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Relatos Ardientes

La tarde que mi exmujer me encontró con él

Con Camila vivimos algo bueno desde el primer mes. Coger tres veces por semana, juguetes en el cajón, una complicidad en la cama que muchas parejas envidiarían. Y sin embargo, desde hace un par de meses, empezó a picarme algo viejo: las ganas de sentir otra polla abriéndome el culo y otra boca llenándome la mía.

No es la primera vez que me pasa. Lo había probado años atrás, con un compañero del gimnasio, y desde entonces sabía que ese deseo no iba a apagarse con cariño ni con buen sexo. Solo dormía. Y esta vez se había despertado de nuevo.

Antes de seguir, aclaro lo básico: soy bajito, moreno, cabello oscuro, sin un pelo en el pecho, con la espalda y las piernas marcadas por dos años de levantar pesas en serio. Tengo un pene corto pero grueso, lo suficiente como para que más de una me preguntara, riéndose, si llevaba una botella escondida en el pantalón. Eso me alcanza para sentirme seguro, sobre todo desnudo.

Aprovechando esa confianza, una tarde en que Camila estaba en lo de su madre, me bajé los pantalones, me acomodé frente al espejo y me saqué un par de fotos. En una se me veía en cuatro patas con tres dedos hundidos hasta el nudillo; en la otra, con un consolador de vidrio metido entero, brillando bajo la lámpara del escritorio.

Abrí una de esas aplicaciones para conocer hombres y armé un perfil corto, sin vueltas: «Bi. Lo quiero en la boca. Dispuesto a todo». No tardaron en escribirme. En menos de una semana tenía a cuatro tipos esperando que les diera fecha y dirección.

Uno me ganó por encima de los demás. Se llamaba Mauro, tenía treinta y pocos, una sonrisa torcida en las fotos y una polla larga, gruesa en la base, que se le doblaba apenas hacia la izquierda. No era solo la polla. Era cómo escribía. Sin asco, sin disimulo, contándome todo lo que me iba a hacer: pasarme la lengua por el culo hasta dejarme temblando, terminar entre mis nalgas, mirarme escupir su leche.

Hablamos cinco días seguidos. Al sexto le dije que sí y arreglamos vernos en su departamento un jueves a media tarde. Antes de cortar me confesó algo que casi me hace bajarme: él también tenía pareja. Daniela, se llamaba. Vivían juntos. Pero ella estaba afuera por un congreso de tres días y no había chance de cruce.

Le creí. Quería creerle. Y a la hora marcada estaba subiendo el ascensor de un edificio que no conocía.

Apenas abrió la puerta entendí que íbamos a saltarnos toda la parte del café. Me besó en la boca antes de cerrarla, como si no nos hubiéramos visto nunca y a la vez como si fuéramos viejos amantes. Nunca había besado a un hombre. Pensé que me iba a chocar la barba. Lo que me chocó fue cuánto me gustó.

Le abrí la camisa con dedos torpes y le besé el cuello, el pecho, el camino de pelos finitos que bajaba hasta el ombligo. Él metió la mano dentro de mi pantalón sin pedir permiso, agarró mi pene duro y soltó una risa baja, satisfecha, como si acabara de comprobar algo.

—Estabas listo desde antes de tocar el timbre —dijo.

No le contesté. Le bajé el cierre.

La polla de las fotos no le hacía justicia. La tenía en la mano, todavía no del todo erecta, y ya se me hacía agua la boca. Me arrodillé en la entrada del living, le besé la punta y después la lamí desde la base, lento, igual que había visto mil veces en pantalla. Cuando me la metí entera, escuché un gemido grave que me prendió fuego adentro.

—Así, despacio. Deja que crezca —me dijo, agarrándome la nuca.

La sentí endurecerse contra mi paladar. Era una sensación que no se parecía a nada con Camila, ni con ninguna mujer. Era llenar la boca con algo vivo, que respondía a mis movimientos, que me empujaba a abrirme más.

Mauro me levantó del piso, me llevó al dormitorio y me desnudó terminando lo que yo había empezado. Me puso boca abajo en la cama, me abrió las piernas y empezó a recorrerme con la lengua desde los pies. Las pantorrillas, los muslos, las bolas. Cuando llegó a mi culo se me escapó un quejido que no era mío.

