Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El estudiante de enfrente vino a pedirme café

El piso de enfrente lo alquilaron a estudiantes a finales de septiembre. Antes vivía allí un matrimonio jubilado que se marchó al sur a buscar sol, y aunque nunca fuimos amigos, al menos no hacían ruido. Cuando vi el cartel de la inmobiliaria desaparecer y entrar cajas con pegatinas de universidades, supuse lo peor.

Vivo en un edificio antiguo, de los que tienen dos puertas por rellano y suelos que crujen aunque uno camine en calcetines. Con cuarenta y dos años cumplidos y un divorcio a mis espaldas, había aprendido a apreciar el silencio. No es que sea un ermitaño. Simplemente me cansé de negociar con alguien si me apetecía cenar pasta a las once o ver una película hasta las tres.

Llevaba más de un mes sin follar y empezaba a notarlo. La polla se me ponía dura sola, por las mañanas, y me despertaba con la mano ya metida entre las piernas sin haberlo decidido. He sido bisexual desde siempre, aunque los últimos años casi todas mis aventuras habían sido con mujeres. Cosas de la inercia, supongo. La última vez que me había tragado una polla fue tan atrás que casi me costaba recordar el sabor.

Para mi sorpresa, los nuevos vecinos resultaron ser una bendición. Tres chicos universitarios, ordenados, casi tímidos. De lunes a viernes estudiaban a puerta cerrada. Los viernes desaparecían: unos volvían al pueblo, otros se iban a casa de la novia. Y los sábados que regresaban tarde lo hacían en silencio, como si supieran que el tabique era de papel.

Yo intentaba ser amable cuando coincidíamos en el ascensor. Sonrisa, buenos días, alguna broma sobre el ruido del calentador. Pero mientras sonreía, los miraba. Eran jóvenes, delgados, con esa piel todavía sin estropear por las horas de oficina, y les buscaba el bulto del pantalón sin poder evitarlo. Durante el invierno apenas pude disfrutar de ellos: bufandas, chaquetones, capuchas. Con la primavera empezaron a aligerarse y la cosa cambió.

Para no volverme loco, me apunté al gimnasio de la esquina. Tres tardes por semana, una hora exacta, sin excusa. La energía que me sobraba la quemaba en la cinta y en las mancuernas, y como premio secundario también yo podía pasearme en camiseta sin que se notara la barriga. El truco funcionaba a medias: en las duchas del vestuario aprendí que mirar de reojo es un arte, y más de una noche llegué a casa a hacerme una paja pensando en las pollas colgando bajo el chorro de agua.

Un sábado de mayo, uno de esos días en los que abres la ventana a las nueve y ya hace calor de domingo de agosto, alguien llamó a mi puerta. Yo estaba en bóxer, uno de esos negros de licra que no dejan mucha imaginación, descalzo, con el café a medio preparar. Pensé en ponerme un pantalón, pero después pensé que quien fuera a llamar a esa hora se aguantaría.

Era uno de los vecinos de enfrente. Iván. Lo sabía porque su nombre estaba escrito con rotulador en el buzón. Si yo iba ligero, él iba al borde de la desnudez. Llevaba un pantalón de deporte que no podía considerarse pantalón y una camiseta de tirantes que era prácticamente dos cuerdas sujetando una tela mínima. Castaño claro, casi rubio, alto, con los ojos verde grisáceo y una boca a la que ya había mirado más de lo prudente otras veces.

—Buenas. Perdona la hora —dijo apoyándose en el marco—. Se me ha terminado el café y tengo un examen el lunes. ¿Te queda algo? Luego bajo y te lo repongo.

—Pasa, hombre. Justo lo estaba haciendo. Te invito a uno y te llevas el sobrante.

Le abrí la puerta y le hice un gesto hacia la cocina. Por el rabillo del ojo vi cómo me miraba. No de pasada. Me miraba de verdad, sin esconderlo, deslizando los ojos por la espalda, por la cintura del bóxer, por el bulto de la polla que se me marcaba en la licra, por las pantorrillas. Yo hice exactamente lo mismo cuando él pasó delante y le vi el culo respingón que le hacía aquel pantalón inútil.

—¿Solo, con leche, cortado?

—Con leche y dos de azúcar. Mal de salud, lo sé.

—A mí me da igual. Yo tengo bizcocho casero. No creas que estoy mejor.

Le serví la taza, corté dos trozos de bizcocho y nos sentamos a la mesa pequeña que tengo junto a la ventana. La luz le entraba de costado, y vi que la piel del cuello le brillaba un poco de sudor. Pensé que llevaría un rato fuera, o que había venido directamente de la cama sin ducharse, y la idea de meterle la nariz en el sobaco me distrajo más de lo conveniente.

—Estás muy cómodo en tu casa —dijo, masticando.

