Confieso lo que pasó cuando perdí al póker esa noche
Tengo cuarenta y dos años y nunca le había contado esto a nadie. Pero hay confesiones que pesan tanto que terminan saliendo solas, aunque sea en una pantalla anónima. Mi nombre es Joaquín, y todo empezó hace algo más de un año, cuando un grupo de amigos del colegio volvimos a juntarnos los jueves a jugar al póker.
Hacía mucho que no nos veíamos. El trabajo, los chicos, los matrimonios y las cuotas del banco nos habían distanciado sin que ninguno se diera cuenta. Hasta que Esteban se separó de su mujer y se mudó a un departamento de soltero en pleno centro. Nos llamó a todos, abrió una botella de whisky y nos propuso lo obvio: jueves a la tarde, fichas y cartas, y a partir de las once cada uno a su casa.
Ese ritual nos duró diez meses. Hasta que una noche, mientras repartía las cartas, Esteban anunció que se iba del país por un año. Una oferta laboral en el extranjero que no podía rechazar. Nos dejaba las llaves del departamento y la única condición era que lo dejáramos limpio cada jueves.
—El que pierde, limpia —dijo Diego, mi mejor amigo de la mesa, y todos chocamos los vasos para sellar el trato.
Esa noche perdí en cinco manos seguidas. Para cuando terminamos la partida ya había hecho de barman, de cocinero y, en cuanto los demás se fueron yendo, también me tocaba lavar los vasos y los platos sucios. Diego, que se había llevado el pozo más grande, se ofreció a quedarse a ayudarme con la condición de que después lo llevara hasta su casa. Acepté sin pensarlo demasiado.
Estaba alegre por la suerte que había tenido y un poco pasado de whisky. Terminamos de ordenar más rápido de lo que pensábamos y nos dejamos caer en el sillón grande del living con un último trago en la mano. Esteban tenía una colección enorme de películas: estantes y estantes de DVDs ordenados por género, y entre todos los géneros, una pila bastante grande de pornografía que no estaba muy bien escondida.
Por curiosidad, casi por broma, agarré una al azar y la puse en el reproductor. Diego se rió, sacó del bolsillo un par de cigarrillos de marihuana ya armados y los encendimos. A los pocos minutos estábamos tirados en el sillón, riéndonos de la trama imposible y comentando como dos adolescentes lo que ocurría en la pantalla.
La escena cambió de tono de a poco. La pareja protagonista, que llevaba un rato sin mucha gracia, recibió la visita de un tercero. Lo que empezó como una mamada entre la mujer y su novio se transformó en una doble felación a cuatro manos, dos bocas y un mismo hombre en el medio. La cámara se acercaba demasiado. Diego dejó de reírse.
—Yo nunca estuve en algo así —dije, más para llenar el silencio que por otra cosa—. Y no me imagino haciéndolo.
—Yo tampoco —contestó él, sin mirarme—. Pero no te digo que cierre la puerta.
***
Lo que siguió en la película fue más fuerte. La pareja se puso a tener sexo en el medio de la cama, y el invitado se acomodó por detrás del hombre, lo dilató con calma y empezó a penetrarlo al ritmo de los gemidos de ella. Me reí un poco, incómodo, pero al girar la cabeza encontré a Diego completamente quieto, los ojos clavados en la pantalla y la respiración apurada.
Yo también estaba duro. Dejé el vaso en el piso y traté de acomodarme la ropa con disimulo, pero él vio el movimiento. Antes de que pudiera decir nada, su mano cayó sobre la mía, primero, y después directamente sobre mi entrepierna. Nos miramos. No hubo discusión, ni pregunta, ni broma para arreglar la situación. Hubo un beso.
Su boca tenía gusto a whisky y a humo. Me besó con una suavidad rara, como si tuviera miedo de espantarme, y después con más fuerza. La lengua entró tímida y se quedó. Su mano no abandonó mi pantalón en ningún momento; lo desabotonó con paciencia y, cuando me sacó el miembro afuera, lo tomó como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Empecé a gemir bajito. Toda la situación me prendía fuego. Diego me sacó la remera con un solo movimiento y se fue bajando, besándome el cuello, los hombros, el pecho. Cuando llegó a mi vientre se detuvo un segundo en el ombligo —cosquillas— y después siguió hasta meterse mi miembro entero en la boca.
