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Relatos Ardientes

La noche que Iván se transformó en Ivana frente a mí

Llegué al cuarto que rentábamos a eso de las nueve de la mañana, todavía con la ropa del día anterior y el cuerpo pesado. Abrí la puerta y me encontré a Daniela tendida en la cama con Brenda. Mi novia llevaba unas medias negras y un liguero que yo nunca le había visto. Brenda estaba desnuda, tapada apenas con la sábana hasta la cintura. Las dos se quedaron quietas un segundo y después se rieron, como dos cómplices que ya sabían que yo no iba a hacer un escándalo.

—Tranquilo, vaquero —dijo Daniela—. Te toca preparar café.

Brenda bajó un poco la cabeza, todavía con algo de pena. Las saludé, dejé las llaves sobre la mesa y me fui directo a la cocina. El cuarto era diminuto: la cama de un lado, la cocina del otro, el baño metido en una esquina. Mientras yo cortaba fruta y ponía el café, ellas se metieron juntas a bañarse. Las escuché reírse otro rato y después salir envueltas en toallas. Se cambiaron delante de mí sin tanto pudor, como si lo de la noche anterior les hubiera quitado las últimas vergüenzas.

Les conté lo que había pasado con Lorena en el motel: cómo terminamos los dos solos cuando los demás se rajaron de la fiesta, cómo ella misma me pidió que la llevara a un hotel del centro y cómo la dejé en su casa al amanecer. Brenda apretaba los labios; le molestaba un poco que Daniela se hubiera metido con otras personas, pero al final aceptó que las dos también la habían pasado bien.

—Hay una fiesta esta tarde —soltó Brenda mirando a mi novia—. Mis papás van a estar ahí. Si te dejan venir, te llevo.

Daniela tenía que pedir permiso a su mamá y yo no podía acompañarlas: esa tarde me tocaba turno en el trabajo. Las acompañé a la casa de mi suegra antes de irme. Cada vez que veía a la señora Mariela me volvía a la cabeza todo lo que habíamos hecho ese verano que ya nadie mencionaba. Ahora andaba con un tipo llamado Ernesto y se la veía contenta, así que yo me conformaba con mirarle el escote y guardarme las ganas. Aceptó el permiso sin chistar. Daniela y Brenda subieron a su cuarto a sacar ropa y yo me quedé en la sala, intercambiando frases torpes con Mariela mientras intentaba que no se me notara dónde tenía la mirada. Después las acompañé a la terminal, esperé a que se subieran al autobús y me devolví al cuarto a bañarme y a dormir un par de horas.

***

Por la tarde salí al centro para hacer tiempo antes de entrar a trabajar. De pura casualidad me encontré a Iván y a Mauricio en una mesa de la cervecería de la esquina, los dos con varias botellas vacías delante. Me llamaron a gritos, me senté con ellos y me contaron que la noche anterior no habían cogido nada: la casa donde se iban a seguir la fiesta se cayó a último momento y cada uno se fue a dormir solo, calientes y de mal humor. Mauricio me preguntó por Lorena, le conté lo del motel y lo del amanecer. No pareció afectarle; estaba más afligido por su propia mala suerte que por imaginarse a su amiga conmigo.

Yo intenté irme cuando se me hizo la hora, pero Iván sacó la billetera y me puso encima de la mesa, en efectivo, lo que iba a ganarme esa tarde en el trabajo.

—Te lo cubro yo —insistió—. Mañana llegas y dices que te enfermaste. La cerveza también va por mí.

Me negué dos o tres veces por cumplir, pero al final acepté. Nos quedamos ahí hasta el anochecer. La plática iba subiendo de tono con cada ronda y para cuando se hizo de noche los tres ya estábamos lo suficientemente sueltos como para hablar de cualquier cosa.

—Vamos a mi casa —propuso Iván—. Hoy nada más está mi mamá y se encierra en su cuarto. Podemos oír música tranquilos.

