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Relatos Ardientes

Lo que descubrí sobre mi mejor amigo en el camping

Éramos siete los amigos que íbamos a viajar para Semana Santa, pero a último momento uno quedó afuera por una pelea estúpida con dos del grupo. La votación informal, lo que en broma llamábamos «la gobernación», no le dio los avales necesarios y se quedó en su casa rumiando bronca. Total, mejor seis que mal acompañados.

Tres carpas, dos cañas de pescar prestadas, un cajón de cerveza, papas fritas, maníes y todo lo que vagamente se podía llamar «sano» para acompañar los asados que armaríamos durante diez días en el camping municipal, lejos de las mujeres, los jefes y la rutina.

Plantamos las carpas cerca de las duchas, no por comodidad sino por las emergencias nocturnas que ya conocíamos de años anteriores. El lugar no era el mejor pero estaba semivacío y tenía un parrillero amplio con mesa de mampostería. Esta vez todos habíamos comprado un colchón inflable individual; el piso húmedo de las temporadas pasadas nos había enseñado la lección por las malas.

Mauricio era el dueño de la carpa más grande y, como no podía ser de otra manera, me tocó con él. Razones había de sobra: éramos socios en la misma oficina de contaduría desde hacía cinco años y nos conocíamos desde la primaria, allá en el barrio donde crecimos pateando pelotas de trapo. Mauri, le decían todos. Yo a veces le decía Mauri y a veces «el viejo», aunque me llevaba apenas tres meses.

La primera noche cenamos chorizos a las brasas con pan crocante y un par de cervezas de más. Cerca de las once y media, Mauricio dijo que estaba molido del viaje y se fue a las duchas. Los demás nos quedamos hasta la una contando historias viejas, gastando bromas pesadas, riéndonos como pendejos.

Cuando finalmente me levanté, fui al baño, me lavé los dientes y caminé hasta la carpa entre los pinos. Habíamos dejado un balde con agua adentro para no salir al frío cada vez que alguno necesitara mear; era otoño y el viento del sur tenía dientes esa noche.

Me desnudé como hago siempre, en cualquier lado. Pero en lugar de meterme en mi colchón, levanté la manta de Mauricio y me acomodé pegado a su espalda. Estaba calentito, con olor a jabón blanco y a algo limpio que claramente había preparado antes de meterse en la bolsa.

Le calcé la verga entre las nalgas y dejé la mano derecha apoyada en su cadera. Estaba seguro de que se había despertado, aunque hiciera el truco de la respiración pareja. Le hablé al oído en un susurro mínimo, porque cualquiera que haya dormido en carpa sabe que las paredes de tela amplifican todo lo que uno dice.

—Hola. Ya tenés que estar despierto, así que escuchame —murmuré.

Silencio.

—No te enojes, pero te vi con el Rusito en la oficina vacía del tercer piso hace tres viernes. Subí por la escalera porque el ascensor estaba en revisión. La puerta no estaba bien cerrada.

Silencio.

—El Rusito te tenía contra el escritorio del fondo y vos lo disfrutabas como nunca te había visto disfrutar de nada. Quedate tranquilo, no vine a sermonearte. Acá hace frío y entre dos siempre es más fácil entrar en calor.

Otro silencio, pero distinto. Más espeso. Está pensando, está decidiendo, pensé. Cinco minutos pasaron antes de que mi verga, dura contra mi abdomen, sintiera el primer movimiento. Mauricio no había dicho nada, pero las caderas se le movían apenas, en ondulaciones tan suaves que cualquiera habría jurado que dormía. Las nalgas me apretaban la verga como si la abrazaran.

Empecé a besarle el cuello, despacio, mientras la mano que tenía en su cadera bajó hasta el frente. Me sorprendí: la tenía tan dura como yo, y la punta ya goteaba.

—Mirá cómo estás, viejo. Tenés hambre atrasada —susurré.

Le tomé la verga con los cinco dedos sobre el glande, dejando que la piel hiciera de colchón, y empecé un movimiento corto, de la cabeza hacia abajo y de vuelta. Mauricio acompañaba con un balanceo casi imperceptible.

—¿Te gusta? —pregunté, sabiendo perfectamente la respuesta.

Silencio.

—Si no te gusta dejo y seguís durmiendo. Pero si seguís sin contestarme, paro y te quedás con las ganas.

—Si no me soltás te lleno la mano en dos minutos —dijo por fin, casi sin voz.