—Quédate quieto —dijo, y siguió.

Sentía cómo el anillo de mi entrada se abría y se cerraba con cada lamida. Me agarré el pene y empecé a tocarme yo mismo, despacio al principio, después más rápido, mientras le pedía que me cogiera. Levanté las caderas, me abrí las nalgas con las dos manos, le ofrecí todo. Era una invitación que ningún hombre rechaza.

Escupió, se masajeó la polla un par de veces y la apoyó contra mí. La primera presión me dejó sin aire. Empujé hacia atrás yo mismo, queriendo más, queriendo terminar de abrirme de una vez. Cuando lo sentí entero adentro, con sus bolas tocando las mías, dejé caer la cabeza contra el colchón y sonreí como un idiota.

Me agarró de la cintura y empezó a moverse. Tenía un ritmo cuidadoso al principio, midiendo cada empuje, mirando cómo respondía mi cuerpo. Después subió la intensidad. Yo me movía con él, hacia adelante, hacia atrás, de costado, buscando ángulos nuevos. Lo único que se escuchaba en el departamento era el ruido húmedo, las palmadas de su pelvis contra mis nalgas y mi propia respiración entrecortada.

Y entonces se escuchó la puerta de calle.

***

Mauro frenó en seco. Lo sentí salir de mí de un tirón, frío, casi violento. Quedé en cuatro patas, el culo todavía abierto, sin entender. Antes de que él alcanzara a buscar un pantalón, los pasos ya estaban en el pasillo.

Me di vuelta a mirar y casi se me cayó el alma a los pies.

En el marco de la puerta estaba Daniela. Mi exmujer.

No nos habíamos visto en casi cinco años. Lo último que sabía de ella era que se había mudado al otro lado del país. La gente con la que uno tiene algo pendiente siempre se vuelve a cruzar, aunque no la busques. Me acordé de esa frase, leída en algún lado, justo cuando ya era tarde para escapar.

Me senté en la cama de golpe, intentando taparme con la sábana, con un sentido del ridículo que me ahogaba. Mauro tartamudeó algo, no sé qué. Daniela no lo miró a él primero. Me miró a mí.

—No te muevas —me dijo, suave, casi divertida.

Después se giró hacia él.

—Así que tu amigo de jueves a media tarde, ¿no? —le dijo a Mauro—. Hace meses que sé que te coges tipos cuando yo no estoy. Lo que no sabía era que ibas a traerme a este.

Mauro abrió la boca y la cerró sin decir nada.

Yo conocía a Daniela. La había conocido durante cuatro años. Y me acordé, todo de un tirón, de una noche en que veníamos de una fiesta y ella, borracha y feliz, me había confesado que su mayor fantasía era tener un pene por un día para entender de verdad qué se sentía cogerse a alguien. Lo había dicho riéndose. Yo lo tomé como un juego.

Le miré los ojos esa tarde, en el dormitorio de Mauro, y entendí que nunca había sido un juego.

Estaba enojada, sí. Pero debajo del enojo había otra cosa, mucho más grande. Lo agarró a Mauro de la cara y lo besó largo, con lengua, como si tuviera que marcarlo delante mío. Después se arrodilló y le bajó el pantalón con un solo movimiento.

—Mira —me dijo, sin mirarme—. Tú quédate ahí y mira.

Le hizo una mamada lenta, con técnica, sosteniéndole la polla con las dos manos. Yo había recibido esa misma boca durante años y se me revolvía el estómago de envidia, de excitación, de algo que ni siquiera sabía nombrar.

Se quitó la blusa sin soltarlo. Después el corpiño negro. Tenía las tetas más llenas de lo que recordaba, los pezones duros, y se los apretaba ella misma mientras seguía chupándolo.

Levantó la cara, soltó a Mauro y me clavó los ojos.

—Quiero que te lo cojas otra vez. Con los ojos tapados.

No era un pedido. Era una orden.

Me puse en cuatro patas en el medio de la cama sin pensarlo. Mi pene, que se había bajado del susto, volvió a pararse en cuanto la sentí caminar detrás de mí. Daniela me ató los ojos con su propio corpiño negro. Olía a su perfume, ese mismo de siempre, y el olor me viajó directo a otra cama, a otra época.