La mamá de Iván nos abrió la puerta y nos saludó con una sonrisa tibia. Era una mujer alta, guapa, de movimientos lentos. Tenía una tristeza que se le notaba aunque tratara de disimular. Nos dijo que tomáramos algo de la cocina y que ella se iba a recostar. Yo me preguntaba, como siempre que la veía, qué historia había detrás de esa mirada, pero nunca dije nada ni a Iván ni a ella. La casa era enorme: jardín, alberca y un salón de eventos al fondo. La familia tenía dinero.

Nos instalamos en la parte de atrás con una bocina y un par de cervezas más. Estuvimos cantando, riéndonos de todo, contándonos tonterías. La plática terminó, como casi siempre que se junta gente borracha y con ganas, en sexo: con quién habían estado, qué les había gustado, qué no se atrevían a pedir. Mauricio dijo, sin rodeos, que las mujeres no le terminaban de cuajar, que en realidad él lo que quería era verga, y que cuando estaba con Lorena se sentía actuando un papel. Iván se quedó callado un rato y después soltó la suya: en su cuarto guardaba ropa interior femenina, vestidos, maquillaje, y a veces, cuando estaba solo, se transformaba y se miraba en el espejo durante horas.

—Pues hazlo ahora —le dije, sin pensarlo demasiado—. Mauricio y yo te esperamos.

***

Pasamos los tres a uno de los cuartos de huéspedes que había al costado de la casa grande. Iván se fue a su habitación y volvió con una bolsa cerrada. Se metió al baño. Mauricio y yo nos quedamos sentados al borde de la cama, sin hablar, escuchando el agua, las puertas de cajones, el ruido de un aerosol. Yo sentí la mano de Mauricio en mi rodilla y después en mi cremallera, y antes de que pudiera reaccionar ya me tenía la verga en la boca. La movía despacio, con paciencia, como si llevara tiempo ensayándolo conmigo.

Cuando se abrió la puerta del baño, no pude creer lo que veía. Iván se había transformado en otra persona. Maquillaje en los ojos, los labios pintados de un rojo discreto, un vestido corto de encaje sobre una pantaleta y un brasier a juego, y zapatos planos para no exagerar. Nos pidió que esa noche la llamáramos Ivana.

Me paré, la abracé por la espalda y le acaricié los pechos por encima de la tela. Ella echó las caderas hacia atrás y se restregó contra mi verga. Mauricio se acomodó detrás de mí, me bajó los pantalones del todo y me apretó las nalgas con las dos manos, pasándome la suya endurecida entre las piernas. Yo nunca había estado en una sandwichada así, y ver a Ivana mirándose en el reflejo de la ventana mientras sonreía me terminó de quemar la cabeza. La lencería siempre fue mi debilidad y esa noche la tenía servida.

Le quité el vestido a Ivana y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Los dos se acomodaron a cada lado, se inclinaron sobre mí y empezaron a turnarse para mamármela. Mientras una boca trabajaba arriba, la otra me lamía los huevos. Yo les acariciaba la nuca, les bajaba la mano hasta el culo, en especial al de Ivana, que lo movía despacio invitándome a meter los dedos por debajo de la pantaleta. Hacía tiempo que no me sentía tan dueño de una escena.

Les pregunté a quién le tocaba primero. Mauricio pidió la mano, se puso en cuatro al borde de la cama y separó las nalgas con sus propias manos. Le escupí saliva, me puse un condón y se la fui metiendo poco a poco. Él tenía la cara hundida en el colchón, mordía la sábana cada vez que yo empujaba más adentro. Mi verga no es delgada, pero esa noche entró sin pelear demasiado: él estaba urgido. Cuando mis huevos chocaron con los suyos, empezó a masturbarse al mismo ritmo que yo lo cogía. Le agarré las caderas y tiré de él hacia mí. Se vino sobre la sábana con un gemido largo y aun así me pidió que no parara. Seguí un rato más, hasta que la posición nos cansó a los dos.

Me cambié el condón y le hice una seña a Ivana. Iba a ponerse en cuatro, pero le pedí que se acostara boca arriba al borde de la cama, con las patitas al hombro. Quería verle la cara mientras la cogía. Le levanté las piernas, le escupí saliva en el ano y se lo masajeé con dos dedos. Entraron con facilidad. La punta de mi verga le tocó la entrada y de un empujón quedé dentro. Ella apretó las piernas contra mis hombros y arqueó la espalda. Su verga pequeña estaba dura, los huevos retraídos, los ojos pintados resaltando cada gesto.

