Reservé una depilación íntima y no esperaba esto
Hacía meses que le daba vueltas a la idea de depilarme bien. No solo el pecho o la espalda, sino todo: la zona genital, las nalgas, el perineo. Me obsesionaba con la limpieza, con cómo se sentía la piel suave bajo la ropa interior, y la cuchilla ya no me bastaba. Después de cada afeitado venían los días de picazón, los granitos, esa irritación incómoda que arruinaba cualquier intento de gustarme desnudo frente al espejo.
Lo había intentado yo solo varias veces con cera fría de farmacia. Un desastre. Quemaduras, vello roto a mitad de camino, pelos enquistados que tardaban semanas en salir. Una tarde, harto de improvisar, abrí el navegador y escribí «depilación masculina íntima Medellín». Llevaba viviendo allí poco más de un año y todavía no me animaba a pedirle ese servicio a una mujer en un centro convencional.
Los primeros resultados eran lo de siempre: cadenas de estética, salones unisex, descuentos por primera visita. Pero al tercer scroll apareció un anuncio distinto. «Spa Caballero — atención exclusiva para hombres, depilación íntima profesional, ambiente discreto». No tenía local a la calle. Trabajaban en un apartamento privado en el barrio Laureles, con cita previa. Los comentarios en la web estaban llenos de elogios contenidos, escritos con esa mezcla de gratitud y prudencia que delata a un cliente satisfecho que no quiere decir demasiado.
Le escribí por WhatsApp. Me contestaron en menos de cinco minutos. Un tal Esteban me explicó el procedimiento con una claridad profesional: cera tibia, productos hipoalergénicos, sesión completa de aproximadamente una hora. Precio razonable. Disponibilidad para el sábado siguiente a las cuatro de la tarde. Reservé sin pensarlo demasiado y guardé la dirección en el celular.
Esa semana se me hizo eterna. No paraba de imaginar la situación, de anticipar la vergüenza de estar desnudo frente a un desconocido en un espacio tan íntimo. Me repetía que era un servicio profesional, que él habría visto cientos de cuerpos como el mío, que no había nada raro en pedir ese tipo de depilación. Pero también, en algún rincón menos confesable, una parte de mí imaginaba otra cosa. No la admitía. Todavía no.
***
El sábado llegué al edificio diez minutos antes. Era una construcción moderna de cinco pisos, con portero electrónico y una recepción vacía. Subí en el ascensor mirándome en el espejo, peinándome con los dedos. Tenía el corazón acelerado y la boca seca. Toqué el timbre del apartamento que me habían indicado, y la puerta se abrió casi de inmediato.
Esteban no se parecía a la imagen que me había hecho. Esperaba a alguien más maduro, con bata blanca, modales clínicos. En cambio me encontré con un hombre de unos treinta años, delgado pero trabajado, con la piel morena y el pelo corto. Llevaba un short ajustado de licra, de los que usan los ciclistas, y una camiseta sin mangas. Por encima del short se marcaba con descaro un bulto que no podía ignorarse. Lo noté en el primer segundo. Él lo sabía.
—Pasa, tranquilo —dijo con una sonrisa amable—. ¿Es tu primera vez en una depilación completa?
—Sí —respondí, tragando saliva—. Primera vez.
—No te preocupes. Vamos despacio.
El apartamento era pequeño pero impecable. Olía a aceite de almendras y a una mezcla de esencias suaves. Me condujo por un pasillo corto hasta una habitación con la luz baja, una cama matrimonial cubierta con sábanas blancas y, en el centro, una camilla de spa profesional con toallas dispuestas en triángulo. En una mesita auxiliar reposaban los frascos de cera, las espátulas, las tiras de tela.
—Ahí tienes la papelera para la ropa —señaló—. Quítate todo, ponte boca arriba y avísame cuando estés listo.
Salió y cerró la puerta. Me desvestí con dedos torpes. Doblé el pantalón sobre la silla, dejé los zapatos alineados al borde de la pared, y la ropa interior la metí dentro de los pantalones como si así pudiera ocultarla mejor. Me acosté boca arriba sobre la camilla y me cubrí con una toallita pequeña que apenas alcanzaba para tapar la entrepierna.
—Listo —dije, más bajo de lo que quería.