—Es la ventaja de vivir solo. Si te incomoda, me pongo algo. O te quitas la camiseta y nos igualamos. Como prefieras.

Sonrió. No respondió con palabras. Se quitó la camiseta de tirantes y la dejó colgada del respaldo, como si fuera lo más natural del mundo. El torso lo tenía liso, marcado sin exagerar, con dos lunares pequeños debajo de la clavícula izquierda y una línea de vello rubio que bajaba del ombligo y se perdía bajo la cintura del pantalón. Se me secó la boca y se me puso la polla dura de golpe, tirando de la licra.

—Joder. Estás mejor sin nada.

—Tú tampoco te quedas atrás. Y ese bóxer marca lo que no está escrito. Se te ve todo, tío.

—Si quieres que nos igualemos del todo, también me lo quito.

—Por mí, adelante.

Me levanté lentamente y bajé la cintura del bóxer, dejando ver primero el pubis y después la polla, ya medio erecta, que rebotó al soltarse de la tela. Iván se quedó mirándomela sin disimulo, con la boca ligeramente abierta. Terminé de sacar la prenda por los pies y la aparté con el pie. Él hizo lo mismo con el pantalón: se incorporó un poco en la silla, se lo bajó hasta los tobillos y su polla saltó por delante, ya tiesa, gruesa, con el glande brillante asomando por debajo del capullo. No llevaba nada debajo. Las dos prendas terminaron juntas, en el suelo, junto a la camiseta.

—¿Seguimos desayunando?

—Tengo hambre, sí.

Era un hambre que no tenía nada que ver con el bizcocho y ambos lo sabíamos. Volvimos a sentarnos, esta vez en silencio, mirándonos a los ojos sin disimular, con las pollas apuntando al techo bajo el borde de la mesa. Cada uno con un trozo en la mano, masticando despacio, como si el ritual sirviera para alargar la tensión. Su mano libre la había dejado caer sobre el muslo, abierta, muy cerca de la verga. La mía hizo el mismo viaje.

Cuando me incliné un par de centímetros para alcanzar el azucarero, mis dedos rozaron su rodilla. No la retiró. Subí la palma por la cara interior del muslo, despacio, mirándolo, hasta que le rocé los huevos con el dorso de los dedos. Él soltó un jadeo cortito. Le rodeé la polla con la mano y se la apreté por la base: gorda, caliente, palpitándome contra la palma. Él dejó el trozo de bizcocho en el plato y se acercó a mi boca.

El primer beso fue tranquilo. Me mordió el labio inferior antes de abrirme la boca con la lengua. Sabía a azúcar y a café. Su mano libre me buscó el pecho y, con dos dedos, me apretó el pezón derecho. Solté el aire de golpe. Tengo los pezones absurdamente sensibles, una de esas cosas que las amantes tardan en descubrir.

Lo notó al instante. Bajó la cabeza y me los lamió, primero uno, después el otro, con esa concentración de quien está aprendiendo el manual de instrucciones. Los mordisqueó, chupó fuerte, tiró con los dientes hasta arrancarme un gemido tonto. Yo ya le hacía la paja despacio, marcándole el ritmo, sintiéndole gotear el pre-semen en mi puño. Con la otra mano le pellizqué los testículos, tirando de la piel del escroto con dos dedos. Estaba claro que dedicaba tiempo a su cuerpo.

—Vamos a la cama. Aquí me voy a romper la espalda.

Me levanté de la silla y, durante el segundo en que le di la espalda para caminar al dormitorio, sentí cómo me mordía una nalga y me metía la lengua entre las corvas. Se había agachado lo justo para llegar.

—Tienes ganas.

—Como tú, no me chillarás. Llevas un rato apuntando al techo. ¿Cuánto sin follar?

—Demasiado. ¿Y tú? Vives con dos.

—Con dos que son majos, sí. Y con los que a veces me hago una paja en la ducha si me toca entrar detrás y aún está caliente. Pero hoy quería otra polla. No sé. Algo de fuera del piso.

Me empujó contra la pared del pasillo. El gotelé estaba frío. Su verga se apoyó entre mis nalgas, encajándose en la raja como si buscara el hueco, y me rodeó la cintura con un brazo. Con la otra mano me agarró la polla y empezó a movérmela lentamente, con esa firmeza que se aprende con las manos propias. Me pasó el pulgar por el glande, esparciendo el líquido pre-seminal, y me arrancó un gruñido contra el gotelé.

—¿Y el café?

—Mejor la leche. La que tengas guardada por aquí dentro.