La cogí despacio al principio, mirándola, dejándola que se acostumbrara. Después aceleré. Ivana se mordía el labio inferior, sacaba la lengua y la pasaba por los dientes con una cadencia que no parecía improvisada. Yo cerré los ojos un momento para imaginarla con medias y liguero, algo que más adelante le pediría que se pusiera para mí, y con esa imagen en la cabeza me terminé viniendo dentro de su culo. Ella se vació al mismo tiempo sobre el abdomen, sin tocarse, sólo apretando las piernas a mi alrededor.

Me salí despacio. Me quedaba todavía cuerda. Mauricio me miraba desde el otro lado de la cama y se notaba que se había vuelto a calentar.

—¿Otra vez? —le pregunté.

Asintió sin decir palabra. Me puse otro condón y lo acomodé en la misma posición que había tenido Ivana: boca arriba, las piernas sobre mis hombros. Esta vez entré sin esfuerzo, él seguía lubricado. Lo bombeé con más fuerza, mis huevos golpeándole las nalgas. Ivana se acercó por un costado, me agarró de los hombros, me besó el pecho, los pezones. Su mano izquierda le acariciaba a Mauricio la verga al mismo ritmo de mis embestidas. Cuando subió hasta mi boca, me besó. El beso me terminó de descontrolar. Aceleré las metidas, escuché que Mauricio se venía otra vez bajo la mano de Ivana, y antes de soltarme yo, ella me dijo, todavía con los labios pegados a los míos, que me la quería tomar.

Me salí de Mauricio de golpe, me arranqué el condón y le dejé caer la leche dentro de la boca. Ivana la recibió con la lengua afuera, exprimió las últimas gotas con los labios y se relamió como si fuera la cosa más natural del mundo. Tan sumisa, tan entregada, que por un momento se me olvidó por completo el cuerpo de hombre que tenía debajo de ese maquillaje.

Los tres caímos rendidos sobre la cama.

***

Cada quien pasó a lavarse al baño por turno. Ivana se desmaquilló y volvió a ser Iván, con jeans y camiseta. Ya vestidos y peinados, salimos de nuevo al jardín como si no hubiera pasado nada. Tomamos una cerveza más, oímos un par de canciones y, cuando vimos la hora, Mauricio y yo nos despedimos y salimos a buscar un taxi.

Volví a mi cuarto solo. Me metí a bañar y traté de dormir. Pero no podía: la cabeza se me iba a lo que estaría haciendo Daniela en ese momento, si ya estaría con Brenda, si repetirían lo de la noche anterior. Salí un segundo al patio a fijarme si la señora Patricia, la vecina del fondo, había colgado en su tendedero la ropa interior que era nuestra señal. No había nada. Patricia no me esperaba esa noche. Volví adentro caliente como estaba, agarré un brasier de Daniela del cesto de la ropa, me lo enrollé alrededor de la verga y me la jalé encima de la cama. Sobre la cara me pasaba unas medias suyas, las del liguero, las que se había puesto la noche anterior con Brenda. La tanga no aparecía. Imaginé que esa noche la llevaba puesta, con Brenda quitándosela despacio. Me vine fuerte, manchando el brasier, gimiendo el nombre de mi novia y el de Ivana al mismo tiempo.

Quedé tirado sobre la cama mucho rato antes de poder cerrar los ojos. Había salido ganando lo de un día de trabajo, había tenido una de las mejores sesiones de sexo de mi vida y mi novia estaba pasando, en algún lado, una noche parecida. No era infidelidad. Era otra cosa para la que ninguno de los dos teníamos todavía nombre.

Todavía faltaba el domingo para cerrar ese fin de semana. Ahora sí tenía que presentarme a trabajar y esperar a Daniela para contarnos todo. Lo que no sabíamos era que el extra del domingo aún estaba por llegar, pero esa es otra confesión.

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