***
Esteban entró sin prisa, se lavó las manos en el lavabo del rincón y se puso unos guantes finos. Encendió el calentador de cera y revisó la temperatura con la espátula contra su muñeca. Todo gestos medidos, profesionales.
—¿Por dónde quieres que empecemos? ¿Por la zona genital o por la parte de atrás?
—Por el frente —murmuré.
Apartó la toalla con naturalidad. Me sentí completamente expuesto. Él, sin embargo, no levantó la mirada hacia mi cara. Se concentró en la zona, palpó la piel con dos dedos, evaluó la dirección del vello.
—Vamos a empezar por la ingle, después subimos al pubis y al final hacemos la base del pene y los testículos. Te voy avisando antes de cada tirón. Respira con calma.
La primera aplicación de cera fue tibia, casi reconfortante. Apretó la tira contra la piel, la frotó dos veces y tiró de un solo movimiento. Un dolor seco, breve. Apenas alcancé a quejarme. Repitió la operación tres, cuatro, cinco veces, alternando lados, limpiando con una toallita húmeda los restos de cera. Cada vez que su mano se acercaba al interior del muslo, yo apretaba los dientes y pensaba en cualquier otra cosa.
—Para depilar bien la base del pene necesito que esté firme —dijo, sin ningún rodeo—. Si no, la piel se mueve y la cera no agarra como debe. ¿Te importa que te lo trabaje un poco?
Me quedé en silencio dos segundos de más.
—Está bien.
Su mano enguantada se cerró sobre mí. Empezó a moverla con técnica, sin rastro de erotismo aparente, como quien estira una superficie para que quede tensa. Pero mi cuerpo no respondía. La adrenalina, los nervios, la rareza de la situación me tenían bloqueado. Él notó la dificultad.
—Tranquilo, no hay prisa —dijo—. ¿Algo te ayuda a relajarte?
Lo miré por primera vez en minutos. Estaba inclinado sobre mí, con los labios entreabiertos, una gota de sudor bajándole por el cuello. El bulto del short le había crecido. No fue un pensamiento racional lo que me hizo hablar.
—¿Puedo tocarte yo? Así se me pone más rápido.
Se quedó quieto medio segundo. Después sonrió de lado.
—Dale.
***
Levanté la mano y la apoyé sobre el bulto, todavía por encima de la tela. Estaba caliente, denso. Apreté apenas y noté cómo se endurecía bajo mis dedos. Esteban no se apartó. Siguió sosteniéndome con su mano enguantada, como si los dos juegos fueran independientes, como si lo que él hacía siguiera siendo trabajo y lo mío fuera otra cosa que ocurría en paralelo.
En menos de un minuto yo estaba completamente duro. Él retiró su mano, asintió satisfecho y procedió. Cera, tira, tirón. Tres veces, con la precisión de quien ha hecho esto miles de veces. Cuando terminó la base y los costados, me limpió con una toallita fría y aplicó un aceite calmante. Sus dedos tardaron un poco más de lo necesario.
—Ahora date vuelta —dijo—. Pasa a cuatro patas sobre la camilla, con las rodillas separadas. Quiero ver bien la zona.
Obedecí. Sentí el ridículo y la excitación a partes iguales mientras me acomodaba con el culo en alto y la cara apoyada sobre los antebrazos. La camilla crujió bajo mi peso. Arqueé un poco la espalda, instintivamente, para abrirme más.
—Así —murmuró él, casi para sí mismo—. Perfecto.
El proceso fue más largo en esa zona. Vello fino pero abundante, piel mucho más sensible. Cada tirón me arrancaba un gruñido contenido. Esteban iba alternando aplicaciones de cera con caricias suaves para distraerme del dolor. O para encenderme más. Cualquiera de las dos cosas funcionaba.
Cuando llegó al ano me pidió que abriera yo mismo las nalgas. Lo hice. Aplicó la cera con una espátula pequeña, esperó unos segundos, tiró. El dolor fue agudo y breve. Repitió dos veces más, hasta dejarlo completamente liso. Después echó una buena cantidad de crema hidratante en sus palmas y empezó a extenderla.
—Hay que hidratar bien, sobre todo aquí —dijo con la voz más grave.
Sus manos ya no llevaban guantes. Las había dejado caer en algún momento sin que yo me diera cuenta. Las palmas calientes recorrían mis glúteos en círculos amplios, descendían hasta los muslos, volvían a subir. El masaje fue ganando intensidad. Apretaba la carne, la abría, deslizaba un pulgar a lo largo del surco. Yo tenía la cara aplastada contra la sábana y el sexo colgando entre mis muslos, completamente erguido, dejando una mancha húmeda en la toalla de abajo.