Se agachó allí mismo, en el pasillo, y me la metió en la boca de una sola vez, tragándomela hasta el fondo sin toser. Notaba su lengua rodearme el capullo, chuparme por debajo, subir y bajar mientras con la mano me apretaba los huevos y con la otra me abría las nalgas. Me sacaba la polla con un chasquido, me escupía encima y volvía a metérsela hasta la garganta. Yo apoyé las manos en la pared y bajé la vista para verlo: aquella boca perfecta llena de mi verga, los ojos verdes mirándome hacia arriba, las mejillas hundidas cada vez que apretaba. Estuve a punto de correrme allí mismo.

—Para, para, que me voy —le dije, tirándole del pelo hacia atrás.

Se levantó lamiéndose los labios, con la barbilla brillante de saliva. Le agarré de la nuca y le devolví el beso metiéndole la lengua hasta encontrar el sabor de mi propia polla en su boca. Llegamos al dormitorio entre risas y besos, tropezando con la alfombra, mordiéndonos el cuello. Lo empujé contra el colchón y me dejé caer encima. Nos abrazamos rodando, cambiando posiciones, mordiéndonos los hombros, restregando las pollas una contra otra hasta dejarlas resbaladizas. Por un instante me sentí veinte años más joven.

Después de un rato largo de besos y caricias, Iván volvió a bajar la cabeza y me tragó la polla otra vez, pero esta vez despacio, con una lengua que sabía exactamente cuándo apretar y cuándo soltar. La sacaba entera, me la escupía encima, y me lamía desde los huevos hasta la punta como si fuera un helado. Yo me coloqué a la inversa para no quedarme quieto, y terminamos en un sesenta y nueve clásico, ambos con la cabeza entre los muslos del otro y las manos en las nalgas del de arriba.

Su polla me llenaba la boca entera. Gruesa, con una vena marcada que me raspaba la lengua, un olor a piel joven y sudor que me volvía loco. Le clavé un dedo en el culo mientras se la mamaba, buscándole la próstata, y él respondió empujando las caderas para follarme la boca a un ritmo lento. A mí me metió dos dedos ensalivados y me los abrió por dentro con paciencia, moviéndolos en tijera, mientras me chupaba los testículos uno a uno.

Tardamos en llegar. Cuando él se corrió, me llenó la boca de un chorro caliente y espeso que me golpeó el paladar. Lo aguanté sin tragar y, con una idea tonta pero efectiva, me incorporé para devolvérselo en un beso. Iván se rió contra mis labios y se tragó la mitad de su propia leche. La otra mitad la repartimos entre lengüetazos y besos sucios, chupándonos la barbilla el uno al otro.

—Eres un guarro.

—Mira quién habla.

Mientras nos comíamos uno al otro, los dedos no habían parado. Él tenía ya dos dentro de mí, abriéndome con paciencia, entrando y saliendo con un ruidito húmedo, y yo había hecho lo mismo con él, arriba tres, hasta notarle el músculo ceder. Los dos teníamos la polla de vuelta, dura como al principio, y la respiración entrecortada.

—Fóllame.

No le iba a llevar la contraria. Lo coloqué al borde del colchón, con las piernas levantadas y apoyadas en mi pecho. Cogí el lubricante del cajón, me eché un buen chorro en la polla y le eché otro en el culo, extendiéndoselo con dos dedos hasta metérselos hasta el nudillo. Sujeté su muslo con una mano y le apoyé la punta en la entrada. Empujé despacio, mirándolo a los ojos, y sentí cómo el anillo cedía y me lo tragaba centímetro a centímetro hasta hundirle la verga entera. Le gustaba mirar. A mí también.

—Joder, qué apretado estás.

—Muévete despacio. Déjame acostumbrarme.

Tenía los pies a la altura de mi cara y aproveché para besarle el empeine, chuparle los dedos uno a uno, meterle el gordo en la boca. Iván cerró los ojos un instante, abrió la boca y soltó un gemido que me hubiera gustado grabar. Empecé a moverme con un ritmo firme, no demasiado rápido, sacándomela casi entera para volver a hundírsela de golpe. Quería que durase.

—Sigue así. Tal cual. Métemela hasta el fondo.

Le obedecí. Sus manos me apretaban los muslos, después la cintura, después el cuello, y me clavaba las uñas. Su polla golpeaba contra su propio vientre a cada envite, chorreando pre-semen sobre el ombligo. Le agarré por la base y se la moví al mismo ritmo con que le follaba, apretando fuerte, haciéndole gruñir. Le cambié la postura, le puse a cuatro patas, y le entré por detrás agarrándole de las caderas. Ver mi polla entrar y salir de aquel culo joven, ver cómo desaparecía entera y volvía a salir brillante, me estaba llevando al límite.

—Voy a acabar —dije, apretando los dientes.

Aguanté lo que pude. Cuando ya no podía más, salí, me limpié con el antebrazo y me dejé caer a su lado para recuperar el aliento.

—Te quedaste a medias.

—A propósito. Quiero darle la vuelta.