—Quieto —repitió.

Sentí las manos de Mauro abriéndome las nalgas. Después la polla, otra vez. Esta vez sin preámbulo. Entró hasta el fondo y me hizo gemir en voz alta. A oscuras, ciego, lo único que me quedaba era el cuerpo.

Las manos que me masturbaban no podían ser las suyas, porque él me sostenía de la cadera. Eran otras manos. Más pequeñas. Conocidas. Daniela me está haciendo una paja mientras él me coge, y no me animo a sacarme la venda.

Después él se detuvo. Lo sentí salirse, lento, completo. Pasaron unos segundos largos en los que nadie habló. Y de pronto volvió a entrar, pero distinto. No era él. Era más fino. Más duro. Más insistente.

—Abre la boca —escuché.

Antes de que pudiera obedecer, me la abrieron a la fuerza con algo de goma, un consolador grueso que me llenó hasta la garganta. Me arrancaron la venda de un tirón.

Daniela estaba arriba de mí, sosteniéndome el pelo, cogiéndome la boca con un juguete atado a la cintura. Llevaba un arnés negro, sus tetas se movían con cada empuje y me miraba con una mezcla de furia y de risa que nunca le había visto. Atrás, Mauro me sostenía de la cadera y volvía a meterme la polla hasta el fondo.

Los dos. Al mismo tiempo. En el mismo ritmo.

Mi exmujer se estaba cogiendo mi boca como yo le había cogido la suya tantas veces. Y por primera vez entendí, de verdad entendí, lo que ella me había querido decir esa noche borracha.

Cuando salió de mi boca, me sostuvo la cara entre las dos manos. Tenía la respiración cortada.

—Ahora cógetelo a él —me dijo, señalándolo con la barbilla.

Mauro se puso en cuatro a mi lado, ofreciéndome el culo. Era apetitoso, redondo, marcado. Me acomodé detrás, le pasé la lengua entre las nalgas, le metí un dedo, después dos, después tres. Lo escuché jadear contra la almohada.

En esa posición, mi propio agujero quedaba abierto al aire. No me sorprendió sentir, casi enseguida, otra cosa entrando en mí. Daniela. La perra de mi ex, como ella misma se decía en otras épocas. Estaba detrás de mí con el arnés todavía puesto y me cogía sin pedir permiso, sin avisar.

Lo peor —o lo mejor, no sé cómo llamarlo— es que me gustó.

Empecé a coger a Mauro al ritmo que ella me marcaba. Quedamos los tres pegados, encadenados, moviéndonos como una sola máquina. No me acuerdo bien del orden de las cosas. Sé que Mauro acabó primero, manchando la sábana abajo. Sé que yo acabé adentro de él, mordiéndome el labio para no gritar. Y sé que Daniela siguió moviéndose en mí unos minutos más, hasta que se salió, despacio, y me dio una palmada seca en la nalga derecha.

Se sacó el arnés. Lo dejó caer al suelo, sin prisa.

Me miré las manos. Estaban temblando.

—Acomódense —dijo, abrochándose el corpiño—. Tenemos que hablar los tres. Tranquilos.

Se acercó hasta donde yo seguía arrodillado en la cama, me agarró la cara como si yo todavía fuera suyo, y me dejó una última cosa antes de salir del cuarto.

—Desde ahora, los dos culos son míos. Ya saben dónde encontrarme.

***

Llegué a casa pasadas las nueve. Camila me preguntó cómo me había ido en el gimnasio y le contesté con un beso largo, distinto, que ella aceptó sin sospechar nada. Esa noche cenamos en silencio, viendo una serie a la que no le presté atención.

Más tarde, en la ducha, me masturbé pensando en Mauro, en Daniela, en el arnés negro tirado en el piso de un dormitorio que no era mío. Y entendí, por primera vez con todas las letras, que esto no iba a terminar esa semana.

No sé qué voy a hacer. Sé que Daniela tiene mi número. Sé que Mauro también. Sé que el jueves que viene Camila va a estar otra vez en lo de su madre.

Y sé que voy a contestar.

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