—Andá. No vas a terminar nada y menos me vas a mojar.

No terminé la frase cuando movió las caderas sin ningún disimulo y sentí el primer chorro caliente estrellarse contra la palma. Después un segundo, un tercero, no sé cuántos más. La mano se me llenó de leche espesa y tibia, y le bajé la piel hasta abajo del todo, pajeándole el tronco entero, llegando hasta los huevos. Le quedé toda la mano lubricada con su propia leche. Se contuvo para no gemir, intentando respirar por la nariz, sabiendo igual que yo que cualquier ruido se filtraría entre las carpas.

Cuando se calmó, seguí con un sube y baja más lento, sin soltarle el paquete. Tenía mi verga clavada entre sus nalgas y la sangre me golpeaba en las sienes.

—Estás al palo —me dijo.

—Sí. Tu colita me la dejó así.

—¿Querés metérmela y echarme una leche?

—Quiero, pero esperemos un poco. Primero chupámela un ratito.

—Dale. Pero no te muevas, que la luz de afuera nos hace sombra en la lona.

Se dio vuelta despacio, sin levantar la manta, y bajó hasta quedar a la altura de mi cintura. Me la agarró con la mano y se la metió en la boca de un solo movimiento. Era una mamada de las que se hacen con técnica, no con apuro. Mauricio sabía exactamente lo que hacía. Lengua, succión, una mano apretando los huevos al ritmo justo.

—Aflojá, que me acabo —le avisé dos veces.

Me ignoró las dos. Cuando le solté el primer chorro en la garganta, no se movió ni un milímetro. Se la tragó toda, hasta la última gota, y siguió chupando hasta que la lengua me limpió la cabeza y la mano me sacó cualquier resto que hubiera quedado adentro. Después subió a quedar paralelo a mí, y nuestras manos siguieron jugando con la verga del otro como si nada.

—¿Cuántos tipos te están cogiendo? —pregunté.

—Solo el Rusito. Y nos cogemos los dos, no creas. A él también le gusta que se la metan. Cuando hacemos un 69 me toma toda la leche y goza como loco. Empezamos sin querer.

—¿Cómo fue?

—La mujer le había cortado los víveres no me acuerdo por qué pelea, llevaba un mes sin nada. Conversando lo convencí de que se la chupaba sin pedirle nada a cambio. Pero ya ves: creo que ahora le gusta más a él que a mí. Juramos no contarlo, no salir con nadie, ni minas ni tipos. Por las pestes, ¿viste? Hay que cuidarse.

Seguimos hablando bajito unos minutos. Las manos no paraban. La paja lenta y los huevos cargados me la pusieron dura otra vez. A él también; nunca se le había aflojado del todo.

—Qué linda tenés la pija —me dijo mientras la sobaba con fuerza.

—La tuya no está mal.

—¿Me vas a llenar la cola de leche?

—¿Querés? ¿En serio?

—Sí —siseó—. Quiero que la entierres hasta los huevos y dejes la leche bien adentro, al fondo.

Se dio vuelta y me dio la espalda. Le calcé la verga entre las nalgas otra vez para jugar un poco más. Mi mano izquierda pasó por debajo de su cabeza hasta su pecho, y la derecha volvió a la verga. Estábamos pegados como cucharas. Yo me pajeaba entre sus nalgas y sentía el agujero de su culo palpitarme contra el tronco.

Era más flaco que yo, así que lo tenía prisionero entre los brazos. Le amasé las tetillas, le sobé la pija. Estaba completamente entregado, esperando el momento. Yo también, pero faltaba un detalle.

—No sigas, que me acabo —me dijo entre suspiros.

Saqué la mano y me acordé que tenía que cerrar la puerta de la carpa por dentro. Si alguno de los muchachos venía al amanecer a despertarnos para tomar mate y nos encontraba en cualquier postura, era para morirse de vergüenza. Me levanté rápido, cerré el cierre y aseguré el seguro contra el piso.

Volví a mi posición, detrás de él. Me pegó tres chupadas en la cabeza para humedecerla y me dio la espalda otra vez. Su verga seguía dura, lo notaba por cómo la apretaba contra el colchón.

Me escupí la mano, le puse saliva en el agujero, sobé un poco. Acerqué la punta. Empujé. Empujé otra vez. No entraba.