Se rió. Me empujó hasta colocarme encima de él, a horcajadas, con las rodillas hundidas a los lados de sus caderas. Cogió mi polla con una mano y, con la otra, se guió la suya hacia mi entrada. Bajé despacio, apoyando las palmas en su pecho, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, cómo aquella verga gruesa se me hacía sitio por dentro. Cuando el culo me chocó contra sus huevos, me quedé quieto un segundo, aguantando la respiración. Sus pezones también eran sensibles. Lo descubrí pellizcándoselos suavemente y viéndole arquearse contra el colchón.

—Suave. Despacio. Estoy en el límite.

—Lo sé.

Me moví arriba y abajo a un ritmo lento, apretándole con el culo cada vez que subía, sintiendo cómo la polla me tocaba por dentro justo en el sitio bueno. Le miraba cómo apretaba la mandíbula, cómo le subía y bajaba el pecho, cómo se mordía el labio a cada bajada. Le cogí las manos y las puse en mis caderas para que me marcara el ritmo, y él empezó a empujarme hacia arriba y a hundirme hacia abajo con más fuerza. La cama crujió. Se oía el chapoteo de nuestra piel al chocar, mis huevos rebotándole en el vientre.

—Me voy, joder, me voy.

Acabó dentro de mí con un quejido contenido, agarrándome las caderas tan fuerte que me dejó las marcas de los dedos. Le sentí latir dentro, llenarme, un chorro caliente detrás de otro. Yo me toqué la polla dos veces y terminé poco después, disparándole sobre el vientre y el pecho, chorros gordos que le llegaron hasta la clavícula, mientras él me ayudaba con la mano ordeñándome hasta la última gota.

Nos quedamos un rato así, él debajo, yo encima, sin movernos, los corazones bajando juntos, sintiéndole ablandarse dentro de mí. Su leche me resbalaba muslo abajo cuando me incorporé. Pasé un dedo por el charco que le había dejado en el vientre y me lo llevé a la boca. Después rodamos hacia un lado y nos miramos como dos idiotas.

—Joder, Iván.

—Joder, sí.

—Esto no me lo esperaba al levantarme.

—Yo tampoco. He bajado de verdad a pedir café.

Nos reímos. La risa me dolió en el estómago, esa risa que sale después de algo bueno y que es casi mejor que el orgasmo.

—¿Te quedas a comer?

—Mejor no. Si me quedo, no salgo en todo el fin de semana y tengo el examen.

—Otro día, entonces.

—Otro día, sí.

Se vistió en la cocina, sin pasar por la ducha, con mi semen todavía secándosele en el pecho bajo la camiseta. Recogió el paquete de café del estante y me dio un último beso en la puerta, un beso largo, con lengua, con la mano metida por la cintura del bóxer que me había vuelto a poner apretándome una nalga. Cruzó el rellano descalzo, con la camiseta de tirantes colgada del hombro y el pantalón subido a la cintura. Antes de cerrar su puerta, se volvió y me miró.

—Cuando quieras repetir, sólo tienes que cruzar el pasillo.

—Y si invitas a alguno de tus compañeros, mejor. Que sean dos pollas la próxima vez.

—Tomo nota.

Cerré mi puerta, me apoyé contra ella y sonreí. El café se había enfriado en la cocina. Pensé en hacerme otro y, mientras la cafetera silbaba, miré la silla en la que él había estado sentado, las migas de bizcocho en el plato. La cocina olía todavía a su colonia y a sexo. Aún notaba el escozor agradable en el culo y su leche escurriéndoseme por dentro cuando cambiaba de postura.

Esa noche dormí mejor que en muchos meses. Y al día siguiente, cuando salí a tirar la basura, su puerta estaba cerrada y dentro se oía el rumor de un teclado escribiendo rápido. Sonreí.

Algunas vecindades son una bendición disfrazada de incomodidad.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

NataliaCba

amei demais!! esse tipo de conto me pega do jeito certo, simples e gostoso de ler

Lucas_Nocturno

O começo ja me fisgou. Muito bem escrito, parece real sem ser forçado. Parabens!

Thiago_BR

kkkkk o detalhe do boxer me matou. muito bom

Valentina_1994

Por favor faz uma segunda parte!! Quero saber como continuou (se é que terminou rs)

TranquiloLector

Um dos melhores relatos que li aqui ultimamente. Nao tem exagero, nao tem nada forçado, parece que realmente aconteceu. Continua postando!

SolteroVIP

me lembrou de uma situacao parecida que tive com um vizinho de apartamento... e nao terminamos tao gentilmente kkk. boa memoria essa

LectoraNocturna33

li de madrugada e nao consegui dormir depois. otimo conto

CarinaRJ

Esse eh o tipo de historia que a gente le duas vezes 😅 muito bom mesmo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.