Mi don me llevó hasta un templo perdido en la India
Esta es mi confesión, contada como me pasó. Algunos no me creerán, otros pensarán que exagero. Da igual. Cuando uno carga con lo que yo cargo desde los catorce años, deja de importarle lo que opinen los demás.
Lo mío se llama priapismo. Para quien no lo sepa, y diciéndolo sin rodeos, significa que la tengo dura prácticamente todo el día. El nombre viene de Príapo, el dios romano de la fertilidad. Mi forma es la indolora, la afortunada dentro de lo raro: no me duele, y puedo correrme varias veces seguidas sin que se me baje. Lo que para otros es un castigo, para mí terminó siendo una manera de vivir.
El inconveniente más obvio es mear sentado. Lo demás, con los años, lo aprendí a gestionar como un don. Y un don hay que usarlo. Lo he usado con mujeres, con hombres, con travestis, con grupos enteros donde nadie sabía bien quién estaba con quién. Siempre apareció alguien dispuesto a comprobar que la historia era cierta.
Pero no todo es tener la polla dura. A mí me gusta el placer entero, el de la piel, el de la lengua, el del olor a sudor en una habitación cerrada. Por eso, cuando empecé a aburrirme de la rutina europea, decidí cruzar el mundo. La idea era simple: viajar a la India, leer el Kama Sutra en su tierra, y dejar que algún maestro local me enseñara cosas que en Occidente ni siquiera tienen nombre.
Tomé un vuelo en Heathrow con destino a Bombay. Doce horas largas, con escala. Llevaba un pantalón holgado de lino y nada debajo, porque sabía que la presión me iba a acompañar todo el viaje. Y me acompañó. La azafata que me tocó en el pasillo se dio cuenta antes de que despegáramos.
Se llamaba Carla. Rubia, alta, con unos muslos que parecían no terminar nunca por debajo de aquella faldita corporativa. Cada vez que se inclinaba para servir bebidas a la fila de delante, podía verle el borde del culo y la transparencia de la lencería. No fingí mirar otra cosa. Ella tampoco fingió no darse cuenta.
—¿Lleva mucho tiempo sin dormir, señor? —me preguntó con una sonrisa, mientras me servía un whisky que yo no había pedido.
—Más del que se imagina —contesté.
—Si necesita algo durante el vuelo, búsqueme. Estoy en la cabina trasera.
Lo dijo sin bajar la voz, mirándome el regazo. El pasajero de al lado fingió leer el periódico. Yo cerré los ojos y dejé que la presión hiciera lo que tenía que hacer.
***
Al bajar del avión en Bombay me golpeó el calor como una mano abierta. Húmedo, espeso, imposible de respirar sin notar la camisa pegada a la espalda en cuestión de minutos. Me quité la chaqueta, aflojé la corbata y la guardé en el bolso. La corbata no iba a hacer falta los días siguientes.
Carla me alcanzó en la salida de la terminal con una maleta pequeña, ya cambiada, con un vestido de tirantes y sandalias planas. Compartimos taxi hasta el hotel sin preguntarnos nada. No hacía falta. El conductor manejaba como si las líneas del asfalto fueran una sugerencia, y nosotros aprovechábamos cada frenazo para rozarnos las piernas en el asiento trasero.
El hotel era el mejor de la zona. No me preocupa el dinero cuando viajo, prefiero pagar por una cama firme y un aire acondicionado que funcione. Esa noche Carla compartió la cama conmigo. No fue una negociación, fue una continuación.
Se desnudó delante de mí sin teatro, mientras yo abría el vino del minibar. Tenía el cuerpo de quien camina mucho por aeropuertos: firme, con marcas blancas donde el bañador no había dejado pasar el sol. Se subió a la cama de rodillas y me esperó.
—Quiero comprobar si lo que decían en la cabina es verdad —dijo.
—¿Y qué decían?
—Que llevabas todo el vuelo así.
Le contesté abriéndome el pantalón. No hizo falta más explicación. Se rió bajito y bajó la cabeza. Carla no era de las que se conforman con recibir; se ofrecía entera —boca, manos, todo— y a la vez exigía que yo no parara de tocarla. Nos turnamos las posiciones tantas veces que perdí la cuenta. Cuando me corrí la primera vez en su boca, ella sonrió y me dijo que aquello era el principio, no el final. Tenía razón.
***
Al día siguiente decidimos explorar los templos. Me habían hablado de uno en las afueras de la ciudad donde, según los guías, todavía se celebraban festividades antiguas en honor a deidades del placer. Carla se puso un vestido casi transparente, sin nada debajo. «¿Para qué? —dijo riéndose—, se va a caer al suelo igual.» Yo seguí con el lino fino, también sin ropa interior, porque ya nada importaba.
El templo estaba al final de un camino de tierra rojiza, rodeado de palmeras y de humo de incienso. Nos recibió Aruna, una sacerdotisa devadasi, vestida con un sari amarillo tan delicado que no era una prenda sino una segunda piel. Tenía la piel oscura, los ojos castaños profundos y unos pechos que apuntaban con descaro contra la tela. Sus pezones se marcaban como dos botones.
—Es un honor recibir visitantes que respetan nuestras costumbres —dijo en un inglés impecable, juntando las manos a la altura del pecho.
Detrás de ella, un grupo de jóvenes del templo limpiaba estatuas y colocaba flores. Todas vestían saris parecidos, todas se movían con la misma calma. Estaban preparando los festejos del día siguiente.