La carpa era tipo iglú para dos personas, chiquita, así que mi bolso estaba al alcance. En los bolsillos exteriores tenía las cosas de afeitar, incluyendo un pomo de crema para piel seca que usaba en los codos. Estiré la mano, lo saqué, me puse una buena cantidad en la verga y un poco más en su ano, con dos dedos que entraron sin problema.

Volví a la posición. Mauricio me agarró la pija y se la calzó él mismo. Empujó hacia atrás, empujé hacia adelante, y la cabeza entró suavemente con un siseo largo que se le escapó entre los dientes. Nos quedamos quietos unos segundos para que el cuerpo se acostumbrara. Después le tomé las caderas y volví a empujar. Media verga adentro de un solo envión.

Un par de movimientos cortos, lentos, y la tenía toda dentro. El placer era una bomba a punto de estallar.

—Qué pija rica que tenés —me dijo, mientras su culo iba y venía solo, sin que yo lo ayudara.

—Y vos un culo para cogerte toda la noche —le respondí, tomándolo de la cintura para marcarle el ritmo. Lento pero sin pausa.

Tuve que parar dos veces porque estaba a punto de acabarme. Mauricio aprovechaba mis pausas para hablarme al oído, agitado, en susurros que me ponían peor.

—Desde el primer día que te la chupé quería que me desvirgaras vos. No me animaba a pedirlo, pensaba que te ibas a enojar, a pesar de que hacíamos 69.

—El 69 es una cosa, esto es otra —le dije entre embestidas—. Y si no te hubiera visto con el Rusito esto no estaría pasando. No te confundas.

—Lo que vos quieras. Igual yo sé que vos me la chupás para complacerme, no porque te guste como me gusta a mí. A mí me gusta sentirla palpitar, la suavidad de la cabeza, las venas que se hinchan, los huevos que se ponen duros y se te pegan al tronco. Ver salir la leche fresca. Eso me vuelve loco.

La descripción me hirvió la cabeza. Le pedí que se quedara quieto un segundo. Intenté distraerme contando las costillas que se le marcaban en la espalda. Volví al mete y saca.

—Montame —me pidió en un susurro desesperado—. Montame.

—No podemos. Cualquier luz nos hace sombra en la lona. Nos quedamos así.

Se dobló un poco más para que su culo quedara más expuesto y se empezó a pajear como loco. Los apretones que me daba con el agujero me estaban matando. Intenté hacérsela yo, pero la posición no me dejaba; le solté la verga y dejé que él siguiera.

—No aguanto más —dijo casi sin aire—. Me tenés loco. Voy a acabar otra vez. Dame la leche, dame la leche.

—Ahí va —le susurré al oído, ya sin poder contenerme.

Empujé hasta que mis huevos chocaron contra su entrada y le solté todo. Acabamos los dos al mismo tiempo, él como un caballo y yo igual. Los apretones del culo eran mortales. Estoy seguro de que me secó al menos un huevo. Quizá los dos.

La verga se me fue achicando despacio adentro y salió chorreando. Nos quedamos pegados, sin decir nada, sin lavarnos. Recién en el desayuno del día siguiente me iba a enterar de que él se había hecho una lavativa antes de meterse en la bolsa, previendo todo el asunto. Siempre fue más cabeza que yo.

No me cambié a mi colchón. El amanecer nos encontró exactamente como habíamos quedado, salvo por la manta que se había corrido hasta la cintura.

Las seis y veinticinco, más o menos, cuando sentí que una boca cálida me chupaba la verga y una mano me sobaba los huevos justo como me gusta. Abrí los ojos. Ahí estaba Mauricio, con su pija dura a la altura de mi cara, esperando una boca solidaria.

Pensé en hacerme el dormido un rato más, pero era probable que cualquiera de los muchachos viniera a despertarnos para encender el fuego o pedir mate. Me prendí a chupar con ganas para terminar rápido. Fue un 69 corto pero brutal, con una lechada de novela. Mauricio se tragó cada gota y me limpió hasta los pelos. Si lo dejaba seguir, todavía estaríamos en la carpa.

Nos lavamos un poco en el balde, agarramos las toallas y caminamos hasta las duchas. Vencimos la tentación de un tercer round con algo de esfuerzo esa mañana. Los días siguientes ya no.

Las ojeras nos llegaban a las rodillas. «Anoche no dormimos bien», les dijimos a los demás cuando preguntaron. Y era cierto. No mentíamos. Solo que tampoco contamos por qué.

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