Esto no me está pasando a mí, pensé. Pero me estaba pasando. Yo estaba desnudo sobre el sillón de Esteban y un amigo de toda la vida, todavía vestido, arrodillado entre mis piernas, me hacía la mejor felación que había recibido en años. En la televisión, los dos hombres se habían acomodado en un sesenta y nueve. Miré a Diego, levanté su cara hacia la mía y, casi sin pensarlo, le dije que se parara.
Lo besé. Sentí mi propio sabor en su boca y, en lugar de incomodarme, me encendió más. Empecé a desnudarlo despacio, devolviéndole el favor de antes. Cuando le bajé el pantalón vi su pene duro y mojado en la punta, y al levantar la vista, su cara desencajada de deseo me confirmó que no había vuelta atrás.
Lo acosté en el sillón. Le besé los labios, le bajé por el cuello, le mordí los pezones, le pasé la lengua por el vientre, y cuando llegué a su sexo lo recorrí entero con calma antes de metérmelo en la boca. Lo escuché gemir y sentí cómo sus caderas se movían solas. Me acomodé encima de él, y al rato estábamos los dos en sesenta y nueve, igual que la escena que seguía sonando, ignorada, en el televisor.
Cuando sentí que ya no aguantaba, traté de sacarle el miembro de la boca para no terminar dentro, pero Diego me apretó la cintura con los dos brazos y me sostuvo ahí. Solo despegó la boca para murmurar que siguiera, y volvió a chuparme. Terminé dentro suyo en espasmos largos, sintiendo cómo tragaba cada gota. Casi en el mismo momento llegó él, llenándome la boca de un líquido tibio que recibí entero, sin pensar lo que estaba haciendo.
Nos quedamos un rato largo en esa posición, sintiendo cómo nuestros miembros se iban ablandando, sin querer soltarnos. Era mi primera vez con un hombre, mi primera vez tragando semen, mi primera vez de muchas cosas. Me giré hasta quedar cara a cara con Diego. Olía a sexo, a alcohol, a hierba. No me importó. Lo besé largo, devolviéndonos lo último que quedaba de los dos en un beso tierno que duró más que cualquier otro de esa noche.
***
Esa fue la primera noche, pero no fue la única. A partir de entonces, los jueves de póker tuvieron una segunda parte. Uno de los dos perdía a propósito y el otro se ofrecía a quedarse a ayudar. Los demás nunca sospecharon, o si sospecharon, nunca dijeron nada.
La segunda vez fue distinta. Cuando terminamos de ordenar, Diego no esperó a que pusiera ninguna película. Se paró delante del sillón, se sacó la remera, se bajó el pantalón y, sin darse vuelta, me sostuvo la mirada. Se le notaba la dureza del miembro debajo del bóxer. Después giró despacio, se inclinó hacia adelante y empezó a bajarse la ropa interior con las dos manos.
Estiré los dedos hasta sus nalgas. Las acaricié, le di unas palmadas suaves, le pasé la mano por todo el surco. Cuando hundí el primer dedo, él se estremeció. Sin moverse, sin girarse, alargó el brazo hacia la mesa baja y me alcanzó un frasco de lubricante. Lo había llevado preparado.
Lo dilaté con paciencia. Un dedo, dos, tres. Con el tercero se quejó un poco, pero los movimientos de sus caderas pidiendo más eran inequívocos.
—Hoy vas a ser mía —le dije, y me sorprendió a mí mismo el tono de mi propia voz.
Diego se rió bajito, mordiéndose los labios.
Me senté en el sillón con las piernas un poco separadas. Él retrocedió, se acomodó arriba mío con las manos en mis rodillas y bajó lentamente las caderas. Cuando sintió la punta de mi miembro contra su entrada, se detuvo un segundo —dos respiraciones— y siguió bajando hasta empalarse del todo. Después empezó a subir y a bajar, marcándose él mismo el ritmo.