La invitamos a cenar. Aruna miró el bulto de mi pantalón con la naturalidad de quien lee una página, asintió y aceptó. La llevamos al restaurante más caro de Bombay, en la planta alta de un edificio colonial con vistas al puerto. Pidió pescado, vino blanco y nos contó historias del templo, de los rituales, de cómo aprendió a respirar con todo el cuerpo y no solo con los pulmones.
Cuando volvimos a la suite, no hubo preámbulos. Aruna nos besó a los dos en la puerta —primero a Carla, después a mí—, sin prisa. Pasé al baño a darme una ducha. Cuando salí, envuelto en una toalla pequeña, las dos ya estaban en la cama, acariciándose con esa lentitud que solo tienen las mujeres que se conocen el cuerpo.
Me uní a ellas por detrás. Le agarré los pechos a Aruna mientras ella metía dos dedos a Carla. Me deslicé hacia el culo de la rubia, que ya estaba dilatada y húmeda de la noche anterior, y la penetré despacio, escuchándola gemir contra la boca de la india. Carla se corrió antes que nadie, deshecha entre las dos manos que la trabajaban.
Después cambiamos. Quedé entre las dos, frente a Aruna, dentro de ella, mientras Carla nos rodeaba con los brazos y le acariciaba los pechos a la sacerdotisa por la espalda. Aruna respiraba como si estuviera meditando, controlando cada movimiento, cada contracción. Nunca había sentido un coño que me apretara y me soltara con esa precisión. Era entrenamiento, no casualidad.
Tuvimos varios orgasmos. Perdí la cuenta otra vez. En algún momento, Carla bajó hasta mi polla para beberme entero mientras me metía dos dedos en el culo. Aruna se subió encima de mí, frotó su clítoris contra mi pelvis y se corrió temblando, sin hacer ningún ruido. Hicimos el amor durante horas. Cuando empezó a clarear por la ventana, ninguno de los tres había dormido, y a ninguno le importaba.
***
Por la mañana, después de un desayuno largo en la terraza, volvimos al templo para la festividad. Era una orgía ritual, así de claro. Cuerpos desnudos, incienso espeso, tambores en algún rincón, y un calor que volvía la piel pegajosa a los dos minutos. Aruna desapareció entre la multitud apenas cruzamos la puerta. Carla también. Yo me quedé solo en medio de cuerpos que no me conocían y no necesitaban conocerme.
Cerca de mí, una pareja se abrazaba contra una columna. Él la penetraba despacio. Me acerqué por detrás de ella, le acaricié las nalgas, y empecé a entrarle por el culo sin que nadie protestara. Al revés: ella echó la cabeza atrás contra mi hombro y me buscó la boca con los labios.
Mis manos no paraban. Le tocaba los pechos a ella, le rozaba la polla y los huevos al hombre, y al rato sentí cómo otra cabeza se metía entre mis piernas y empezaba a chuparme los testículos por debajo. Saqué la polla del culo de la mujer y se la metí en la boca a la chica que estaba abajo. El tipo que la follaba, viéndome libre, me besó la espalda y me empezó a acariciar el culo con las dos manos.
Cuando me corrí en la boca de la del suelo, el hombre me tocó el hombro y se dio la vuelta. Me ofreció su propia espalda, las nalgas separadas, y entré sin pensarlo. Lo follé despacio, con sus manos buscando las mías sobre las caderas de la mujer que seguía debajo. Tres cuerpos a la vez, los tres moviéndonos al mismo ritmo, los tres sin hablar.
Después fue él quien se giró y me cogió por las caderas. Me embistió por detrás mientras yo seguía dentro del culo de la mujer. Sus huevos chocaban contra los míos. Cuando se corrió, lo hizo apretándome el cuello con la mano abierta, sin violencia, solo marcando que estaba ahí. Se levantó, me besó en la boca y se fue a buscar a otro cuerpo entre la multitud.
Yo me quedé. La mujer se incorporó, me arrastró sobre una alfombra de seda y se sentó encima de mí. Otra chica se acercó, las besó a las dos, me lamió el pecho. Una tercera me arrancó lo poco que llevaba puesto y se apoderó de mi polla con la boca antes de que la primera pudiera volver a montarme. Me reía ya, no de gracia, sino de pura incredulidad.
Otra se sentó sobre mi cara y me ofreció el coño abierto. La lamí lento, separándole los labios con la lengua, hasta que se corrió temblando y me dejó la cara empapada. Mientras tanto, las manos que me llegaban desde todos lados me recorrían el pecho, los muslos, la nuca. Dejé de saber a quién pertenecía cada caricia, y eso era exactamente lo que había venido a buscar.
En algún momento volví a ver a Aruna entre la gente, cubierta de sudor y de manos ajenas, mirándome desde el otro lado de la sala. Me sonrió como sonríe quien ya sabe cómo termina la historia. Y me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: ahora ya sabes. Después se la tragó la multitud otra vez.
Carla apareció horas más tarde. Me encontró tirado de espaldas, con dos chicas a los costados y un chico todavía dentro. Se rió, me dio un beso en la frente y se sentó a mi lado para esperar el siguiente turno sin prisa. La india tenía razón: en aquel templo, el placer no se medía en orgasmos sino en horas. Y a mí, con mi don, las horas me sobraban.