Sentí una palmada inesperada en la nalga derecha. Gemí. Fue un gemido involuntario, ronco, que salió antes de que pudiera retenerlo.
—Mírate —dijo él, divertido—. Llevas media hora poniéndome a cien y todavía haces como si nada.
***
No respondí. No hacía falta. Oí el clic del frasco de aceite, el roce de tela cayendo al suelo. La camilla volvió a crujir, esta vez con más peso. Esteban se había subido detrás de mí. Sentí el calor de sus muslos contra los míos, las manos firmes apoyándose en mi cintura.
—Me ibas a dejar con esto cargado y vestirte tranquilamente —dijo cerca de mi oído—. No, papi. No funciona así.
No me preguntó. No esperó respuesta. Sentí la punta de su sexo, ya sin barreras, presionando en el sitio que él mismo acababa de dejar limpio. Húmeda de aceite, gruesa, exigente. Apreté los puños sobre la sábana y aguanté la respiración. Empujó con fuerza, todo de una vez, hasta el fondo.
El grito me salió involuntario. Un quejido largo, ronco, mezcla de dolor y de algo más. Me había partido, literalmente. Me agarró por las caderas y se quedó quieto unos segundos, dejándome adaptar, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—Aguanta, aguanta —susurraba—. Ya pasa lo peor.
Y de a poco empezó a moverse. Primero embestidas cortas, lentas, casi medidas. Después largas, profundas, con un ritmo que me obligaba a apoyarme contra él para no terminar contra la pared. Cada empuje me sacudía entero, me arrancaba un gemido que ya no intentaba ahogar. La cara contra la sábana, las manos buscando algo a lo que aferrarme.
De mí colgaba un hilo de líquido transparente. No me había tocado en ningún momento, pero estaba a punto de estallar. Cada vez que él me empujaba, una nueva gota caía sobre la toalla.
—Tócate —me ordenó—. Quiero verte.
Llevé la mano abajo. Bastaron tres o cuatro movimientos. Me vine con un espasmo violento, gimiendo sin pudor, sintiendo cómo todos los músculos del bajo vientre se contraían de una manera que jamás había experimentado. La presión interna lo arrastró a él también. Lo sentí endurecerse aún más, clavarse hasta el fondo, soltar un gruñido grave mientras me llenaba.
Se quedó dentro de mí unos segundos largos, jadeando contra mi nuca. Después salió despacio, con cuidado. Me ayudó a sentarme en el borde de la camilla. Las piernas me temblaban, no de cansancio sino de descarga.
***
—Anda a darte una ducha tranquilo —dijo, señalando una puerta entreabierta al fondo del pasillo—. Toallas limpias dentro, lo que necesites.
Me metí bajo el agua tibia y me quedé un buen rato sin pensar nada. Solo dejaba que el agua corriera, que mi cuerpo procesara lo que acababa de pasar. La piel recién depilada hormigueaba bajo el chorro, suave como nunca la había sentido. Me reí solo, en voz baja, todavía sin terminar de creérmelo.
Cuando salí, él me esperaba con una toalla grande abierta entre las manos. Me secó la espalda como si fuera el gesto más natural del mundo, me pasó una crema fresca por la zona depilada, me ayudó a ponerme la camiseta. Todo con una ternura inesperada después de la intensidad anterior.
—La próxima vez, en cuatro semanas, va a ser mucho más fácil —dijo—. La piel se acostumbra rápido.
Le pagué en efectivo. Le dejé propina. Bajé en el ascensor sin atreverme a mirarme en el espejo. En el taxi de vuelta a casa, sentí cómo la ropa rozaba la piel nueva y supe, con una claridad que me daba un poco de miedo, que iba a volver. No solo dentro de cuatro semanas. Antes. Mucho antes.
Esa noche, acostado en mi cama, me pasé la mano por el pubis liso, después por las nalgas, después por la entrepierna ardiente. Tenía marcas. Tenía todavía su olor en alguna parte del cuerpo. Y tenía, por primera vez en mucho tiempo, ganas de volver a sentir todo eso.
Reservé la siguiente cita al día siguiente.