Quería más. Lo levanté del sillón, lo tomé de la mano y lo llevé al dormitorio del fondo. Lo acosté boca arriba con la cadera al borde de la cama, le levanté las piernas, las apoyé sobre mis hombros. Quedó ofrecido por completo: el pecho subiendo y bajando, el miembro parado contra el ombligo, los ojos brillantes.
—Pídemelo —le dije.
Y me lo pidió, con palabras que no voy a repetir aquí. Entré despacio y enseguida empecé a moverme con fuerza, sosteniéndolo de las caderas, mientras él me miraba y me arañaba los antebrazos. Terminé adentro suyo de una manera que todavía recuerdo con la piel erizada. Cuando me retiré, salió un hilo blanco que corrió hasta la sábana.
Y fue justo en ese momento cuando la vi.
***
Lucía estaba apoyada en el marco de la puerta del dormitorio. Lucía, la ex mujer de Esteban, a la que conocíamos desde hacía más de diez años. Una mano debajo del pantalón, la otra debajo de la blusa, los labios entreabiertos. No supe cuánto tiempo llevaba ahí.
—¡¿Qué haces aquí?! —atiné a decir, agarrando una almohada para taparme. Toda mi ropa estaba en el living.
Diego se dio vuelta de golpe y quedó boca abajo en la cama, todavía con las piernas en el piso y el rastro de lo que acababa de pasar entre los muslos.
—Esteban me dijo que viniera a buscar una caja de recuerdos que me había guardado —contestó Lucía, sin retirar las manos de donde estaban—. No esperaba encontrarme con esto.
Tenía treinta y cinco años recién cumplidos, el pelo castaño hasta los hombros y un cuerpo que siempre nos había parecido inalcanzable. Era la mujer de Esteban, era la que sabía cocinar el mejor risotto del grupo, era la que nos servía vino los domingos. Y ahora estaba mirándonos y tocándose contra el marco de la puerta.
Me acerqué despacio. Goteaba todavía, no me importó. La besé. Ella no se movió y, al mismo tiempo, se aflojó entera contra la pared. Empecé a recorrerla con las manos, le aplasté los pechos por debajo de la blusa, sentí los pezones duros como piedras. Le saqué la blusa, le saqué el corpiño, le mordí los pezones uno por uno.
Diego se había levantado de la cama y se sumó a la escena. Increíblemente, todavía estaba duro. Le tomó el otro pecho a Lucía y, entre los dos, le chupamos los pezones a la vez. Ella nos guió hasta la cama mientras Diego le bajaba el pantalón y la dejaba completamente desnuda. La acomodamos boca arriba, las piernas abiertas, y Diego se fue agachando hasta encontrarse con su sexo.
Ella tenía la respiración entrecortada antes incluso de que la tocara. La lengua de Diego entre los labios de su vulva fue suficiente para que se arqueara en la cama. Yo seguía con sus pechos, con su cuello, con su boca, mientras él la chupaba abajo. El primer orgasmo le llegó tan rápido que tuvo que empujarle la cabeza para que parara. Se había estado masturbando mientras nos miraba, según confesó después, casi desde el principio.
Diego nos sonrió desde su rincón.
—Yo todavía no terminé —dijo.
Lucía se rió y bajó la boca hasta su entrepierna sin que se lo pidiera nadie. Yo me arrastré por la cama hasta tener la cara de Diego frente a mí y lo besé, mientras ella le chupaba el miembro con un ritmo lento. Después me acomodé hasta que mi pene quedó a la altura de su boca, y él lo recibió como si llevara horas esperándolo. Lucía cambió de posición, se montó arriba de Diego y se lo metió entero, buscando su propio placer. Yo seguí en su boca, sin sacarme, hasta que ella terminó por segunda vez y Diego soltó un grito ahogado al venirse adentro de ella.
Nos quedamos los tres tirados en la cama, transpirados, sin hablar.
***
Las partidas de póker de los jueves siguieron por varios meses después de aquello. A veces venía Lucía, a veces éramos solo Diego y yo, a veces salíamos todos a cenar como si nada y volvíamos al departamento como si nada. De aquellas noches nació, meses después, Sofía. Pero esa es otra historia que algún día contaré.