.

***

No lo volví a ver después de ese viaje. No me quedé con su nombre completo, no tenía ninguna forma de contactarlo, y nunca lo busqué. Aquella noche en Medellín me aclaró algo que había tardado años en entender: que cuando dejaba de estar pendiente de lo que se suponía que debía hacer o sentir, sabía exactamente lo que quería. Sin dudarlo y sin pedirle permiso a nadie.

Esa misma semana, de vuelta en casa, quedé con dos chicos distintos. Solo para comprobar que no había sido una casualidad.

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Comentarios(10)

Camila95

Increible!!! me encanto de principio a fin

Marcos_BA

Por favor segui escribiendo, quede con muchisimas ganas de saber mas. Saludos desde Buenos Aires

PatriciaM

Esas noches que te marcan... las conozco bien jajaja. Me identifico mucho con lo que contas

Fernando8090

Muy bien narrado, se siente autentico. No es facil contar algo tan personal

Sara

Buenisimo!!!

reinaldo

Medellin tiene algo especial que lo hace todo mas intenso. Excelente historia, espero que no sea la ultima

nocheslocas22

Como pasaste de tan timida a animarte con todo eso en una sola noche? pregunta genuina jaja

leofiuco

Me encanto que lo narres desde lo emocional, eso es lo que hace la diferencia con otros relatos

Diegozon

se hizo cortisimo, quiero mas!!!

CarlosCali

Hay algo en los viajes que te libera de todo. Muy bien escrito, de verdad

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